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Apoyo de Serpiente
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 5/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffDolor/ConsueloHistoria DomésticaAmbientación CanonEstudio de Personaje
El susurro de las escamas y el aroma a cerezos
El atardecer teñía el cielo de la Finca de la Amistad con matices violáceos y anaranjados, creando una atmósfera que, para cualquier espectador externo, resultaría idílica. Sentados en el porche de madera, Obanai Iguro y Mitsuri Kanroji compartían un momento de quietud que solo se veía interrumpido por el sonido rítmico de los palillos chocando contra los cuencos de cerámica.
Obanai, con su postura rígida y su mirada heterocrómica fija más en su acompañante que en la comida, sentía que el corazón le latía con una fuerza impropia de un Pilar. Su ojo derecho, velado por la ceguera parcial, apenas captaba el resplandor del sol poniente, pero su ojo izquierdo, de un verde azulado intenso, devoraba cada detalle de la mujer a su lado.
Mitsuri estaba en su elemento. Devoraba con entusiasmo una montaña de mochis de cerezo, sus mejillas se inflaban de forma adorable y sus ojos verdes brillaban con una alegría genuina. Cada vez que ella soltaba un pequeño gemido de satisfacción por el sabor dulce, Obanai sentía una punzada de ternura que amenazaba con desarmar su fachada severa.
— ¡Iguro-san, esto está realmente delicioso! —exclamó Mitsuri, girándose hacia él con una migaja de dulce cerca de la comisura de sus labios—. Deberías probar este, tiene un relleno de judía roja que es simplemente divino.
Obanai bajó ligeramente la mirada, ocultando el leve rubor que subía por su cuello tras las vendas blancas.
— Me alegra que te guste, Kanroji —respondió él con su voz pausada y monocorde—. Sabía que este lugar preparaba los dulces según tu preferencia.
— ¡Eres tan detallista! —Mitsuri juntó las manos, haciendo que su busto se acentuara bajo el uniforme abierto, un detalle que Obanai intentó ignorar desesperadamente mirando hacia un árbol de glicinias cercano—. Siempre sabes qué es lo que me hace feliz.
"Lo que me haría feliz es estar un paso más cerca de ti", pensó Obanai con amargura.
A pesar de su estatus como uno de los espadachines más temidos y respetados, Iguro se sentía como un niño asustadizo frente a Mitsuri. Su pasado, marcado por la crueldad de su familia y la deformidad de su boca, pesaba sobre sus hombros como una losa de plomo. Se sentía indigno de tocarla, de profanar su pureza con su presencia mancillada. Sin embargo, el anhelo de acortar los escasos centímetros que separaban sus hombros en aquel porche era casi insoportable.
Kaburamaru, la serpiente blanca que siempre reposaba sobre los hombros de Obanai, siseó suavemente. El reptil, que era mucho más que una mascota para el Pilar de la Serpiente, podía sentir la agitación en el pulso de su compañero. Kaburamaru conocía cada duda, cada rastro de autodesprecio y cada gramo de amor que Obanai albergaba por la Pilar del Amor.
Y Kaburamaru decidió que ya había sido suficiente vacilación por un día.
Con una lentitud calculada, la serpiente se deslizó desde la nuca de Obanai. El cazador sintió el movimiento, pero asumió que su amigo simplemente buscaba una posición más cómoda para dormir. No obstante, Kaburamaru no se enroscó de nuevo; en su lugar, bajó por el brazo de Obanai y se deslizó sobre la madera del porche, moviéndose con la elegancia silenciosa de un espectro blanco.
Mitsuri, que estaba a punto de tomar otro mochi, sintió de repente un roce frío y suave en su pantorrilla, justo donde terminaban sus medias verdes —el regalo que Obanai le había hecho y que ella atesoraba con tanto cariño—.
— ¡Ah! —soltó ella, soltando una risita nerviosa—. ¡Kaburamaru! ¿Qué haces, pequeño?
La serpiente no se detuvo. Subió por el costado de Mitsuri, rodeando su cintura con delicadeza. Obanai se tensó, abriendo mucho los ojos.
— ¡Kaburamaru, vuelve aquí ahora mismo! —ordenó Obanai en un susurro sibilante, temiendo que el reptil pudiera incomodar a Mitsuri.
Pero Mitsuri no parecía molesta. Al contrario, empezó a reírse a carcajadas mientras las escamas de la serpiente rozaban la piel sensible de sus brazos y su cuello.
— ¡Je, je, je! ¡Para, Kaburamaru! ¡Eso hace cosquillas! —decía ella, retorciéndose levemente—. ¡Es tan suave! Iguro-san, mira, ¡creo que quiere jugar!
Obanai observó, petrificado, cómo su fiel compañero se enroscaba afectuosamente alrededor de los hombros de Mitsuri. La serpiente frotó su cabeza contra la mejilla de la joven, quien cerró los ojos disfrutando del contacto. Era una imagen de una belleza abrumadora: la delicadeza rosa y verde de Mitsuri contrastada con el blanco níveo de la serpiente.
— Realmente te quiere mucho —murmuró Obanai, con un tono en el que se filtraba una envidia involuntaria.
— Y yo a él —respondió Mitsuri, acariciando la cabeza de la serpiente con un dedo—. Es tan valiente y leal, justo como su dueño.
Obanai sintió que el corazón le daba un vuelco. Sin embargo, Kaburamaru no había terminado su labor de casamentero. Con un movimiento rápido y preciso, la serpiente extendió la parte posterior de su cuerpo y enganchó la cola alrededor del antebrazo de Obanai, mientras que con el resto de su cuerpo seguía abrazado a Mitsuri.
Con un tirón firme pero controlado, Kaburamaru arrastró el brazo de Obanai hacia la joven.
— ¡Oye! —exclamó Obanai, perdiendo el equilibrio por un segundo.
Antes de que pudiera reaccionar o oponer resistencia, se encontró pegado al costado de Mitsuri. Sus hombros se chocaron, y el calor que emanaba del cuerpo de ella lo golpeó como una ola de verano. Podía oler el aroma a flores y azúcar que siempre la rodeaba.
Kaburamaru se retiró ligeramente, pero se mantuvo enroscado entre ambos, creando un puente físico que obligaba a Obanai a permanecer en esa proximidad íntima.
— Oh —susurró Mitsuri, quedándose muy quieta. Su rostro, ya de por sí rosado, adquirió un tono mucho más intenso—. Iguro-san... estás muy cerca.
Obanai quería apartarse, quería pedir disculpas por la audacia de su mascota y huir hacia las sombras donde sentía que pertenecía. Pero sus pies no se movieron. Su cuerpo, traicionando su mente lógica, se acomodó contra el de ella.
— Kaburamaru... a veces es muy caprichoso —logró decir Obanai, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual—. Lo lamento. Si te incomoda, yo...
— ¡No! —interrumpió Mitsuri con una rapidez que lo sorprendió. Ella bajó la mirada hacia sus manos, que jugueteaban con el dobladillo de su falda—. No me incomoda en absoluto. De hecho... es agradable. Hace un poco de frío ahora que el sol se ha puesto, ¿verdad?
Obanai miró hacia el horizonte. El sol casi había desaparecido, y una brisa fresca comenzaba a agitar las hojas de los árboles. No hacía frío, al menos no para un cazador de demonios entrenado, pero entendió la invitación tácita.
— Sí —mintió él, dejando que su peso se apoyara un poco más contra el de ella—. Hace frío.
Permanecieron así durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron minutos. El silencio ya no era tenso, sino cargado de una electricidad dulce. Obanai podía sentir el latido del corazón de Mitsuri, o quizás era el suyo propio retumbando en sus oídos.
Kaburamaru, satisfecho con su obra, se acomodó entre los dos, cerrando sus ojos amarillos.
— Sabes, Iguro-san —dijo Mitsuri de repente, su voz apenas un susurro que solo él podía oír—, siempre me he preguntado qué hay detrás de tus vendas. No porque me importe el aspecto, sino porque... siento que hay una parte de ti que guardas bajo llave, y me gustaría conocerla. Me gustaría conocer todo de ti.
Obanai sintió un nudo en la garganta. El miedo, ese viejo enemigo, intentó asomar la cabeza, pero la calidez del cuerpo de Mitsuri contra el suyo lo mantuvo a raya.
— Es una historia larga, Kanroji —respondió él, mirando hacia el cielo estrellado—. Y no es una historia bonita. No quiero manchar tu alegría con mis sombras.
Mitsuri se movió, apoyando su cabeza en el hombro de Obanai. El contacto hizo que él contuviera el aliento.
— Mis sombras y tus sombras pueden hacerse compañía —dijo ella con una sabiduría sencilla—. Nadie es solo luz, Iguro-san. Ni siquiera yo. Pero cuando estoy contigo, siento que no tengo que esforzarme tanto por ser la "chica alegre". Siento que puedo ser simplemente Mitsuri.
Obanai cerró los ojos. En la oscuridad de su visión, agradeció internamente a Kaburamaru. Aquella serpiente traicionera y maravillosa le había dado el empujón que él nunca habría tenido el valor de dar.
— Gracias, Mitsuri —murmuró él, usando su nombre de pila por primera vez en una conversación privada.
Ella se tensó ligeramente por la sorpresa, pero luego se relajó, dejando escapar un suspiro de felicidad.
— De nada, Obanai-san.
Se quedaron allí, dos pilares del Cuerpo de Cazadores de Demonios, descansando de una guerra interminable en el refugio de su mutua compañía. Obanai sabía que el mañana traería más sangre, más demonios y más dolor. Sabía que su propia vida estaba marcada por una tragedia que quizás no le permitiría tener un futuro largo. Pero en ese momento, con el peso de Mitsuri contra su hombro y la presencia leal de Kaburamaru uniéndolos, se permitió creer en algo más que en el deber.
Se permitió creer que, tal vez, incluso alguien como él tenía permitido amar y ser amado.
— ¿Iguro-san? —llamó ella suavemente, rompiendo el trance.
— ¿Dime?
— La próxima vez... ¿podemos ir a comer panqueques? He oído que han abierto un sitio nuevo en la ciudad vecina.
Obanai soltó una pequeña risa, un sonido raro y precioso que rara vez salía de su pecho.
— Iremos a donde tú quieras, Mitsuri. Siempre.
Kaburamaru siseó en señal de aprobación, ajustando su posición. El destino de los cazadores era incierto, pero esa noche, bajo la mirada de la luna y la astucia de una serpiente, dos corazones habían encontrado el camino más corto el uno hacia el otro. Y para Obanai Iguro, eso era más que suficiente para seguir luchando un día más.
Obanai, con su postura rígida y su mirada heterocrómica fija más en su acompañante que en la comida, sentía que el corazón le latía con una fuerza impropia de un Pilar. Su ojo derecho, velado por la ceguera parcial, apenas captaba el resplandor del sol poniente, pero su ojo izquierdo, de un verde azulado intenso, devoraba cada detalle de la mujer a su lado.
Mitsuri estaba en su elemento. Devoraba con entusiasmo una montaña de mochis de cerezo, sus mejillas se inflaban de forma adorable y sus ojos verdes brillaban con una alegría genuina. Cada vez que ella soltaba un pequeño gemido de satisfacción por el sabor dulce, Obanai sentía una punzada de ternura que amenazaba con desarmar su fachada severa.
— ¡Iguro-san, esto está realmente delicioso! —exclamó Mitsuri, girándose hacia él con una migaja de dulce cerca de la comisura de sus labios—. Deberías probar este, tiene un relleno de judía roja que es simplemente divino.
Obanai bajó ligeramente la mirada, ocultando el leve rubor que subía por su cuello tras las vendas blancas.
— Me alegra que te guste, Kanroji —respondió él con su voz pausada y monocorde—. Sabía que este lugar preparaba los dulces según tu preferencia.
— ¡Eres tan detallista! —Mitsuri juntó las manos, haciendo que su busto se acentuara bajo el uniforme abierto, un detalle que Obanai intentó ignorar desesperadamente mirando hacia un árbol de glicinias cercano—. Siempre sabes qué es lo que me hace feliz.
"Lo que me haría feliz es estar un paso más cerca de ti", pensó Obanai con amargura.
A pesar de su estatus como uno de los espadachines más temidos y respetados, Iguro se sentía como un niño asustadizo frente a Mitsuri. Su pasado, marcado por la crueldad de su familia y la deformidad de su boca, pesaba sobre sus hombros como una losa de plomo. Se sentía indigno de tocarla, de profanar su pureza con su presencia mancillada. Sin embargo, el anhelo de acortar los escasos centímetros que separaban sus hombros en aquel porche era casi insoportable.
Kaburamaru, la serpiente blanca que siempre reposaba sobre los hombros de Obanai, siseó suavemente. El reptil, que era mucho más que una mascota para el Pilar de la Serpiente, podía sentir la agitación en el pulso de su compañero. Kaburamaru conocía cada duda, cada rastro de autodesprecio y cada gramo de amor que Obanai albergaba por la Pilar del Amor.
Y Kaburamaru decidió que ya había sido suficiente vacilación por un día.
Con una lentitud calculada, la serpiente se deslizó desde la nuca de Obanai. El cazador sintió el movimiento, pero asumió que su amigo simplemente buscaba una posición más cómoda para dormir. No obstante, Kaburamaru no se enroscó de nuevo; en su lugar, bajó por el brazo de Obanai y se deslizó sobre la madera del porche, moviéndose con la elegancia silenciosa de un espectro blanco.
Mitsuri, que estaba a punto de tomar otro mochi, sintió de repente un roce frío y suave en su pantorrilla, justo donde terminaban sus medias verdes —el regalo que Obanai le había hecho y que ella atesoraba con tanto cariño—.
— ¡Ah! —soltó ella, soltando una risita nerviosa—. ¡Kaburamaru! ¿Qué haces, pequeño?
La serpiente no se detuvo. Subió por el costado de Mitsuri, rodeando su cintura con delicadeza. Obanai se tensó, abriendo mucho los ojos.
— ¡Kaburamaru, vuelve aquí ahora mismo! —ordenó Obanai en un susurro sibilante, temiendo que el reptil pudiera incomodar a Mitsuri.
Pero Mitsuri no parecía molesta. Al contrario, empezó a reírse a carcajadas mientras las escamas de la serpiente rozaban la piel sensible de sus brazos y su cuello.
— ¡Je, je, je! ¡Para, Kaburamaru! ¡Eso hace cosquillas! —decía ella, retorciéndose levemente—. ¡Es tan suave! Iguro-san, mira, ¡creo que quiere jugar!
Obanai observó, petrificado, cómo su fiel compañero se enroscaba afectuosamente alrededor de los hombros de Mitsuri. La serpiente frotó su cabeza contra la mejilla de la joven, quien cerró los ojos disfrutando del contacto. Era una imagen de una belleza abrumadora: la delicadeza rosa y verde de Mitsuri contrastada con el blanco níveo de la serpiente.
— Realmente te quiere mucho —murmuró Obanai, con un tono en el que se filtraba una envidia involuntaria.
— Y yo a él —respondió Mitsuri, acariciando la cabeza de la serpiente con un dedo—. Es tan valiente y leal, justo como su dueño.
Obanai sintió que el corazón le daba un vuelco. Sin embargo, Kaburamaru no había terminado su labor de casamentero. Con un movimiento rápido y preciso, la serpiente extendió la parte posterior de su cuerpo y enganchó la cola alrededor del antebrazo de Obanai, mientras que con el resto de su cuerpo seguía abrazado a Mitsuri.
Con un tirón firme pero controlado, Kaburamaru arrastró el brazo de Obanai hacia la joven.
— ¡Oye! —exclamó Obanai, perdiendo el equilibrio por un segundo.
Antes de que pudiera reaccionar o oponer resistencia, se encontró pegado al costado de Mitsuri. Sus hombros se chocaron, y el calor que emanaba del cuerpo de ella lo golpeó como una ola de verano. Podía oler el aroma a flores y azúcar que siempre la rodeaba.
Kaburamaru se retiró ligeramente, pero se mantuvo enroscado entre ambos, creando un puente físico que obligaba a Obanai a permanecer en esa proximidad íntima.
— Oh —susurró Mitsuri, quedándose muy quieta. Su rostro, ya de por sí rosado, adquirió un tono mucho más intenso—. Iguro-san... estás muy cerca.
Obanai quería apartarse, quería pedir disculpas por la audacia de su mascota y huir hacia las sombras donde sentía que pertenecía. Pero sus pies no se movieron. Su cuerpo, traicionando su mente lógica, se acomodó contra el de ella.
— Kaburamaru... a veces es muy caprichoso —logró decir Obanai, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual—. Lo lamento. Si te incomoda, yo...
— ¡No! —interrumpió Mitsuri con una rapidez que lo sorprendió. Ella bajó la mirada hacia sus manos, que jugueteaban con el dobladillo de su falda—. No me incomoda en absoluto. De hecho... es agradable. Hace un poco de frío ahora que el sol se ha puesto, ¿verdad?
Obanai miró hacia el horizonte. El sol casi había desaparecido, y una brisa fresca comenzaba a agitar las hojas de los árboles. No hacía frío, al menos no para un cazador de demonios entrenado, pero entendió la invitación tácita.
— Sí —mintió él, dejando que su peso se apoyara un poco más contra el de ella—. Hace frío.
Permanecieron así durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron minutos. El silencio ya no era tenso, sino cargado de una electricidad dulce. Obanai podía sentir el latido del corazón de Mitsuri, o quizás era el suyo propio retumbando en sus oídos.
Kaburamaru, satisfecho con su obra, se acomodó entre los dos, cerrando sus ojos amarillos.
— Sabes, Iguro-san —dijo Mitsuri de repente, su voz apenas un susurro que solo él podía oír—, siempre me he preguntado qué hay detrás de tus vendas. No porque me importe el aspecto, sino porque... siento que hay una parte de ti que guardas bajo llave, y me gustaría conocerla. Me gustaría conocer todo de ti.
Obanai sintió un nudo en la garganta. El miedo, ese viejo enemigo, intentó asomar la cabeza, pero la calidez del cuerpo de Mitsuri contra el suyo lo mantuvo a raya.
— Es una historia larga, Kanroji —respondió él, mirando hacia el cielo estrellado—. Y no es una historia bonita. No quiero manchar tu alegría con mis sombras.
Mitsuri se movió, apoyando su cabeza en el hombro de Obanai. El contacto hizo que él contuviera el aliento.
— Mis sombras y tus sombras pueden hacerse compañía —dijo ella con una sabiduría sencilla—. Nadie es solo luz, Iguro-san. Ni siquiera yo. Pero cuando estoy contigo, siento que no tengo que esforzarme tanto por ser la "chica alegre". Siento que puedo ser simplemente Mitsuri.
Obanai cerró los ojos. En la oscuridad de su visión, agradeció internamente a Kaburamaru. Aquella serpiente traicionera y maravillosa le había dado el empujón que él nunca habría tenido el valor de dar.
— Gracias, Mitsuri —murmuró él, usando su nombre de pila por primera vez en una conversación privada.
Ella se tensó ligeramente por la sorpresa, pero luego se relajó, dejando escapar un suspiro de felicidad.
— De nada, Obanai-san.
Se quedaron allí, dos pilares del Cuerpo de Cazadores de Demonios, descansando de una guerra interminable en el refugio de su mutua compañía. Obanai sabía que el mañana traería más sangre, más demonios y más dolor. Sabía que su propia vida estaba marcada por una tragedia que quizás no le permitiría tener un futuro largo. Pero en ese momento, con el peso de Mitsuri contra su hombro y la presencia leal de Kaburamaru uniéndolos, se permitió creer en algo más que en el deber.
Se permitió creer que, tal vez, incluso alguien como él tenía permitido amar y ser amado.
— ¿Iguro-san? —llamó ella suavemente, rompiendo el trance.
— ¿Dime?
— La próxima vez... ¿podemos ir a comer panqueques? He oído que han abierto un sitio nuevo en la ciudad vecina.
Obanai soltó una pequeña risa, un sonido raro y precioso que rara vez salía de su pecho.
— Iremos a donde tú quieras, Mitsuri. Siempre.
Kaburamaru siseó en señal de aprobación, ajustando su posición. El destino de los cazadores era incierto, pero esa noche, bajo la mirada de la luna y la astucia de una serpiente, dos corazones habían encontrado el camino más corto el uno hacia el otro. Y para Obanai Iguro, eso era más que suficiente para seguir luchando un día más.
