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Y vivieron felices para siempre...o no

Fandom: Chainsaw Man

Creado: 5/7/2026

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RomanceUA (Universo Alternativo)AngustiaDolor/ConsueloPsicológicoOscuroTragediaDistopíaAmbientación Canon
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El Eco de un Mañana que no Existió

La campana de la cafetería tintineó con una alegría que no pertenecía a este mundo. Denji estaba allí, sentado en el mismo taburete de siempre, con el cabello más alborotado que nunca y un ramo de flores silvestres que parecía haber sido arrancado a toda prisa de algún jardín ajeno. Sus ojos pardos, habitualmente hundidos en un cansancio crónico, brillaron con una intensidad desconocida cuando Reze cruzó el umbral.

—Has venido —dijo Denji, y su voz no tenía el rastro de la duda, solo una aceptación pura y cálida.

Reze sonrió, y por primera vez en toda su vida como agente entrenada, el rubor que subió a sus mejillas no fue una táctica de manipulación. Era real. Era el calor de alguien que finalmente encontraba un puerto en medio de la tormenta.

—Te dije que lo haría, tonto —respondió ella, acercándose hasta que el aroma a flores y el leve olor a aceite de motor de Denji la rodearon por completo.

Ese fue el comienzo de la gran huida. No hubo grandes discursos, solo una decisión silenciosa tomada entre sorbos de café frío y promesas susurradas. "Escapemos juntos, Reze". La frase se convirtió en su mantra, en la brújula que los guio hacia la estación de tren al amanecer del día siguiente.

Denji llevaba su uniforme de Seguridad Pública arrugado, con las mangas arremangadas y la corbata floja, como si ya hubiera renunciado a la autoridad que representaba. Reze, con su gargantilla de granada oculta bajo una bufanda ligera y su falda ondeando al viento, parecía una estudiante común, si no fuera por la determinación férrea en sus ojos morados.

Subieron al metro sin mirar atrás. El traqueteo de los vagones sobre las vías era el ritmo de su libertad. Denji, que no sabía cómo reaccionar ante las muestras de afecto sinceras, se quedó rígido cuando Reze apoyó la cabeza en su hombro, pero poco a poco, sus músculos se relajaron.

—¿A dónde vamos? —preguntó él en un susurro, temiendo que el sonido de su propia voz rompiera el hechizo.

—Lejos —respondió ella, cerrando los ojos—. Donde nadie nos pida que seamos armas. Solo nosotros.

El destino resultó ser un descampado olvidado por Dios y por los hombres, un rincón de verde infinito rodeado de bosques espesos. Allí, con el esfuerzo de sus propias manos, levantaron una cabaña. Denji usó su fuerza híbrida para talar madera y Reze usó su precisión para encajar cada pieza. No era un palacio, pero era suyo.

La vida no fue fácil. Los problemas no desaparecieron mágicamente. Los espías de la Unión Soviética, antiguos "padres" de Reze, los rastrearon más de una vez. Demonios errantes, atraídos por el aura de dos armas vivientes, acechaban entre los árboles. Pero cada vez que el peligro asomaba, se encontraban peleando codo con codo.

—¡A la izquierda, Denji! —gritaba Reze, transformándose en una explosión de luz y calor que despejaba el camino.

—¡Lo tengo! —respondía él, con las motosierras rugiendo, protegiendo su espalda con una ferocidad que nunca había mostrado por sí mismo.

Eran una danza de destrucción y protección. Y al final de cada batalla, regresaban a la cabaña para curarse las heridas, para lavar la sangre del otro y recordarse que seguían vivos.

Los años pasaron, suavizando los bordes afilados de sus almas. Una noche, bajo el brillo de una luna llena que bañaba el claro del bosque con una luz plateada, la urgencia de la supervivencia dio paso a la magia de la entrega total. En la penumbra de la cabaña, la desnudez no era una vulnerabilidad, sino un regalo.

Cada caricia de Denji, torpe pero cargada de una devoción casi religiosa, hacía que Reze temblara. Sus dientes afilados rozaban su cuello con una ternura inesperada, y ella respondía con gemidos que eran música en el silencio de la noche. La calidez de sus cuerpos fusionados, la penetración que se sentía como el anclaje definitivo a la realidad, los llevó a un estado de gracia donde el mundo exterior dejó de existir.

—Te amo, Reze —mencionó el chico de cabello rubio, con la voz quebrada por la emoción, mientras la miraba a los ojos.

—Te amo, Denji —respondió ella, envolviéndolo con sus brazos, sintiendo por fin que su corazón no era una bomba a punto de estallar, sino un motor que latía por pura felicidad.

De ese encuentro sagrado surgió una nueva esperanza. Pocos meses después, mientras el sol de la mañana entraba por la ventana, Reze tomó la mano de Denji y la puso sobre su vientre aún plano.

—Estoy embarazada, Denji —dijo ella, con una sonrisa que eclipsaba cualquier amanecer.

Denji se quedó petrificado durante un segundo interminable, con los ojos muy abiertos, antes de romper a llorar de pura alegría. El chico que no tenía nada, el chico que vendió sus órganos para sobrevivir, ahora iba a ser padre.

La pequeña nació en una noche de tormenta, pero trajo consigo una paz absoluta. La llamaron Kana. Era una niña hermosa, con el cabello oscuro con destellos morados de su madre y, para orgullo de Denji, los mismos dientes afilados y angulares que él. Verla crecer fue el mayor espectáculo de sus vidas.

—Mira, papá, ¡puedo saltar muy alto! —gritaba Kana mientras entrenaba sus poderes en el bosque, una mezcla fascinante de agilidad explosiva y resistencia sobrenatural.

—¡Esa es mi hija! —rugía Denji, aplaudiendo con entusiasmo mientras Reze observaba desde el porche, con un delantal puesto y una expresión de serenidad que nadie en la Sala Roja habría creído posible.

Eventualmente, cuando las heridas del mundo parecieron sanar y el nombre de "Chainsaw Man" pasó a ser una leyenda urbana casi olvidada, decidieron volver a la civilización. Se mudaron a una ciudad pequeña donde nadie los conocía. Los demonios seguían existiendo, pero en menor cantidad y menos agresivos, permitiéndoles una vida mundana y maravillosa.

Vieron a Kana ir a la escuela con su mochila a cuestas, la vieron graduarse de la universidad y conseguir su primer trabajo. Reze y Denji envejecieron juntos, tomados de la mano en los parques, compartiendo helados y risas, con un amor que el tiempo solo lograba pulir como a un diamante. Eran felices. Eran libres. Eran reales.

—Y estos dos tortolitos vivieron felices para siempre... —La voz que narraba se volvió gélida, arrastrando las palabras con una crueldad melódica—. O eso hubieras querido, ¿verdad, Reze?

La fantasía se hizo añicos como un espejo golpeado por un martillo.

El olor a pino y el calor del cuerpo de Denji fueron reemplazados instantáneamente por el hedor a humedad y el frío metálico de un sótano de hormigón. Reze no estaba en una cabaña, ni en un parque, ni en los brazos de nadie. Estaba arrodillada sobre el suelo frío, con las muñecas y los tobillos sujetos por cadenas pesadas que drenaban su fuerza. Una mordaza de tela le impedía gritar, aunque sus ojos, anegados en lágrimas, gritaban por ella.

Frente a ella, con una postura impecable y una sonrisa que no llegaba a sus ojos gélidos de color amarillo, estaba Makima. La mujer pelirroja cerró el pequeño libro de cuentos imaginario que parecía haber estado leyendo en voz alta, disfrutando de cada segundo del tormento psicológico que acababa de infligir.

—Fue una bonita fantasía, Reze —dijo Makima, acercándose con pasos lentos y rítmicos—. Casi me haces llorar con la parte de la niña. Kana, ¿cierto? Un nombre muy dulce para algo que nunca nacerá.

Reze forcejeó contra las cadenas, un sollozo ahogado escapando de su garganta. La desesperación le quemaba el pecho. Todo lo que acababa de vivir —los años de paz, el crecimiento de su hija, el amor de Denji— no habían sido más que una proyección mental, una tortura diseñada para romper su voluntad antes del final.

—Es hora de terminar con los juegos —continuó Makima, extendiendo una mano hacia el rostro de Reze. Sus dedos eran fríos como el mármol—. Denji está a salvo, a su manera. Él nunca supo que llegaste a la cafetería. Él cree que lo abandonaste. Y así es mejor, ¿no crees? Que te odie un poco es más fácil que dejarlo sufrir por un cadáver.

Reze cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, empapando la mordaza. En su mente, trató de aferrarse a la última imagen de Denji con el ramo de flores, a la sensación de sus labios, al sonido de su risa tonta. Quería guardar ese fragmento de mentira como si fuera el tesoro más grande del universo.

—Ahora, tú me perteneces —sentenció Makima.

La presencia de la mujer empezó a invadir su mente, como una marea de tinta negra que borraba sus recuerdos, sus deseos y su identidad. Era una presión insoportable, un peso que aplastaba su alma hasta reducirla a nada.

"Lo siento, Denji", pensó Reze en el último rincón de conciencia que le quedaba. "Siento no haber llegado. Siento que este mundo sea tan cruel".

Deseó con todas sus fuerzas que, en algún lugar, en algún universo paralelo, en alguna realidad donde el destino no fuera una cadena al cuello, esa cabaña en el bosque fuera real. Deseó que Denji estuviera despertando en ese momento junto a ella, que Kana estuviera durmiendo en la habitación de al lado y que el mañana fuera algo que esperar con ansias, y no una oscuridad eterna.

Pero la mano de Makima se posó sobre su cabeza, y la luz de los ojos morados de Reze comenzó a desvanecerse, volviéndose vacía, sumisa, muerta.

La chica bomba ya no existía. Solo quedaba la marioneta de la Seguridad Pública.

Afuera, en algún lugar de la ciudad, un chico rubio con una corbata mal puesta se sentaba en un banco, mirando el reloj con tristeza antes de tirar un ramo de flores marchitas a la basura, preguntándose por qué la chica que le había enseñado a nadar nunca apareció.
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