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Qué pasaría si yo reencarnaba como Dante de Devil May Cry 2001 en el universo relatos de arcadia.

Fandom: devil may cry principal y relatos de arcadia

Creado: 5/7/2026

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Legado de Acero y Sombras

El olor a pizza fría y a fresas con nata flotaba en el aire cargado de polvo de la oficina. Me miré las manos una vez más: eran grandes, callosas, con las uñas perfectamente cuidadas pero marcadas por el peso de las batallas que aún no había librado, al menos no en este cuerpo. Me puse en pie y caminé hacia el espejo de cuerpo entero que descansaba contra la pared de madera descascarada.

La imagen que me devolvió el reflejo no era la mía. Era él. Dante. El legendario cazador de demonios. El cabello blanco, plateado y rebelde, caía sobre una frente serena pero cargada de una arrogancia natural. Vestía la icónica gabardina de cuero rojo sangre, los pantalones oscuros y las botas reforzadas. En mi espalda, el peso de Force Edge se sentía tan natural como un miembro más de mi cuerpo, y en mis costados, el frío acero de Ebony e Ivory susurraba promesas de plomo y justicia.

Habían pasado semanas desde que desperté aquí. Sabía lo que vendría. Sabía que Trish entraría por esa puerta en algún momento, estrellando su motocicleta y cambiando mi destino. Pero el mundo exterior... el mundo fuera de esta oficina en la isla Mallet, no era exactamente como los videojuegos lo dictaban.

Había algo más en el aire de este universo. Algo antiguo, algo que olía a piedra, magia y trolls.

—Bueno, Dante —me dije a mí mismo, disfrutando del tono barítono y burlón de mi propia voz—, parece que las vacaciones se han terminado.

Me acerqué al escritorio y tomé una rebanada de pizza de ayer. Estaba dura como el cartón, pero en este cuerpo, todo sabía a victoria. Consulté el reloj de pared. Los eventos en un pequeño pueblo llamado Arcadia Oaks ya habían comenzado. Anoche, un puente fue el escenario de una batalla que el mundo humano ignoraría, y un amuleto azul había elegido a su nuevo portador. James Lake Jr. acababa de convertirse en el Trollhunter.

Era hora de hacer mi entrada. No como un salvador, sino como lo que soy: un profesional con estilo.

El viaje a Arcadia no fue difícil. Con los fondos de la agencia —que milagrosamente no estaban en números rojos esta vez— y mi motocicleta, crucé la distancia en un tiempo récord. Aparqué mi vehículo a unas cuantas calles de la escuela secundaria de Arcadia, justo cuando el sol empezaba a descender, tiñendo el cielo de un naranja que rivalizaba con mi chaqueta.

Caminaba por los suburbios con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo una revista de armas que apenas leía. La gente me miraba. No todos los días ves a un hombre de casi un metro noventa, vestido de rojo y con una espada del tamaño de un adolescente a la espalda, caminando tranquilamente por una zona residencial.

—Disculpe, señor —dijo una voz temblorosa a mis espaldas.

Me detuve y giré lentamente, esbozando esa sonrisa ladeada que tanto caracterizaba al Dante del primer juego. Era un oficial de policía, un hombre bajito que parecía más preocupado por su rosquilla que por la ley.

—¿Sí, oficial? ¿Hay algún problema? ¿Acaso el rojo está prohibido en este vecindario? —pregunté con tono socarrón.

—Esa... esa cosa en su espalda. ¿Es real? —El oficial señaló a Force Edge.

Me encogí de hombros, dando un paso hacia él, lo que lo hizo retroceder instintivamente.

—Es un accesorio para una película —mentí descaradamente, aunque con una verdad implícita—. Soy actor. Un especialista en escenas de riesgo.

—Oh... —El oficial pareció relajarse, aunque no del todo—. Tenga cuidado. Ha habido... reportes extraños últimamente. Perros desaparecidos, ruidos en el canal.

—No se preocupe, oficial. Me encantan las cosas extrañas. Son mi especialidad.

Seguí caminando hacia el canal de drenaje. Sabía que allí es donde Jim y su amigo Toby estarían curioseando, o quizás huyendo de algo que no comprendían. El aire cambió de repente. Un escalofrío recorrió mi columna, esa sensación eléctrica que solo aparece cuando hay algo sobrenatural cerca. Pero no era el hedor a azufre de los demonios de Mundus. Era algo más terrenal, más pesado. Piedra y magia oscura.

Blinky y AAARRRGGHH!!! debían estar cerca de Jim en este momento, tratando de explicarle su destino. Pero también sabía que Bular, el hijo de Gunmar, no andaba lejos.

Llegué al borde del canal y me apoyé en la barandilla de metal, observando hacia abajo. El sol ya se había ocultado casi por completo. En la penumbra del túnel de drenaje, pude ver tres figuras. Un chico delgado con una armadura plateada que brillaba con luz azul, un troll de seis ojos que gesticulaba frenéticamente y una mole de piedra verde que parecía una montaña con patas.

—¡Es el destino, Maestro Jim! —exclamaba el de seis ojos, a quien reconocí como Blinky—. ¡El amuleto no comete errores!

—¡Pero yo no puedo ser un cazador! ¡Apenas puedo cazar mis propios calcetines! —respondió el chico, Jim, con la voz quebrada por el pánico.

Me permití una pequeña risa. Era el momento.

Salté la barandilla. No bajé por las escaleras; simplemente me dejé caer los varios metros de altura, aterrizando con una rodilla en el suelo y una mano apoyada, levantando una pequeña nube de polvo y haciendo que el hormigón crujiera bajo mis pies. Me levanté lentamente, sacudiendo el polvo de mi gabardina roja.

Los tres se quedaron helados. Blinky se puso delante de Jim de inmediato, mostrando sus dientes, mientras AAARRRGGHH!!! gruñía, preparándose para la batalla.

—¿Quién va allí? —gritó Blinky, sus múltiples ojos parpadeando con desconfianza—. ¡Retroceda, humano! ¡Este no es lugar para los de su clase!

Caminé hacia ellos con paso tranquilo, ignorando la advertencia. Me detuve a unos cinco metros, lo suficiente para que pudieran ver mi rostro bajo la luz de la luna que empezaba a asomar.

—Vaya, vaya —dije, cruzándome de brazos—. He visto muchas cosas raras en mi línea de trabajo, pero un museo de geología parlante es algo nuevo.

—¿Un humano? —Jim salió de detrás de Blinky, con los ojos como platos—. ¡Señor, tiene que irse! ¡Es peligroso! ¡Hay... hay monstruos aquí!

—¿Monstruos? —Solté una carcajada genuina y llevé mi mano derecha a la empuñadura de Force Edge—. Chico, yo desayuno monstruos antes de mi primera taza de café.

—Esa aura... —murmuró Blinky, entrecerrando sus ojos—. No eres un humano ordinario. Hueles a... a algo antiguo. Algo que no pertenece a este mundo, ni al Mercado de Trolls.

—Digamos que soy un exterminador autónomo —respondí, fijando mi mirada en la oscuridad del túnel que tenían a sus espaldas—. Y hablando de plagas, creo que tienen compañía.

Un rugido gutural resonó desde las profundidades del túnel. El suelo vibró. De las sombras emergió una figura imponente, una masa de músculos negros y cuernos afilados. Bular. El guerrero Gumm-Gumm salió a la luz, sus ojos rojos fijos en el amuleto que Jim llevaba en el pecho.

—¡El Trollhunter! —rugió Bular, ignorándome por un segundo—. ¡Entrégame el amuleto y tu muerte será rápida!

—¡Maestro Jim, corra! —gritó Blinky, pero Jim estaba paralizado por el miedo.

Bular cargó con una velocidad sorprendente para su tamaño. Blinky y AAARRRGGHH!!! intentaron interceptarlo, pero el hijo de Gunmar era una fuerza de la naturaleza. Con un movimiento de sus enormes espadas, apartó a los dos trolls como si fueran juguetes. Estaba a punto de alcanzar a Jim cuando decidí que ya había visto suficiente.

En un parpadeo, utilicé el *Air Trick*. Me desvanecí en una estela de movimiento borroso y reaparecí justo delante de Jim.

—¡CLANG!

El sonido del metal chocando contra la piedra encantada resonó en todo el canal. Había desenfundado a Force Edge en el último milisegundo, bloqueando las dos espadas de Bular con una sola mano. El impacto creó una onda de choque que obligó a Jim a retroceder varios metros.

Bular gruñó, sorprendido, ejerciendo presión hacia abajo. Sus ojos rojos se encontraron con los míos.

—¿Qué es esto? —siseó Bular—. ¿Un humano que bloquea mi acero?

—No soy un humano cualquiera, grandullón —dije con una sonrisa depredadora, mientras mis músculos ni siquiera se tensaban bajo el esfuerzo—. Soy Dante. Y hoy no es tu día de suerte.

Empujé con fuerza, enviando a Bular hacia atrás. El troll tropezó, clavando sus espadas en el suelo para frenarse. Se levantó, rugiendo de furia, pero yo ya estaba en movimiento.

No usé armas de fuego todavía. Quería probar la resistencia de este mundo. Me lancé hacia él, un torbellino rojo. Force Edge brillaba con una energía azulada mientras lanzaba una serie de tajos rápidos. Bular era fuerte, pero comparado con los demonios de la Isla Mallet, era lento. Muy lento.

—¡Demasiado lento! —le grité, esquivando un golpe descendente con un giro lateral elegante—. ¡Mi abuela pelea mejor que tú, y ella está muerta! Bueno, técnicamente mi padre también, pero ese es otro tema.

—¡Te arrancaré la lengua, carne suave! —bramó Bular, lanzando un ataque circular.

Salté sobre él, realizando una pirueta en el aire, y mientras estaba boca abajo, desenfundé a Ebony e Ivory.

—¡Let’s rock!

El sonido de los disparos fue como una sinfonía. Las balas de energía impactaron en el pecho de Bular, no para matarlo —sabía que su piel de piedra era dura—, sino para desequilibrarlo. Aterricé con suavidad detrás de él y le propiné una patada imbuida de poder demoníaco que lo mandó a estrellarse contra la pared del canal.

Jim, Blinky y AAARRRGGHH!!! observaban la escena con la boca abierta. Ningún humano, ni siquiera los Trollhunters del pasado, se movía así.

—¿Qué... qué es él? —susurró Jim, viendo cómo yo guardaba mis pistolas con un giro magistral de dedos.

—No lo sé —respondió Blinky, asombrado—, pero parece que el destino ha traído a alguien más que al portador del amuleto.

Bular se levantó de los escombros, jadeando. Sus ojos brillaban con un odio renovado, pero también con algo de duda. No era tonto; sabía que no podía vencerme tan fácilmente.

—Esto no ha terminado —amenazó Bular, retrocediendo hacia las sombras del túnel—. El Puente Killahead se alzará, y tú caerás con el resto de este mundo.

—Sí, sí, lo que digas —dije, restándole importancia con un gesto de la mano—. Saluda a tu padre de mi parte cuando lo veas en el infierno. O donde sea que terminen los de tu clase.

Bular desapareció en la oscuridad con un último rugido. El silencio volvió al canal, roto solo por el sonido del agua corriendo y la respiración agitada de Jim.

Me giré hacia ellos, envainando a Force Edge con un chasquido metálico que pareció poner fin a la tensión.

—Bueno —dije, limpiándome una mota de polvo inexistente del hombro—, eso fue un buen calentamiento. ¿Quién de ustedes es el que invita a la pizza?

Jim dio un paso adelante, todavía temblando, pero con una curiosidad que superaba su miedo.

—Usted... usted nos salvó. Gracias, señor Dante.

—Solo Dante, chico. Y no te acostumbres. No trabajo gratis —mentí, aunque sabía que terminaría ayudándolos de todos modos—. Pero me parece que tienes mucho que explicar, y yo tengo mucha hambre.

Blinky se acercó, examinándome con sus seis ojos como si fuera un espécimen de laboratorio.

—Señor Dante, soy Blinkous Galadrigal. Este es AAARRRGGHH!!!, y el joven es James Lake Jr., el actual Trollhunter. Debo decir que su estilo de combate es... poco ortodoxo. Y muy ruidoso.

—El estilo lo es todo, Blinky —respondí, guiñándole un ojo—. Si vas a salvar el mundo, al menos asegúrate de lucir bien mientras lo haces.

AAARRRGGHH!!! se acercó a mí y me olfateó. Yo no retrocedí. El gran troll verde soltó una especie de ronroneo gutural.

—Huele a... rayo y rosas —dijo AAARRRGGHH!!! con su voz profunda.

—Es mi loción —bromeé—. La llaman "Esencia de Cazador".

Jim se quitó el casco de su armadura, revelando su rostro juvenil y preocupado.

—¿Usted sabe lo que está pasando? ¿Sabe qué son ellos? —preguntó, señalando a sus acompañantes.

—Sé lo suficiente —dije, volviéndome más serio por un momento—. Sé que hay una guerra en las sombras y que tú acabas de ser reclutado. Y sé que esos tipos de piedra negra no se rinden fácilmente.

Me acerqué a Jim y le puse una mano en el hombro. Era un chico normal, metido en algo mucho más grande que él. Me recordaba un poco a mí mismo, antes de aceptar el legado de Sparda.

—Escucha, chico. Tienes un juguete brillante en el pecho y un destino pesado en los hombros. Pero no dejes que estos tipos te llenen la cabeza de profecías aburridas. Al final del día, se trata de quién queda en pie.

—¿Nos ayudará? —preguntó Jim con esperanza.

Miré hacia el cielo nocturno. Sabía que Trish llegaría pronto a mi oficina. Sabía que Mundus estaba moviendo sus fichas. Pero este mundo, Arcadia, también necesitaba un toque de estilo. Y después de todo, un cazador de demonios nunca rechaza una buena pelea, especialmente si hay monstruos de piedra involucrados.

—Dije que no trabajaba gratis, ¿recuerdas? —Caminé hacia la salida del canal, haciendo un gesto con la mano para que me siguieran—. Pero acepto pagos en comida. Y he oído que en este pueblo hacen unas hamburguesas decentes.

—¡Oh, sí! ¡El Sr. Burger! —exclamó Toby, que finalmente había salido de su escondite detrás de unos cubos de basura, jadeando—. ¡Yo invito, si eso significa que no me comerán!

—Trato hecho, gordito —dije, riendo—. Vamos. Tenemos mucho de qué hablar antes de que la verdadera fiesta comience.

Mientras caminábamos hacia la ciudad, sentí que este universo era mucho más vibrante de lo que los registros decían. Los trolls, la magia de Merlín, los Gumm-Gumms... todo encajaba de alguna manera con mi propia naturaleza. Yo era un hijo de Sparda, un híbrido entre dos mundos. Y aquí, en la intersección entre la humanidad y el mundo oculto bajo sus pies, me sentía extrañamente en casa.

Pero en el fondo de mi mente, una advertencia persistía. Si yo estaba aquí, ¿qué otras cosas habrían cruzado la brecha? Si los demonios de mi mundo decidieran aliarse con las sombras de este, Arcadia Oaks necesitaría algo más que un Trollhunter.

Necesitarían a un profesional.

—Oye, Dante —dijo Jim, caminando a mi lado mientras Blinky seguía hablando sin parar sobre la historia de los trolls—. ¿Esa espada... tiene nombre?

Miré la empuñadura de Force Edge.

—Esta es la herencia de mi padre —respondí con una nota de respeto en mi voz—. Pero no es el arma lo que importa, chico. Es la mano que la empuña. Recuerda eso cuando te toque usar ese amuleto.

Jim asintió, pareciendo un poco más seguro de sí mismo.

La noche era joven, y aunque el destino de dos mundos pendía de un hilo, yo solo podía pensar en una cosa mientras veía las luces de Arcadia Oaks brillar ante nosotros.

"Espero que tengan helado de fresa", pensé con una sonrisa.

La aventura acababa de empezar, y yo iba a asegurarme de que fuera legendaria. Porque no importa el universo, no importa el enemigo... al final, Dante Sparda siempre tiene la última palabra.

—¡Jackpot! —susurré para mí mismo, mientras nos alejábamos de las sombras del canal hacia la luz de la ciudad.
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