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Your lack of memory
Fandom: Bungo Stray dogs, My hero academia
Creado: 5/7/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoCrossoverExperimentación HumanaAutolesiónArregloOscuroAcciónSupervivenciaBiopunk
Hilos de Gravedad y Silencio
El traqueteo del tren hacia la Academia U.A. era el único sonido que llenaba el espacio entre los pasajeros, un ritmo monótono que contrastaba con los nervios a flor de piel de los jóvenes aspirantes. Chuuya Nakahara se hundió más en su asiento, ajustando la visera de su gorra negra hasta que solo la punta de su nariz y sus labios eran visibles. No quería mirar a nadie. No quería que nadie lo mirara. Sus ojos heterocromáticos, uno café y el otro de un azul gélido, eran un recordatorio constante de los experimentos que habían fracturado su infancia.
A su lado, un chico de cabello verde alborotado murmuraba para sí mismo, revisando una libreta con una intensidad casi maníaca. Chuuya lo observó de reojo, notando las pecas y la complexión atlética oculta bajo el uniforme escolar. Parecía el tipo de persona que brillaba demasiado para alguien que, como Chuuya, prefería las sombras.
De repente, un chirrido violento desgarró el aire. Los frenos de emergencia se activaron con una fuerza brutal, lanzando los cuerpos hacia adelante por la inercia.
— ¡Cuidado! —exclamó el chico peliverde.
El impacto fue seco. Chuuya sintió un peso repentino y cálido sobre sus piernas. Cuando recuperó el equilibrio y bajó la vista, se encontró con un par de ojos verdes desenfocados y una maraña de rizos esmeralda descansando directamente sobre su regazo.
Izuku Midoriya tardó tres segundos en procesar la situación. El rubor trepó por su cuello como un incendio forestal mientras intentaba incorporarse, tropezando con sus propias palabras.
— ¡Lo siento mucho! ¡Perdón! ¡La inercia... el tren se detuvo y yo...! —Izuku se detuvo en seco al levantar la vista.
Bajo el ala de la gorra, un ojo azul eléctrico lo observaba con una mezcla de fastidio y una extraña melancolía que Izuku no supo interpretar. Chuuya suspiró, acomodándose la gorra con un gesto brusco.
— Fíjate por dónde vas, brócoli —dijo Chuuya con una voz ronca, pero menos agresiva de lo que pretendía—. No te has roto el cuello, ¿verdad?
— N-no, estoy bien. ¡De verdad lo lamento! —Izuku hizo una reverencia exagerada, aún sentado—. Soy Izuku Midoriya. ¿Tú también vas al examen de la U.A.?
Chuuya no respondió de inmediato. Se limitó a asentir levemente, volviendo su vista hacia la ventana.
— Nakahara —murmuró finalmente—. Solo... mantente en tu sitio hasta que lleguemos.
Ese fue el primer encuentro, una colisión fortuita que quedaría enterrada bajo el estrés del examen de ingreso y las primeras semanas de clase. Chuuya entró en la Clase 1-A por recomendación directa, aunque pocos sabían de quién venía realmente esa recomendación. Su don, *Por el Dolor Corrompido*, le permitía manipular la gravedad de todo lo que tocaba, una fuerza devastadora que lo posicionó rápidamente como uno de los mejores de la clase. Sin embargo, su actitud reservada y sus constantes faltas empezaron a preocupar a los profesores.
Dos meses después, tras una ausencia de dos días por parte de Chuuya, Shota Aizawa detuvo a Midoriya al finalizar las clases.
— Midoriya, tú vives cerca de la zona residencial de Yokohama, ¿cierto? —preguntó Aizawa con su habitual tono cansado—. Nakahara no ha respondido los mensajes y su tutor, el doctor Mori, dice que ha estado enfermo. Entrégale estos apuntes y asegúrate de que esté en condiciones de volver mañana.
— ¡Claro, Aizawa-sensei! —respondió Izuku, aunque una punzada de inquietud le recorrió la espalda. Había algo en la mirada de Chuuya que siempre le había parecido una petición de auxilio silenciosa.
La casa de los Nakahara era una propiedad elegante pero fría, rodeada de un muro alto que parecía diseñado para mantener el mundo fuera. El suelo estaba cubierto por una fina capa de nieve que crujía bajo las botas de Izuku. Al llegar a la puerta principal, nadie respondió al timbre.
— ¿Hola? ¿Nakahara-kun? —llamó Izuku, rodeando la casa por puro instinto.
Fue entonces cuando las vio. Unas huellas erráticas en la nieve, como si alguien hubiera sido arrastrado o hubiera caminado con dificultad hacia un pequeño cobertizo de madera en la parte trasera del jardín. El corazón de Izuku comenzó a latir con fuerza. La puerta del cobertizo estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de aire gélido.
Izuku empujó la puerta lentamente.
— ¿Chuuya...?
El aire se le escapó de los pulmones. El interior olía a antiséptico y a algo metálico, como la sangre. Chuuya estaba allí, sentado en el suelo de concreto, apoyado contra una pared de piedra. Estaba semidesnudo de la cintura para arriba, su piel pálida contrastando violentamente con las marcas que la cubrían. No eran heridas de entrenamiento; eran hematomas purpúreos en el cuello, cortes precisos en los muslos y cicatrices antiguas que hablaban de años de tortura sistemática.
Chuuya levantó la cabeza. Sus ojos estaban nublados, desenfocados por el dolor y la fiebre. Al reconocer a Izuku, el pánico reemplazó al agotamiento.
— ¡Vete! —gritó Chuuya, su voz rompiéndose—. ¡No me mires! ¡Lárgate de aquí, Midoriya!
— Chuuya, estás herido... —Izuku dio un paso adelante, soltando los papeles en la nieve. Sus manos temblaban—. ¿Quién te hizo esto? Tenemos que llamar a una ambulancia, a la policía...
— ¡No puedes hacer nada! —Chuuya comenzó a sollozar, un sonido desgarrador que no encajaba con el chico fuerte que derribaba robots gigantes en el entrenamiento—. Por favor... si él te ve aquí...
— ¿Si quién me ve, Chuuya? —preguntó Izuku, acercándose para cubrirlo con su propia chaqueta verde.
— Yo, supongo.
La voz era suave, culta y cargada de una autoridad gélida. Izuku se giró bruscamente para encontrar a un hombre alto, vestido con una bata de médico y una bufanda roja que parecía una mancha de sangre contra la nieve. Mori Ougai los observaba con una sonrisa gélida, sus ojos oscuros brillando con una inteligencia malévola.
— Oh, un compañero de clase. Qué sorpresa tan... inesperada —dijo Mori, dando un paso hacia el interior del cobertizo.
— Usted... usted es su padre —dijo Izuku, interponiéndose entre Mori y Chuuya, su instinto de héroe gritando que estaba frente a un villano mucho más peligroso que cualquier otro que hubiera enfrentado.
— Soy su tutor, su salvador y su guía —corrigió Mori con calma—. Chuuya, querido, has sido un mal anfitrión. Estás preocupando al joven Midoriya con tus... crisis. Levántate. Ahora.
Izuku vio con horror cómo el cuerpo de Chuuya reaccionaba de forma casi mecánica. A pesar de las heridas, a pesar del temblor en sus piernas, Chuuya se puso de pie, bajando la cabeza en señal de sumisión absoluta.
— Lo siento, Padre —susurró Chuuya, su voz carente de toda la chispa que Izuku conocía.
— Acompáñame adentro. Tenemos que terminar tu tratamiento —dijo Mori, poniendo una mano en el hombro de Chuuya. El chico se tensó visiblemente, pero no se apartó—. Joven Midoriya, le sugiero que se retire. Mi hijo es propenso a estos episodios de autolesión. Es una lástima, pero estamos trabajando en ello.
Mori guio a Chuuya hacia la casa principal, dejando a Izuku de pie en la nieve, con los puños apretados hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier explosión. Izuku no era tonto; había visto el miedo en los ojos de Chuuya, un miedo que no era hacia la muerte, sino hacia la persona que se suponía debía protegerlo.
Al día siguiente, Chuuya apareció en la U.A. Llevaba el uniforme perfectamente abrochado, tapando cada centímetro de su piel, y su gorra estaba más baja que nunca. Se sentó en su pupitre sin hablar con nadie, pero cuando Izuku entró en el salón, sus miradas se cruzaron por un segundo. El azul del ojo de Chuuya estaba apagado, una súplica silenciosa envuelta en orgullo.
Izuku no fue a su asiento. Caminó directamente hacia el escritorio de Chuuya y dejó una pequeña bolsa con ungüentos y una nota doblada.
— No voy a dejarlo pasar, Chuuya —susurró Izuku, lo suficientemente bajo para que solo él lo escuchara.
Chuuya apretó los dientes, sus dedos curvándose sobre el borde de la madera.
— No sabes en lo que te estás metiendo, brócoli. Él... él lo controla todo.
— Soy un aspirante a héroe —respondió Izuku con una determinación que hizo que Chuuya levantara la vista—. Y un héroe no ignora el grito de alguien que finge estar en silencio.
A lo lejos, en la entrada del salón, Aizawa observaba la interacción con sus ojos entrecerrados. Había notado las marcas en el cuello de Chuuya que el uniforme no lograba ocultar del todo cuando el chico se movía. Había visto el informe de Midoriya de la noche anterior, un mensaje frenético y lleno de angustia que le había llegado a las tres de la mañana.
— Nakahara, Midoriya —llamó Aizawa, su voz más suave de lo habitual—. Después de las clases, vengan a la sala de profesores. Tenemos que hablar sobre el plan de entrenamiento... y sobre ciertas irregularidades en su entorno familiar.
Chuuya se puso rígido. La gravedad a su alrededor pareció fluctuar, haciendo que los lápices sobre su escritorio flotaran unos milímetros.
— No pueden hacer nada —dijo Chuuya, su voz temblando por primera vez en público—. Si Mori se entera...
— Mori Ougai no es un héroe —interrumpió Aizawa, acercándose y poniendo una mano, por primera vez, en el hombro del chico. Chuuya no se encogió, pero cerró los ojos con fuerza—. Y en esta escuela, no permitimos que los villanos dicten el futuro de nuestros estudiantes. No estás solo, Nakahara.
Izuku asintió, extendiendo su mano hacia Chuuya.
— Déjanos ayudarte. Por favor.
Chuuya miró la mano de Izuku, la misma mano que lo había sostenido en el tren, la misma mano que ahora le ofrecía una salida de un infierno de nueve años. Lentamente, con los dedos temblando, Chuuya extendió la suya y la estrechó.
— Es un monstruo —susurró Chuuya, las lágrimas finalmente escapando de sus ojos heterocromáticos—. Pero... quiero dejar de tenerle miedo.
— Entonces empezaremos por ahí —dijo Izuku con una sonrisa triste pero firme—. Paso a paso.
El camino hacia la libertad de Chuuya Nakahara sería largo y doloroso, lleno de batallas legales, psicológicas y quizás físicas contra la sombra de Mori Ougai. Pero mientras caminaba hacia la sala de profesores, flanqueado por el chico que se había caído en su regazo y el profesor que nunca se rendía con sus alumnos, Chuuya sintió, por primera vez en su vida, que la gravedad no lo estaba arrastrando hacia el suelo, sino que finalmente lo estaba dejando volar.
En el rincón de la pizarra, un pequeño dibujo de un sol y una luna que Chuuya había hecho días atrás parecía brillar con una luz nueva. La U.A. no solo era una escuela de héroes para él; se estaba convirtiendo en su primer verdadero hogar. Y aunque el frío de la nieve de Yokohama todavía calaba en sus huesos, el calor de la mano de Midoriya le recordaba que ya no tenía que cargar con el peso del mundo él solo.
A su lado, un chico de cabello verde alborotado murmuraba para sí mismo, revisando una libreta con una intensidad casi maníaca. Chuuya lo observó de reojo, notando las pecas y la complexión atlética oculta bajo el uniforme escolar. Parecía el tipo de persona que brillaba demasiado para alguien que, como Chuuya, prefería las sombras.
De repente, un chirrido violento desgarró el aire. Los frenos de emergencia se activaron con una fuerza brutal, lanzando los cuerpos hacia adelante por la inercia.
— ¡Cuidado! —exclamó el chico peliverde.
El impacto fue seco. Chuuya sintió un peso repentino y cálido sobre sus piernas. Cuando recuperó el equilibrio y bajó la vista, se encontró con un par de ojos verdes desenfocados y una maraña de rizos esmeralda descansando directamente sobre su regazo.
Izuku Midoriya tardó tres segundos en procesar la situación. El rubor trepó por su cuello como un incendio forestal mientras intentaba incorporarse, tropezando con sus propias palabras.
— ¡Lo siento mucho! ¡Perdón! ¡La inercia... el tren se detuvo y yo...! —Izuku se detuvo en seco al levantar la vista.
Bajo el ala de la gorra, un ojo azul eléctrico lo observaba con una mezcla de fastidio y una extraña melancolía que Izuku no supo interpretar. Chuuya suspiró, acomodándose la gorra con un gesto brusco.
— Fíjate por dónde vas, brócoli —dijo Chuuya con una voz ronca, pero menos agresiva de lo que pretendía—. No te has roto el cuello, ¿verdad?
— N-no, estoy bien. ¡De verdad lo lamento! —Izuku hizo una reverencia exagerada, aún sentado—. Soy Izuku Midoriya. ¿Tú también vas al examen de la U.A.?
Chuuya no respondió de inmediato. Se limitó a asentir levemente, volviendo su vista hacia la ventana.
— Nakahara —murmuró finalmente—. Solo... mantente en tu sitio hasta que lleguemos.
Ese fue el primer encuentro, una colisión fortuita que quedaría enterrada bajo el estrés del examen de ingreso y las primeras semanas de clase. Chuuya entró en la Clase 1-A por recomendación directa, aunque pocos sabían de quién venía realmente esa recomendación. Su don, *Por el Dolor Corrompido*, le permitía manipular la gravedad de todo lo que tocaba, una fuerza devastadora que lo posicionó rápidamente como uno de los mejores de la clase. Sin embargo, su actitud reservada y sus constantes faltas empezaron a preocupar a los profesores.
Dos meses después, tras una ausencia de dos días por parte de Chuuya, Shota Aizawa detuvo a Midoriya al finalizar las clases.
— Midoriya, tú vives cerca de la zona residencial de Yokohama, ¿cierto? —preguntó Aizawa con su habitual tono cansado—. Nakahara no ha respondido los mensajes y su tutor, el doctor Mori, dice que ha estado enfermo. Entrégale estos apuntes y asegúrate de que esté en condiciones de volver mañana.
— ¡Claro, Aizawa-sensei! —respondió Izuku, aunque una punzada de inquietud le recorrió la espalda. Había algo en la mirada de Chuuya que siempre le había parecido una petición de auxilio silenciosa.
La casa de los Nakahara era una propiedad elegante pero fría, rodeada de un muro alto que parecía diseñado para mantener el mundo fuera. El suelo estaba cubierto por una fina capa de nieve que crujía bajo las botas de Izuku. Al llegar a la puerta principal, nadie respondió al timbre.
— ¿Hola? ¿Nakahara-kun? —llamó Izuku, rodeando la casa por puro instinto.
Fue entonces cuando las vio. Unas huellas erráticas en la nieve, como si alguien hubiera sido arrastrado o hubiera caminado con dificultad hacia un pequeño cobertizo de madera en la parte trasera del jardín. El corazón de Izuku comenzó a latir con fuerza. La puerta del cobertizo estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de aire gélido.
Izuku empujó la puerta lentamente.
— ¿Chuuya...?
El aire se le escapó de los pulmones. El interior olía a antiséptico y a algo metálico, como la sangre. Chuuya estaba allí, sentado en el suelo de concreto, apoyado contra una pared de piedra. Estaba semidesnudo de la cintura para arriba, su piel pálida contrastando violentamente con las marcas que la cubrían. No eran heridas de entrenamiento; eran hematomas purpúreos en el cuello, cortes precisos en los muslos y cicatrices antiguas que hablaban de años de tortura sistemática.
Chuuya levantó la cabeza. Sus ojos estaban nublados, desenfocados por el dolor y la fiebre. Al reconocer a Izuku, el pánico reemplazó al agotamiento.
— ¡Vete! —gritó Chuuya, su voz rompiéndose—. ¡No me mires! ¡Lárgate de aquí, Midoriya!
— Chuuya, estás herido... —Izuku dio un paso adelante, soltando los papeles en la nieve. Sus manos temblaban—. ¿Quién te hizo esto? Tenemos que llamar a una ambulancia, a la policía...
— ¡No puedes hacer nada! —Chuuya comenzó a sollozar, un sonido desgarrador que no encajaba con el chico fuerte que derribaba robots gigantes en el entrenamiento—. Por favor... si él te ve aquí...
— ¿Si quién me ve, Chuuya? —preguntó Izuku, acercándose para cubrirlo con su propia chaqueta verde.
— Yo, supongo.
La voz era suave, culta y cargada de una autoridad gélida. Izuku se giró bruscamente para encontrar a un hombre alto, vestido con una bata de médico y una bufanda roja que parecía una mancha de sangre contra la nieve. Mori Ougai los observaba con una sonrisa gélida, sus ojos oscuros brillando con una inteligencia malévola.
— Oh, un compañero de clase. Qué sorpresa tan... inesperada —dijo Mori, dando un paso hacia el interior del cobertizo.
— Usted... usted es su padre —dijo Izuku, interponiéndose entre Mori y Chuuya, su instinto de héroe gritando que estaba frente a un villano mucho más peligroso que cualquier otro que hubiera enfrentado.
— Soy su tutor, su salvador y su guía —corrigió Mori con calma—. Chuuya, querido, has sido un mal anfitrión. Estás preocupando al joven Midoriya con tus... crisis. Levántate. Ahora.
Izuku vio con horror cómo el cuerpo de Chuuya reaccionaba de forma casi mecánica. A pesar de las heridas, a pesar del temblor en sus piernas, Chuuya se puso de pie, bajando la cabeza en señal de sumisión absoluta.
— Lo siento, Padre —susurró Chuuya, su voz carente de toda la chispa que Izuku conocía.
— Acompáñame adentro. Tenemos que terminar tu tratamiento —dijo Mori, poniendo una mano en el hombro de Chuuya. El chico se tensó visiblemente, pero no se apartó—. Joven Midoriya, le sugiero que se retire. Mi hijo es propenso a estos episodios de autolesión. Es una lástima, pero estamos trabajando en ello.
Mori guio a Chuuya hacia la casa principal, dejando a Izuku de pie en la nieve, con los puños apretados hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier explosión. Izuku no era tonto; había visto el miedo en los ojos de Chuuya, un miedo que no era hacia la muerte, sino hacia la persona que se suponía debía protegerlo.
Al día siguiente, Chuuya apareció en la U.A. Llevaba el uniforme perfectamente abrochado, tapando cada centímetro de su piel, y su gorra estaba más baja que nunca. Se sentó en su pupitre sin hablar con nadie, pero cuando Izuku entró en el salón, sus miradas se cruzaron por un segundo. El azul del ojo de Chuuya estaba apagado, una súplica silenciosa envuelta en orgullo.
Izuku no fue a su asiento. Caminó directamente hacia el escritorio de Chuuya y dejó una pequeña bolsa con ungüentos y una nota doblada.
— No voy a dejarlo pasar, Chuuya —susurró Izuku, lo suficientemente bajo para que solo él lo escuchara.
Chuuya apretó los dientes, sus dedos curvándose sobre el borde de la madera.
— No sabes en lo que te estás metiendo, brócoli. Él... él lo controla todo.
— Soy un aspirante a héroe —respondió Izuku con una determinación que hizo que Chuuya levantara la vista—. Y un héroe no ignora el grito de alguien que finge estar en silencio.
A lo lejos, en la entrada del salón, Aizawa observaba la interacción con sus ojos entrecerrados. Había notado las marcas en el cuello de Chuuya que el uniforme no lograba ocultar del todo cuando el chico se movía. Había visto el informe de Midoriya de la noche anterior, un mensaje frenético y lleno de angustia que le había llegado a las tres de la mañana.
— Nakahara, Midoriya —llamó Aizawa, su voz más suave de lo habitual—. Después de las clases, vengan a la sala de profesores. Tenemos que hablar sobre el plan de entrenamiento... y sobre ciertas irregularidades en su entorno familiar.
Chuuya se puso rígido. La gravedad a su alrededor pareció fluctuar, haciendo que los lápices sobre su escritorio flotaran unos milímetros.
— No pueden hacer nada —dijo Chuuya, su voz temblando por primera vez en público—. Si Mori se entera...
— Mori Ougai no es un héroe —interrumpió Aizawa, acercándose y poniendo una mano, por primera vez, en el hombro del chico. Chuuya no se encogió, pero cerró los ojos con fuerza—. Y en esta escuela, no permitimos que los villanos dicten el futuro de nuestros estudiantes. No estás solo, Nakahara.
Izuku asintió, extendiendo su mano hacia Chuuya.
— Déjanos ayudarte. Por favor.
Chuuya miró la mano de Izuku, la misma mano que lo había sostenido en el tren, la misma mano que ahora le ofrecía una salida de un infierno de nueve años. Lentamente, con los dedos temblando, Chuuya extendió la suya y la estrechó.
— Es un monstruo —susurró Chuuya, las lágrimas finalmente escapando de sus ojos heterocromáticos—. Pero... quiero dejar de tenerle miedo.
— Entonces empezaremos por ahí —dijo Izuku con una sonrisa triste pero firme—. Paso a paso.
El camino hacia la libertad de Chuuya Nakahara sería largo y doloroso, lleno de batallas legales, psicológicas y quizás físicas contra la sombra de Mori Ougai. Pero mientras caminaba hacia la sala de profesores, flanqueado por el chico que se había caído en su regazo y el profesor que nunca se rendía con sus alumnos, Chuuya sintió, por primera vez en su vida, que la gravedad no lo estaba arrastrando hacia el suelo, sino que finalmente lo estaba dejando volar.
En el rincón de la pizarra, un pequeño dibujo de un sol y una luna que Chuuya había hecho días atrás parecía brillar con una luz nueva. La U.A. no solo era una escuela de héroes para él; se estaba convirtiendo en su primer verdadero hogar. Y aunque el frío de la nieve de Yokohama todavía calaba en sus huesos, el calor de la mano de Midoriya le recordaba que ya no tenía que cargar con el peso del mundo él solo.
