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Fandom: Wind breaker

Creado: 4/7/2026

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Llamada al borde del abismo

Daiki Takahashi caminaba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de Bofurin, dejando que el aire fresco de la noche golpeara su rostro. Sus ojos dorados, esos que a veces le valían miradas de admiración y otras veces de desprecio, escudriñaban las sombras de Makochi. Pero su mente estaba en otro lugar.

Todavía sentía el eco de los golpes de la semana pasada. La declaración de guerra de Shishitoren y aquel enfrentamiento frenético. Recordaba el momento exacto en que se lanzó al medio para evitar que Sakura, con su terquedad habitual, fuera arrastrado por Endo. Daiki sabía que no era el más fuerte de primer año —todavía le faltaba esa potencia bruta que tenían Sakura o Sugishita—, pero se había defendido con uñas y dientes. Había peleado no para ganar, sino para ganar tiempo.

Endo. Ese nombre le provocaba un escalofrío que no sabía clasificar.

Durante la pelea, Endo parecía estar en un estado de éxtasis absoluto. Su forma de moverse, esa alegría maníaca mientras repartía golpes... era terrorífico y, al mismo tiempo, extrañamente fascinante. Daiki recordó cómo, en la azotea, Endo lo había señalado personalmente. Había pedido que él también subiera junto a Sakura.

—Maldita sea... —susurró Daiki para sí mismo, pateando una lata—. Si fuera solo un poco más alto, o si tuviera más fuerza en los hombros, quizá podría haberle seguido el ritmo.

Se desvió por un callejón estrecho para acortar camino hacia su pequeño y destartalado apartamento. Estaba sumido en sus pensamientos, calculando cuántos días más podría estirar el pago de la renta, cuando un instinto primario, forjado en años de ser el blanco de los abusos escolares, le gritó que se moviera.

Se agachó instintivamente. Un bate de metal pasó zumbando a milímetros de sus puntas teñidas de celeste, impactando contra el ladrillo con un estruendo metálico.

—¿Pero qué demonios...? —Daiki rodó sobre el suelo y se puso en guardia rápidamente.

Frente a él, una silueta conocida sostenía el bate. Era uno de los tipos que había entregado a la policía hacía dos semanas por intentar asaltar una tienda de conveniencia. Pero no estaba solo. De las sombras del callejón y de las entradas del almacén contiguo empezaron a salir hombres. Diez, veinte... al menos treinta.

—Te dijimos que te arrepentirías, niño de Bofurin —siseó el del bate—. Hoy no hay nadie para salvarte.

Daiki apretó los dientes. Sus músculos protestaron de inmediato; las heridas de la pelea contra Shishitoren aún no habían cerrado del todo. Estaba en desventaja numérica, en un espacio cerrado y físicamente agotado.

—Treinta contra uno... —Daiki esbozó una sonrisa tensa, aunque su corazón latía con fuerza—. Parece que me tienen mucho miedo como para traer a todo el vecindario.

Sabía que quedarse en el callejón abierto era un suicidio. Su mejor opción era el almacén: pasillos estrechos, estanterías, lugares donde su agilidad y su conocimiento de técnicas de sumisión y golpeo rápido pudieran brillar. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia el interior del edificio.

La siguiente hora y media fue un borrón de dolor y adrenalina. Daiki peleó como un animal acorralado. Usó estanterías para bloquear caminos, utilizó las sombras y golpeó puntos vitales con la precisión que había aprendido estudiando por su cuenta en aquellos cursos de defensa personal que apenas pudo pagar. Pero eran demasiados.

Cuando finalmente el último hombre cayó al suelo, Daiki salió del almacén cojeando. Su visión nadaba. Se dejó caer contra la pared fría de un callejón cercano, lejos de la calle principal. Su brazo izquierdo tenía un corte profundo que empapaba la manga de su uniforme, y sentía que una costilla le pinchaba el pulmón con cada respiración.

—Malditos cobardes... —masculló entre dientes, tosiendo un poco de sangre—. Pelear sucio... con armas... Si estuviera al cien por ciento, los habría barrido en diez minutos.

Intentó ponerse de pie, pero sus piernas cedieron. Estaba atrapado. Si alguno de esos tipos se despertaba pronto y lo encontraba así, no tendría fuerzas para defenderse una segunda vez. Con manos temblorosas, buscó en su bolsillo y sacó su teléfono.

Era un modelo antiguo, un regalo que Sou le había dado por su cumpleaños. Para Daiki, que vivía contando cada moneda para no ser desalojado, ese aparato era un tesoro. Al ver la pantalla, se le rompió el corazón: estaba destrozada, con grietas que cruzaban el cristal como una telaraña.

—No, no, no... Por favor, enciende —suplicó en un susurro.

Presionó el botón de encendido con desesperación. Tras unos segundos angustiantes, la pantalla se iluminó, aunque la mitad derecha estaba completamente negra y la otra mitad parpadeaba con líneas verdes. Con dificultad, deslizó el dedo por la superficie astillada. Apenas podía ver los nombres de sus contactos. Necesitaba a Sakura, a Nirei, a cualquiera.

Logró abrir la aplicación de llamadas y pulsó el primer contacto que no estaba cubierto por la mancha negra. Ni siquiera miró el nombre. Solo necesitaba que alguien respondiera.

El tono de llamada sonó una vez. Dos veces.

—¿Diga? —Una voz suave, pero con un matiz peligroso, respondió al otro lado.

Daiki no se detuvo a pensar en quién era. Las palabras salieron atropelladas, mezcladas con jadeos de dolor.

—¡Ayuda! Por favor... estoy en el callejón detrás del antiguo almacén de la calle 4... Unos idiotas me tendieron una trampa... eran demasiados... —Daiki hizo una mueca cuando el dolor en su brazo se intensificó—. Los vencí, pero no puedo moverme. Creo que perdí mucha sangre. Por favor, ven... no puedo llegar a casa solo...

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Daiki estaba a punto de preguntar si seguían ahí cuando un ruido a sus espaldas lo obligó a soltar el celular.

Uno de los delincuentes, el líder del bate, se había arrastrado hasta allí. Con un último aliento de rabia, lanzó una patada lateral que golpeó el costado de Daiki. El chico salió despedido un par de metros y su teléfono voló por el aire, impactando contra el suelo y terminando de romperse en pedazos.

—¡Muere, basura! —gritó el hombre, intentando levantarse.

Daiki, impulsado por un puro instinto de supervivencia, se obligó a levantarse. Sus ojos dorados brillaron con una furia fría. A pesar de la pierna herida, se lanzó hacia adelante y conectó un golpe seco en la mandíbula del hombre, dejándolo inconsciente definitivamente.

Sin embargo, el esfuerzo fue demasiado. Daiki se desplomó sentado, apoyando la espalda contra un contenedor de basura. Miró los restos de su celular y sintió ganas de llorar.

—Adiós al depósito de la renta... —susurró, cerrando los ojos—. Supongo que este es un buen lugar para escribir mi testamento. "Dejo mis deudas a quien quiera pagarlas... y mi colección de mangas a Sakura...".

El cansancio empezó a ganarle. La pérdida de sangre lo hacía sentir ligero, casi como si estuviera flotando. Estaba a punto de dejarse llevar por la negrura cuando el sonido de pasos rítmicos resonó en el callejón.

Daiki entreabrió los ojos, tratando de enfocar. Una figura alta y delgada se recortaba contra la luz de la calle al final del callejón. El corazón de Daiki dio un vuelco. Esa postura, esa forma de caminar...

—¿Endo...? —murmuró, pensando que era una alucinación producto de la hemorragia.

Pero no era una alucinación. Endo se acercó a paso rápido. Su rostro, usualmente distorsionado por una sonrisa maníaca o una expresión de aburrimiento, mostraba algo que Daiki nunca habría esperado: preocupación genuina. O quizás, una intensidad posesiva que daba más miedo que la preocupación.

Endo se acuclilló frente a él, ignorando los cuerpos inconscientes que sembraban el lugar.

—¿Qué haces tú aquí? —logró preguntar Daiki, con la voz apenas audible.

Endo levantó su propio teléfono, mostrando la pantalla con una llamada finalizada recientemente.

—Tú me llamaste, Takahashi-kun —dijo Endo, su voz vibrando con una emoción extraña—. No esperaba que fueras tú. Fue una sorpresa muy agradable.

Daiki se quedó helado. Los recuerdos de la semana pasada volvieron a él: Chika le había dado el número de Endo por alguna razón que en su momento no entendió, y él lo había guardado por pura inercia. En su desesperación y con la pantalla rota, había marcado al hombre más peligroso que conocía.

—Lo... lo siento —balbuceó Daiki, tratando de alejarse, aunque no tenía a dónde ir—. Fue un error. El teléfono está roto... quería llamar a mis amigos...

Endo miró los fragmentos del celular de Daiki en el suelo y luego volvió a mirar las heridas del chico. Sus ojos recorrieron el corte en el brazo y la pierna que no dejaba de sangrar.

—Un error, ¿eh? —Endo extendió una mano y acarició suavemente la mejilla de Daiki, quien se estremeció—. Pero me llamaste a mí. Me pediste ayuda a mí. Y yo vine.

Daiki sintió que el mundo daba vueltas. La cercanía de Endo era abrumadora, pero extrañamente, ya no tenía fuerzas para sentir miedo. El agotamiento era absoluto.

—No te enojes... —susurró Daiki, sus párpados pesando toneladas—. Solo... una siesta rápida... no me mates mientras duermo...

Antes de que Endo pudiera responder, la cabeza de Daiki cayó hacia un lado, perdiendo el conocimiento por completo.

Endo se quedó inmóvil, observando al chico. Su mano bajó desde la mejilla hasta el cuello de Daiki, sintiendo el pulso débil pero constante. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por su rostro.

Desde que lo vio pelear contra sus subordinados para proteger a Sakura, Endo había quedado cautivado. Había algo en Daiki —esa mezcla de vulnerabilidad de huérfano y una tenacidad de hierro— que lo ponía al mismo nivel de interés que Sakura o Takiishi. Y ahora, el destino (o un teléfono roto) se lo había entregado en bandeja de plata.

—Dormir en un callejón no es propio de alguien tan interesante como tú, Takahashi-kun —susurró Endo.

Con una facilidad asombrosa, Endo pasó un brazo por debajo de las rodillas de Daiki y otro por su espalda, levantándolo en vilo. El cuerpo del chico era ligero, demasiado ligero, lo que hizo que el ceño de Endo se frunciera momentáneamente.

—Parece que tendré que cuidarte un poco —continuó Endo, caminando hacia la salida del callejón con el chico en brazos—. Después de todo, me pediste que viniera. Y yo siempre cumplo con mis fans.

Endo no llamó a una ambulancia, ni llevó a Daiki a la escuela Bofurin. En su mente, Daiki acababa de cometer el error —o el acierto— más grande de su vida al marcar ese número. Y Endo no tenía ninguna intención de dejarlo ir tan fácilmente. Mientras caminaba por las calles oscuras de Makochi, con el chico de puntas celestes apoyado contra su pecho, Endo se sentía más vivo que nunca.

Sakura y los demás podían esperar. Por ahora, Daiki Takahashi le pertenecía a él.
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