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Your lack of memory

Fandom: Bungo Stray dogs, My hero academia

Creado: 5/7/2026

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UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoAcciónCrossoverExperimentación HumanaArreglo
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Entre Sombras de Nieve y Hielo

El traqueteo del tren era lo único que llenaba el silencio en la mente de Chuuya Nakahara. Sentado en un rincón del vagón, con la visera de su gorra negra calada hasta la nariz, intentaba hacerse lo más pequeño posible. A sus dieciséis años, el mundo exterior le resultaba un bombardeo insoportable de estímulos. Sus ojos heterocromáticos, uno café y el otro de un azul gélido, permanecían fijos en sus propias manos enguantadas. No quería ver a nadie. No quería que nadie lo viera. Especialmente después de la "despedida" de Mori esa mañana, una que aún le hacía arder la espalda bajo el uniforme.

A su lado, un chico de cabello verde alborotado murmuraba para sí mismo, escribiendo frenéticamente en una libreta maltratada. Chuuya lo observó de reojo. El desconocido irradiaba una energía nerviosa pero extrañamente pura, algo que Chuuya no comprendía.

De repente, un chirrido metálico desgarró el aire. El tren frenó en seco, una sacudida violenta que lanzó a los pasajeros hacia adelante. La inercia no tuvo piedad.

— ¡Cuidado! —exclamó el chico peliverde.

Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo del desconocido perdió el equilibrio por completo. Chuuya sintió un peso repentino y cálido sobre sus muslos. Izuku Midoriya, en un giro torpe del destino, había terminado con la cabeza apoyada directamente en el regazo del pelirrojo.

El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el siseo de los frenos del tren. Izuku, con el rostro encendido como un tomate, levantó la vista lentamente. Se encontró con un ojo azul y uno café que lo miraban con una mezcla de sorpresa y una hostilidad defensiva.

— ¡Lo siento mucho! ¡De verdad, no fue mi intención! —Izuku se incorporó a toda prisa, haciendo reverencias tan rápidas que parecía que se le iba a desprender el cuello—. ¡El tren se detuvo y yo... yo simplemente perdí el equilibrio! ¡Perdón!

Chuuya se ajustó la gorra, ocultando el leve tinte rosado en sus mejillas. Su primera reacción fue gritarle, pero algo en la mirada honesta y asustada del otro lo detuvo.

— Fíjate por dónde vas, idiota —masculló Chuuya con voz ronca, aunque sin malicia real—. No te mueras antes de llegar al examen.

— S-sí, tienes razón. Soy Izuku Midoriya, por cierto.

Chuuya no respondió. Solo volvió a hundirse en su asiento, preguntándose si todos en la UA serían tan ruidosos.

***

Dos semanas después, el ambiente en la Clase 1-A era vibrante, excepto por un pupitre vacío. Chuuya Nakahara había faltado dos días seguidos sin previo aviso. Para Izuku, que no había podido olvidar a aquel chico callado y observador que resultó tener una inteligencia táctica asombrosa durante las pruebas físicas, la ausencia era preocupante.

Al finalizar las clases, el profesor Aizawa se acercó a Izuku con un fajo de papeles.

— Midoriya, vives cerca de la dirección registrada de Nakahara —dijo Aizawa con su tono monótono—. Llévale estas tareas. No ha respondido a las llamadas de la escuela. Asegúrate de que esté bien.

Izuku aceptó la misión con una mezcla de determinación y nerviosismo. Caminó bajo una nevada ligera que empezaba a cubrir la ciudad con un manto blanco y silencioso. La dirección lo llevó a una propiedad elegante pero de aspecto frío, rodeada de muros altos que parecían diseñados para mantener al mundo fuera, o a alguien dentro.

Al llegar a la entrada principal, notó que la puerta estaba entornada. No había nadie en la estancia principal, un lugar decorado con un gusto exquisito pero carente de cualquier rastro de calidez hogareña.

— ¿Nakahara-kun? —llamó Izuku, su voz resonando en el mármol—. Soy Midoriya, de la UA. Traigo las tareas.

Nadie respondió. Un instinto, quizás el mismo que lo hacía lanzarse al peligro para salvar a otros, lo impulsó a rodear la casa hacia el patio trasero. Allí, sobre la nieve virgen, vio algo que le heló la sangre: una hilera de pisadas irregulares, como si alguien hubiera sido arrastrado o caminara con extrema dificultad, que conducían a un pequeño cobertizo de madera al fondo del jardín.

Izuku caminó hacia allí, el corazón martilleando contra sus costillas. Al acercarse, escuchó un gemido ahogado, un sonido de puro dolor que no parecía humano. Sin pensarlo, empujó las puertas dobles.

— ¿Nakahara...?

La escena que lo recibió fue una pesadilla tallada en carne y hueso.

El cuarto era frío, apenas iluminado por una bombilla amarillenta que parpadeaba. Chuuya estaba allí, tirado sobre un colchón mugriento en el suelo. Estaba semidesnudo, vistiendo solo unos pantalones desgarrados. Su piel, de una palidez enfermiza, era un mapa de horrores. Cicatrices antiguas se mezclaban con quemaduras frescas y marcas de dedos amoratadas que rodeaban su cuello y sus muslos. Había rastros de sangre seca y algo mucho más oscuro que Izuku, en su inocencia, apenas empezaba a comprender.

Chuuya levantó la cabeza. Sus ojos estaban nublados, desenfocados por la fiebre y el trauma. Al reconocer la silueta verde en la puerta, un espasmo de terror sacudió su cuerpo.

— ¡Vete! —gritó Chuuya, pero su voz se quebró en un sollozo seco—. ¡No me mires! ¡Lárgate de aquí, Midoriya!

El pelirrojo intentó cubrirse con sus brazos temblorosos, encogiéndose sobre sí mismo en un intento desesperado por ocultar su vulnerabilidad. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, limpiando surcos en la suciedad de su rostro.

— ¡Te he dicho que te vayas! —volvió a gritar, esta vez con menos fuerza—. No... no quiero que me veas así... Por favor...

Izuku se quedó paralizado. Había visto villanos, había sentido el miedo a la muerte, pero nada lo había preparado para la devastación absoluta en los ojos de su compañero. La comprensión lo golpeó como un mazo: el "padre" del que Chuuya hablaba a veces con una devoción extraña y temerosa, Mori Ougai, no era un protector. Era un monstruo.

— No me voy a ir —dijo Izuku. Su voz no tembló. Dio un paso firme hacia adelante, entrando en el frío habitáculo.

— ¡Es peligroso! Si él vuelve y te ve... —Chuuya se abrazó a sus propias piernas, temblando violentamente—. Él dice que esto es por mi bien... que soy suyo... que nadie más me querría...

— ¡Miente! —Izuku se dejó caer de rodillas a su lado, ignorando el frío del suelo—. Nakahara-kun, nada de esto es tu culpa. Nada.

Izuku se quitó su chaqueta de la UA y, con movimientos lentos para no asustarlo, la extendió sobre los hombros del pelirrojo. El contraste del amarillo brillante de la prenda contra la oscuridad del cuarto era casi doloroso.

Chuuya se tensó al sentir el contacto, pero el calor de la tela y el aroma a detergente y aire fresco que desprendía Midoriya lo golpearon como un ancla en medio de una tormenta. Por primera vez en años, alguien lo tocaba sin la intención de herirlo o reclamarlo.

— ¿Por qué...? —susurró Chuuya, ocultando su rostro entre las rodillas—. Soy un desastre. Soy... un experimento, un juguete... Mori dice que soy un monstruo que solo él puede controlar.

— No eres un monstruo —respondió Izuku, y Chuuya pudo sentir la intensidad de su mirada incluso sin verlo—. Eres un estudiante de la UA. Eres mi compañero. Y eres una buena persona, Chuuya. Lo vi en el tren, lo vi en los entrenamientos. Eres inteligente y fuerte... pero nadie debería ser tan fuerte como para soportar esto solo.

Chuuya levantó la vista, sus ojos heterocromáticos empañados por el llanto.

— Si me sacas de aquí... él me encontrará. Él es... lo es todo para mí. No tengo a nadie más.

— Ahora me tienes a mí —dijo Izuku con una seriedad que no admitía réplicas—. Y tienes a los profesores. No dejaré que te toque de nuevo. Te lo prometo por mi honor como héroe.

Chuuya soltó un hipido, una mezcla de risa amarga y llanto liberador. Se dejó caer hacia adelante, apoyando su frente contra el hombro de Izuku. El chico peliverde lo rodeó con sus brazos, ofreciéndole un refugio que Chuuya nunca creyó merecer.

Afuera, la nieve seguía cayendo, borrando las huellas que conducían al cobertizo, como si el mundo quisiera ayudar a ocultar el momento en que una víctima empezaba a convertirse en superviviente.

— Midoriya... —murmuró Chuuya, aferrándose a la chaqueta con dedos entumecidos.

— ¿Sí?

— No dejes que me vea... No dejes que Mori me lleve otra vez.

— No lo hará —juró Izuku, apretando el agarre—. Vamos a sacarte de aquí. Ahora mismo.

Izuku ayudó a Chuuya a levantarse. El pelirrojo apenas podía mantenerse en pie; sus piernas flaqueaban no solo por el dolor físico, sino por el peso psicológico de abandonar la única "seguridad" que había conocido en su vida de abusos. Sin embargo, al mirar el perfil decidido de Midoriya, Chuuya sintió una chispa de algo que creía muerto: esperanza.

Salieron del cobertizo hacia la casa principal. Izuku sabía que no podían simplemente huir sin un plan, pero también sabía que no podía dejar a Chuuya allí ni un segundo más. Mientras cruzaban el pasillo, una voz fría y melodiosa resonó desde la penumbra de la sala de estar.

— Chuuya-kun... ¿A dónde crees que vas con esa visita tan inesperada?

Chuuya se paralizó, un temblor incontrolable recorriendo su espina dorsal. En la sombra, sentado en un sillón orejero, Mori Ougai los observaba con una sonrisa gélida y un escalpelo jugueteando entre sus dedos.

Izuku dio un paso al frente, interponiéndose entre el hombre y Chuuya, activando inconscientemente las chispas verdes del One For All que recorrieron sus brazos.

— Nos vamos —dijo Izuku, sus ojos verdes brillando con una furia protectora que Mori no había previsto—. Y Nakahara-kun no volverá a este lugar nunca más.

Mori soltó una risita suave, una que hizo que a Chuuya se le revolviera el estómago.

— Es mi hijo, muchacho. Mi propiedad. ¿Realmente crees que un aspirante a héroe puede romper un vínculo forjado con sangre y años de... educación?

Chuuya, desde atrás de Izuku, apretó los puños. Recordó los laboratorios, recordó las noches de frío, recordó el dolor. Pero también recordó el peso de la cabeza de Midoriya en su regazo en el tren, un momento de normalidad mundana que ahora le parecía el tesoro más valioso del mundo.

— No soy tu propiedad —dijo Chuuya, su voz ganando fuerza, aunque todavía temblaba—. Soy... soy Chuuya Nakahara. Y voy a ser un héroe.

Mori entrecerró los ojos, la benevolencia falsa desapareciendo para revelar la oscuridad subyacente.

— Qué decepción. Parece que la UA te está dando ideas peligrosas.

— Lo peligroso es lo que usted ha hecho —replicó Izuku—. He llamado a la policía y a Eraser Head antes de entrar al cobertizo. Deberían estar aquí en cualquier momento.

La expresión de Mori cambió por una fracción de segundo. No esperaba que aquel chico fuera tan precavido. El sonido de las sirenas a lo lejos confirmó que Izuku no estaba mintiendo.

— Esto no ha terminado, Chuuya-kun —dijo Mori, levantándose con elegancia—. Volverás a mí. Siempre lo haces.

— Esta vez no —susurró Chuuya, aferrándose a la mano de Izuku.

Cuando los héroes profesionales y la policía irrumpieron en la mansión, Izuku no soltó la mano de Chuuya. Lo acompañó en la ambulancia, se quedó a su lado en el hospital mientras los médicos trataban sus heridas y los psicólogos empezaban a desentrañar el nudo de traumas que Mori había tejido.

Semanas después, Chuuya regresó a la UA. Ya no llevaba la gorra tan baja. Seguía siendo reservado y a veces su mal genio salía a relucir cuando se frustraba con los entrenamientos, pero ahora había una diferencia.

Cada vez que se sentía abrumado, cada vez que las sombras de Mori intentaban arrastrarlo de vuelta al abismo, buscaba una cabellera verde entre la multitud. E Izuku siempre estaba allí, con una sonrisa alentadora y la mano lista para sostener la suya.

En los pasillos de la mejor escuela de héroes, Chuuya Nakahara estaba aprendiendo que su don no era solo la gravedad que controlaba con su poder, sino la capacidad de mantenerse en pie, apoyado por aquellos que realmente lo veían. Había dejado de ser una sombra para empezar a ser un hombre, un héroe en proceso de sanación. Y en el camino, había encontrado algo que Mori nunca pudo darle: una familia elegida que no pedía nada a cambio más que su bienestar.
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