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qhps y si reencarnando como el superman del DC Adventureverse en mha
Fandom: my adventures with superman y mha
Creado: 5/7/2026
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UA (Universo Alternativo)Isekai / Fantasía PortalCiencia FicciónAventuraCrossoverEstudio de PersonajeAcciónRecontar
El Legado de un Sol Distante
El despertar no fue un proceso suave; fue un estallido de sensaciones. Mis ojos, que antes veían el mundo en una gama limitada de colores y sombras, de repente percibieron el espectro electromagnético completo. El sonido no era solo ruido, era una sinfonía caótica de latidos de corazones a kilómetros de distancia, el roce de la hierba y el murmullo del viento. Me encontraba en el cuerpo de un niño pequeño, con la piel suave pero una densidad ósea que desafiaba las leyes de la física.
Yo no era solo Clark Kent. Recordaba mi vida anterior, mis conocimientos sobre los cómics, las películas y, específicamente, la versión de *Mis Aventuras con Superman*. Sin embargo, mi mente no era la de un joven impulsivo. Tenía la templanza de un hombre que ha vivido tormentas, la madurez de un padre y un protector, similar a la esencia de aquel Superman que equilibraba la crianza de sus hijos con el peso del mundo sobre sus hombros.
Crecí en Smallville bajo la mirada amorosa y preocupada de Jonathan y Martha Kent. Durante años, mantuve mis habilidades bajo control, entrenando mi cuerpo y, sobre todo, mi mente. Sabía lo que vendría. Sabía que este mundo era diferente, que la tecnología kryptoniana aquí era una fuerza de conquista biomecánica, una legión de máquinas y guerreros fríos.
Cuando alcancé la edad adulta, el llamado fue inevitable. Viajé hacia el norte, hacia el páramo helado del Ártico, siguiendo una señal que solo yo podía escuchar. Allí, entre glaciares milenarios, la tecnología de mi mundo natal respondió a mi presencia. Una estructura de cristal y metal líquido emergió de las profundidades, erigiéndose como un monumento a una civilización perdida: la Fortaleza de la Soledad.
Al entrar, la inteligencia artificial de Jor-El se manifestó. Su forma era imponente, una proyección holográfica que hablaba un idioma que mi cerebro comprendía instintivamente.
—¿Quién eres tú que portas el blasón de la Casa de El? —preguntó la IA, su voz resonando con una autoridad gélida.
—Soy Kal-El, tu hijo —respondí con una calma que pareció descolocar al programa—. Y sé lo que pasó, padre. Sé de la invasión, de la sed de conquista de Krypton y del trágico final que esto trajo. No soy un arma de guerra. Soy un puente.
La proyección de Jor-El parpadeó, sus rasgos digitales mostrando una sorpresa humana.
—Posees conocimientos que no deberían estar a tu alcance, hijo mío. Tu comprensión de nuestra historia y de los errores de nuestro consejo es... absoluta.
—He tenido tiempo para pensar, para observar este mundo y entender el regalo que me diste al enviarme aquí —dije, acercándome a la consola central—. Necesito un traje. No uno de combate imperial, sino un símbolo. Algo que diga que estoy aquí para ayudar, no para conquistar.
La fortaleza trabajó con una eficiencia asombrosa. El tejido se materializó: un traje azul profundo, con una textura que recordaba a una armadura ligera pero flexible, y una capa roja que parecía capturar la luz del sol. Sin embargo, al observar el resultado final, sentí que faltaba algo. El diseño era elegante, casi futurista, pero carecía de ese toque humano, de esa calidez que lo separaría de la frialdad de los invasores.
Regresé a Smallville volando a través de las nubes, disfrutando de la libertad de mis alas invisibles. Aterrizar en la granja de los Kent siempre se sentía como volver al centro del universo. Mis padres me esperaban en el porche, con el café caliente y los corazones abiertos.
—Es impresionante, Clark —dijo Jonathan, tocando la tela del traje con reverencia—. Pero pareces... un soldado de las estrellas.
—Eso es lo que me preocupa, papá —admití, mirando mi reflejo en los cristales de la ventana—. Jor-El tiene una visión muy rígida de lo que debemos ser.
Martha, con esa sabiduría eterna que solo una madre posee, dio un paso al frente con un trozo de tela roja que había estado guardando.
—Le falta un poco de hogar, hijo. Algo que rompa esa línea tan seria.
Con una habilidad que desafiaba su edad, Martha trabajó en el traje. Añadió el icónico calzoncillo rojo sobre el traje azul, equilibrando los colores y dándole una apariencia mucho más amigable y clásica. Al ponérmelo de nuevo, me miré al espejo. Ya no era solo Kal-El, el último hijo de un imperio caído. Era Superman.
—Ahora sí —dijo Martha, secándose una lágrima—. Ahora pareces alguien en quien la gente puede confiar.
Con el traje completo y mi propósito claro, me mudé a Metrópolis. Era el momento de empezar mi vida profesional, de encontrar mi lugar en el mundo mientras mantenía un ojo en el horizonte.
Caminaba por las bulliciosas calles de Metrópolis, sintiendo la energía de la ciudad. Mi destino era el Daily Planet, donde esperaba conseguir una pasantía. Pero mientras caminaba, mi superoído captó algo inusual. No era el crimen común de la ciudad, sino algo que vibraba con una frecuencia diferente.
—Metrópolis es más ruidosa de lo que recordaba —murmuré para mí mismo, ajustándome las gafas que ayudaban a disimular mi presencia.
De repente, una explosión sacudió el distrito financiero. Robots, de un diseño que reconocí inmediatamente como tecnología militar experimental robada, empezaron a emerger de un camión de carga. La gente gritaba, corriendo en todas direcciones.
Vi a dos jóvenes cerca del epicentro. Una chica de cabello corto y oscuro con una cámara en mano, moviéndose con una temeridad que solo podía pertenecer a Lois Lane, y un chico alto con una mochila, tratando desesperadamente de protegerla: Jimmy Olsen.
—¡Lois, tenemos que irnos! ¡Esto es demasiado peligroso! —gritó Jimmy, tropezando con sus propios pies.
—¡Ni hablar, Jimmy! ¡Esta es la noticia del siglo! ¿Viste de dónde salieron esos robots? —Lois no retrocedía; avanzaba hacia el peligro con una determinación feroz.
Uno de los robots, una unidad pesada con pinzas hidráulicas, se giró hacia ellos. Sus sensores se iluminaron de rojo. Estaba a punto de atacar.
No lo pensé dos veces. Me deslicé en un callejón, me quité la camisa con una velocidad imperceptible para el ojo humano y despegué. El suelo crujió bajo mis pies cuando salté, rompiendo la barrera del sonido en un instante.
Me interpuse entre el robot y los jóvenes reporteros justo cuando la máquina lanzaba un golpe que habría sido fatal. El metal chocó contra mi antebrazo con un estruendo sordo, pero yo ni siquiera me moví.
—¿Están bien? —pregunté, girando la cabeza ligeramente hacia ellos, manteniendo una sonrisa tranquila y profesional.
Lois Lane se quedó petrificada, con la cámara a medio levantar. Jimmy soltó un sonido que fue una mezcla de grito y asombro.
—Tú... tú detuviste eso con un brazo —balbuceó Lois, sus ojos brillando con una curiosidad insaciable.
—Parece que necesitaban una mano —respondí.
Me giré hacia los robots. Eran cuatro en total. Utilizando mi visión de rayos X, identifiqué sus núcleos de energía. No quería destruirlos por completo si podía evitarlo; quería ver de dónde venían. Con movimientos precisos y una fuerza medida, desmantelé las unidades en segundos, arrancando sus procesadores centrales antes de que pudieran reaccionar.
Cuando el último robot cayó, el silencio regresó a la calle, roto solo por las alarmas de los coches. Me elevé unos centímetros del suelo, sintiendo la mirada de todos sobre mí.
—¿Quién eres? —preguntó Lois, dando un paso adelante, ignorando el peligro que acababa de pasar—. ¿De dónde vienes? ¿Eres un héroe? ¿O trabajas para el gobierno?
—Solo soy alguien que quiere ayudar —dije, manteniendo mi tono de voz calmado y maduro—. Y creo que esto les pertenece.
Le entregué uno de los componentes electrónicos que había extraído, sabiendo que ella no descansaría hasta descifrar su origen.
—Espera, ¡no te vayas! —gritó ella, pero yo ya estaba ascendiendo hacia el cielo azul de Metrópolis.
Mientras volaba, mi mente se desvió hacia algo que había estado sintiendo desde que llegué a la ciudad. Había otras "vibraciones" en el mundo. No solo tecnología alienígena o experimentos científicos. Había personas con habilidades, pero diferentes a las mías. Había escuchado rumores sobre una sociedad donde el ochenta por ciento de la población nacía con "Dones" o "Quirks".
—Este mundo es más complejo de lo que pensaba —pensé, observando el horizonte donde el sol empezaba a ponerse—. No es solo el universo de mis aventuras, es algo más.
Esa misma tarde, después de cambiarme y presentarme en el Daily Planet como el nuevo pasante, me encontré sentado en un pequeño café frente a un televisor que transmitía las noticias internacionales.
—...y en las noticias de hoy, el Símbolo de la Paz, All Might, ha detenido una vez más un ataque de villanos en el centro de Musutafu, Japón —decía la reportera—. Los estudiantes de la Academia U.A. siguen demostrando que el futuro de los héroes está en buenas manos.
Mis ojos se entrecerraron. All Might. Academia U.A. Quirks.
—Así que así es como funciona este mundo —murmuré, tomando un sorbo de café—. Una sociedad de héroes institucionalizados.
—¡Oye, chico nuevo! —La voz de Lois Lane me sacó de mis pensamientos. Se sentó frente a mí con una pila de carpetas y una expresión de triunfo—. Clark, ¿verdad? No vas a creer lo que pasó hoy. Un hombre volador salvó mi vida y la de Jimmy. Y tengo la exclusiva.
—¿Un hombre volador? —pregunté, fingiendo sorpresa mientras ajustaba mis gafas—. Suena a algo sacado de un cómic, Lois.
—No, esto es real. Lo sentí. Había algo en él... no era como los héroes de los que oyes en Japón. No parecía estar haciendo un espectáculo. Solo... ayudaba. —Ella me miró fijamente—. Tenemos que encontrarlo, Clark. Si Metrópolis va a tener su propio héroe, el Daily Planet será el primero en contar su historia.
—Bueno, si alguien puede encontrarlo, estoy seguro de que serás tú —dije con una sonrisa sincera.
Lois me examinó por un momento, frunciendo el ceño.
—Eres raro, Kent. Muy tranquilo para alguien que acaba de mudarse a la ciudad más caótica del mundo. Pero me agradas. Vamos, tenemos trabajo que hacer. Perry nos va a matar si no entregamos el reporte de los robots para mañana.
Mientras la seguía hacia la salida, sentí una pequeña perturbación en el aire. A miles de kilómetros de distancia, en Japón, algo estaba cambiando. Podía sentir el peso del destino moviéndose. Mi madurez me decía que no podía simplemente ignorar el resto del mundo. Si este mundo tenía a All Might, quizás necesitaba a alguien que entendiera lo que significa ser un símbolo sin necesidad de un ranking.
—Clark, ¿vienes o te quedaste dormido de pie? —gritó Lois desde la acera.
—¡Ya voy, Lois! —respondí, apurando el paso.
Mi aventura acababa de empezar. No solo como el protector de Metrópolis, sino como un puente entre dos mundos y, tal vez, entre dos formas de entender el heroísmo. El legado de Krypton viviría a través de mí, pero esta vez, con la sabiduría para no repetir los errores del pasado. Superman estaba aquí, y el mundo, con sus Quirks y sus maravillas, nunca volvería a ser el mismo.
Yo no era solo Clark Kent. Recordaba mi vida anterior, mis conocimientos sobre los cómics, las películas y, específicamente, la versión de *Mis Aventuras con Superman*. Sin embargo, mi mente no era la de un joven impulsivo. Tenía la templanza de un hombre que ha vivido tormentas, la madurez de un padre y un protector, similar a la esencia de aquel Superman que equilibraba la crianza de sus hijos con el peso del mundo sobre sus hombros.
Crecí en Smallville bajo la mirada amorosa y preocupada de Jonathan y Martha Kent. Durante años, mantuve mis habilidades bajo control, entrenando mi cuerpo y, sobre todo, mi mente. Sabía lo que vendría. Sabía que este mundo era diferente, que la tecnología kryptoniana aquí era una fuerza de conquista biomecánica, una legión de máquinas y guerreros fríos.
Cuando alcancé la edad adulta, el llamado fue inevitable. Viajé hacia el norte, hacia el páramo helado del Ártico, siguiendo una señal que solo yo podía escuchar. Allí, entre glaciares milenarios, la tecnología de mi mundo natal respondió a mi presencia. Una estructura de cristal y metal líquido emergió de las profundidades, erigiéndose como un monumento a una civilización perdida: la Fortaleza de la Soledad.
Al entrar, la inteligencia artificial de Jor-El se manifestó. Su forma era imponente, una proyección holográfica que hablaba un idioma que mi cerebro comprendía instintivamente.
—¿Quién eres tú que portas el blasón de la Casa de El? —preguntó la IA, su voz resonando con una autoridad gélida.
—Soy Kal-El, tu hijo —respondí con una calma que pareció descolocar al programa—. Y sé lo que pasó, padre. Sé de la invasión, de la sed de conquista de Krypton y del trágico final que esto trajo. No soy un arma de guerra. Soy un puente.
La proyección de Jor-El parpadeó, sus rasgos digitales mostrando una sorpresa humana.
—Posees conocimientos que no deberían estar a tu alcance, hijo mío. Tu comprensión de nuestra historia y de los errores de nuestro consejo es... absoluta.
—He tenido tiempo para pensar, para observar este mundo y entender el regalo que me diste al enviarme aquí —dije, acercándome a la consola central—. Necesito un traje. No uno de combate imperial, sino un símbolo. Algo que diga que estoy aquí para ayudar, no para conquistar.
La fortaleza trabajó con una eficiencia asombrosa. El tejido se materializó: un traje azul profundo, con una textura que recordaba a una armadura ligera pero flexible, y una capa roja que parecía capturar la luz del sol. Sin embargo, al observar el resultado final, sentí que faltaba algo. El diseño era elegante, casi futurista, pero carecía de ese toque humano, de esa calidez que lo separaría de la frialdad de los invasores.
Regresé a Smallville volando a través de las nubes, disfrutando de la libertad de mis alas invisibles. Aterrizar en la granja de los Kent siempre se sentía como volver al centro del universo. Mis padres me esperaban en el porche, con el café caliente y los corazones abiertos.
—Es impresionante, Clark —dijo Jonathan, tocando la tela del traje con reverencia—. Pero pareces... un soldado de las estrellas.
—Eso es lo que me preocupa, papá —admití, mirando mi reflejo en los cristales de la ventana—. Jor-El tiene una visión muy rígida de lo que debemos ser.
Martha, con esa sabiduría eterna que solo una madre posee, dio un paso al frente con un trozo de tela roja que había estado guardando.
—Le falta un poco de hogar, hijo. Algo que rompa esa línea tan seria.
Con una habilidad que desafiaba su edad, Martha trabajó en el traje. Añadió el icónico calzoncillo rojo sobre el traje azul, equilibrando los colores y dándole una apariencia mucho más amigable y clásica. Al ponérmelo de nuevo, me miré al espejo. Ya no era solo Kal-El, el último hijo de un imperio caído. Era Superman.
—Ahora sí —dijo Martha, secándose una lágrima—. Ahora pareces alguien en quien la gente puede confiar.
Con el traje completo y mi propósito claro, me mudé a Metrópolis. Era el momento de empezar mi vida profesional, de encontrar mi lugar en el mundo mientras mantenía un ojo en el horizonte.
Caminaba por las bulliciosas calles de Metrópolis, sintiendo la energía de la ciudad. Mi destino era el Daily Planet, donde esperaba conseguir una pasantía. Pero mientras caminaba, mi superoído captó algo inusual. No era el crimen común de la ciudad, sino algo que vibraba con una frecuencia diferente.
—Metrópolis es más ruidosa de lo que recordaba —murmuré para mí mismo, ajustándome las gafas que ayudaban a disimular mi presencia.
De repente, una explosión sacudió el distrito financiero. Robots, de un diseño que reconocí inmediatamente como tecnología militar experimental robada, empezaron a emerger de un camión de carga. La gente gritaba, corriendo en todas direcciones.
Vi a dos jóvenes cerca del epicentro. Una chica de cabello corto y oscuro con una cámara en mano, moviéndose con una temeridad que solo podía pertenecer a Lois Lane, y un chico alto con una mochila, tratando desesperadamente de protegerla: Jimmy Olsen.
—¡Lois, tenemos que irnos! ¡Esto es demasiado peligroso! —gritó Jimmy, tropezando con sus propios pies.
—¡Ni hablar, Jimmy! ¡Esta es la noticia del siglo! ¿Viste de dónde salieron esos robots? —Lois no retrocedía; avanzaba hacia el peligro con una determinación feroz.
Uno de los robots, una unidad pesada con pinzas hidráulicas, se giró hacia ellos. Sus sensores se iluminaron de rojo. Estaba a punto de atacar.
No lo pensé dos veces. Me deslicé en un callejón, me quité la camisa con una velocidad imperceptible para el ojo humano y despegué. El suelo crujió bajo mis pies cuando salté, rompiendo la barrera del sonido en un instante.
Me interpuse entre el robot y los jóvenes reporteros justo cuando la máquina lanzaba un golpe que habría sido fatal. El metal chocó contra mi antebrazo con un estruendo sordo, pero yo ni siquiera me moví.
—¿Están bien? —pregunté, girando la cabeza ligeramente hacia ellos, manteniendo una sonrisa tranquila y profesional.
Lois Lane se quedó petrificada, con la cámara a medio levantar. Jimmy soltó un sonido que fue una mezcla de grito y asombro.
—Tú... tú detuviste eso con un brazo —balbuceó Lois, sus ojos brillando con una curiosidad insaciable.
—Parece que necesitaban una mano —respondí.
Me giré hacia los robots. Eran cuatro en total. Utilizando mi visión de rayos X, identifiqué sus núcleos de energía. No quería destruirlos por completo si podía evitarlo; quería ver de dónde venían. Con movimientos precisos y una fuerza medida, desmantelé las unidades en segundos, arrancando sus procesadores centrales antes de que pudieran reaccionar.
Cuando el último robot cayó, el silencio regresó a la calle, roto solo por las alarmas de los coches. Me elevé unos centímetros del suelo, sintiendo la mirada de todos sobre mí.
—¿Quién eres? —preguntó Lois, dando un paso adelante, ignorando el peligro que acababa de pasar—. ¿De dónde vienes? ¿Eres un héroe? ¿O trabajas para el gobierno?
—Solo soy alguien que quiere ayudar —dije, manteniendo mi tono de voz calmado y maduro—. Y creo que esto les pertenece.
Le entregué uno de los componentes electrónicos que había extraído, sabiendo que ella no descansaría hasta descifrar su origen.
—Espera, ¡no te vayas! —gritó ella, pero yo ya estaba ascendiendo hacia el cielo azul de Metrópolis.
Mientras volaba, mi mente se desvió hacia algo que había estado sintiendo desde que llegué a la ciudad. Había otras "vibraciones" en el mundo. No solo tecnología alienígena o experimentos científicos. Había personas con habilidades, pero diferentes a las mías. Había escuchado rumores sobre una sociedad donde el ochenta por ciento de la población nacía con "Dones" o "Quirks".
—Este mundo es más complejo de lo que pensaba —pensé, observando el horizonte donde el sol empezaba a ponerse—. No es solo el universo de mis aventuras, es algo más.
Esa misma tarde, después de cambiarme y presentarme en el Daily Planet como el nuevo pasante, me encontré sentado en un pequeño café frente a un televisor que transmitía las noticias internacionales.
—...y en las noticias de hoy, el Símbolo de la Paz, All Might, ha detenido una vez más un ataque de villanos en el centro de Musutafu, Japón —decía la reportera—. Los estudiantes de la Academia U.A. siguen demostrando que el futuro de los héroes está en buenas manos.
Mis ojos se entrecerraron. All Might. Academia U.A. Quirks.
—Así que así es como funciona este mundo —murmuré, tomando un sorbo de café—. Una sociedad de héroes institucionalizados.
—¡Oye, chico nuevo! —La voz de Lois Lane me sacó de mis pensamientos. Se sentó frente a mí con una pila de carpetas y una expresión de triunfo—. Clark, ¿verdad? No vas a creer lo que pasó hoy. Un hombre volador salvó mi vida y la de Jimmy. Y tengo la exclusiva.
—¿Un hombre volador? —pregunté, fingiendo sorpresa mientras ajustaba mis gafas—. Suena a algo sacado de un cómic, Lois.
—No, esto es real. Lo sentí. Había algo en él... no era como los héroes de los que oyes en Japón. No parecía estar haciendo un espectáculo. Solo... ayudaba. —Ella me miró fijamente—. Tenemos que encontrarlo, Clark. Si Metrópolis va a tener su propio héroe, el Daily Planet será el primero en contar su historia.
—Bueno, si alguien puede encontrarlo, estoy seguro de que serás tú —dije con una sonrisa sincera.
Lois me examinó por un momento, frunciendo el ceño.
—Eres raro, Kent. Muy tranquilo para alguien que acaba de mudarse a la ciudad más caótica del mundo. Pero me agradas. Vamos, tenemos trabajo que hacer. Perry nos va a matar si no entregamos el reporte de los robots para mañana.
Mientras la seguía hacia la salida, sentí una pequeña perturbación en el aire. A miles de kilómetros de distancia, en Japón, algo estaba cambiando. Podía sentir el peso del destino moviéndose. Mi madurez me decía que no podía simplemente ignorar el resto del mundo. Si este mundo tenía a All Might, quizás necesitaba a alguien que entendiera lo que significa ser un símbolo sin necesidad de un ranking.
—Clark, ¿vienes o te quedaste dormido de pie? —gritó Lois desde la acera.
—¡Ya voy, Lois! —respondí, apurando el paso.
Mi aventura acababa de empezar. No solo como el protector de Metrópolis, sino como un puente entre dos mundos y, tal vez, entre dos formas de entender el heroísmo. El legado de Krypton viviría a través de mí, pero esta vez, con la sabiduría para no repetir los errores del pasado. Superman estaba aquí, y el mundo, con sus Quirks y sus maravillas, nunca volvería a ser el mismo.
