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Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 4/7/2026
Etiquetas
RomanceDramaDolor/ConsueloFluffCelosAmbientación CanonEstudio de Personaje
El susurro de las alas de seda
La Finca de las Mariposas solía ser un remanso de paz, un lugar donde el aroma a hierbas medicinales y el sonido del agua fluyendo por las fuentes de bambú calmaban hasta al guerrero más agitado. Sin embargo, para Shinobu Kocho, el ambiente hoy se sentía sofocante. No era el calor del verano, ni la carga de trabajo acumulada tras la última misión. Era algo más punzante, algo que se retorcía en su pecho como una espina de glicina.
Desde la veranda, Shinobu observaba el jardín. Sus ojos, grandes y de un púrpura nebuloso, estaban fijos en dos figuras que se encontraban cerca de la entrada principal.
Giyu Tomioka, el Pilar del Agua, permanecía de pie con su habitual rigidez. Su haori dividido ondeaba ligeramente con la brisa, y su expresión, como siempre, era un muro de piedra infranqueable. Pero no estaba solo. A su lado, Mitsuri Kanroji, la Pilar del Amor, gesticulaba con entusiasmo, sus trenzas rosadas y verdes saltando con cada movimiento. Mitsuri reía, se inclinaba hacia él y parecía estar inmersa en una conversación sumamente animada.
Lo que realmente molestaba a Shinobu no era la alegría de Mitsuri —era imposible odiar a alguien tan pura—, sino la reacción de Giyu. Él no se alejaba. No la ignoraba con ese silencio cortante que solía dedicarle a casi todo el mundo. Al contrario, la miraba con una atención serena, asintiendo de vez en cuando.
—Vaya, vaya —susurró Shinobu para sí misma, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Parece que el señor "no tengo amigos" finalmente ha encontrado a alguien que no le resulta molesto.
Apretó los puños ocultos bajo las largas mangas de su haori de mariposa. Sentía una irritación irracional. Ella llevaba meses, quizás años, intentando sacar a Giyu de su caparazón a base de bromas pesadas, pullas constantes y comentarios sobre cómo todo el mundo lo odiaba. Era su forma de conectar, su manera de pinchar esa superficie helada para ver si debajo todavía latía un corazón humano.
Y ahora, llegaba Mitsuri y, con un par de sonrisas y palabras dulces, parecía haber logrado más progreso que ella en todo un año.
—Es inmaduro, Shinobu. Compórtate como una adulta —se reprendió mentalmente, aunque sus cejas se contrajeron ligeramente.
El odio que sentía por los demonios era un fuego constante que la consumía, pero este sentimiento nuevo, estos celos punzantes, eran una distracción que no sabía cómo manejar. Se sentía pequeña, más de lo habitual.
Decidió que ya había visto suficiente. Se dio la vuelta con la intención de refugiarse en su laboratorio para preparar venenos, pero una voz profunda y monótona la detuvo antes de que pudiera cruzar el umbral.
—Kocho.
Shinobu se tensó. Conocía esa voz. Se giró lentamente, recomponiendo su máscara de amabilidad perfecta. La sonrisa estaba en su sitio, brillante y vacía.
—¡Tomioka-san! —exclamó con un tono cantarín—. Qué sorpresa. Pensé que estarías demasiado ocupado charlando con Kanroji-san. Parecían estar divirtiéndose mucho. ¿Finalmente has aprendido a articular palabras completas o ella hizo todo el trabajo por ti?
Giyu se detuvo a unos metros de ella. Sus ojos azul lapislázuli la recorrieron con una intensidad que la hizo sentir incómoda. No respondió de inmediato, lo cual era habitual, pero esta vez el silencio se sentía diferente. Había una tensión extraña en sus hombros.
—Kanroji es... persistente —dijo finalmente Giyu.
—Oh, lo sé. Es encantadora, ¿verdad? —Shinobu ladeó la cabeza, clavando su mirada en la de él—. Supongo que es un cambio agradable comparado con alguien tan "molesta" como yo. ¿Es por eso que pasas tanto tiempo con ella últimamente?
Giyu frunció el ceño apenas un milímetro.
—No es lo que crees.
—No creo nada, Tomioka-san. Solo observo —replicó ella, aunque su voz tembló un poco al final. Estaba enojada, frustrada y, sobre todo, cansada de fingir que no le importaba.
Giyu dio un paso hacia adelante. De detrás de su espalda, sacó un pequeño ramo de flores silvestres. Eran sencillas, de un azul pálido y blanco, recogidas con torpeza pero con cuidado. Se las extendió con la mano ligeramente temblorosa.
Shinobu parpadeó, completamente desconcertada. Su máscara vaciló por un segundo.
—¿Qué es esto? —preguntó, bajando el tono de voz.
—Son para ti —respondió él, apartando la mirada hacia un punto indefinido en el jardín—. Kanroji dijo que... que a las mujeres les gustan estas cosas. Y que tú, en particular, apreciarías el gesto si venía de mí.
Shinobu aceptó las flores mecánicamente. El roce de los dedos de Giyu contra los suyos fue breve, pero envió una descarga eléctrica por su brazo.
—¿Mitsuri-san te dijo que hicieras esto? —preguntó ella, sintiendo que una parte de su enojo se disolvía, reemplazada por una confusión creciente.
—Ella me ayudó —admitió Giyu, soltando un suspiro pesado, como si estuviera confesando un crimen—. Me vio intentando acercarme a ti varias veces en las últimas semanas, pero siempre me retiraba. Dijo que soy "terriblemente ineficiente" comunicando mis sentimientos.
Shinobu sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
—¿Tus sentimientos? —repitió en un susurro.
Giyu volvió a mirarla. Sus ojos, que a veces parecían vacíos, ahora estaban llenos de una vulnerabilidad que la dejó sin aliento.
—No sé cómo hacer esto, Kocho —comenzó él, su voz era baja pero firme—. No soy alguien que sepa hablar, ni alguien que resulte agradable. Sé que siempre te burlas de mí porque no tengo amigos, y quizás tengas razón. Pero... la razón por la que hablaba con Kanroji era porque le pedía consejo.
Shinobu dio un paso hacia él, olvidando por completo su fachada de indiferencia.
—¿Consejo sobre qué?
—Sobre ti —respondió Giyu con una honestidad brutal—. Ella se dio cuenta de que... de que mis ojos siempre te buscan cuando estamos en las reuniones de los Pilares. Se dio cuenta de que mi silencio contigo no es por desprecio, sino porque no quiero decir algo que te aleje aún más.
El corazón de Shinobu dio un vuelco. Las flores en sus manos de repente pesaron más, cargadas con el significado de cada palabra que él pronunciaba.
—Kanroji me dijo que si no hablaba pronto, te perdería —continuó Giyu, dando otro paso, acortando la distancia entre ambos—. Y no quiero eso. No quiero que dejes de hablarme, aunque sea para burlarte. Me gusta tu voz. Me gusta... que seas la única que se atreve a traspasar mis muros.
Shinobu se llevó una mano a la boca, ocultando un pequeño jadeo. Sus ojos se humedecieron, y por primera vez en mucho tiempo, no eran lágrimas de rabia o de dolor por su hermana fallecida. Eran lágrimas de un alivio tan profundo que la hacían sentir ligera.
—Tomioka-san... eres un tonto —logró decir, aunque su voz se quebró—. Eres un tonto redomado.
—Lo sé —asintió él con una seriedad cómica.
—Me tenías muriéndome de celos —confesó ella, dejando caer la máscara por completo. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. Pensé que finalmente te habías cansado de mí. Pensé que preferías la alegría de Mitsuri-san a mi amargura disfrazada.
Giyu extendió una mano, dudando por un momento antes de rozar con sus dedos la mejilla de Shinobu, secando una lágrima. Su tacto era áspero por el entrenamiento, pero increíblemente tierno.
—No hay nadie más —dijo él con una convicción que no dejaba lugar a dudas—. Siempre has sido tú, Shinobu.
Ella soltó una pequeña risa entrecortada y se apoyó en su mano, cerrando los ojos. El mundo exterior, los demonios, el peso de ser un Pilar... todo pareció desvanecerse en ese instante. Solo quedaban ellos dos, en la penumbra de la veranda, rodeados por el aroma de las flores silvestres.
—Supongo que tendré que agradecerle a Kanroji-san después de todo —dijo Shinobu, abriendo los ojos y dedicándole una sonrisa que, por primera vez, era absolutamente real y cálida—. Aunque eso no significa que dejaré de molestarte, ¿sabes?
Giyu permitió que una sombra de sonrisa, casi imperceptible pero presente, cruzara sus labios.
—No esperaba menos.
Shinobu se adelantó y rodeó la cintura de Giyu con sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho. Él se tensó por un segundo, sorprendido por el contacto físico, pero rápidamente se relajó y la envolvió en un abrazo protector, apoyando su barbilla sobre la cabeza de ella.
—Gracias por las flores, Giyu —susurró ella contra su uniforme.
—Gracias por no irte —respondió él.
En la distancia, escondida tras un arbusto de hortensias, Mitsuri Kanroji se tapaba la boca para no chillar de emoción, con los ojos brillando de alegría al ver a sus dos amigos finalmente juntos. Su plan había funcionado a la perfección.
Shinobu, en los brazos del hombre que amaba en secreto, finalmente entendió que sus celos habían sido el último obstáculo antes de la claridad. Giyu siempre estuvo allí, a su lado, esperando el momento adecuado para que sus mundos, tan diferentes como el agua y el veneno, finalmente encontraran un equilibrio perfecto.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Shinobu, separándose un poco para mirarlo con picardía.
—¿Qué?
—Que ahora que sé que me quieres, tengo mucho más material para burlarme de ti en la próxima reunión.
Giyu suspiró, pero no soltó su agarre.
—Me lo merezco por haber tardado tanto.
Shinobu rió, una risa clara y cristalina que llenó el jardín, y por un momento, el peso del mundo fue un poco más ligero para ambos cazadores de demonios. El Pilar del Agua y el Pilar del Insecto, unidos no solo por el deber, sino por un lazo que ni siquiera la muerte podría romper fácilmente.
Desde la veranda, Shinobu observaba el jardín. Sus ojos, grandes y de un púrpura nebuloso, estaban fijos en dos figuras que se encontraban cerca de la entrada principal.
Giyu Tomioka, el Pilar del Agua, permanecía de pie con su habitual rigidez. Su haori dividido ondeaba ligeramente con la brisa, y su expresión, como siempre, era un muro de piedra infranqueable. Pero no estaba solo. A su lado, Mitsuri Kanroji, la Pilar del Amor, gesticulaba con entusiasmo, sus trenzas rosadas y verdes saltando con cada movimiento. Mitsuri reía, se inclinaba hacia él y parecía estar inmersa en una conversación sumamente animada.
Lo que realmente molestaba a Shinobu no era la alegría de Mitsuri —era imposible odiar a alguien tan pura—, sino la reacción de Giyu. Él no se alejaba. No la ignoraba con ese silencio cortante que solía dedicarle a casi todo el mundo. Al contrario, la miraba con una atención serena, asintiendo de vez en cuando.
—Vaya, vaya —susurró Shinobu para sí misma, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Parece que el señor "no tengo amigos" finalmente ha encontrado a alguien que no le resulta molesto.
Apretó los puños ocultos bajo las largas mangas de su haori de mariposa. Sentía una irritación irracional. Ella llevaba meses, quizás años, intentando sacar a Giyu de su caparazón a base de bromas pesadas, pullas constantes y comentarios sobre cómo todo el mundo lo odiaba. Era su forma de conectar, su manera de pinchar esa superficie helada para ver si debajo todavía latía un corazón humano.
Y ahora, llegaba Mitsuri y, con un par de sonrisas y palabras dulces, parecía haber logrado más progreso que ella en todo un año.
—Es inmaduro, Shinobu. Compórtate como una adulta —se reprendió mentalmente, aunque sus cejas se contrajeron ligeramente.
El odio que sentía por los demonios era un fuego constante que la consumía, pero este sentimiento nuevo, estos celos punzantes, eran una distracción que no sabía cómo manejar. Se sentía pequeña, más de lo habitual.
Decidió que ya había visto suficiente. Se dio la vuelta con la intención de refugiarse en su laboratorio para preparar venenos, pero una voz profunda y monótona la detuvo antes de que pudiera cruzar el umbral.
—Kocho.
Shinobu se tensó. Conocía esa voz. Se giró lentamente, recomponiendo su máscara de amabilidad perfecta. La sonrisa estaba en su sitio, brillante y vacía.
—¡Tomioka-san! —exclamó con un tono cantarín—. Qué sorpresa. Pensé que estarías demasiado ocupado charlando con Kanroji-san. Parecían estar divirtiéndose mucho. ¿Finalmente has aprendido a articular palabras completas o ella hizo todo el trabajo por ti?
Giyu se detuvo a unos metros de ella. Sus ojos azul lapislázuli la recorrieron con una intensidad que la hizo sentir incómoda. No respondió de inmediato, lo cual era habitual, pero esta vez el silencio se sentía diferente. Había una tensión extraña en sus hombros.
—Kanroji es... persistente —dijo finalmente Giyu.
—Oh, lo sé. Es encantadora, ¿verdad? —Shinobu ladeó la cabeza, clavando su mirada en la de él—. Supongo que es un cambio agradable comparado con alguien tan "molesta" como yo. ¿Es por eso que pasas tanto tiempo con ella últimamente?
Giyu frunció el ceño apenas un milímetro.
—No es lo que crees.
—No creo nada, Tomioka-san. Solo observo —replicó ella, aunque su voz tembló un poco al final. Estaba enojada, frustrada y, sobre todo, cansada de fingir que no le importaba.
Giyu dio un paso hacia adelante. De detrás de su espalda, sacó un pequeño ramo de flores silvestres. Eran sencillas, de un azul pálido y blanco, recogidas con torpeza pero con cuidado. Se las extendió con la mano ligeramente temblorosa.
Shinobu parpadeó, completamente desconcertada. Su máscara vaciló por un segundo.
—¿Qué es esto? —preguntó, bajando el tono de voz.
—Son para ti —respondió él, apartando la mirada hacia un punto indefinido en el jardín—. Kanroji dijo que... que a las mujeres les gustan estas cosas. Y que tú, en particular, apreciarías el gesto si venía de mí.
Shinobu aceptó las flores mecánicamente. El roce de los dedos de Giyu contra los suyos fue breve, pero envió una descarga eléctrica por su brazo.
—¿Mitsuri-san te dijo que hicieras esto? —preguntó ella, sintiendo que una parte de su enojo se disolvía, reemplazada por una confusión creciente.
—Ella me ayudó —admitió Giyu, soltando un suspiro pesado, como si estuviera confesando un crimen—. Me vio intentando acercarme a ti varias veces en las últimas semanas, pero siempre me retiraba. Dijo que soy "terriblemente ineficiente" comunicando mis sentimientos.
Shinobu sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
—¿Tus sentimientos? —repitió en un susurro.
Giyu volvió a mirarla. Sus ojos, que a veces parecían vacíos, ahora estaban llenos de una vulnerabilidad que la dejó sin aliento.
—No sé cómo hacer esto, Kocho —comenzó él, su voz era baja pero firme—. No soy alguien que sepa hablar, ni alguien que resulte agradable. Sé que siempre te burlas de mí porque no tengo amigos, y quizás tengas razón. Pero... la razón por la que hablaba con Kanroji era porque le pedía consejo.
Shinobu dio un paso hacia él, olvidando por completo su fachada de indiferencia.
—¿Consejo sobre qué?
—Sobre ti —respondió Giyu con una honestidad brutal—. Ella se dio cuenta de que... de que mis ojos siempre te buscan cuando estamos en las reuniones de los Pilares. Se dio cuenta de que mi silencio contigo no es por desprecio, sino porque no quiero decir algo que te aleje aún más.
El corazón de Shinobu dio un vuelco. Las flores en sus manos de repente pesaron más, cargadas con el significado de cada palabra que él pronunciaba.
—Kanroji me dijo que si no hablaba pronto, te perdería —continuó Giyu, dando otro paso, acortando la distancia entre ambos—. Y no quiero eso. No quiero que dejes de hablarme, aunque sea para burlarte. Me gusta tu voz. Me gusta... que seas la única que se atreve a traspasar mis muros.
Shinobu se llevó una mano a la boca, ocultando un pequeño jadeo. Sus ojos se humedecieron, y por primera vez en mucho tiempo, no eran lágrimas de rabia o de dolor por su hermana fallecida. Eran lágrimas de un alivio tan profundo que la hacían sentir ligera.
—Tomioka-san... eres un tonto —logró decir, aunque su voz se quebró—. Eres un tonto redomado.
—Lo sé —asintió él con una seriedad cómica.
—Me tenías muriéndome de celos —confesó ella, dejando caer la máscara por completo. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. Pensé que finalmente te habías cansado de mí. Pensé que preferías la alegría de Mitsuri-san a mi amargura disfrazada.
Giyu extendió una mano, dudando por un momento antes de rozar con sus dedos la mejilla de Shinobu, secando una lágrima. Su tacto era áspero por el entrenamiento, pero increíblemente tierno.
—No hay nadie más —dijo él con una convicción que no dejaba lugar a dudas—. Siempre has sido tú, Shinobu.
Ella soltó una pequeña risa entrecortada y se apoyó en su mano, cerrando los ojos. El mundo exterior, los demonios, el peso de ser un Pilar... todo pareció desvanecerse en ese instante. Solo quedaban ellos dos, en la penumbra de la veranda, rodeados por el aroma de las flores silvestres.
—Supongo que tendré que agradecerle a Kanroji-san después de todo —dijo Shinobu, abriendo los ojos y dedicándole una sonrisa que, por primera vez, era absolutamente real y cálida—. Aunque eso no significa que dejaré de molestarte, ¿sabes?
Giyu permitió que una sombra de sonrisa, casi imperceptible pero presente, cruzara sus labios.
—No esperaba menos.
Shinobu se adelantó y rodeó la cintura de Giyu con sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho. Él se tensó por un segundo, sorprendido por el contacto físico, pero rápidamente se relajó y la envolvió en un abrazo protector, apoyando su barbilla sobre la cabeza de ella.
—Gracias por las flores, Giyu —susurró ella contra su uniforme.
—Gracias por no irte —respondió él.
En la distancia, escondida tras un arbusto de hortensias, Mitsuri Kanroji se tapaba la boca para no chillar de emoción, con los ojos brillando de alegría al ver a sus dos amigos finalmente juntos. Su plan había funcionado a la perfección.
Shinobu, en los brazos del hombre que amaba en secreto, finalmente entendió que sus celos habían sido el último obstáculo antes de la claridad. Giyu siempre estuvo allí, a su lado, esperando el momento adecuado para que sus mundos, tan diferentes como el agua y el veneno, finalmente encontraran un equilibrio perfecto.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Shinobu, separándose un poco para mirarlo con picardía.
—¿Qué?
—Que ahora que sé que me quieres, tengo mucho más material para burlarme de ti en la próxima reunión.
Giyu suspiró, pero no soltó su agarre.
—Me lo merezco por haber tardado tanto.
Shinobu rió, una risa clara y cristalina que llenó el jardín, y por un momento, el peso del mundo fue un poco más ligero para ambos cazadores de demonios. El Pilar del Agua y el Pilar del Insecto, unidos no solo por el deber, sino por un lazo que ni siquiera la muerte podría romper fácilmente.
