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Vida Perfecta
Fandom: Chainsaw Man
Creado: 5/7/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffDolor/ConsueloHistoria DomésticaAcciónArreglo
El aroma a pólvora y margaritas
La luz del sol se filtraba a través de las cortinas baratas del apartamento, pintando rayas doradas sobre el suelo de madera desgastada. No era un palacio, ni de lejos. Las paredes tenían manchas de humedad y el refrigerador hacía un ruido constante, como un animal herido que se negaba a morir. Pero para Denji, aquel lugar era mejor que cualquier mansión en la que hubiera soñado jamás.
Se removió entre las sábanas, sintiendo el peso reconfortante de otro cuerpo junto al suyo. Abrió los ojos lentamente, revelando sus habituales ojeras, pero esta vez no eran producto del hambre o del miedo, sino de haberse quedado despierto hasta tarde riendo por tonterías. A su lado, Reze dormía con una expresión de paz que rara vez mostraba cuando el mundo exterior los observaba. Su cabello corto, de ese negro azabache con destellos morados, estaba desparramado sobre la almohada.
Denji estiró una mano, rozando con cuidado el hombro de la chica. Ella se movió, soltando un pequeño suspiro, y abrió los ojos. Al ver a Denji, sus mejillas se tiñeron de ese rosa suave que tanto lo fascinaba.
— Buenos días, dormilón —susurró Reze, con la voz ronca por el sueño.
— Buenos días —respondió Denji, mostrando sus dientes afilados en una sonrisa genuina—. Todavía no me creo que no sea un sueño.
Reze se incorporó un poco, dejando que la sábana cayera. En su cuello, la gargantilla con el alfiler de granada brillaba bajo la luz matutina, un recordatorio constante de lo que eran, pero también de que ahora ese poder les pertenecía solo a ellos. Se acercó y le dio un beso rápido en la punta de la nariz.
— Es real, Denji. Lo logramos. No hay Seguridad Pública pisándonos los talones, ni la Unión Soviética buscándome. Solo somos nosotros.
Denji se sentó en el borde de la cama y comenzó a vestirse. Se puso su camisa blanca de siempre, pero no se molestó en abotonarla correctamente ni en ponerse la corbata con cuidado. Como de costumbre, se arremangó las camisas, dejando sus brazos al descubierto. Reze, por su parte, se deslizó fuera de la cama con una agilidad felina. Se puso su falda, las botas negras que le llegaban hasta el muslo y ese delantal largo con textura de munición que, extrañamente, le quedaba de maravilla.
— ¿Qué hay para desayunar? —preguntó Denji, rascándose la cabeza desaliñada.
— Lo de siempre —dijo ella, caminando hacia la pequeña cocina—. Tostadas con mermelada. Y café, si es que todavía queda.
— ¡Mermelada! —exclamó Denji con entusiasmo—. ¡Esa es la vida de los reyes!
Mientras desayunaban en la pequeña mesa de madera, el silencio no era incómodo. Era el tipo de silencio que solo comparten las personas que han pasado por el infierno y han regresado tomadas de la mano. Sin embargo, ese idilio se vio interrumpido por un sonido familiar y desagradable: un estruendo que venía de la calle, seguido por el grito de pánico de algún transeúnte.
Denji dejó su tostada a medio morder y suspiró.
— ¿Otra vez? —preguntó, mirando hacia la ventana.
— Parece que un demonio menor decidió que hoy era un buen día para morir —comentó Reze, terminando su café con calma—. ¿Quieres ir tú o voy yo?
— Vamos los dos —dijo Denji, levantándose y ajustándose el cinturón—. Terminemos con esto rápido para poder ir al cine. Dijiste que me llevarías a ver una de esas películas donde no explota todo.
— Promesa es promesa —sonrió ella, aunque sus ojos brillaron con una chispa peligrosa.
Salieron al balcón y saltaron hacia el callejón de abajo. El demonio en cuestión era una masa deforme de extremidades y ojos que estaba destrozando un puesto de periódicos. No era nada impresionante, apenas una molestia en su "vida perfecta".
— ¡Oye, idiota! —gritó Denji, llevándose la mano al cordón que colgaba de su pecho—. ¡Estamos intentando tener una cita!
El demonio rugió, lanzando un tentáculo hacia ellos. Reze fue más rápida. Con un movimiento fluido, tiró del alfiler de su gargantilla.
— ¡Boom! —exclamó con una sonrisa traviesa.
Una explosión controlada la impulsó hacia adelante, esquivando el ataque con una elegancia mortal. En el aire, sus extremidades se convirtieron en armas explosivas, golpeando al demonio y reduciéndolo a pedazos de carne quemada antes de que pudiera reaccionar. Denji, por su parte, tiró del cordón de su pecho. El sonido de una motosierra desgarrando el aire llenó el callejón mientras su cabeza y brazos se transformaban.
— ¡Mi turno! —rugió Chainsaw Man, lanzándose sobre los restos del demonio para rematarlo.
En cuestión de segundos, la amenaza había desaparecido. Denji volvió a su forma humana, escupiendo un poco de sangre y limpiándose la cara con la manga de su camisa ya arrugada. Reze aterrizó a su lado, sacudiéndose el polvo del delantal como si nada hubiera pasado.
— Demasiado fácil —dijo ella, acercándose a Denji para arreglarle el cuello de la camisa—. Estás hecho un desastre, Denji.
— Pero soy tu desastre —respondió él, rodeando su cintura con un brazo.
Reze se sonrojó de nuevo, ocultando una pequeña risa.
— Sí, supongo que sí. Vamos, si nos damos prisa, llegaremos a la función de las doce.
Caminaron por las calles de la ciudad, ignorando las miradas de asombro de la gente que acababa de presenciar la pelea. Para el resto del mundo, eran monstruos, armas vivientes, peligros andantes. Pero para ellos, eran simplemente dos jóvenes que querían comer helado y tomarse de la mano.
— ¿Sabes, Reze? —dijo Denji de repente, mientras esperaban en un semáforo—. A veces pienso en el viejo. En Pochita. Él siempre quiso que viviera una vida normal. Que le mostrara mis sueños.
— ¿Y qué crees que pensaría ahora? —preguntó ella, mirándolo con curiosidad.
— Creo que estaría feliz —asintió Denji—. Porque mi sueño no era tener mucho dinero o ser famoso. Mi sueño era esto. Estar con alguien que no quiera matarme o usarme para sus planes locos. Alguien que me quiera por ser Denji, no por ser el Demonio Motosierra.
Reze se detuvo y lo miró fijamente. Sus ojos morados se suavizaron y, por un momento, la frialdad de la asesina que alguna vez fue desapareció por completo.
— Yo también tenía sueños, Denji —confesó ella en voz baja—. En la escuela de entrenamiento, nos decían que no éramos personas, sino herramientas. Que no necesitábamos amor, solo deber. Pero cuando te conocí en aquel café... por primera vez sentí que quería ser una persona. Quería ver los fuegos artificiales contigo, no ser el fuego artificial que destruye todo.
Denji la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza en medio de la acera.
— Pues ahora somos personas —sentenció él—. Las personas más felices del mundo.
Continuaron su camino hacia el cine. Compraron palomitas grandes y refrescos, y se sentaron en la última fila. La película resultó ser un drama romántico bastante lento, el tipo de historia que al Denji de hace un año le habría parecido aburrida. Pero allí, con la cabeza de Reze apoyada en su hombro y el calor de su mano entrelazada con la suya, le pareció la mejor obra maestra jamás filmada.
— ¿Te gusta? —susurró Reze a mitad de la película.
— Es increíble —mintió Denji, que en realidad estaba más concentrado en el olor a flores y pólvora que desprendía el cabello de la chica—. Aunque le faltan motosierras.
Reze soltó una risita ahogada.
— Eres un caso perdido, Denji.
— Pero soy feliz —insistió él.
Al salir del cine, el cielo empezaba a teñirse de naranja y violeta. Caminaron de regreso a casa por el parque, viendo a los niños jugar y a los perros correr tras las pelotas. Era una escena tan cotidiana que dolía, considerando lo cerca que estuvieron ambos de no tener nunca algo así.
— Mañana tenemos que pagar el alquiler —recordó Reze, rompiendo el hechizo del atardecer—. Y nos estamos quedando sin comida para los perros.
— Iré a buscar algún trabajo de cazador independiente por la mañana —dijo Denji con un suspiro—. Pagan bien por los demonios de clase baja. Un par de horas de trabajo y tendremos para toda la semana.
— Yo te acompañaré —dijo ella—. Terminaremos más rápido.
— Es un trato.
Llegaron a la puerta de su edificio. Antes de entrar, Denji se detuvo y miró hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad empezaban a encenderse.
— Oye, Reze.
— ¿Dime?
— Si alguna vez las cosas se ponen feas otra vez... si alguien intenta separarnos...
Reze le puso un dedo sobre los labios, silenciándolo. Su expresión era decidida, casi feroz.
— Nadie va a separarnos, Denji. Ya no somos los niños asustados que seguían órdenes. Si el mundo intenta quitarnos esto, entonces quemaremos el mundo. Juntos.
Denji asintió, sintiendo una oleada de determinación que nunca antes había experimentado. No era el hambre lo que lo movía ahora, ni el deseo carnal básico. Era algo más profundo, algo que le daba una fuerza que ninguna cantidad de sangre de demonio podría igualar.
— Juntos somos invencibles —repitió él.
Subieron las escaleras, entraron en su pequeño y destartalado apartamento y cerraron la puerta tras de sí. Afuera, el mundo seguía su curso, con sus peligros, sus demonios y sus sombras. Pero dentro de esas cuatro paredes, bajo la luz mortecina de una bombilla que parpadeaba, todo era perfecto.
Porque la vida perfecta no era la ausencia de problemas, sino tener a la persona adecuada al lado para enfrentarlos. Y mientras Denji tuviera a Reze, y Reze tuviera a Denji, el mañana siempre sería un sueño del que no querrían despertar.
Se quedaron un rato más en el sofá, compartiendo los últimos restos de las palomitas, planeando un futuro que antes parecía imposible. Hablaron de viajar, de ver el mar, de quizás tener una casa con un jardín donde no hubiera rastros de sangre.
— Te quiero, Reze —dijo Denji, casi sin darse cuenta, con la naturalidad de quien dice una verdad universal.
Reze se quedó helada por un segundo, sus mejillas encendiéndose intensamente. Luego, se acurrucó más cerca de él, escondiendo el rostro en su cuello.
— Y yo a ti, tonto —respondió ella, con el corazón latiendo al unísono con el del chico de la motosierra.
En la penumbra del salón, dos almas rotas se habían encontrado y, al unirse, habían formado algo entero, algo hermoso, algo que ni el mismísimo infierno podría destruir. Esa era su realidad. Esa era su vida perfecta.
Se removió entre las sábanas, sintiendo el peso reconfortante de otro cuerpo junto al suyo. Abrió los ojos lentamente, revelando sus habituales ojeras, pero esta vez no eran producto del hambre o del miedo, sino de haberse quedado despierto hasta tarde riendo por tonterías. A su lado, Reze dormía con una expresión de paz que rara vez mostraba cuando el mundo exterior los observaba. Su cabello corto, de ese negro azabache con destellos morados, estaba desparramado sobre la almohada.
Denji estiró una mano, rozando con cuidado el hombro de la chica. Ella se movió, soltando un pequeño suspiro, y abrió los ojos. Al ver a Denji, sus mejillas se tiñeron de ese rosa suave que tanto lo fascinaba.
— Buenos días, dormilón —susurró Reze, con la voz ronca por el sueño.
— Buenos días —respondió Denji, mostrando sus dientes afilados en una sonrisa genuina—. Todavía no me creo que no sea un sueño.
Reze se incorporó un poco, dejando que la sábana cayera. En su cuello, la gargantilla con el alfiler de granada brillaba bajo la luz matutina, un recordatorio constante de lo que eran, pero también de que ahora ese poder les pertenecía solo a ellos. Se acercó y le dio un beso rápido en la punta de la nariz.
— Es real, Denji. Lo logramos. No hay Seguridad Pública pisándonos los talones, ni la Unión Soviética buscándome. Solo somos nosotros.
Denji se sentó en el borde de la cama y comenzó a vestirse. Se puso su camisa blanca de siempre, pero no se molestó en abotonarla correctamente ni en ponerse la corbata con cuidado. Como de costumbre, se arremangó las camisas, dejando sus brazos al descubierto. Reze, por su parte, se deslizó fuera de la cama con una agilidad felina. Se puso su falda, las botas negras que le llegaban hasta el muslo y ese delantal largo con textura de munición que, extrañamente, le quedaba de maravilla.
— ¿Qué hay para desayunar? —preguntó Denji, rascándose la cabeza desaliñada.
— Lo de siempre —dijo ella, caminando hacia la pequeña cocina—. Tostadas con mermelada. Y café, si es que todavía queda.
— ¡Mermelada! —exclamó Denji con entusiasmo—. ¡Esa es la vida de los reyes!
Mientras desayunaban en la pequeña mesa de madera, el silencio no era incómodo. Era el tipo de silencio que solo comparten las personas que han pasado por el infierno y han regresado tomadas de la mano. Sin embargo, ese idilio se vio interrumpido por un sonido familiar y desagradable: un estruendo que venía de la calle, seguido por el grito de pánico de algún transeúnte.
Denji dejó su tostada a medio morder y suspiró.
— ¿Otra vez? —preguntó, mirando hacia la ventana.
— Parece que un demonio menor decidió que hoy era un buen día para morir —comentó Reze, terminando su café con calma—. ¿Quieres ir tú o voy yo?
— Vamos los dos —dijo Denji, levantándose y ajustándose el cinturón—. Terminemos con esto rápido para poder ir al cine. Dijiste que me llevarías a ver una de esas películas donde no explota todo.
— Promesa es promesa —sonrió ella, aunque sus ojos brillaron con una chispa peligrosa.
Salieron al balcón y saltaron hacia el callejón de abajo. El demonio en cuestión era una masa deforme de extremidades y ojos que estaba destrozando un puesto de periódicos. No era nada impresionante, apenas una molestia en su "vida perfecta".
— ¡Oye, idiota! —gritó Denji, llevándose la mano al cordón que colgaba de su pecho—. ¡Estamos intentando tener una cita!
El demonio rugió, lanzando un tentáculo hacia ellos. Reze fue más rápida. Con un movimiento fluido, tiró del alfiler de su gargantilla.
— ¡Boom! —exclamó con una sonrisa traviesa.
Una explosión controlada la impulsó hacia adelante, esquivando el ataque con una elegancia mortal. En el aire, sus extremidades se convirtieron en armas explosivas, golpeando al demonio y reduciéndolo a pedazos de carne quemada antes de que pudiera reaccionar. Denji, por su parte, tiró del cordón de su pecho. El sonido de una motosierra desgarrando el aire llenó el callejón mientras su cabeza y brazos se transformaban.
— ¡Mi turno! —rugió Chainsaw Man, lanzándose sobre los restos del demonio para rematarlo.
En cuestión de segundos, la amenaza había desaparecido. Denji volvió a su forma humana, escupiendo un poco de sangre y limpiándose la cara con la manga de su camisa ya arrugada. Reze aterrizó a su lado, sacudiéndose el polvo del delantal como si nada hubiera pasado.
— Demasiado fácil —dijo ella, acercándose a Denji para arreglarle el cuello de la camisa—. Estás hecho un desastre, Denji.
— Pero soy tu desastre —respondió él, rodeando su cintura con un brazo.
Reze se sonrojó de nuevo, ocultando una pequeña risa.
— Sí, supongo que sí. Vamos, si nos damos prisa, llegaremos a la función de las doce.
Caminaron por las calles de la ciudad, ignorando las miradas de asombro de la gente que acababa de presenciar la pelea. Para el resto del mundo, eran monstruos, armas vivientes, peligros andantes. Pero para ellos, eran simplemente dos jóvenes que querían comer helado y tomarse de la mano.
— ¿Sabes, Reze? —dijo Denji de repente, mientras esperaban en un semáforo—. A veces pienso en el viejo. En Pochita. Él siempre quiso que viviera una vida normal. Que le mostrara mis sueños.
— ¿Y qué crees que pensaría ahora? —preguntó ella, mirándolo con curiosidad.
— Creo que estaría feliz —asintió Denji—. Porque mi sueño no era tener mucho dinero o ser famoso. Mi sueño era esto. Estar con alguien que no quiera matarme o usarme para sus planes locos. Alguien que me quiera por ser Denji, no por ser el Demonio Motosierra.
Reze se detuvo y lo miró fijamente. Sus ojos morados se suavizaron y, por un momento, la frialdad de la asesina que alguna vez fue desapareció por completo.
— Yo también tenía sueños, Denji —confesó ella en voz baja—. En la escuela de entrenamiento, nos decían que no éramos personas, sino herramientas. Que no necesitábamos amor, solo deber. Pero cuando te conocí en aquel café... por primera vez sentí que quería ser una persona. Quería ver los fuegos artificiales contigo, no ser el fuego artificial que destruye todo.
Denji la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza en medio de la acera.
— Pues ahora somos personas —sentenció él—. Las personas más felices del mundo.
Continuaron su camino hacia el cine. Compraron palomitas grandes y refrescos, y se sentaron en la última fila. La película resultó ser un drama romántico bastante lento, el tipo de historia que al Denji de hace un año le habría parecido aburrida. Pero allí, con la cabeza de Reze apoyada en su hombro y el calor de su mano entrelazada con la suya, le pareció la mejor obra maestra jamás filmada.
— ¿Te gusta? —susurró Reze a mitad de la película.
— Es increíble —mintió Denji, que en realidad estaba más concentrado en el olor a flores y pólvora que desprendía el cabello de la chica—. Aunque le faltan motosierras.
Reze soltó una risita ahogada.
— Eres un caso perdido, Denji.
— Pero soy feliz —insistió él.
Al salir del cine, el cielo empezaba a teñirse de naranja y violeta. Caminaron de regreso a casa por el parque, viendo a los niños jugar y a los perros correr tras las pelotas. Era una escena tan cotidiana que dolía, considerando lo cerca que estuvieron ambos de no tener nunca algo así.
— Mañana tenemos que pagar el alquiler —recordó Reze, rompiendo el hechizo del atardecer—. Y nos estamos quedando sin comida para los perros.
— Iré a buscar algún trabajo de cazador independiente por la mañana —dijo Denji con un suspiro—. Pagan bien por los demonios de clase baja. Un par de horas de trabajo y tendremos para toda la semana.
— Yo te acompañaré —dijo ella—. Terminaremos más rápido.
— Es un trato.
Llegaron a la puerta de su edificio. Antes de entrar, Denji se detuvo y miró hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad empezaban a encenderse.
— Oye, Reze.
— ¿Dime?
— Si alguna vez las cosas se ponen feas otra vez... si alguien intenta separarnos...
Reze le puso un dedo sobre los labios, silenciándolo. Su expresión era decidida, casi feroz.
— Nadie va a separarnos, Denji. Ya no somos los niños asustados que seguían órdenes. Si el mundo intenta quitarnos esto, entonces quemaremos el mundo. Juntos.
Denji asintió, sintiendo una oleada de determinación que nunca antes había experimentado. No era el hambre lo que lo movía ahora, ni el deseo carnal básico. Era algo más profundo, algo que le daba una fuerza que ninguna cantidad de sangre de demonio podría igualar.
— Juntos somos invencibles —repitió él.
Subieron las escaleras, entraron en su pequeño y destartalado apartamento y cerraron la puerta tras de sí. Afuera, el mundo seguía su curso, con sus peligros, sus demonios y sus sombras. Pero dentro de esas cuatro paredes, bajo la luz mortecina de una bombilla que parpadeaba, todo era perfecto.
Porque la vida perfecta no era la ausencia de problemas, sino tener a la persona adecuada al lado para enfrentarlos. Y mientras Denji tuviera a Reze, y Reze tuviera a Denji, el mañana siempre sería un sueño del que no querrían despertar.
Se quedaron un rato más en el sofá, compartiendo los últimos restos de las palomitas, planeando un futuro que antes parecía imposible. Hablaron de viajar, de ver el mar, de quizás tener una casa con un jardín donde no hubiera rastros de sangre.
— Te quiero, Reze —dijo Denji, casi sin darse cuenta, con la naturalidad de quien dice una verdad universal.
Reze se quedó helada por un segundo, sus mejillas encendiéndose intensamente. Luego, se acurrucó más cerca de él, escondiendo el rostro en su cuello.
— Y yo a ti, tonto —respondió ella, con el corazón latiendo al unísono con el del chico de la motosierra.
En la penumbra del salón, dos almas rotas se habían encontrado y, al unirse, habían formado algo entero, algo hermoso, algo que ni el mismísimo infierno podría destruir. Esa era su realidad. Esa era su vida perfecta.
