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Qhps Naruto era rescatado y entrenado por homelander, tras ser traicionado por Konoha
Fandom: Naruto
Creado: 4/7/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaOscuroAcciónCrossoverTragediaDivergenciaDiscriminación
El peso de la traición y el rugido del silencio
El sol de la tarde caía como plomo sobre los hombros de Naruto Uzumaki. Su característica ropa naranja estaba hecha jirones, empapada en una mezcla de su propia sangre y el lodo del Valle del Fin. Cada paso que daba con sus zapatos azules sobre el suelo de tierra era un suplicio; sus músculos gritaban de agonía y el chakra del Kyubi, que antes le daba fuerzas, ahora solo dejaba un rastro de quemaduras internas. Sin embargo, no se detuvo. En su espalda, cargaba el cuerpo inconsciente de Sasuke Uchiha.
Había cumplido su promesa. Había traído a Sasuke de vuelta, aunque para ello hubiera tenido que recibir un Chidori en el pecho y ver la mirada de odio puro en los ojos de quien consideraba su hermano.
A lo lejos, las grandes puertas de Konoha se alzaban como un refugio. Naruto forzó una sonrisa cansada, imaginando la calidez de su hogar. Pero al acercarse, la realidad lo golpeó más fuerte que cualquier golpe de Sasuke.
Una multitud lo esperaba. No había vítores, solo un silencio sepulcral que cortaba el aire. En el centro estaban Tsunade, Jiraiya, Kakashi, Sakura y el resto de sus compañeros. Los médicos de Konoha se adelantaron de inmediato, arrebatándole bruscamente el cuerpo de Sasuke de la espalda. Naruto tambaleó, cayendo de rodillas por la debilidad.
— ¡Sasuke-kun! —gritó Sakura, corriendo hacia la camilla. Al ver las heridas del Uchiha, sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia. Se giró hacia Naruto y, antes de que él pudiera articular palabra, le propinó una bofetada que lo mandó al suelo—. ¡Eres un monstruo! ¡Mira lo que le has hecho!
— Sakura... yo... —susurró Naruto, escupiendo sangre—. Él no quería venir... intentó matarme... tuve que...
— ¡Cállate! —chilló ella—. Todos tenían razón. Eres un demonio, Naruto. Solo un monstruo podría lastimar así a un compañero.
Naruto buscó apoyo en las figuras que consideraba sus pilares. Miró a Kakashi, pero su maestro desvió la mirada con una frialdad gélida.
— Me has decepcionado, Naruto —dijo Kakashi con voz monótona—. Un shinobi que lastima así a su equipo no es más que un demonio sin control.
El chico rubio sintió que el corazón se le partía. Miró a Jiraiya, esperando que su "Ero-sennin" dijera algo, pero el Sanín lo observaba con una distancia emocional que lo hacía parecer un extraño. Tsunade, la mujer que él consideraba una abuela, simplemente asintió ante las palabras de Kakashi.
— Naruto Uzumaki —sentenció Tsunade—, serás llevado ante el consejo de inmediato.
Entre la multitud, Naruto vio a Hinata. Ella siempre había sido amable, siempre lo había mirado con admiración. Intentó acercarse a ella, buscando un rastro de humanidad.
— Hinata... —murmuró él.
La chica Hyuga retrocedió como si estuviera viendo a una criatura asquerosa.
— No me toques —dijo ella con una voz que Naruto no reconoció—. Siempre pensé que eras especial, que te amaba... pero ahora lo veo. Eres el Kyubi. Me das asco.
Para terminar de hundir el puñal, Hinata se giró hacia Kiba, quien la rodeó con el brazo, y lo besó frente a Naruto. Kiba le lanzó una mirada de triunfo y desprecio.
— Largo de aquí, engendro —escupió Kiba.
Solo unos pocos se mantenían al margen del odio ciego. Iruka intentó dar un paso adelante, con el rostro desencajado por la injusticia, al igual que Neji, Shikamaru, Shino y Chouji. Pero los guardias ANBU los interceptaron antes de que pudieran intervenir.
La sala del consejo era una cueva de lobos. Los civiles gritaban insultos y los líderes de los clanes, influenciados por las palabras de Danzo Shimura, no mostraron piedad.
— Naruto Uzumaki, por el uso excesivo de fuerza contra un heredero de clan y por ser una amenaza para la estabilidad de la aldea —declaró un consejero—, quedas oficialmente desterrado de Konoha.
— ¡Pero completé la misión! —gritó Naruto, con lágrimas de frustración rodando por sus mejillas—. ¡Él se iba con Orochimaru! ¡Iba a traicionarlos a todos!
— Un demonio no tiene voz en este consejo —intervino Danzo con una sonrisa gélida—. Y dado que eres demasiado peligroso para dejarte libre, ordeno tu ejecución inmediata.
La mayoría de los presentes asintieron. Naruto miró a Tsunade y Jiraiya. Ellos no dijeron nada. No levantaron la mano para salvarlo. El silencio de sus mentores fue el golpe final.
— ¡Corran! —el grito de Iruka rompió la tensión cuando los ANBU se abalanzaron sobre Naruto.
En un movimiento desesperado, Shikamaru utilizó su sombra para paralizar a dos guardias, mientras Neji y Shino creaban una apertura en el círculo de ninjas.
— ¡Vete, Naruto! —gritó Shikamaru—. ¡Corre y no mires atrás! ¡Esta aldea ya no merece tu protección!
Naruto, impulsado por el instinto de supervivencia y el dolor de la traición, se lanzó por una ventana, rompiendo el cristal. Detrás de él, escuchó los gritos de sus pocos amigos que luchaban por darle tiempo. Kakashi, Asuma, Kurenai y Guy ya estaban en persecución, seguidos por una turba de ninjas de élite.
El bosque era un borrón de verde y gris. Naruto corrió hasta que sus pulmones parecieron arder en llamas. Usó cada pizca de energía que le quedaba para ocultar su rastro, saltando entre los árboles, alejándose de los gritos de sus antiguos compañeros que lo llamaban "monstruo" y "objetivo".
Finalmente, tras horas de carrera frenética, llegó a un claro rocoso a kilómetros de distancia de las fronteras del País del Fuego. Sus piernas cedieron y cayó al suelo, sollozando sin consuelo. Lo había perdido todo: sus sueños de ser Hokage, sus amigos, su hogar.
— ¿Por qué...? —sollozó, golpeando la tierra—. Yo solo quería que me quisieran...
— Es una historia patética, ¿verdad? —una voz masculina, profunda y cargada de una extraña confianza, resonó en el claro.
Naruto se puso en guardia, o al menos lo intentó, pero sus brazos temblaban demasiado. Levantó la vista y vio a un hombre que no se parecía a nadie que hubiera conocido. Llevaba un traje azul ajustado con una capa que imitaba la bandera de una nación desconocida, y unas botas rojas. Su cabello era rubio y perfectamente peinado, y sus ojos azules brillaban con una intensidad aterradora.
— ¿Quién eres? —preguntó Naruto, limpiándose las lágrimas.
El hombre descendió lentamente del aire, flotando como si la gravedad fuera una sugerencia que él decidía ignorar. Se detuvo a pocos centímetros del suelo y miró a Naruto con una mezcla de lástima y diversión.
— Me llaman Homelander —dijo el hombre, cruzándose de brazos—. Y he estado observando este pequeño espectáculo. Debo decir que esos aldeanos son unos idiotas. Tienen un arma nuclear caminando entre ellos y deciden patearla. Es... decepcionante.
Naruto retrocedió, confundido por los términos que el hombre usaba.
— No soy un arma... soy una persona.
Homelander soltó una carcajada seca que hizo vibrar el aire.
— Oh, chico. Eres lo que ellos deciden que seas. Y ahora mismo, han decidido que eres basura. Pero yo veo algo más. Veo potencial. Veo a alguien que, con el enfoque adecuado, podría hacer que todos esos patéticos ninjas se arrodillen y pidan perdón mientras sus casas arden.
Naruto se quedó helado. La oscuridad en las palabras de Homelander era seductora en su estado de vulnerabilidad.
— ¿Por qué me ayudarías? —susurró Naruto.
— Porque yo sé lo que es ser el único en la cima —respondió Homelander, acercándose y poniendo una mano pesada sobre el hombro del chico—. Sé lo que es que te teman y que te odien mientras tú haces todo el trabajo sucio. Pero aquí está el secreto, Naruto: tú no necesitas su aprobación. Tú necesitas poder. El tipo de poder que hace que el mundo entero guarde silencio cuando tú hablas.
Antes de que Naruto pudiera responder, Homelander lo rodeó con un brazo.
— Vamos a dar un paseo. Te voy a llevar a un lugar donde nadie te encontrará. Te voy a enseñar a dejar de llorar y a empezar a ganar.
En un estallido de velocidad que superaba cualquier Shunshin que Naruto hubiera visto jamás, el paisaje desapareció. El viento golpeó el rostro de Naruto con tal fuerza que perdió el conocimiento.
Cuando despertó, ya no estaba en el bosque. Estaba en una estructura de metal y cristal, en lo alto de lo que parecía ser una montaña que rozaba las nubes. El lugar emitía una sensación de esterilidad y tecnología que Naruto no podía comprender.
Homelander estaba de pie frente a una gran ventana, mirando hacia el horizonte.
— Bienvenido a tu nueva vida, chico —dijo sin girarse—. Olvida a la chica que te rechazó. Olvida al maestro que te dio la espalda. A partir de hoy, Naruto Uzumaki está muerto. Lo que salga de este entrenamiento... será algo que este mundo no está preparado para enfrentar.
Naruto se miró las manos. Todavía temblaban, pero el dolor en su pecho estaba empezando a transformarse en algo más frío, algo más duro. El odio de la aldea le había quitado todo, pero este extraño hombre le estaba ofreciendo un propósito.
— ¿Qué quieres que haga? —preguntó Naruto, con la voz más firme.
Homelander se giró, y por primera vez, Naruto vio un destello rojo en sus ojos.
— Quiero que seas real. Quiero que seas un dios.
El entrenamiento comenzó ese mismo día. No era como el entrenamiento de Jiraiya, basado en la armonía con la naturaleza o el control del chakra. Homelander era brutal. Le enseñó a Naruto a canalizar su rabia, a ignorar el dolor y a ver a los demás como seres inferiores que solo servían para ser dominados o eliminados.
Con el paso de los meses, el cuerpo de Naruto cambió. El niño bajito y ruidoso desapareció, dejando paso a un joven de mirada gélida y una presencia imponente. Bajo la tutela de Homelander, Naruto aprendió a combinar el inmenso chakra del Kyubi con las tácticas de intimidación y la fuerza bruta que su nuevo mentor personificaba.
Un día, mientras Naruto observaba desde las alturas de su refugio, Homelander se acercó a él.
— ¿Estás listo para volver? —preguntó el hombre de la capa.
Naruto no sonrió. Sus ojos azules, ahora con un matiz carmesí permanente en el borde del iris, se fijaron en la dirección donde sabía que se encontraba Konoha.
— No voy a volver —dijo Naruto con una voz que destilaba autoridad—. Voy a reclamar lo que es mío.
Homelander asintió, satisfecho. Había creado un monstruo a su imagen y semejanza, un ser que no buscaba la paz, sino la justicia impuesta por el miedo.
El mundo ninja no tenía idea de lo que se avecinaba. El "demonio" que habían desterrado ya no quería su aceptación. Ahora, Naruto Uzumaki solo quería que el mundo entero supiera que, cuando un dios es traicionado, el cielo mismo se tiñe de sangre.
Había cumplido su promesa. Había traído a Sasuke de vuelta, aunque para ello hubiera tenido que recibir un Chidori en el pecho y ver la mirada de odio puro en los ojos de quien consideraba su hermano.
A lo lejos, las grandes puertas de Konoha se alzaban como un refugio. Naruto forzó una sonrisa cansada, imaginando la calidez de su hogar. Pero al acercarse, la realidad lo golpeó más fuerte que cualquier golpe de Sasuke.
Una multitud lo esperaba. No había vítores, solo un silencio sepulcral que cortaba el aire. En el centro estaban Tsunade, Jiraiya, Kakashi, Sakura y el resto de sus compañeros. Los médicos de Konoha se adelantaron de inmediato, arrebatándole bruscamente el cuerpo de Sasuke de la espalda. Naruto tambaleó, cayendo de rodillas por la debilidad.
— ¡Sasuke-kun! —gritó Sakura, corriendo hacia la camilla. Al ver las heridas del Uchiha, sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia. Se giró hacia Naruto y, antes de que él pudiera articular palabra, le propinó una bofetada que lo mandó al suelo—. ¡Eres un monstruo! ¡Mira lo que le has hecho!
— Sakura... yo... —susurró Naruto, escupiendo sangre—. Él no quería venir... intentó matarme... tuve que...
— ¡Cállate! —chilló ella—. Todos tenían razón. Eres un demonio, Naruto. Solo un monstruo podría lastimar así a un compañero.
Naruto buscó apoyo en las figuras que consideraba sus pilares. Miró a Kakashi, pero su maestro desvió la mirada con una frialdad gélida.
— Me has decepcionado, Naruto —dijo Kakashi con voz monótona—. Un shinobi que lastima así a su equipo no es más que un demonio sin control.
El chico rubio sintió que el corazón se le partía. Miró a Jiraiya, esperando que su "Ero-sennin" dijera algo, pero el Sanín lo observaba con una distancia emocional que lo hacía parecer un extraño. Tsunade, la mujer que él consideraba una abuela, simplemente asintió ante las palabras de Kakashi.
— Naruto Uzumaki —sentenció Tsunade—, serás llevado ante el consejo de inmediato.
Entre la multitud, Naruto vio a Hinata. Ella siempre había sido amable, siempre lo había mirado con admiración. Intentó acercarse a ella, buscando un rastro de humanidad.
— Hinata... —murmuró él.
La chica Hyuga retrocedió como si estuviera viendo a una criatura asquerosa.
— No me toques —dijo ella con una voz que Naruto no reconoció—. Siempre pensé que eras especial, que te amaba... pero ahora lo veo. Eres el Kyubi. Me das asco.
Para terminar de hundir el puñal, Hinata se giró hacia Kiba, quien la rodeó con el brazo, y lo besó frente a Naruto. Kiba le lanzó una mirada de triunfo y desprecio.
— Largo de aquí, engendro —escupió Kiba.
Solo unos pocos se mantenían al margen del odio ciego. Iruka intentó dar un paso adelante, con el rostro desencajado por la injusticia, al igual que Neji, Shikamaru, Shino y Chouji. Pero los guardias ANBU los interceptaron antes de que pudieran intervenir.
La sala del consejo era una cueva de lobos. Los civiles gritaban insultos y los líderes de los clanes, influenciados por las palabras de Danzo Shimura, no mostraron piedad.
— Naruto Uzumaki, por el uso excesivo de fuerza contra un heredero de clan y por ser una amenaza para la estabilidad de la aldea —declaró un consejero—, quedas oficialmente desterrado de Konoha.
— ¡Pero completé la misión! —gritó Naruto, con lágrimas de frustración rodando por sus mejillas—. ¡Él se iba con Orochimaru! ¡Iba a traicionarlos a todos!
— Un demonio no tiene voz en este consejo —intervino Danzo con una sonrisa gélida—. Y dado que eres demasiado peligroso para dejarte libre, ordeno tu ejecución inmediata.
La mayoría de los presentes asintieron. Naruto miró a Tsunade y Jiraiya. Ellos no dijeron nada. No levantaron la mano para salvarlo. El silencio de sus mentores fue el golpe final.
— ¡Corran! —el grito de Iruka rompió la tensión cuando los ANBU se abalanzaron sobre Naruto.
En un movimiento desesperado, Shikamaru utilizó su sombra para paralizar a dos guardias, mientras Neji y Shino creaban una apertura en el círculo de ninjas.
— ¡Vete, Naruto! —gritó Shikamaru—. ¡Corre y no mires atrás! ¡Esta aldea ya no merece tu protección!
Naruto, impulsado por el instinto de supervivencia y el dolor de la traición, se lanzó por una ventana, rompiendo el cristal. Detrás de él, escuchó los gritos de sus pocos amigos que luchaban por darle tiempo. Kakashi, Asuma, Kurenai y Guy ya estaban en persecución, seguidos por una turba de ninjas de élite.
El bosque era un borrón de verde y gris. Naruto corrió hasta que sus pulmones parecieron arder en llamas. Usó cada pizca de energía que le quedaba para ocultar su rastro, saltando entre los árboles, alejándose de los gritos de sus antiguos compañeros que lo llamaban "monstruo" y "objetivo".
Finalmente, tras horas de carrera frenética, llegó a un claro rocoso a kilómetros de distancia de las fronteras del País del Fuego. Sus piernas cedieron y cayó al suelo, sollozando sin consuelo. Lo había perdido todo: sus sueños de ser Hokage, sus amigos, su hogar.
— ¿Por qué...? —sollozó, golpeando la tierra—. Yo solo quería que me quisieran...
— Es una historia patética, ¿verdad? —una voz masculina, profunda y cargada de una extraña confianza, resonó en el claro.
Naruto se puso en guardia, o al menos lo intentó, pero sus brazos temblaban demasiado. Levantó la vista y vio a un hombre que no se parecía a nadie que hubiera conocido. Llevaba un traje azul ajustado con una capa que imitaba la bandera de una nación desconocida, y unas botas rojas. Su cabello era rubio y perfectamente peinado, y sus ojos azules brillaban con una intensidad aterradora.
— ¿Quién eres? —preguntó Naruto, limpiándose las lágrimas.
El hombre descendió lentamente del aire, flotando como si la gravedad fuera una sugerencia que él decidía ignorar. Se detuvo a pocos centímetros del suelo y miró a Naruto con una mezcla de lástima y diversión.
— Me llaman Homelander —dijo el hombre, cruzándose de brazos—. Y he estado observando este pequeño espectáculo. Debo decir que esos aldeanos son unos idiotas. Tienen un arma nuclear caminando entre ellos y deciden patearla. Es... decepcionante.
Naruto retrocedió, confundido por los términos que el hombre usaba.
— No soy un arma... soy una persona.
Homelander soltó una carcajada seca que hizo vibrar el aire.
— Oh, chico. Eres lo que ellos deciden que seas. Y ahora mismo, han decidido que eres basura. Pero yo veo algo más. Veo potencial. Veo a alguien que, con el enfoque adecuado, podría hacer que todos esos patéticos ninjas se arrodillen y pidan perdón mientras sus casas arden.
Naruto se quedó helado. La oscuridad en las palabras de Homelander era seductora en su estado de vulnerabilidad.
— ¿Por qué me ayudarías? —susurró Naruto.
— Porque yo sé lo que es ser el único en la cima —respondió Homelander, acercándose y poniendo una mano pesada sobre el hombro del chico—. Sé lo que es que te teman y que te odien mientras tú haces todo el trabajo sucio. Pero aquí está el secreto, Naruto: tú no necesitas su aprobación. Tú necesitas poder. El tipo de poder que hace que el mundo entero guarde silencio cuando tú hablas.
Antes de que Naruto pudiera responder, Homelander lo rodeó con un brazo.
— Vamos a dar un paseo. Te voy a llevar a un lugar donde nadie te encontrará. Te voy a enseñar a dejar de llorar y a empezar a ganar.
En un estallido de velocidad que superaba cualquier Shunshin que Naruto hubiera visto jamás, el paisaje desapareció. El viento golpeó el rostro de Naruto con tal fuerza que perdió el conocimiento.
Cuando despertó, ya no estaba en el bosque. Estaba en una estructura de metal y cristal, en lo alto de lo que parecía ser una montaña que rozaba las nubes. El lugar emitía una sensación de esterilidad y tecnología que Naruto no podía comprender.
Homelander estaba de pie frente a una gran ventana, mirando hacia el horizonte.
— Bienvenido a tu nueva vida, chico —dijo sin girarse—. Olvida a la chica que te rechazó. Olvida al maestro que te dio la espalda. A partir de hoy, Naruto Uzumaki está muerto. Lo que salga de este entrenamiento... será algo que este mundo no está preparado para enfrentar.
Naruto se miró las manos. Todavía temblaban, pero el dolor en su pecho estaba empezando a transformarse en algo más frío, algo más duro. El odio de la aldea le había quitado todo, pero este extraño hombre le estaba ofreciendo un propósito.
— ¿Qué quieres que haga? —preguntó Naruto, con la voz más firme.
Homelander se giró, y por primera vez, Naruto vio un destello rojo en sus ojos.
— Quiero que seas real. Quiero que seas un dios.
El entrenamiento comenzó ese mismo día. No era como el entrenamiento de Jiraiya, basado en la armonía con la naturaleza o el control del chakra. Homelander era brutal. Le enseñó a Naruto a canalizar su rabia, a ignorar el dolor y a ver a los demás como seres inferiores que solo servían para ser dominados o eliminados.
Con el paso de los meses, el cuerpo de Naruto cambió. El niño bajito y ruidoso desapareció, dejando paso a un joven de mirada gélida y una presencia imponente. Bajo la tutela de Homelander, Naruto aprendió a combinar el inmenso chakra del Kyubi con las tácticas de intimidación y la fuerza bruta que su nuevo mentor personificaba.
Un día, mientras Naruto observaba desde las alturas de su refugio, Homelander se acercó a él.
— ¿Estás listo para volver? —preguntó el hombre de la capa.
Naruto no sonrió. Sus ojos azules, ahora con un matiz carmesí permanente en el borde del iris, se fijaron en la dirección donde sabía que se encontraba Konoha.
— No voy a volver —dijo Naruto con una voz que destilaba autoridad—. Voy a reclamar lo que es mío.
Homelander asintió, satisfecho. Había creado un monstruo a su imagen y semejanza, un ser que no buscaba la paz, sino la justicia impuesta por el miedo.
El mundo ninja no tenía idea de lo que se avecinaba. El "demonio" que habían desterrado ya no quería su aceptación. Ahora, Naruto Uzumaki solo quería que el mundo entero supiera que, cuando un dios es traicionado, el cielo mismo se tiñe de sangre.
