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Amor

Fandom: Otaku

Creado: 5/7/2026

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El sabor amargo de la indiferencia

La luz de la luna se filtraba por las finas cortinas de seda de la habitación matrimonial, bañando los muebles de madera oscura con un resplandor plateado y frío. Naruto estaba sentado al borde de la cama, balanceando sus pies descalzos que no llegaban a tocar el suelo con firmeza. Llevaba puesto un pijama de color naranja vibrante con pequeños dibujos de nubes, una prenda que contrastaba dolorosamente con la elegancia sobria y minimalista del apartamento que ahora compartía con su esposo.

Hacía apenas tres meses que se habían casado. Una unión orquestada por los consejos de ancianos y las necesidades políticas de sus clanes, un contrato firmado con tinta y sellado con un beso gélido frente a cientos de invitados. Para Naruto, aquel día había sido el cumplimiento de un sueño de infancia, aunque empañado por la realidad; para Sasuke, había sido una sentencia.

Se escuchó el sonido de la cerradura electrónica. Naruto se puso en pie de un salto, sus ojos azules iluminándose con una chispa de esperanza infantil. Corrió hacia la entrada, olvidando que ya era casi medianoche.

— ¡Sasuke! ¡Bienvenido a casa! —exclamó Naruto con una sonrisa radiante, extendiendo los brazos como si esperara un abrazo que nunca llegaba—. Te preparé ramen de miso, ¡incluso compré los ingredientes especiales que te gustan! Bueno, sé que no te gusta mucho el dulce, así que no le puse demasiado de...

Sasuke ni siquiera lo miró. Se quitó la capa oscura y la colgó en el perchero con movimientos precisos y mecánicos. Su rostro era una máscara de mármol, inexpresivo y gélido.

— No tengo hambre —cortó Sasuke, su voz era como un hilo de hielo que cortaba el entusiasmo de Naruto—. Ve a dormir.

Naruto bajó los brazos lentamente, entrelazando sus dedos con nerviosismo. A pesar del rechazo, no perdió su tono dulce.

— Pero has trabajado mucho, Sasuke-teme. Solo un poco, ¿sí? Estuve esperando para cenar contigo, me prometiste que hoy llegarías temprano para que pudiéramos hablar de...

— Yo no prometí nada —interrumpió Sasuke, deteniéndose a mitad del pasillo—. Tú asumiste que vendría. No me presiones, Naruto. Es agotador llegar a casa y encontrarte así.

— ¿Así cómo? —preguntó Naruto en un susurro, ladeando la cabeza con una inocencia que a Sasuke parecía irritarle profundamente.

— Tan... ruidoso. Tan infantil. Madura de una vez.

Sasuke siguió caminando hacia su estudio, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó en el silencio del pasillo. Naruto se quedó allí, de pie, en medio de la sala decorada con flores frescas que él mismo había colocado esa mañana para "darle vida" al hogar. Sintió un nudo en la garganta, pero se obligó a tragarlo.

— Quizás mañana esté de mejor humor —se dijo a sí mismo, tratando de mantener esa calidez que lo caracterizaba—. Mañana es un día nuevo.

Naruto caminó hacia la cocina. Sobre la mesa, dos cuencos de ramen ya estaban fríos. Con cuidado, guardó la comida en el refrigerador, tarareando una pequeña canción para no escuchar el silencio de la casa. Antes de irse a la cama, se detuvo frente a la puerta del estudio de Sasuke. Dudó un momento, pero finalmente llamó suavemente.

— Sasuke... te dejé un té de hierbas en la puerta. Ayuda a dormir mejor. Que descanses.

No hubo respuesta. Del otro lado de la madera, Sasuke Uchiha estaba sentado frente a su escritorio, pero no estaba revisando documentos de la policía de Konoha. En su mano sostenía una fotografía pequeña y desgastada que guardaba en el cajón superior. En la imagen, una joven de cabello rosado sonreía tímidamente a la cámara. Sakura.

Sasuke acarició el borde de la foto con el pulgar. El dolor en su pecho era una constante, una presión sorda que solo se aliviaba cuando se permitía recordar lo que "debería haber sido". Él amaba a Sakura. Siempre la había amado de esa forma silenciosa y posesiva. Pero el destino, las deudas de sangre y la presión social lo habían encadenado a Naruto, el chico que siempre lo había seguido como un cachorro fiel, el chico que ahora llevaba su apellido pero que no lograba despertar en él nada más que una irritante sensación de culpa y asfixia.

Al día siguiente, el sol entró con fuerza por la ventana. Naruto se despertó temprano, decidido a que ese día sería diferente. Preparó el desayuno con esmero: huevos, arroz, pescado asado. Cuando Sasuke apareció en el comedor, ya vestido con su uniforme impecable, Naruto lo recibió con una taza de café humeante.

— ¡Buenos días, Sasuke! —dijo Naruto, acercándose más de lo habitual—. Mira, hoy el clima va a estar precioso. ¿Crees que después del trabajo podamos ir a caminar al parque? Solo media hora.

Sasuke tomó el café sin rozar los dedos de Naruto.

— Tengo reuniones hasta tarde. No me esperes.

— Oh... entiendo. ¿Y mañana? —insistió el rubio, sin perder la sonrisa, aunque sus ojos mostraban una pequeña grieta de tristeza—. Mañana es sábado.

— Estaré ocupado —respondió Sasuke de forma cortante, dejando la taza a medio terminar sobre la mesa—. Deja de planear cosas, Naruto. Ya te lo dije, este matrimonio es solo un papel. Haz tu vida y déjame hacer la mía.

Naruto sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Se acercó a Sasuke y, con una valentía que rayaba en la desesperación, intentó arreglarle el cuello de la camisa.

— Pero somos esposos, Sasuke... Yo realmente quería que esto funcionara. Yo... yo te quiero desde hace mucho tiempo.

Sasuke le atrapó las muñecas con fuerza, deteniendo sus movimientos. Sus ojos negros se clavaron en los azules con una frialdad que hizo que Naruto temblara.

— Ese es tu problema, no el mío —dijo Sasuke con voz gélida—. No me obligues a fingir algo que no siento. Tu cariño me asfixia.

Sasuke soltó las muñecas de Naruto con un movimiento brusco y salió de la casa sin mirar atrás. Naruto se quedó estático en medio del comedor. Se miró las muñecas; no estaban rojas, Sasuke no había usado fuerza física para lastimarlo, pero el desprecio en sus palabras le dolía más que cualquier golpe.

Pasaron las horas. Naruto intentó distraerse limpiando la casa, visitando a sus amigos y paseando por la aldea. Sin embargo, en cada esquina, en cada conversación, el nombre de Sasuke salía a relucir.

— ¿Cómo va todo con Sasuke, Naruto? —le preguntó Kakashi cuando se cruzaron en la calle—. Se le ve más serio de lo habitual.

— ¡Ah, ya sabes cómo es él! —mintió Naruto con una risa nerviosa, rascándose la nuca—. ¡Es un amargado, pero nos llevamos bien! ¡De veras!

Pero la mentira pesaba. Por la tarde, Naruto decidió pasar por el hospital para saludar a Sakura. A pesar de todo, ella seguía siendo su mejor amiga, y aunque sabía que Sasuke seguía enamorado de ella, Naruto no podía odiarla. Sakura era luz, y él entendía por qué alguien como Sasuke querría esa luz.

Al llegar a la entrada del hospital, se detuvo en seco. Allí, cerca de la fuente, estaba Sasuke. Estaba de espaldas, pero Naruto reconocería esa silueta en cualquier lugar. Frente a él estaba Sakura.

Naruto se ocultó tras un pilar, sintiéndose como un intruso en su propia vida. No podía escuchar lo que decían, pero vio el lenguaje corporal de Sasuke. No estaba rígido. No estaba frío. Su postura era relajada, casi vulnerable. Vio cómo Sasuke extendía una mano y rozaba el hombro de Sakura con una delicadeza que nunca había usado con él.

Sakura le sonreía con una mezcla de tristeza y añoranza. Hablaron durante varios minutos, y Naruto sintió que su corazón se rompía en mil pedazos pequeños y afilados. Sasuke no era incapaz de ser cariñoso; simplemente no quería serlo con él.

Cuando Sasuke finalmente se marchó, Naruto esperó unos minutos antes de salir de su escondite. Caminó hacia su casa con los hombros caídos y la mirada perdida. La alegría infantil que siempre lo rodeaba se había evaporado, dejando solo a un joven cansado de luchar por un amor unilateral.

Llegó a casa y no encendió las luces. Se sentó en el sofá, abrazando sus rodillas. El sol se puso y la oscuridad envolvió la estancia. Horas después, Sasuke regresó. Al encender la luz de la sala, se sobresaltó al ver a Naruto allí sentado, en silencio.

— ¿Qué haces a oscuras? —preguntó Sasuke, recuperando su tono cortante—. Pareces un idiota.

Naruto no respondió de inmediato. Levantó la cabeza y Sasuke notó que sus ojos estaban rojos, aunque no había lágrimas corriendo por sus mejillas.

— Te vi hoy —dijo Naruto con una voz inusualmente baja y carente de su energía habitual—. En el hospital. Con Sakura-chan.

El cuerpo de Sasuke se tensó imperceptiblemente. Sus ojos se entrecerraron.

— ¿Y qué? —respondió con frialdad—. Ella es mi amiga.

— La mirabas diferente —continuó Naruto, poniéndose en pie con lentitud—. La tocaste con suavidad. A mí... a mí ni siquiera me dejas darte los buenos días sin que me mires como si fuera un estorbo.

— Naruto, no empieces con tus escenas —dijo Sasuke, caminando hacia la cocina para servirse agua—. No tengo tiempo para esto.

— ¡No es una escena! —gritó Naruto, y por primera vez, hubo una nota de autoridad y dolor real en su voz—. ¡Estoy intentándolo, Sasuke! Intento ser un buen esposo, intento que esta casa se sienta como un hogar, intento darte todo el amor que he guardado para ti durante años... ¿Y qué recibo? Nada. Solo desprecio.

Sasuke dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco. Se giró hacia Naruto, su expresión era de pura irritación.

— ¡Yo no te pedí que me amaras! —escupió Sasuke—. Te casaste conmigo sabiendo que yo no quería esto. Sabías que mi corazón le pertenece a ella. Si sufres, es por tu propia culpa, por ser tan ingenuo de creer que tus sentimientos cambiarían algo.

Naruto retrocedió un paso, como si las palabras fueran dagas físicas. La ternura en su rostro se transformó en una mueca de agonía.

— Tienes razón —susurró Naruto, y esta vez una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Siempre tienes razón, Sasuke. Soy un idiota por pensar que alguien como yo podría ser suficiente para ti. Soy un infantil por creer en los cuentos de hadas donde el amor lo vence todo.

Naruto pasó por el lado de Sasuke, pero antes de retirarse a la habitación de invitados —donde últimamente pasaba más tiempo que en la principal—, se detuvo.

— Mañana no habrá desayuno —dijo Naruto sin mirarlo—. Y no te preocupes, dejaré de ser ruidoso. Dejaré de ser atento. Si lo que quieres es un contrato de papel, eso es lo que tendrás.

Sasuke se quedó solo en la cocina. El silencio que tanto había anhelado finalmente reinaba en la casa, pero por alguna razón, se sentía más pesado y asfixiante que cualquier palabra de Naruto. Miró el vaso de agua, sintiendo un extraño vacío en el estómago.

Durante los días siguientes, Naruto cumplió su palabra. El cambio fue drástico y aterrador.

Ya no había saludos alegres por la mañana. Naruto se levantaba antes que Sasuke, tomaba un trozo de pan y salía de casa sin decir una palabra. Ya no había flores frescas en los jarrones; las que estaban se marchitaron hasta convertirse en pétalos secos sobre la mesa. No había cenas calientes esperando, ni preguntas sobre cómo había ido su día.

Sasuke llegaba a una casa que se sentía como una tumba. Al principio, se dijo a sí mismo que era mejor así. Por fin tenía la paz que quería. Pero luego empezó a notar los pequeños detalles. Extrañaba el olor al café que Naruto siempre le preparaba, aunque él nunca le diera las gracias. Extrañaba el sonido de la risa de Naruto desde la otra habitación, incluso si era por algo infantil que veía en la televisión.

Una noche, Sasuke regresó especialmente tarde. La casa estaba en penumbra. Al pasar por el salón, vio a Naruto dormido en el sofá. Tenía un libro abierto sobre el pecho y su rostro, normalmente lleno de vida, se veía pálido y cansado bajo la luz de la luna.

Sasuke se acercó, movido por un impulso que no supo explicar. Se quedó observando a su esposo. Naruto era tierno, sí. Era amoroso hasta el extremo. Y él lo había tratado como si eso fuera una debilidad, como si fuera algo despreciable.

Se inclinó ligeramente, con la intención de quitarle el libro para que pudiera dormir mejor. En ese momento, Naruto se movió entre sueños y susurró algo.

— Sasuke... lo siento... por no ser ella...

Sasuke se congeló. El corazón le dio un vuelco violento. Aquellas palabras, cargadas de una tristeza infinita, le hicieron darse cuenta de la magnitud del daño que había causado. Había estado castigando a Naruto por el simple hecho de amarlo, mientras él se aferraba a un fantasma del pasado que ya no le pertenecía.

Porque Sakura había seguido adelante. Ella se lo había dicho ese día en el hospital: "Sasuke, estás casado ahora. Dale una oportunidad a Naruto. Él te ama como nadie más lo hará".

Sasuke extendió la mano, rozando apenas un mechón del cabello rubio de Naruto. El chico se encogió ante el contacto, incluso dormido, como si esperara un rechazo. Sasuke retiró la mano rápidamente, sintiendo una punzada de arrepentimiento.

— Eres un idiota, Naruto —susurró Sasuke para sí mismo, pero esta vez no había veneno en su voz, sino una amargura dirigida hacia sí mismo—. Y yo soy un cobarde.

Se dio la vuelta y se dirigió a su habitación, pero esa noche, el recuerdo de Sakura no fue lo que lo mantuvo despierto. Fue la imagen de Naruto marchitándose en silencio, un sol que se apagaba por falta de calor.

A la mañana siguiente, Sasuke bajó a la cocina. Naruto ya estaba allí, bebiendo té en silencio mientras miraba por la ventana. No llevaba su pijama naranja, sino ropa de entrenamiento oscura.

— Naruto —dijo Sasuke, su voz rompiendo el silencio sepulcral.

Naruto dejó la taza sobre la mesa, pero no se giró.

— ¿Sí, Sasuke-san? —Ese "san" fue como un bofetón de distancia para el Uchiha.

— Hoy... saldré temprano —dijo Sasuke, esforzándose por encontrar las palabras—. Podemos ir a ese lugar de ramen que tanto mencionas.

Naruto finalmente se giró. Sus ojos azules estaban apagados, sin el brillo habitual. Miró a Sasuke como si fuera un extraño.

— No hace falta, Sasuke. Sé que tienes mucho trabajo. No quiero ser una molestia.

— No eres una molestia —insistió Sasuke, dando un paso hacia él.

Naruto esbozó una sonrisa pequeña, pero era una sonrisa llena de resignación, no de alegría.

— Está bien. Ya no tienes que fingir. Entendí el mensaje. Seré el esposo que necesitas: silencioso y distante. Así ambos estaremos más cómodos, ¿verdad?

Naruto tomó su mochila y salió de la cocina antes de que Sasuke pudiera responder. El Uchiha se quedó allí, en medio de la cocina perfecta y fría, dándose cuenta de que finalmente había obtenido lo que quería: un Naruto que no lo molestaba.

Y, sin embargo, nunca se había sentido tan solo en toda su vida. El sabor amargo de la indiferencia de Naruto era mucho más difícil de tragar que cualquier muestra de su amor infantil. Sasuke miró el jarrón de flores secas y, por primera vez, sintió el impulso de tirarlas y comprar unas nuevas. Pero no sabía si Naruto volvería a sonreír al verlas, o si simplemente le daría las gracias con esa cortesía fría que ahora los separaba más que cualquier contrato matrimonial.
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