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QHPS naruto se fusiona con su yo oscuro y recibe poderes de otros universos

Fandom: naruto y naruto shippudem

Creado: 6/7/2026

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El Despertar de la Gracia en el Abismo de la Soledad

La lluvia amenazaba con caer sobre la Aldea Oculta de la Hoja, pero el cielo aún se mantenía en un gris plomizo, asfixiante, como el pecho de Naruto Uzumaki. El joven ninja de doce años caminaba por los pasillos del hospital con una mezcla de ansiedad y esperanza. Acababan de terminar las preliminares de los exámenes Chunin y, aunque había vencido a Kiba Inuzuka, sentía que necesitaba más. Necesitaba guía. Necesitaba que alguien creyera en él.

Al llegar a la habitación donde Sasuke se recuperaba, encontró a Kakashi Hatake. Naruto respiró hondo, forzando una sonrisa, y se acercó a su maestro.

— ¡Kakashi-sensei! —exclamó con su habitual energía, aunque sus ojos delataban cansancio—. Ahora que vienen las finales, ¡tienes que entrenarme! ¡Te juro que me esforzaré más que nadie!

Kakashi ni siquiera lo miró directamente. Su atención seguía fija en el joven Uchiha.

— Lo siento, Naruto, pero no tengo tiempo —respondió el Jonin con una frialdad que cortó el aire—. Voy a entrenar a Sasuke personalmente. Él tiene el Sharingan y se enfrenta a Gaara; su entrenamiento es la prioridad ahora.

— Pero... ¿y yo? —la voz de Naruto flaqueó por un segundo—. Yo también pasé, Kakashi-sensei. ¡Soy tu alumno también!

Kakashi suspiró, cerrando su libro por un momento para dedicarle una mirada de soslayo.

— Naruto, seamos realistas. Eres un huérfano sin un talento natural heredado. Tus fundamentos son un desastre. He hablado con Ebisu, él se encargará de ti. Es un tutor de élite, te enseñará lo básico que tanto te falta.

— ¿Ebisu? ¿Ese pervertido del armario? —Naruto apretó los puños—. ¡Yo quiero aprender de ti! ¡Tú nos dijiste que aquellos que abandonan a sus amigos son peor que la escoria! ¿No me estás abandonando ahora?

— No seas dramático —cortó Kakashi—. Simplemente estoy asignando los recursos de manera eficiente. Sasuke tiene el potencial que la aldea necesita proteger. Ahora vete, tengo mucho que preparar.

Naruto se quedó de pie en el pasillo, viendo cómo la puerta se cerraba. La frase de Kakashi sobre la escoria resonó en su mente como una burla cruel. "Una farsa", pensó. "Todo es una farsa. Solo le importa el linaje de Sasuke".

Caminó por las calles de Konoha con la cabeza gacha, sintiendo el peso de la soledad. No quería ir a su apartamento vacío. De repente, divisó a lo lejos tres figuras conocidas cerca de una plaza: Sakura, Ino e Hinata. Su corazón dio un vuelco. Sakura siempre era dura con él, pero verla lo reconfortaba, y Hinata siempre había sido amable. Quizás ellas podrían animarlo.

Se acercó silenciosamente, con la intención de darles un susto amistoso, pero se detuvo en seco al escuchar su nombre. Se ocultó tras una pared cercana, conteniendo el aliento.

— De verdad, no puedo creer que Naruto haya pasado a las finales —decía Sakura con un tono de fastidio profundo—. Fue pura suerte. Lo que le hizo a Kiba fue asqueroso, humillante. No tiene ninguna clase.

— Tienes razón, Sakura-chan —secundó Ino, cruzándose de brazos—. Es solo un don nadie, un huérfano sin clan. No tiene talento, solo hace ruido. Ojalá no fuera ninja, solo ensucia la reputación de nuestra generación. Es un estorbo para Sasuke-kun.

Naruto sintió una punzada en el pecho, pero lo que más le dolió fue esperar la reacción de la tercera persona. "Hinata, por favor, di algo", suplicó mentalmente.

— Bueno... —la voz de Hinata sonó débil al principio—. Naruto-kun se esfuerza mucho...

— ¡Oh, vamos, Hinata! —la interrumpió Sakura—. No trates de ser buena con él solo por lástima. Sabes que es un fracasado. Imagínate tener que estar en un equipo con él todos los días. Es una pesadilla.

Hubo un silencio breve. Naruto cerró los ojos, rogando por una defensa.

— Supongo que... tienes razón —murmuró Hinata, su voz apenas un susurro influenciado por la presión de sus amigas—. A veces es... muy difícil estar cerca de él. No tiene el talento de los demás. Es solo un... un chico sin nada.

El mundo de Naruto se detuvo. El corazón, aquel que había resistido el odio de toda una aldea, se rompió en mil pedazos. Aquella chica que él pensaba defender de Neji, a la que quería vengar por la brutalidad de las preliminares, acababa de pisotear su existencia.

No gritó. No lloró. Simplemente se dio la vuelta y empezó a correr.

Corrió pasando el puesto de Ichiraku, ignorando el aroma del ramen que solía ser su único consuelo. No quería ver a Teuchi ni a Ayame. No quería ver al Tercer Hokage. Si todos pensaban que era un estorbo, un demonio, un huérfano sin talento, entonces no pertenecía allí.

Sin darse cuenta de la dirección, sus pies lo llevaron hacia el Bosque de la Muerte. Se adentró en la maleza espesa, ignorando las advertencias de peligro. Los árboles se volvieron más altos, las sombras más densas. El aire se volvió frío y pesado, cargado de una energía que no era de este mundo.

Naruto tropezó con una raíz y cayó al suelo, exhausto. Sus pulmones ardían y sus mejillas estaban empapadas de lágrimas que finalmente habían brotado. Al levantar la vista, se dio cuenta de que ya no estaba en el bosque que conocía. El entorno había cambiado. Los árboles parecían infinitos, y una noche eterna cubría el firmamento, pero no era una oscuridad natural.

— ¿Dónde... dónde estoy? —susurró, levantándose con dificultad.

Caminó durante lo que pareció una eternidad en aquel limbo oscuro hasta que divisó una abertura en la roca. Una cueva. Al entrar, se sorprendió al ver antorchas prendidas en las paredes, emitiendo una luz dorada y constante que no producía humo.

A medida que se internaba, el espacio se abría. La cueva se transformó en un santuario colosal, una estructura de proporciones imposibles con techos que se perdían en las alturas. El oro decoraba cada columna y símbolos antiguos, que Naruto no podía comprender pero que vibraban con un poder sagrado, cubrían el suelo.

De repente, una luz estalló en el centro de la sala. Era tan potente como el sol mismo. Naruto se cubrió los ojos, gritando por el resplandor cegador. Cuando la luz se atenuó, el aire se llenó de un zumbido celestial y una presencia abrumadora descendió ante él.

Naruto cayó de espaldas, sin aliento.

Frente a él se alzaba un ser colosal, de casi cinco metros de altura. Su piel brillaba con un tono dorado pulido y su musculatura era perfecta, divina. Cuatro alas inmensas se extendían desde su espalda: dos negras como el abismo con puntas de luz, y otras dos que envolvían parcialmente su cuerpo, cuajadas de cientos de ojos azules y verdes que parpadeaban al unísono, observando cada rincón de la existencia.

Pero lo más aterrador y majestuoso eran sus rostros. En el centro, una cara humana de facciones serenas y solemnes; a la izquierda, la cabeza de un león con una melena de fuego; y enlazada con las alas, la cabeza de un águila de mirada penetrante. Una cuarta forma, apenas perceptible tras el aura, sugería la fuerza de un buey. El ser estaba rodeado por un resplandor apocalíptico, suspendido entre nubes de fuego y meteoros estáticos.

— ¡Aaaaaah! ¡Un monstruo! —gritó Naruto, retrocediendo por el suelo, con el corazón golpeando sus costillas como un tambor frenético.

— No temas, hijo de la aflicción —la voz no salió de una boca, sino que resonó directamente en el alma de Naruto. Era poderosa, calmada, cargada con la sabiduría de milenios y una autoridad que hacía que el universo mismo pareciera someterse.

Naruto se detuvo, temblando. La paz que emanaba de aquel ser empezó a mitigar su terror.

— ¿Quién... qué eres tú? —preguntó Naruto con voz quebrada.

— Soy un Querubín, guardián de la Gloria y el Trono del Altísimo —respondió el ser celestial—. He sido enviado a este plano porque tus lamentos han traspasado el velo de la creación. He visto tu corazón, Naruto Uzumaki, y he visto la oscuridad de este mundo que te rodea.

— ¿Viste... lo que me dijeron? —Naruto bajó la mirada, las lágrimas volviendo a brotar—. Mi maestro me abandonó... mis amigos dicen que soy escoria... nadie me quiere de verdad.

— Este mundo está corrupto por el odio y la ambición de los hombres —dijo el Querubín, extendiendo una mano dorada hacia él—. Te ven como un recipiente de maldad, cuando solo eres un alma pura rodeada de lobos. He venido a ofrecerte una salida. Un lugar donde no habrá más llanto, ni más soledad, ni más desprecio.

Naruto miró la mano gigante. El brillo que emanaba era cálido, como el abrazo que nunca tuvo.

— ¿Un lugar mejor? —preguntó con esperanza infantil—. ¿A dónde?

— Al Paraíso —respondió el ángel—. Donde convivirás con el Creador, con el Arcángel Miguel, con los Serafines y mis hermanos. Donde serás amado por lo que eres, no por lo que llevas dentro. Serás libre de las cadenas de esta aldea y de este destino oscuro.

Naruto recordó el rostro de desprecio de Sakura, la indiferencia de Kakashi y la traición en las palabras de Hinata. Miró hacia atrás, hacia la oscuridad de la cueva que representaba su vida en Konoha, y luego miró al ser celestial que le ofrecía el cielo.

— Por favor... —suplicó Naruto, estirando su pequeña mano hacia la inmensidad dorada—. Por favor, llévame contigo. No quiero estar solo nunca más. No quiero que me odien más. ¡Llévame!

El Querubín mostró una expresión de solemne compasión. Se inclinó y, con una delicadeza asombrosa para su tamaño, envolvió a Naruto en sus brazos. El calor fue absoluto. El dolor en el pecho de Naruto desapareció, reemplazado por una luz blanca que lo consumió todo.

— Entonces, ven —sentenció el Querubín—. Deja atrás las cenizas de este mundo.

En un estallido de gloria y fuego celestial, el santuario quedó vacío. En el Bosque de la Muerte, el silencio volvió a reinar, y en la Aldea de la Hoja, nadie sabía que el niño que tanto habían despreciado acababa de abandonar la tierra para siempre, reclamado por las alturas.
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