
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
UwU
Fandom: Academy of the Unfit
Creado: 5/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaLenguaje ExplícitoEstudio de Personaje
Silencio y Estruendo
La casa de los Arahara solía ser un ecosistema vibrante, un caos perfectamente orquestado de risas, discusiones adolescentes y el constante ir y venir de Natsuki, Kazuke e Izumi. Sin embargo, ese sábado, el silencio se había instalado en cada rincón como un invitado inesperado y, para Kou, profundamente incómodo.
Kou caminaba por el pasillo, jugueteando con las mangas de su suéter. Sus hijos estaban fuera por diversas razones —campamentos, visitas a amigos o proyectos escolares— y la ausencia de su energía habitual le provocaba una especie de picazón interna. Él era el pilar que sostenía el peso de todos, y sin ese peso, se sentía extrañamente ligero, casi a la deriva.
—Es demasiado silencioso —murmuró para sí mismo, entrando en la sala.
Masato, por el contrario, parecía estar viviendo su mejor vida. Para un hombre que valoraba la observación y la calma, tener la casa para ellos solos era un regalo del cielo que no pensaba desperdiciar. Kou lo encontró en la sala, pero no era el Masato serio y analítico que sus alumnos conocían en la Academia.
Había puesto música en el televisor a un volumen considerablemente alto. No era la música clásica o el jazz ambiental que solía preferir; era una mezcla de ritmos modernos, de esos que uno esperaría escuchar en los auriculares de un chico de dieciocho años. Masato acababa de salir de una ducha que, según los cálculos de Kou, había durado al menos cuarenta minutos. Iba vestido con una de las sudaderas holgadas de Kou, una prenda que le quedaba ligeramente grande pero que acentuaba esa faceta relajada que solo su esposo tenía el privilegio de ver.
—¿Te gusta la selección musical? —preguntó Masato con una media sonrisa, moviendo ligeramente los hombros al ritmo del bajo.
—Parece que has rejuvenecido veinte años de repente —respondió Kou, soltando una risita nerviosa—. Yo... no sé qué hacer conmigo mismo. Me he duchado en cinco minutos por instinto, pensando que alguien golpearía la puerta pidiendo el secador.
—Relájate, Kou. Disfruta del vacío.
Kou asintió, pero sus manos no podían quedarse quietas. Se sentó a la mesa del comedor y sacó un paquete de papeles de colores. Necesitaba concentración. Sus pensamientos volaban hacia sus hijos: ¿habrían comido bien?, ¿estaría Izumi abrigada?, ¿estaría Natsuki portándose bien? Empezó a doblar el papel con precisión quirúrgica, transformando cuadrados de color verde y azul en pequeñas grullas de origami. Sus dedos se movían rápido, buscando en la repetición una forma de calmar la ansiedad de la casa vacía.
Masato lo observó desde el sofá. Conocía a Kou mejor que nadie. Sabía que ese optimismo y esa calidez que Kou irradiaba a veces servían de escudo para una mente que nunca dejaba de preocuparse por los demás. Se levantó con parsimonia y caminó hacia la mesa, colocándose detrás de su esposo.
—Están bien, Kou —dijo Masato, apoyando las manos en los hombros de su pareja—. Deja de hacer un ejército de papel y mírame.
Kou suspiró, dejando a medio terminar una grulla.
—Es solo que... me preocupa que algo pase y no estemos allí.
—Nada va a pasar. Y si pasa, somos los mejores profesores de la Academia, sabremos manejarlo. Pero hoy, el único "problema" que tienes que resolver soy yo.
Masato se inclinó, rozando con sus labios la nuca de Kou. Fue un gesto deliberado, una provocación cargada de intención. Kou sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las manos de Masato bajaron por su pecho, tanteando el terreno con una seguridad que siempre lograba desarmarlo.
—Masato... —advirtió Kou, aunque su voz carecía de firmeza.
—Tienes las manos muy hábiles hoy, Kou. Sería un desperdicio usarlas solo para el papel.
El desafío estaba lanzado. Kou se giró en la silla, encontrándose con la mirada azulada y analítica de Masato, que ahora brillaba con un fuego contenido. La tensión acumulada por el silencio de la casa se transformó en algo mucho más eléctrico. Kou se puso de pie, dejando que el origami cayera al suelo, olvidado.
—Está bien —susurró Kou, atrayendo a Masato por la cintura de la sudadera robada—. Tú ganas.
El traslado al sofá fue rápido. Masato se recostó contra el respaldo, su rostro transformándose de la calma analítica a una expresión de euforia incipiente. Kou, siempre protector y atento, se posicionó entre sus piernas. Sus manos, antes nerviosas por la ausencia de sus hijos, ahora tenían un propósito claro y urgente.
Kou comenzó a preparar a Masato con una paciencia que rozaba la tortura. Usó tres dedos, moviéndose con una destreza que conocía cada ángulo y cada reacción del cuerpo de su esposo. Con la otra mano, lo masturbaba rítmicamente, observando cómo la respiración de Masato se volvía errática.
—Kou... por favor —gimió Masato, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Qué pasa, Masato? —preguntó Kou con una sonrisa ladina, disfrutando del control—. Pensé que querías disfrutar de la casa a tu ritmo.
Masato no respondió con palabras, sino agarrando el cabello de Kou y tirando de él hacia arriba para besarlo con desesperación. Poco después, Kou se deshizo de su propia ropa y comenzó a penetrarlo. Al principio fue suave, un vaivén lento que buscaba saborear la conexión, pero para Masato, cada movimiento se sentía como una explosión de sensaciones. En el silencio de la casa, cada gemido, cada roce de piel contra piel, resonaba con una intensidad magnífica.
—Te sientes... increíble —susurró Masato, con los ojos nublados por el éxtasis.
Tras una ronda de embestidas duras que hicieron que el sofá chirriara, Kou sintió que el espacio se les quedaba pequeño. Sin romper el contacto más de lo necesario, levantó a Masato en brazos —una muestra de esa fortaleza física que solía ocultar tras su carácter relajado— y lo llevó hacia la habitación principal.
Allí, sobre la cama matrimonial que tantas veces había servido de refugio tras días agotadores en la Academia, la intensidad subió de nivel. Kou colocó a Masato en cuatro puntos. Masato, cuya voz solía ser el epítome de la serenidad y el equilibrio, ahora emitía gemidos roncos y graves que llenaban la habitación.
Kou no podía apartar la vista de él. Ver a Masato, siempre tan reservado y bajo control, perderse por completo en el placer era su mayor debilidad. Se mordió el labio inferior, conteniendo sus propios sonidos mientras aumentaba la velocidad. Sus movimientos se volvieron más frenéticos, más profundos. Los brazos de Masato finalmente flaquearon, y su torso cayó contra el colchón, aunque mantuvo las caderas elevadas, buscando más, exigiendo más.
El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo. Fue una liberación total, un estallido que dejó a ambos exhaustos y temblando. Kou se dejó caer a su lado, jadeando, mientras el sudor pegaba sus cuerpos.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el latido de sus corazones volviendo a la normalidad. Kou, recuperando su faceta bromista, estiró el brazo para alcanzar la manta y cubrir a un Masato que aún intentaba recuperar el aliento.
—Bueno —dijo Kou, rodeando a Masato con el brazo y atrayéndolo hacia su pecho—, a este paso vamos a terminar teniendo otro hijo, Masato.
Masato soltó una carcajada débil, cerrando los ojos mientras disfrutaba del calor de su esposo.
—Usamos protección, Kou. No seas ridículo.
—No sé yo, con esa cara de felicidad que tienes, cualquier cosa es posible. ¿Te imaginas? Un cuarto Arahara corriendo por aquí. Natsuki se moriría del susto.
—Cállate y déjame dormir —respondió Masato, aunque se acurrucó más cerca del pecho de Kou.
—¿Dormir? —Kou se apoyó en un codo, mirándolo con una chispa de picardía en los ojos—. Pero si la casa todavía va a estar vacía por unas cuantas horas más. Y me he dado cuenta de que todavía tengo mucha energía acumulada.
Masato abrió un ojo, observando la expresión de Kou. La calidez protectora seguía allí, pero había algo más, un deseo renovado que el silencio de la casa parecía alimentar.
—¿Otra vez? —preguntó Masato, aunque ya estaba estirando la mano para acariciar la mejilla de Kou.
—Otra vez —confirmó Kou, inclinándose para besarlo—. Después de todo, alguien tiene que aprovechar que no hay nadie que nos interrumpa.
Masato sonrió, una sonrisa grande y genuina que rara vez mostraba al mundo, pero que Kou conocía de memoria. Se olvidaron del cansancio, se olvidaron del origami en el suelo del comedor y de la música que seguía sonando en la sala. En ese momento, en esa casa que ya no se sentía vacía sino llena de ellos dos, no había necesidad de equilibrio ni de protección externa. Solo existían ellos, redescubriéndose en el estruendo de su propia intimidad.
Al final, no durmieron nada en absoluto. La segunda ronda fue incluso más larga que la primera, y para cuando el sol empezó a bajar en el horizonte, los Arahara estaban finalmente satisfechos, compartiendo un silencio que, esta vez, era absolutamente perfecto.
Kou caminaba por el pasillo, jugueteando con las mangas de su suéter. Sus hijos estaban fuera por diversas razones —campamentos, visitas a amigos o proyectos escolares— y la ausencia de su energía habitual le provocaba una especie de picazón interna. Él era el pilar que sostenía el peso de todos, y sin ese peso, se sentía extrañamente ligero, casi a la deriva.
—Es demasiado silencioso —murmuró para sí mismo, entrando en la sala.
Masato, por el contrario, parecía estar viviendo su mejor vida. Para un hombre que valoraba la observación y la calma, tener la casa para ellos solos era un regalo del cielo que no pensaba desperdiciar. Kou lo encontró en la sala, pero no era el Masato serio y analítico que sus alumnos conocían en la Academia.
Había puesto música en el televisor a un volumen considerablemente alto. No era la música clásica o el jazz ambiental que solía preferir; era una mezcla de ritmos modernos, de esos que uno esperaría escuchar en los auriculares de un chico de dieciocho años. Masato acababa de salir de una ducha que, según los cálculos de Kou, había durado al menos cuarenta minutos. Iba vestido con una de las sudaderas holgadas de Kou, una prenda que le quedaba ligeramente grande pero que acentuaba esa faceta relajada que solo su esposo tenía el privilegio de ver.
—¿Te gusta la selección musical? —preguntó Masato con una media sonrisa, moviendo ligeramente los hombros al ritmo del bajo.
—Parece que has rejuvenecido veinte años de repente —respondió Kou, soltando una risita nerviosa—. Yo... no sé qué hacer conmigo mismo. Me he duchado en cinco minutos por instinto, pensando que alguien golpearía la puerta pidiendo el secador.
—Relájate, Kou. Disfruta del vacío.
Kou asintió, pero sus manos no podían quedarse quietas. Se sentó a la mesa del comedor y sacó un paquete de papeles de colores. Necesitaba concentración. Sus pensamientos volaban hacia sus hijos: ¿habrían comido bien?, ¿estaría Izumi abrigada?, ¿estaría Natsuki portándose bien? Empezó a doblar el papel con precisión quirúrgica, transformando cuadrados de color verde y azul en pequeñas grullas de origami. Sus dedos se movían rápido, buscando en la repetición una forma de calmar la ansiedad de la casa vacía.
Masato lo observó desde el sofá. Conocía a Kou mejor que nadie. Sabía que ese optimismo y esa calidez que Kou irradiaba a veces servían de escudo para una mente que nunca dejaba de preocuparse por los demás. Se levantó con parsimonia y caminó hacia la mesa, colocándose detrás de su esposo.
—Están bien, Kou —dijo Masato, apoyando las manos en los hombros de su pareja—. Deja de hacer un ejército de papel y mírame.
Kou suspiró, dejando a medio terminar una grulla.
—Es solo que... me preocupa que algo pase y no estemos allí.
—Nada va a pasar. Y si pasa, somos los mejores profesores de la Academia, sabremos manejarlo. Pero hoy, el único "problema" que tienes que resolver soy yo.
Masato se inclinó, rozando con sus labios la nuca de Kou. Fue un gesto deliberado, una provocación cargada de intención. Kou sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las manos de Masato bajaron por su pecho, tanteando el terreno con una seguridad que siempre lograba desarmarlo.
—Masato... —advirtió Kou, aunque su voz carecía de firmeza.
—Tienes las manos muy hábiles hoy, Kou. Sería un desperdicio usarlas solo para el papel.
El desafío estaba lanzado. Kou se giró en la silla, encontrándose con la mirada azulada y analítica de Masato, que ahora brillaba con un fuego contenido. La tensión acumulada por el silencio de la casa se transformó en algo mucho más eléctrico. Kou se puso de pie, dejando que el origami cayera al suelo, olvidado.
—Está bien —susurró Kou, atrayendo a Masato por la cintura de la sudadera robada—. Tú ganas.
El traslado al sofá fue rápido. Masato se recostó contra el respaldo, su rostro transformándose de la calma analítica a una expresión de euforia incipiente. Kou, siempre protector y atento, se posicionó entre sus piernas. Sus manos, antes nerviosas por la ausencia de sus hijos, ahora tenían un propósito claro y urgente.
Kou comenzó a preparar a Masato con una paciencia que rozaba la tortura. Usó tres dedos, moviéndose con una destreza que conocía cada ángulo y cada reacción del cuerpo de su esposo. Con la otra mano, lo masturbaba rítmicamente, observando cómo la respiración de Masato se volvía errática.
—Kou... por favor —gimió Masato, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Qué pasa, Masato? —preguntó Kou con una sonrisa ladina, disfrutando del control—. Pensé que querías disfrutar de la casa a tu ritmo.
Masato no respondió con palabras, sino agarrando el cabello de Kou y tirando de él hacia arriba para besarlo con desesperación. Poco después, Kou se deshizo de su propia ropa y comenzó a penetrarlo. Al principio fue suave, un vaivén lento que buscaba saborear la conexión, pero para Masato, cada movimiento se sentía como una explosión de sensaciones. En el silencio de la casa, cada gemido, cada roce de piel contra piel, resonaba con una intensidad magnífica.
—Te sientes... increíble —susurró Masato, con los ojos nublados por el éxtasis.
Tras una ronda de embestidas duras que hicieron que el sofá chirriara, Kou sintió que el espacio se les quedaba pequeño. Sin romper el contacto más de lo necesario, levantó a Masato en brazos —una muestra de esa fortaleza física que solía ocultar tras su carácter relajado— y lo llevó hacia la habitación principal.
Allí, sobre la cama matrimonial que tantas veces había servido de refugio tras días agotadores en la Academia, la intensidad subió de nivel. Kou colocó a Masato en cuatro puntos. Masato, cuya voz solía ser el epítome de la serenidad y el equilibrio, ahora emitía gemidos roncos y graves que llenaban la habitación.
Kou no podía apartar la vista de él. Ver a Masato, siempre tan reservado y bajo control, perderse por completo en el placer era su mayor debilidad. Se mordió el labio inferior, conteniendo sus propios sonidos mientras aumentaba la velocidad. Sus movimientos se volvieron más frenéticos, más profundos. Los brazos de Masato finalmente flaquearon, y su torso cayó contra el colchón, aunque mantuvo las caderas elevadas, buscando más, exigiendo más.
El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo. Fue una liberación total, un estallido que dejó a ambos exhaustos y temblando. Kou se dejó caer a su lado, jadeando, mientras el sudor pegaba sus cuerpos.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el latido de sus corazones volviendo a la normalidad. Kou, recuperando su faceta bromista, estiró el brazo para alcanzar la manta y cubrir a un Masato que aún intentaba recuperar el aliento.
—Bueno —dijo Kou, rodeando a Masato con el brazo y atrayéndolo hacia su pecho—, a este paso vamos a terminar teniendo otro hijo, Masato.
Masato soltó una carcajada débil, cerrando los ojos mientras disfrutaba del calor de su esposo.
—Usamos protección, Kou. No seas ridículo.
—No sé yo, con esa cara de felicidad que tienes, cualquier cosa es posible. ¿Te imaginas? Un cuarto Arahara corriendo por aquí. Natsuki se moriría del susto.
—Cállate y déjame dormir —respondió Masato, aunque se acurrucó más cerca del pecho de Kou.
—¿Dormir? —Kou se apoyó en un codo, mirándolo con una chispa de picardía en los ojos—. Pero si la casa todavía va a estar vacía por unas cuantas horas más. Y me he dado cuenta de que todavía tengo mucha energía acumulada.
Masato abrió un ojo, observando la expresión de Kou. La calidez protectora seguía allí, pero había algo más, un deseo renovado que el silencio de la casa parecía alimentar.
—¿Otra vez? —preguntó Masato, aunque ya estaba estirando la mano para acariciar la mejilla de Kou.
—Otra vez —confirmó Kou, inclinándose para besarlo—. Después de todo, alguien tiene que aprovechar que no hay nadie que nos interrumpa.
Masato sonrió, una sonrisa grande y genuina que rara vez mostraba al mundo, pero que Kou conocía de memoria. Se olvidaron del cansancio, se olvidaron del origami en el suelo del comedor y de la música que seguía sonando en la sala. En ese momento, en esa casa que ya no se sentía vacía sino llena de ellos dos, no había necesidad de equilibrio ni de protección externa. Solo existían ellos, redescubriéndose en el estruendo de su propia intimidad.
Al final, no durmieron nada en absoluto. La segunda ronda fue incluso más larga que la primera, y para cuando el sol empezó a bajar en el horizonte, los Arahara estaban finalmente satisfechos, compartiendo un silencio que, esta vez, era absolutamente perfecto.
