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mi profesora
Fandom: aespa
Creado: 5/7/2026
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RomanceDramaAngustiaPsicológicoOscuroCelosEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
La tiza y el deseo
El aula de Teoría de la Comunicación estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el suave rítmico del marcador sobre la pizarra blanca. Jimin —o la profesora Yu, como todos la llamaban formalmente— se movía con una elegancia que rozaba lo hipnótico. Sus dedos largos trazaban diagramas complejos, mientras su cabello oscuro caía sobre sus hombros como una cascada de seda.
Minjeong, sentada en la primera fila, no había tomado ni un solo apunte en los últimos cuarenta minutos. Su mirada estaba fija en la curva de la cintura de Jimin, acentuada por una falda de tubo gris que le quedaba como una segunda piel. Tenía diecisiete años, una edad en la que se sentía dueña del mundo y con el derecho de tomar lo que quisiera. Y lo que quería, por encima de cualquier otra cosa, era a la mujer que estaba de espaldas a ella.
— Bien, por hoy es suficiente —anunció Jimin, dándose la vuelta con una sonrisa amable que iluminó su rostro—. Recuerden que el ensayo sobre la semiótica de la imagen debe ser entregado el próximo lunes. No aceptaré retrasos.
El sonido de las mochilas cerrándose y las sillas arrastrándose llenó el aire. Los estudiantes comenzaron a salir, despidiéndose de la profesora con la familiaridad que ella siempre permitía. Jimin era joven, apenas veintiocho años, y su aura dominante se mezclaba con una timidez extraña que la hacía irresistiblemente accesible, aunque siempre manteniendo una línea de respeto.
Minjeong esperó. Se tomó su tiempo para guardar sus bolígrafos, observando cómo la última alumna salía del salón. Jimin estaba recogiendo sus carpetas, con la mirada baja, cuando Minjeong se acercó al escritorio.
— ¿Necesitas ayuda con eso, Yuji? —preguntó Minjeong, usando ese apodo que sabía que descolocaba a la mayor.
Jimin levantó la vista de inmediato, sus cejas se arquearon y un ligero tinte rosado apareció en sus mejillas.
— Minjeong, ya te he dicho que no me llames así en la universidad —susurró Jimin, lanzando una mirada rápida hacia la puerta abierta—. Y no, puedo cargarlas sola.
— Te ves cansada —continuó la menor, ignorando la advertencia y rodeando el escritorio para quedar a escasos centímetros de ella—. Quizás deberías dejar que alguien te cuide un poco. Alguien que no sea el hombre aburrido con el que vives.
Jimin suspiró, dejando caer los papeles sobre la mesa. Sus ojos se oscurecieron, perdiendo esa suavidad que mostraba ante la clase.
— Puppy, estás jugando con fuego —dijo Jimin con voz baja y autoritaria, esa voz que hacía que a Minjeong se le erizara la piel—. Sabes perfectamente que estoy casada. Esto no es un juego de adolescentes.
— ¿Y qué si lo es? —Minjeong se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el borde del escritorio, invadiendo el espacio personal de la profesora—. Él no te mira como yo. Él no sabe que cuando te pones nerviosa, muerdes tu labio inferior justo como lo estás haciendo ahora.
Jimin soltó un suspiro trémulo. Odiaba lo mucho que esta niña lograba afectarla. Minjeong era atrevida, insolente y peligrosamente atractiva con esa actitud de "no me importa nada". Pero también era su estudiante.
— Vete a casa, Minjeong —ordenó Jimin, aunque su tono carecía de la firmeza necesaria.
— No hasta que me digas que no quieres que me quede —desafió la menor, dando un paso más, eliminando cualquier distancia—. Dime que no te gusta que te llame Yuji. Dime que no piensas en mí cuando él te toca.
— Eres una niña tóxica —masculló Jimin, agarrando el brazo de Minjeong con fuerza, pero sin lastimarla. Su aura dominante emergió, envolviendo a la joven—. Una niña malcriada que cree que puede tenerlo todo.
— Soy tu niña —corrigió Minjeong, su voz temblando ligeramente ante la intensidad de la mirada de Jimin—. Y tú eres mía, aunque lleves ese anillo que tanto odio.
Jimin bajó la mirada hacia su propia mano, donde el oro del anillo de bodas brillaba bajo las luces fluorescentes. Un sentimiento de culpa luchó contra el deseo posesivo que Minjeong despertaba en ella. La profesora siempre había sido alguien correcta, alguien que seguía las reglas, pero Minjeong era la excepción que confirmaba su propia oscuridad.
— ¿Sabes lo que pasaría si alguien nos viera? —preguntó Jimin, su voz volviéndose un hilo de seda peligroso—. Mi carrera, mi vida... todo se acabaría.
— No me importa —respondió Minjeong, sus ojos llenándose de un brillo celoso—. No soporto compartirte. Me enferma pensar que vuelves a casa con él.
Jimin soltó una risa seca, una que no llegaba a sus ojos.
— ¿Celosa, Puppy? —Se acercó al oído de la menor, rozando el lóbulo con sus labios—. No tienes derecho a estarlo. Pero me gusta que lo estés. Me gusta saber que te retuerces por dentro cada vez que menciono mi hogar.
Minjeong jadeó, sus manos agarrando con fuerza la solapa del blazer de Jimin. La dinámica entre ambas era un baile destructivo; una quería poseer lo prohibido y la otra disfrutaba de la devoción casi obsesiva de su alumna.
— Eres cruel, Yuji —susurró Minjeong, cerrando los ojos.
— Y tú eres insoportable —replicó Jimin, aunque su mano subió para acariciar la mejilla de la chica—. Pero aquí estás. Y aquí estoy yo.
De repente, el sonido de unos pasos en el pasillo las hizo separarse bruscamente. Jimin retomó su postura profesional en un segundo, acomodándose el cabello, mientras Minjeong se alejaba hacia la puerta, su rostro encendido de rabia contenida y deseo insatisfecho.
— Mañana —dijo Minjeong antes de salir—, no lleves el anillo. Si lo traes, me encargaré de que toda la clase sepa lo mucho que te gusta que te llame por tu nombre real.
Jimin se quedó sola en el aula, el silencio volviendo a reinar. Miró su mano, el anillo que representaba su estabilidad, y luego la puerta por donde la joven tormenta acababa de salir.
— Puppy... —susurró para sí misma, una sonrisa pequeña y pecaminosa curvando sus labios—. Realmente me vas a arruinar.
Al día siguiente, la universidad parecía la misma de siempre, pero para Minjeong, el aire estaba cargado de una electricidad estática. Entró al salón de clases un poco tarde, a propósito, buscando llamar la atención de la mujer en el estrado. Jimin estaba escribiendo en la pizarra, de espaldas a la clase.
Minjeong se sentó en su lugar habitual y esperó. Cuando Jimin se giró para saludar, la mirada de la menor bajó directamente a la mano de la profesora.
Estaba limpia. El anillo no estaba.
Un triunfo amargo recorrió el pecho de Minjeong. Sabía que tenía poder sobre Jimin, pero ese mismo poder la asustaba. Si Jimin era capaz de quitarse el anillo por ella, ¿qué más sería capaz de hacer? ¿Y qué pasaría cuando Minjeong quisiera más? Porque ella siempre quería más.
— Buenos días a todos —dijo Jimin, su voz estable, aunque sus ojos evitaron encontrarse con los de Minjeong durante los primeros minutos—. Hoy analizaremos la persuasión en el discurso político.
La clase transcurrió con normalidad para el resto de los alumnos, pero para Minjeong era una tortura. Veía a otros estudiantes acercarse a Jimin al final de la lección, reírse con ella, tocarle el brazo de manera casual. El veneno de los celos comenzó a hervir en su sangre.
— Profesora Yu —llamó una chica de las filas traseras, una rubia que siempre intentaba destacar—. ¿Podría explicarme de nuevo este punto en su oficina? No me quedó muy claro.
Jimin sonrió, esa sonrisa tímida que tanto molestaba a Minjeong porque no era solo para ella.
— Claro, pase por mi cubículo en diez minutos.
Minjeong apretó el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Esperó a que todos salieran, incluyendo a la chica rubia, y luego interceptó a Jimin antes de que pudiera salir del aula.
— No vas a ir a esa oficina con ella —sentenció Minjeong, bloqueando el paso.
Jimin suspiró, frotándose las sienes.
— Minjeong, tengo un trabajo que hacer. No puedes controlar con quién hablo.
— ¡Puedo y lo haré! —exclamó la menor, su voz subiendo de tono—. Vi cómo te miraba. Ella quiere lo mismo que yo, y no voy a permitirlo.
Jimin dio un paso hacia adelante, obligando a Minjeong a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared. La timidez de la profesora desapareció, reemplazada por esa aura dominante que siempre lograba someter a la joven.
— Escúchame bien, Puppy —dijo Jimin, colocando una mano a cada lado de la cabeza de Minjeong, acorralándola—. No me des órdenes. Yo soy la que decide aquí. Si me quité el anillo fue porque quise, no porque tú me amenazaras.
Minjeong tragó saliva, su bravuconería flaqueando ante la cercanía de Jimin. El perfume de la mayor, una mezcla de sándalo y algo dulce, la mareaba.
— Entonces demuéstramelo —desafió Minjeong en un susurro, su respiración agitada—. Demuéstrame que solo me ves a mí.
Jimin bajó la mirada hacia los labios de Minjeong, esos labios que siempre estaban curvados en una mueca de suficiencia. Por un momento, la lógica y la moralidad desaparecieron. Solo quedaba la tensión insoportable de meses de provocaciones.
— Eres tan joven e imprudente... —murmuró Jimin, acercando su rostro al de la menor—. Pero tienes una forma de mirarme que me hace querer olvidar quién soy.
— Olvídalo entonces, Yuji —suplicó Minjeong, cerrando la distancia—. Solo por un momento.
Jimin no lo hizo. No la besó. En su lugar, se alejó bruscamente, recuperando su compostura con una rapidez aterradora.
— Ve a clase, Minjeong. Tengo una alumna que atender.
La rabia de Minjeong regresó con más fuerza. Se sintió humillada, rechazada.
— Si vas con ella, no me verás mañana —amenazó, aunque sabía que era una mentira—. Me iré de la universidad. Mi padre puede sacarme de aquí en un segundo.
Jimin se detuvo en la puerta, girándose apenas para mirarla por encima del hombro.
— Ambos sabemos que no lo harás. Estás demasiado obsesionada conmigo como para alejarte.
Y con esas palabras, Jimin salió del salón, dejando a Minjeong temblando de furia y de una extraña excitación. La profesora tenía razón. Estaba obsesionada, estaba atrapada en una red que ella misma había tejido, pero que Jimin ahora controlaba con una maestría cruel.
Minjeong caminó hacia el escritorio de la profesora y vio un pequeño post-it que Jimin había olvidado. Tenía una dirección escrita y una hora. Era el lugar donde Jimin solía ir a tomar café después de las clases.
— No te vas a librar de mí tan fácil, Yuji —susurró Minjeong, guardando el papel en su bolsillo.
La tarde cayó sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos violáceos. Minjeong llegó a la cafetería, un lugar pequeño y discreto en una zona apartada del campus. A través del cristal, vio a Jimin. Estaba sola, leyendo un libro y tomando lo que parecía ser un té. No había rastro de la alumna rubia, ni de su esposo.
Minjeong entró, el sonido de la campanilla anunciando su llegada. Jimin ni siquiera levantó la vista, como si supiera exactamente quién acababa de entrar.
— Sabía que vendrías —dijo Jimin cuando Minjeong se sentó frente a ella sin invitación.
— No podía dejar que pasaras la tarde sola —respondió la menor, tratando de sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza—. ¿Dónde está tu "estudiante favorita"?
Jimin cerró el libro con un golpe seco y miró a Minjeong con una intensidad que la hizo estremecer.
— La despaché en cinco minutos. No tiene tu persistencia, Puppy. Ni tu falta de modales.
— ¿Eso es un cumplido?
— Es una observación de lo peligrosa que eres para mi salud mental —Jimin se inclinó hacia adelante, cruzando los brazos sobre la mesa—. ¿Qué es lo que realmente quieres, Minjeong? ¿Quieres que deje a mi marido? ¿Quieres que arriesgue mi licencia por una aventura con una chica de diecisiete años?
Minjeong se quedó callada por un momento. La realidad de las palabras de Jimin golpeó con fuerza, pero su naturaleza posesiva ganó la batalla.
— Quiero que seas mía —respondió con una sinceridad que rozaba lo doloroso—. No me importa el cómo ni el cuándo. Solo quiero que cuando alguien te pregunte en quién piensas antes de dormir, la respuesta sea mi nombre.
Jimin sintió un nudo en la garganta. La toxicidad de la relación era evidente, una mezcla de poder, juventud y deseos prohibidos. Pero ella también era culpable. Ella disfrutaba de la atención, de la forma en que Minjeong la desafiaba, de la manera en que la joven la hacía sentir viva y deseada de una forma que su matrimonio ya no lograba.
— Ven conmigo —dijo Jimin de repente, levantándose y dejando unos billetes sobre la mesa.
— ¿A dónde? —preguntó Minjeong, sorprendida por el cambio de actitud.
— A un lugar donde no haya cámaras, ni estudiantes, ni maridos —Jimin la miró con una chispa de malicia en sus ojos—. Si quieres jugar a ser adulta, Puppy, te voy a mostrar lo que sucede cuando cruzas la línea con alguien como yo.
Minjeong sintió un escalofrío de anticipación. Se levantó y siguió a Jimin fuera de la cafetería. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, que probablemente terminaría con el corazón roto o algo peor, pero en ese momento, mientras caminaba detrás de la mujer que amaba y odiaba a partes iguales, nada de eso importaba.
Caminaron hacia el auto de Jimin, un sedán negro impecable. El trayecto fue silencioso, cargado de una tensión que casi se podía cortar con un cuchillo. Jimin conducía con seguridad, sus manos firmes sobre el volante, mientras Minjeong la observaba de reojo, sintiéndose pequeña pero triunfante.
Finalmente, se detuvieron en un mirador apartado, desde donde se veía toda la ciudad iluminada. Era un lugar solitario, rodeado de árboles y sombras.
Jimin apagó el motor y se giró hacia Minjeong. El espacio reducido del auto hacía que todo fuera más íntimo.
— ¿Todavía tienes miedo? —preguntó Jimin, su voz ahora suave, casi un susurro.
— No tengo miedo —mintió Minjeong, aunque sus manos temblaban ligeramente—. He esperado esto desde el primer día que entraste al salón.
Jimin extendió una mano y acarició el cuello de Minjeong, subiendo lentamente hasta enredar sus dedos en su cabello corto.
— Eres tan atrevida... —murmuró Jimin, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Pero recuerda esto, Puppy: una vez que crucemos esta línea, no hay vuelta atrás. No podrás celarme frente a los demás, no podrás reclamarme en público. Seguiré siendo tu profesora, y tú seguirás siendo mi alumna.
— Lo sé —dijo Minjeong, cerrando los ojos ante el contacto—. Solo bésame, Yuji. Por favor.
Jimin finalmente cedió. Sus labios se encontraron en un beso que fue todo menos suave. Fue una explosión de necesidad contenida, de meses de miradas robadas y palabras con doble sentido. Minjeong soltó un pequeño gemido, rindiéndose por completo al dominio de la mayor. Jimin la besaba con una autoridad que reclamaba cada centímetro de ella, marcando su territorio.
En ese momento, en la oscuridad del auto, el mundo exterior dejó de existir. No había universidad, no había matrimonio, no había diferencia de edad. Solo estaban ellas dos, dos almas complicadas y un poco rotas, encontrando consuelo en un amor que sabían que era destructivo, pero que no podían evitar desear.
Minjeong se separó apenas unos milímetros, jadeando, sus ojos fijos en los de Jimin.
— Eres mía —susurró, su voz llena de una posesividad oscura.
Jimin sonrió, una sonrisa que esta vez sí llegó a sus ojos, aunque estuviera teñida de melancolía.
— Y tú eres mi Puppy —respondió, volviendo a capturar sus labios—. Mi pequeña y complicada distracción.
La noche era joven, y aunque el futuro era incierto y lleno de peligros, para Minjeong, el hecho de tener a Jimin allí, entre sus brazos, era suficiente. Al menos por ahora, el juego de seducción había terminado, dando paso a algo mucho más profundo y peligroso. La tiza y el deseo se habían mezclado, creando una historia que apenas comenzaba a escribirse en las sombras de la clandestinidad.
Minjeong, sentada en la primera fila, no había tomado ni un solo apunte en los últimos cuarenta minutos. Su mirada estaba fija en la curva de la cintura de Jimin, acentuada por una falda de tubo gris que le quedaba como una segunda piel. Tenía diecisiete años, una edad en la que se sentía dueña del mundo y con el derecho de tomar lo que quisiera. Y lo que quería, por encima de cualquier otra cosa, era a la mujer que estaba de espaldas a ella.
— Bien, por hoy es suficiente —anunció Jimin, dándose la vuelta con una sonrisa amable que iluminó su rostro—. Recuerden que el ensayo sobre la semiótica de la imagen debe ser entregado el próximo lunes. No aceptaré retrasos.
El sonido de las mochilas cerrándose y las sillas arrastrándose llenó el aire. Los estudiantes comenzaron a salir, despidiéndose de la profesora con la familiaridad que ella siempre permitía. Jimin era joven, apenas veintiocho años, y su aura dominante se mezclaba con una timidez extraña que la hacía irresistiblemente accesible, aunque siempre manteniendo una línea de respeto.
Minjeong esperó. Se tomó su tiempo para guardar sus bolígrafos, observando cómo la última alumna salía del salón. Jimin estaba recogiendo sus carpetas, con la mirada baja, cuando Minjeong se acercó al escritorio.
— ¿Necesitas ayuda con eso, Yuji? —preguntó Minjeong, usando ese apodo que sabía que descolocaba a la mayor.
Jimin levantó la vista de inmediato, sus cejas se arquearon y un ligero tinte rosado apareció en sus mejillas.
— Minjeong, ya te he dicho que no me llames así en la universidad —susurró Jimin, lanzando una mirada rápida hacia la puerta abierta—. Y no, puedo cargarlas sola.
— Te ves cansada —continuó la menor, ignorando la advertencia y rodeando el escritorio para quedar a escasos centímetros de ella—. Quizás deberías dejar que alguien te cuide un poco. Alguien que no sea el hombre aburrido con el que vives.
Jimin suspiró, dejando caer los papeles sobre la mesa. Sus ojos se oscurecieron, perdiendo esa suavidad que mostraba ante la clase.
— Puppy, estás jugando con fuego —dijo Jimin con voz baja y autoritaria, esa voz que hacía que a Minjeong se le erizara la piel—. Sabes perfectamente que estoy casada. Esto no es un juego de adolescentes.
— ¿Y qué si lo es? —Minjeong se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el borde del escritorio, invadiendo el espacio personal de la profesora—. Él no te mira como yo. Él no sabe que cuando te pones nerviosa, muerdes tu labio inferior justo como lo estás haciendo ahora.
Jimin soltó un suspiro trémulo. Odiaba lo mucho que esta niña lograba afectarla. Minjeong era atrevida, insolente y peligrosamente atractiva con esa actitud de "no me importa nada". Pero también era su estudiante.
— Vete a casa, Minjeong —ordenó Jimin, aunque su tono carecía de la firmeza necesaria.
— No hasta que me digas que no quieres que me quede —desafió la menor, dando un paso más, eliminando cualquier distancia—. Dime que no te gusta que te llame Yuji. Dime que no piensas en mí cuando él te toca.
— Eres una niña tóxica —masculló Jimin, agarrando el brazo de Minjeong con fuerza, pero sin lastimarla. Su aura dominante emergió, envolviendo a la joven—. Una niña malcriada que cree que puede tenerlo todo.
— Soy tu niña —corrigió Minjeong, su voz temblando ligeramente ante la intensidad de la mirada de Jimin—. Y tú eres mía, aunque lleves ese anillo que tanto odio.
Jimin bajó la mirada hacia su propia mano, donde el oro del anillo de bodas brillaba bajo las luces fluorescentes. Un sentimiento de culpa luchó contra el deseo posesivo que Minjeong despertaba en ella. La profesora siempre había sido alguien correcta, alguien que seguía las reglas, pero Minjeong era la excepción que confirmaba su propia oscuridad.
— ¿Sabes lo que pasaría si alguien nos viera? —preguntó Jimin, su voz volviéndose un hilo de seda peligroso—. Mi carrera, mi vida... todo se acabaría.
— No me importa —respondió Minjeong, sus ojos llenándose de un brillo celoso—. No soporto compartirte. Me enferma pensar que vuelves a casa con él.
Jimin soltó una risa seca, una que no llegaba a sus ojos.
— ¿Celosa, Puppy? —Se acercó al oído de la menor, rozando el lóbulo con sus labios—. No tienes derecho a estarlo. Pero me gusta que lo estés. Me gusta saber que te retuerces por dentro cada vez que menciono mi hogar.
Minjeong jadeó, sus manos agarrando con fuerza la solapa del blazer de Jimin. La dinámica entre ambas era un baile destructivo; una quería poseer lo prohibido y la otra disfrutaba de la devoción casi obsesiva de su alumna.
— Eres cruel, Yuji —susurró Minjeong, cerrando los ojos.
— Y tú eres insoportable —replicó Jimin, aunque su mano subió para acariciar la mejilla de la chica—. Pero aquí estás. Y aquí estoy yo.
De repente, el sonido de unos pasos en el pasillo las hizo separarse bruscamente. Jimin retomó su postura profesional en un segundo, acomodándose el cabello, mientras Minjeong se alejaba hacia la puerta, su rostro encendido de rabia contenida y deseo insatisfecho.
— Mañana —dijo Minjeong antes de salir—, no lleves el anillo. Si lo traes, me encargaré de que toda la clase sepa lo mucho que te gusta que te llame por tu nombre real.
Jimin se quedó sola en el aula, el silencio volviendo a reinar. Miró su mano, el anillo que representaba su estabilidad, y luego la puerta por donde la joven tormenta acababa de salir.
— Puppy... —susurró para sí misma, una sonrisa pequeña y pecaminosa curvando sus labios—. Realmente me vas a arruinar.
Al día siguiente, la universidad parecía la misma de siempre, pero para Minjeong, el aire estaba cargado de una electricidad estática. Entró al salón de clases un poco tarde, a propósito, buscando llamar la atención de la mujer en el estrado. Jimin estaba escribiendo en la pizarra, de espaldas a la clase.
Minjeong se sentó en su lugar habitual y esperó. Cuando Jimin se giró para saludar, la mirada de la menor bajó directamente a la mano de la profesora.
Estaba limpia. El anillo no estaba.
Un triunfo amargo recorrió el pecho de Minjeong. Sabía que tenía poder sobre Jimin, pero ese mismo poder la asustaba. Si Jimin era capaz de quitarse el anillo por ella, ¿qué más sería capaz de hacer? ¿Y qué pasaría cuando Minjeong quisiera más? Porque ella siempre quería más.
— Buenos días a todos —dijo Jimin, su voz estable, aunque sus ojos evitaron encontrarse con los de Minjeong durante los primeros minutos—. Hoy analizaremos la persuasión en el discurso político.
La clase transcurrió con normalidad para el resto de los alumnos, pero para Minjeong era una tortura. Veía a otros estudiantes acercarse a Jimin al final de la lección, reírse con ella, tocarle el brazo de manera casual. El veneno de los celos comenzó a hervir en su sangre.
— Profesora Yu —llamó una chica de las filas traseras, una rubia que siempre intentaba destacar—. ¿Podría explicarme de nuevo este punto en su oficina? No me quedó muy claro.
Jimin sonrió, esa sonrisa tímida que tanto molestaba a Minjeong porque no era solo para ella.
— Claro, pase por mi cubículo en diez minutos.
Minjeong apretó el bolígrafo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Esperó a que todos salieran, incluyendo a la chica rubia, y luego interceptó a Jimin antes de que pudiera salir del aula.
— No vas a ir a esa oficina con ella —sentenció Minjeong, bloqueando el paso.
Jimin suspiró, frotándose las sienes.
— Minjeong, tengo un trabajo que hacer. No puedes controlar con quién hablo.
— ¡Puedo y lo haré! —exclamó la menor, su voz subiendo de tono—. Vi cómo te miraba. Ella quiere lo mismo que yo, y no voy a permitirlo.
Jimin dio un paso hacia adelante, obligando a Minjeong a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared. La timidez de la profesora desapareció, reemplazada por esa aura dominante que siempre lograba someter a la joven.
— Escúchame bien, Puppy —dijo Jimin, colocando una mano a cada lado de la cabeza de Minjeong, acorralándola—. No me des órdenes. Yo soy la que decide aquí. Si me quité el anillo fue porque quise, no porque tú me amenazaras.
Minjeong tragó saliva, su bravuconería flaqueando ante la cercanía de Jimin. El perfume de la mayor, una mezcla de sándalo y algo dulce, la mareaba.
— Entonces demuéstramelo —desafió Minjeong en un susurro, su respiración agitada—. Demuéstrame que solo me ves a mí.
Jimin bajó la mirada hacia los labios de Minjeong, esos labios que siempre estaban curvados en una mueca de suficiencia. Por un momento, la lógica y la moralidad desaparecieron. Solo quedaba la tensión insoportable de meses de provocaciones.
— Eres tan joven e imprudente... —murmuró Jimin, acercando su rostro al de la menor—. Pero tienes una forma de mirarme que me hace querer olvidar quién soy.
— Olvídalo entonces, Yuji —suplicó Minjeong, cerrando la distancia—. Solo por un momento.
Jimin no lo hizo. No la besó. En su lugar, se alejó bruscamente, recuperando su compostura con una rapidez aterradora.
— Ve a clase, Minjeong. Tengo una alumna que atender.
La rabia de Minjeong regresó con más fuerza. Se sintió humillada, rechazada.
— Si vas con ella, no me verás mañana —amenazó, aunque sabía que era una mentira—. Me iré de la universidad. Mi padre puede sacarme de aquí en un segundo.
Jimin se detuvo en la puerta, girándose apenas para mirarla por encima del hombro.
— Ambos sabemos que no lo harás. Estás demasiado obsesionada conmigo como para alejarte.
Y con esas palabras, Jimin salió del salón, dejando a Minjeong temblando de furia y de una extraña excitación. La profesora tenía razón. Estaba obsesionada, estaba atrapada en una red que ella misma había tejido, pero que Jimin ahora controlaba con una maestría cruel.
Minjeong caminó hacia el escritorio de la profesora y vio un pequeño post-it que Jimin había olvidado. Tenía una dirección escrita y una hora. Era el lugar donde Jimin solía ir a tomar café después de las clases.
— No te vas a librar de mí tan fácil, Yuji —susurró Minjeong, guardando el papel en su bolsillo.
La tarde cayó sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos violáceos. Minjeong llegó a la cafetería, un lugar pequeño y discreto en una zona apartada del campus. A través del cristal, vio a Jimin. Estaba sola, leyendo un libro y tomando lo que parecía ser un té. No había rastro de la alumna rubia, ni de su esposo.
Minjeong entró, el sonido de la campanilla anunciando su llegada. Jimin ni siquiera levantó la vista, como si supiera exactamente quién acababa de entrar.
— Sabía que vendrías —dijo Jimin cuando Minjeong se sentó frente a ella sin invitación.
— No podía dejar que pasaras la tarde sola —respondió la menor, tratando de sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza—. ¿Dónde está tu "estudiante favorita"?
Jimin cerró el libro con un golpe seco y miró a Minjeong con una intensidad que la hizo estremecer.
— La despaché en cinco minutos. No tiene tu persistencia, Puppy. Ni tu falta de modales.
— ¿Eso es un cumplido?
— Es una observación de lo peligrosa que eres para mi salud mental —Jimin se inclinó hacia adelante, cruzando los brazos sobre la mesa—. ¿Qué es lo que realmente quieres, Minjeong? ¿Quieres que deje a mi marido? ¿Quieres que arriesgue mi licencia por una aventura con una chica de diecisiete años?
Minjeong se quedó callada por un momento. La realidad de las palabras de Jimin golpeó con fuerza, pero su naturaleza posesiva ganó la batalla.
— Quiero que seas mía —respondió con una sinceridad que rozaba lo doloroso—. No me importa el cómo ni el cuándo. Solo quiero que cuando alguien te pregunte en quién piensas antes de dormir, la respuesta sea mi nombre.
Jimin sintió un nudo en la garganta. La toxicidad de la relación era evidente, una mezcla de poder, juventud y deseos prohibidos. Pero ella también era culpable. Ella disfrutaba de la atención, de la forma en que Minjeong la desafiaba, de la manera en que la joven la hacía sentir viva y deseada de una forma que su matrimonio ya no lograba.
— Ven conmigo —dijo Jimin de repente, levantándose y dejando unos billetes sobre la mesa.
— ¿A dónde? —preguntó Minjeong, sorprendida por el cambio de actitud.
— A un lugar donde no haya cámaras, ni estudiantes, ni maridos —Jimin la miró con una chispa de malicia en sus ojos—. Si quieres jugar a ser adulta, Puppy, te voy a mostrar lo que sucede cuando cruzas la línea con alguien como yo.
Minjeong sintió un escalofrío de anticipación. Se levantó y siguió a Jimin fuera de la cafetería. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, que probablemente terminaría con el corazón roto o algo peor, pero en ese momento, mientras caminaba detrás de la mujer que amaba y odiaba a partes iguales, nada de eso importaba.
Caminaron hacia el auto de Jimin, un sedán negro impecable. El trayecto fue silencioso, cargado de una tensión que casi se podía cortar con un cuchillo. Jimin conducía con seguridad, sus manos firmes sobre el volante, mientras Minjeong la observaba de reojo, sintiéndose pequeña pero triunfante.
Finalmente, se detuvieron en un mirador apartado, desde donde se veía toda la ciudad iluminada. Era un lugar solitario, rodeado de árboles y sombras.
Jimin apagó el motor y se giró hacia Minjeong. El espacio reducido del auto hacía que todo fuera más íntimo.
— ¿Todavía tienes miedo? —preguntó Jimin, su voz ahora suave, casi un susurro.
— No tengo miedo —mintió Minjeong, aunque sus manos temblaban ligeramente—. He esperado esto desde el primer día que entraste al salón.
Jimin extendió una mano y acarició el cuello de Minjeong, subiendo lentamente hasta enredar sus dedos en su cabello corto.
— Eres tan atrevida... —murmuró Jimin, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Pero recuerda esto, Puppy: una vez que crucemos esta línea, no hay vuelta atrás. No podrás celarme frente a los demás, no podrás reclamarme en público. Seguiré siendo tu profesora, y tú seguirás siendo mi alumna.
— Lo sé —dijo Minjeong, cerrando los ojos ante el contacto—. Solo bésame, Yuji. Por favor.
Jimin finalmente cedió. Sus labios se encontraron en un beso que fue todo menos suave. Fue una explosión de necesidad contenida, de meses de miradas robadas y palabras con doble sentido. Minjeong soltó un pequeño gemido, rindiéndose por completo al dominio de la mayor. Jimin la besaba con una autoridad que reclamaba cada centímetro de ella, marcando su territorio.
En ese momento, en la oscuridad del auto, el mundo exterior dejó de existir. No había universidad, no había matrimonio, no había diferencia de edad. Solo estaban ellas dos, dos almas complicadas y un poco rotas, encontrando consuelo en un amor que sabían que era destructivo, pero que no podían evitar desear.
Minjeong se separó apenas unos milímetros, jadeando, sus ojos fijos en los de Jimin.
— Eres mía —susurró, su voz llena de una posesividad oscura.
Jimin sonrió, una sonrisa que esta vez sí llegó a sus ojos, aunque estuviera teñida de melancolía.
— Y tú eres mi Puppy —respondió, volviendo a capturar sus labios—. Mi pequeña y complicada distracción.
La noche era joven, y aunque el futuro era incierto y lleno de peligros, para Minjeong, el hecho de tener a Jimin allí, entre sus brazos, era suficiente. Al menos por ahora, el juego de seducción había terminado, dando paso a algo mucho más profundo y peligroso. La tiza y el deseo se habían mezclado, creando una historia que apenas comenzaba a escribirse en las sombras de la clandestinidad.
