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Pijamada

Fandom: Paper girls (cómics)

Creado: 6/7/2026

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Sombras en la Mansión Brandman

El aire de Stony Stream siempre olía a una mezcla de césped recién cortado y el humo lejano de las chimeneas, pero dentro de la mansión de los Brandman, el aire olía a algo mucho más caro: cera para muebles de caoba y el vacío de una casa demasiado grande para tan poca gente. Con sus padres fuera en otro de sus interminables viajes de negocios, KJ se sentía, por primera vez en semanas, capaz de respirar sin que el corsé de las expectativas familiares le apretara las costillas.

En el sótano, que era más grande que toda la planta baja de la casa de Mac, las cuatro chicas se habían atrincherado entre alfombras mullidas y una televisión que parecía sacada de una película de ciencia ficción.

—Sigo diciendo que esto es un robo —gruñó Mac, recostada contra un puf de cuero, con su inseparable gorra de béisbol ladeada—. ¿Cómo es posible que tu sótano tenga mejores altavoces que el cine del pueblo, Brandman?

KJ sonrió, una sonrisa pequeña y privada que solo Mac sabía descifrar. Llevaba puesto un jersey de lana que le quedaba un poco grande, dándole ese aspecto de "niña bien" que Mac siempre fingía detestar pero que, en secreto, la volvía loca.

—Culpa a mi padre —respondió KJ, mientras servía con cuidado un líquido ámbar en vasos de plástico—. Dice que el entretenimiento es una inversión.

Tiffany, que estaba analizando la etiqueta de una de las botellas que KJ había "tomado prestada" del mueble bar, frunció el ceño a través de sus gafas.

—Técnicamente, esto es un coñac de veinte años —comentó Tiffany, ajustándose las gafas con un dedo—. Si nos atrapan, no solo nos castigarán, nos enviarán a un reformatorio de alta seguridad.

—Oh, relájate, Tiff —dijo Erin, aunque su voz temblaba un poco mientras sostenía su propio vaso. Erin era la que siempre intentaba mantener el orden, pero la emoción de estar haciendo algo prohibido brillaba en sus ojos oscuros—. Nadie va a volver hasta el lunes. Estamos a salvo.

—Exacto —añadió Mac, dando un trago largo y arrugando la nariz por el fuerte sabor a alcohol—. Además, si alguien pregunta, diremos que fue idea de Tiffany. Ella es la que tiene cara de planear golpes de estado.

—¡Oye! —protestó Tiffany, aunque no pudo evitar una sonrisa de suficiencia.

Pasaron las horas entre risas amortiguadas por las alfombras y juegos que empezaron siendo inocentes. Pero tras un par de vasos más, el ambiente se volvió más denso, cargado de esa electricidad que solo surge cuando cuatro amigas saben que están compartiendo un momento que no se repetirá.

—Verdad o reto —anunció Tiffany, con los ojos brillando por el desafío—. Erin, te toca.

—Verdad —dijo Erin rápidamente, sin querer arriesgarse a un reto físico en ese estado.

—¿Es cierto que todavía guardas el recorte de periódico de aquel chico de la escuela de San Gabriel?

Erin se puso roja como un tomate, balbuceando una defensa que nadie creyó. Mac se rió, una risa ronca y auténtica, y KJ la observó de reojo. Bajo la luz tenue del sótano, Mac parecía menos una "chica mala" y más una adolescente que, por una vez, no tenía que pelear contra el mundo.

Llevaban dos meses así. Dos meses de roces accidentales en la ruta de reparto de periódicos, de miradas que duraban un segundo de más y de aquel primer beso bajo el puente que lo cambió todo. Nadie lo sabía. Ni Tiffany, con su mente analítica, ni Erin, con su gran corazón. Era su secreto, un pequeño incendio que mantenían vivo en la oscuridad de Stony Stream.

Hacia la medianoche, el alcohol y el cansancio hicieron su trabajo. Erin fue la primera en rendirse, acurrucándose en un saco de dormir con un murmullo de buenas noches. Tiffany aguantó un poco más, intentando explicar las especificaciones técnicas de su nuevo Walkman, pero finalmente su voz se fue apagando hasta que solo quedó el sonido rítmico de su respiración.

KJ se puso en pie con elegancia, a pesar de que el suelo parecía balancearse un poco.

—Voy a subir a mi cuarto —susurró, mirando a Mac—. No aguanto más este puf. Mac, ¿me ayudas con las mantas de arriba?

Mac asintió con una indiferencia tan exagerada que resultaba sospechosa, pero las otras dos estaban demasiado perdidas en el sueño para notarlo.

—Sí, claro, lo que sea —gruñó Mac, levantándose y ajustándose la chaqueta de franela.

Subieron las escaleras en silencio, evitando los escalones que sabían que crujían. Cuando llegaron al pasillo de la segunda planta, KJ no se detuvo hasta llegar a su habitación. Cerró la puerta tras ellas y el silencio de la mansión las envolvió como una manta pesada.

—Dios, pensé que no se dormirían nunca —admitió Mac, quitándose la gorra y lanzándola sobre el escritorio perfectamente ordenado de KJ.

KJ no respondió con palabras. Se dio la vuelta y empujó a Mac contra la puerta cerrada. La intensidad en su mirada, esa fuerza interior que solía esconder tras una fachada de timidez, estalló de golpe.

—¿Estás bien? —preguntó KJ en voz baja, su rostro a centímetros del de Mac.

—Estoy... —Mac tragó saliva, sintiendo que su habitual sarcasmo se evaporaba—. Estoy cansada de esconderme, Brandman.

KJ sonrió, pero no era la sonrisa dulce de antes. Había algo depredador y seguro en ella, una faceta que solo salía a la luz cuando estaban solas.

—Entonces no te escondas aquí.

KJ la besó con una urgencia que siempre sorprendía a Mac. Aunque Mac proyectaba esa imagen de rebeldía y dureza, en la intimidad, era KJ quien tomaba las riendas, quien guiaba cada movimiento con una confianza que dejaba a Mac sin aliento. Mac, la chica que se enfrentaba a los matones del pueblo con un bate de béisbol, se encontraba derritiéndose bajo el toque firme de la chica que estudiaba violonchelo y sacaba sobresalientes.

KJ la condujo hacia la cama de dos plazas, cubierta con un edredón de seda. Los movimientos eran fluidos, una danza que habían practicado en rincones oscuros y callejones, pero que aquí, en el santuario de KJ, se sentía definitiva.

—¿Segura? —susurró Mac, con la voz quebrada, mientras KJ se deshacía de su jersey de lana.

—Más que nunca —respondió KJ, su voz firme, sin rastro de la duda que solía atormentarla sobre su identidad.

En la penumbra de la habitación, las barreras se derrumbaron. Mac se dejó llevar, permitiendo que KJ explorara cada centímetro de su piel con una delicadeza que luego se transformaba en fuego. KJ era impulsiva, protectora, y en ese momento, poseía una determinación que hacía que Mac se sintiera, por primera vez en su vida, completamente segura. No necesitaba ser la "chica dura" allí. Podía simplemente ser Mac.

El tiempo pareció detenerse entre sábanas de seda y susurros entrecortados. La sofisticación de KJ desapareció para dar paso a una pasión cruda, mientras Mac respondía con una vulnerabilidad que solo KJ había tenido el privilegio de ver.

Sin embargo, el destino, o quizás simplemente la mala suerte de Stony Stream, tenía otros planes.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando contra el tope de la pared. Ambas chicas se sobresaltaron, cubriéndose frenéticamente con el edredón mientras el corazón les latía con una fuerza violenta.

En el umbral de la puerta, iluminada por la luz tenue del pasillo, estaba Tiffany Quilkin. Tenía el pelo revuelto por el sueño y las gafas ligeramente torcidas, pero su expresión no era de sorpresa. Era de absoluta irritación.

—¿Podéis hacer un poco menos de ruido? —preguntó Tiffany, cruzándose de brazos—. Erin tiene el sueño ligero y yo estoy intentando descifrar si el ronquido de Mac es un código Morse o simplemente falta de oxígeno.

El silencio que siguió fue sepulcral. Mac sentía que la cara le ardía tanto que podría iluminar la habitación. KJ, por su parte, recuperó la compostura con una rapidez asombrosa, aunque todavía estaba un poco despeinada.

—¿Tiffany? —logró decir Mac con voz estrangulada—. ¿Qué demonios haces aquí?

—Vivo en el mundo real, Mac —respondió Tiffany, entrando en la habitación y apoyándose en la cómoda como si estuviera discutiendo el horario de reparto de periódicos—. ¿De verdad pensabais que no lo sabía? Lleváis dos meses intercambiando miraditas que harían vomitar a un unicornio.

KJ parpadeó, procesando la información.

—¿Lo sabías?

—Por favor, Brandman —Tiffany puso los ojos en blanco—. Soy la estratega del grupo. Analizo patrones. Mac ha dejado de fumar tanto cuando estás cerca, y tú has empezado a usar esa chaqueta de cuero vieja que ella solía llevar. Además —añadió con una sonrisa maliciosa—, Mac es pésima guardando secretos cuando se trata de ti. Se pone toda... blanda.

—¡No me pongo blanda! —protestó Mac, aunque todavía estaba hundida bajo el edredón.

—Como digas, "chica mala" —se burló Tiffany—. Solo he venido a decir que si vais a seguir con... lo que sea que estéis haciendo, por favor, recordad que las casas ricas tienen conductos de ventilación que amplifican el sonido. No necesito escuchar vuestros "descubrimientos personales" mientras intento dormir.

Tiffany se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el marco de la puerta.

—Ah, y Mac —dijo, mirando por encima del hombro—, no te preocupes. Erin todavía no se ha enterado de nada. Cree que estás arriba buscando una aspirina para el dolor de cabeza. Pero a este paso, va a pensar que la farmacia está en el techo.

Con un guiño y una risita contenida, Tiffany cerró la puerta, dejándolas de nuevo en el silencio de la habitación.

Mac se hundió más en la almohada, soltando un gemido de frustración.

—Voy a matarla. Juro que voy a matarla con mi bolsa de periódicos.

KJ, para sorpresa de Mac, empezó a reírse. Una risa limpia y liberadora que llenó la habitación. Se inclinó sobre Mac, apartándole un mechón de pelo de la cara.

—Bueno —susurró KJ, con esa mirada intensa que siempre desarmaba a su novia—, al menos ya no tenemos que preocuparnos por Tiffany.

Mac miró a KJ, viendo la seguridad en sus ojos y la forma en que la luz de la luna delineaba su rostro. A pesar de la interrupción, a pesar de las bromas de Tiffany y del miedo constante al futuro, en ese momento, en esa cama de la mansión Brandman, todo se sentía correcto.

—Supongo que no —admitió Mac, esbozando una pequeña sonrisa—. Pero como se lo cuente a Erin antes de que yo esté lista, la entierro en el sótano.

—No lo hará —aseguró KJ, volviendo a acortar la distancia entre ellas—. Tiffany sabe guardar secretos. Pero ahora... creo que estábamos en algo importante.

Mac dejó que KJ la guiara de nuevo, olvidando por un momento el mundo exterior, las bicicletas y los misterios que las rodeaban. En la oscuridad de Stony Stream, el único misterio que importaba era el que estaban resolviendo juntas, piel con piel, bajo el techo de una casa que, por primera vez, se sentía como un hogar.
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