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Yo reencarnaba como Batman en Marvel unificado con Lore y mitología de Batman

Fandom: Marvel y DC

Creado: 5/7/2026

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Sombras sobre la Ciudad y Seda en las Sábanas

El sol de la mañana se filtraba por las persianas de mi ático en Manhattan, pero mi mente ya estaba a kilómetros de distancia, repasando los eventos del día anterior. Como Bruce Wayne, había logrado algo que ni siquiera el propio Tony Stark se habría atrevido a intentar con tanta frialdad: destruir la reputación del General Thaddeus "Thunderbolt" Ross en una sola rueda de prensa.

Gracias a la tecnología de Wayne Enterprises y a un poco de espionaje que realicé durante mis incursiones nocturnas, filtré documentos clasificados que vinculaban a Ross con el uso de fuerza excesiva y experimentación ilegal con suero de súper soldado en suelo estadounidense. El incidente en la Universidad de Culver nunca llegó a ocurrir de la forma en que la historia original dictaba; detuve la persecución de Bruce Banner antes de que el General pudiera causar una masacre. Ross ahora estaba bajo investigación federal, y Banner... bueno, Banner estaba a salvo en una de mis casas de seguridad en Canadá, confundido pero agradecido.

Sin embargo, mi vida no solo se trataba de desmantelar militares corruptos o patrullar las calles de Gotham. En este universo unificado, las piezas del tablero eran mucho más complejas. Y anoche, decidí mover una pieza que me interesaba personalmente: Janet van Dyne.

Janet, conocida por el mundo como la Avispa, era una mujer brillante, vibrante y peligrosamente encantadora. Pero detrás de su sonrisa de pasarela, sabía que había una grieta. Su relación con Hank Pym era un desastre a punto de estallar. Hank era un genio, sí, pero su inestabilidad emocional y su obsesión con las partículas Pym lo convertían en un compañero negligente, y a veces, francamente cruel.

La cita había sido perfecta. Un restaurante de cinco estrellas, una conversación fluida y el aura de misterio que mi nueva apariencia —el rostro joven pero curtido de Robert Pattinson, con esa mirada intensa y melancólica— proyectaba sobre ella.

— No puedo creer que Ross cayera tan rápido —dijo Janet, removiendo su copa de vino mientras me miraba fijamente—. Bruce, has causado un terremoto en Washington.

— La gente como Ross cree que el poder los hace intocables —respondí, manteniendo mi voz en ese tono bajo y rasposo que tanto intimidaba a mis enemigos pero que parecía fascinar a las mujeres—. Solo necesitaba que alguien le recordara que nadie está por encima de la justicia.

— Eres diferente a los otros millonarios que conozco —murmuró ella, inclinándose hacia adelante—. Tony es... ruidoso. Hank es...

Se detuvo, y su expresión decayó por un segundo. Esa era mi entrada.

— ¿Hank está bien? —pregunté, fingiendo una preocupación cortés pero genuina.

Janet suspiró, y durante la siguiente hora, se desahogó. Me habló de las largas noches de Hank en el laboratorio, de sus cambios de humor, de cómo la hacía sentir pequeña, como si fuera un accesorio en su vida científica más que una compañera. Yo escuché. Realmente escuché. A diferencia del Bruce Wayne original, que a menudo usaba a las personas como medios para un fin, yo tenía la ventaja de saber quiénes eran estas personas. Sabía lo que Janet necesitaba: validación, atención y alguien que no la viera como una distracción.

El resto de la noche fue una progresión natural. El magnetismo entre nosotros era innegable. Terminamos en su apartamento, un lugar elegante pero que se sentía vacío. Hank no estaba; estaba encerrado en su laboratorio en la Mansión de los Vengadores, probablemente olvidando incluso que tenía una novia esperándolo.

— No deberías estar sola en una noche como esta —le dije, mi mano rozando su mejilla mientras estábamos de pie en el centro de su sala de estar.

— Entonces no te vayas —respondió ella en un susurro.

Lo que siguió fue intenso. No fue solo deseo físico; fue una conquista. En la cama, Janet era fuego, una liberación de toda la frustración que había acumulado durante meses. Y yo... yo era el Batman, incluso en la intimidad. Tenía el control, era metódico pero apasionado, dándole exactamente lo que Pym nunca pudo darle.

Ahora, mientras me vestía en silencio en la penumbra de la madrugada, la vi dormir. Su respiración era tranquila, un contraste total con la mujer ansiosa que había conocido horas antes. Me retiré antes de que el sol terminara de salir, dejando solo una nota breve y elegante sobre su mesa de noche. Sabía que Hank no aparecería; sus sensores no detectarían mi presencia porque yo sabía exactamente cómo evitarlos.

Al salir al aire fresco de Nueva York, sentí la adrenalina del éxito. Había salvado a Banner, neutralizado a Ross y plantado una semilla en el corazón de los Vengadores. Janet ahora estaba fascinada conmigo, y esa conexión sería vital en el futuro.

Caminé hacia mi coche, un prototipo negro mate que rugía bajo mi mando. Pero mientras conducía, mi mente cambió de marcha. El tiempo de Bruce Wayne había terminado por hoy. Era hora de que Batman regresara a las sombras.

— Alfred —dije, activando el comunicador en mi oído mientras el vehículo se dirigía hacia los niveles inferiores de una de mis propiedades—. Prepara el traje. He detectado movimientos en los muelles de Jersey. Algo que no pertenece a este lado del río.

— Todo está listo, señor Bruce —la voz de Alfred sonó clara y firme—. Aunque debo decir que su agenda social se está volviendo tan peligrosa como su vida nocturna. ¿Janet van Dyne? Está jugando con fuego, incluso para sus estándares.

— El fuego ayuda a forjar el acero, Alfred —respondí, con una media sonrisa que no llegó a mis ojos—. Además, Pym no es una amenaza si ni siquiera sabe que estoy allí.

— Eso es lo que dicen todos antes de que los reduzcan al tamaño de una hormiga —replicó Alfred con su sarcasmo habitual—. Por cierto, hay noticias de Gotham. El rastro de ese tal "Jack Napier" ha vuelto a aparecer.

Mis nudillos se tensaron sobre el volante. El Joker. En este mundo, donde los dioses volaban por el cielo y los alienígenas eran una posibilidad real, la locura de Gotham seguía siendo mi prioridad absoluta. Había pasado años entrenando con Ra's al Ghul, aprendiendo a ser más que un hombre, a ser una idea. Había traicionado a la Liga de las Sombras porque su visión de la justicia era genocidio, pero me llevé sus secretos conmigo.

Llegué a la base secreta bajo el edificio Wayne. Las puertas hidráulicas se abrieron, revelando el santuario de tecnología y sombras que había construido. El traje estaba allí, colgado en su vitrina: el diseño de placas reforzadas, la capa de fibra de carbono y la máscara con esas orejas puntiagudas que infundían terror en el corazón de los criminales.

Me bajé del coche y caminé hacia el traje. El peso de mi misión volvió a caer sobre mis hombros, pero esta vez, me sentía más fuerte que nunca. Tenía los recursos de Wayne, el conocimiento de mi vida pasada y la ventaja de conocer el futuro de este universo.

— Señor —dijo Alfred, acercándose con una tableta—. Los informes de inteligencia indican que Industrias Stark ha ganado el contrato de defensa que Ross perdió. Tony Stark está celebrando en Malibú.

— Déjalo celebrar —dije mientras me colocaba las grebas de la armadura—. Stark es un genio, pero es descuidado. Cree que el mundo se arregla con una armadura brillante y un chiste sarcástico. No entiende que el mal no siempre viene del cielo. A veces nace en los callejones, en el barro, en la corrupción que él ignora.

— ¿Y qué hay de la señorita Van Dyne? —preguntó Alfred, mirándome por encima de sus gafas—. Ella llamó hace diez minutos. Parecía... afectada.

Me detuve un momento, ajustando los guanteletes.

— Janet es una aliada potencial. Y si las cosas salen como espero, será mucho más que eso. Pero por ahora, ella necesita espacio para darse cuenta de que merece algo mejor que Pym.

— ¿Y ese "algo mejor" es un hombre que se viste de murciélago y se lanza desde los tejados? —Alfred suspiró—. A veces olvido que usted es tan complicado como los villanos que persigue.

— Es necesario, Alfred. Para limpiar este mundo, tengo que estar dispuesto a ensuciarme las manos.

Me puse la máscara. La interfaz digital se encendió frente a mis ojos, filtrando la realidad a través de lentes infrarrojos y sensores de movimiento. Bruce Wayne había desaparecido. Solo quedaba la venganza. Solo quedaba la noche.

— Informa a Lucius que quiero los planos de la Mansión de los Vengadores —ordené, mi voz ahora transformada por el modulador en un gruñido inhumano—. Si voy a operar en este mundo unificado, necesito saber dónde duermen los héroes tanto como dónde se esconden los monstruos.

— Entendido, señor —asintió Alfred—. Tenga cuidado ahí fuera. Nueva York no es Gotham, pero tiene sus propios demonios.

— Yo soy el demonio que esos demonios temen —respondí antes de subirme al Batmóvil.

El motor rugió, un sonido que resonó en las paredes de hormigón como el grito de una bestia hambrienta. Salí disparado hacia la superficie, dejando atrás la luz y sumergiéndome en la oscuridad de la ciudad. Ross había caído, Janet estaba en mi red y los cimientos de este nuevo mundo empezaban a temblar bajo mis pies. El primer año apenas estaba comenzando, y Batman estaba listo para reescribir la historia.
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