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No quiero ser la princesa heredera! What if.
Fandom: Novelas ligeras.
Creado: 6/7/2026
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RomanceFantasíaRecortes de VidaHistoria DomésticaIsekai / Fantasía PortalFluffLenguaje Explícito
Llamas de deseo y el peso de la corona
Han pasado varios días desde aquel "accidente" que puso a prueba nuestros nervios, y la paz ha regresado a la villa, aunque con un matiz diferente. Los gemelos, Alistair y Benedict, han comenzado a experimentar episodios de magia accidental. Por suerte, son menos graves que al principio; parece que han desarrollado un margen de control que antes les era ajeno. Aun así, Friedrich, siempre precavido y quizás un poco sobreprotector, decidió suprimir sus poderes mediante un hechizo de conexión. En el reino de Wilhelm, las artes mágicas no se enseñan formalmente hasta los seis años, y él no está dispuesto a correr riesgos innecesarios.
Sin embargo, como madre y como alguien que conoce lo frustrante que es no entender tu propia naturaleza, he decidido aprovechar sus momentos de lucidez mágica. En mis tiempos libres, con la ayuda de un libro de teoría básica y bajo la atenta mirada de Areus y Carla, les enseño pequeños trucos. Son niños asombrosamente inteligentes. Me llena de orgullo ver cómo logran cambiar el color de una pelota, hacer flotar sus juguetes por unos segundos o encender y apagar las luces de la habitación con una risita traviesa.
Me encontraba perdida en estos pensamientos, sentada frente al tocador de nuestra habitación, mientras pasaba el cepillo por mi cabello castaño. El suave deslizamiento de las cerdas contra mi cuero cabelludo solía ser relajante, pero mi mente seguía divagando entre los planos de la villa y el crecimiento de mis hijos.
—¿Lidi? ¿Te encuentras bien? —La voz profunda y aterciopelada de Friedrich me sacó de mi trance.
Me giré para verlo. Friedrich estaba de pie cerca de la cama, desvistiéndose con movimientos lentos y pesados. Su rostro, generalmente perfecto y sereno como una estatua de mármol, mostraba signos evidentes de agotamiento. Las ojeras marcaban sus ojos azul hipnótico y sus hombros caían con el peso de mil decisiones políticas.
—Eso debería preguntártelo a ti —respondí, dejando el cepillo a un lado—. Te ves bastante mal, Freed.
Él soltó un suspiro largo mientras se quitaba la camisa, revelando su torso bien definido.
—Las cosas con Mendel son... complicadas, por decir lo menos. —Se pasó una mano por el cabello rubio dorado, desordenándolo.
Me levanté y caminé hacia él. Sin decir una palabra, me situé detrás de su espalda y rodeé su cintura con mis brazos, apoyando mi mejilla contra su piel cálida. Sentí cómo sus músculos se tensaban por un segundo antes de relajarse bajo mi contacto.
—Cuéntame —le pedí en un susurro.
—La sentencia de Sanaja se llevará a cabo pronto —comenzó él, cubriendo mis manos con las suyas—. Será juzgado por todo lo que ha hecho. Va a morir, lo cual me complace, honestamente. Sin embargo... odio que parte de los aliados de esa basura hayan sido perdonados simplemente por ser parte de su harén. Me irrita que la justicia sea tan laxa con quienes lo apoyaron desde las sombras de su alcoba.
Apreté mi abrazo, intentando transmitirle mi apoyo.
—Ser parte de un harén ya suena como suficiente castigo, Freed —dije con calma—. Esa es su sentencia. Además, estar en un harén que Mendel ni siquiera va a usar, porque tiene a Alana como su reina absoluta, es un golpe devastador. Para mujeres cuyo valor les han enseñado que reside únicamente en el deseo que provocan, ser ignoradas es un daño suficiente a su ego. Es una muerte en vida.
Friedrich exhaló, dejando que la tensión abandonara su cuerpo. Acarició mis manos con ternura.
—Gracias por escucharme, Lidi. Tienes razón, como siempre. Necesito soltar este asunto de una vez.
Me alegré de verlo más tranquilo y lo abracé con más fuerza, hundiendo mi rostro en su espalda. De repente, sentí una vibración en su pecho: se estaba riendo.
—... ¿Sabes que puedo sentir tus pechos si me aprietas así? —preguntó en un tono bromista y provocador, girando un poco la cabeza para mirarme de reojo—. ¿O es esta tu manera particular de consolarme?
Sentí que el calor subía a mis mejillas. A pesar de llevar tiempo casados, sus comentarios directos siempre lograban descolocarme.
—Si lo pones de ese modo, ¿me estás diciendo que no te gusta? —respondí, adoptando su mismo tono juguetón—. Entiendo. Entonces me iré a dormir sola.
Hice el amago de separarme, pero Friedrich fue más rápido. Se giró con una agilidad felina y me rodeó la cintura, atrayéndome hacia él hasta que no quedó espacio entre nosotros.
—Para nada —murmuró, su voz descendiendo una octava—. Eres encantadora cuando te molestas, Lidi.
Comenzó a depositar besos suaves en mis mejillas, bajando lentamente hacia mi mandíbula.
—No creas que puedes salirse con la tuya tan fácilmente esta noche —protesté, aunque mis manos ya se habían enredado en su cuello.
—No seas mala conmigo, mi reina —respondió él con una sonrisa traviesa antes de sellar sus palabras con un beso dulce que prometía mucho más para después.
***
Los meses pasaron volando, y con ellos, los gemelos crecieron a pasos agigantados. Su comunicación era ahora mucho más clara, y con esa claridad vino también una demanda insaciable de atención... y las primeras peleas fraternales.
Recuerdo perfectamente una merienda hace unas semanas. Estábamos en la terraza cuando, de repente, Benedict, con una rapidez que no le conocía, le arrebató un trozo de fruta a Alistair. Alistair, que suele ser el más tranquilo y contemplativo, se quedó congelado un segundo antes de usar las palabras que tanto nos costó enseñarle.
—¡NO BEN! —gritó con todas sus fuerzas.
Benedict, lejos de asustarse, soltó una carcajada traviesa y continuó comiéndose el botín mientras miraba a su hermano con desafío. Tuve que intervenir de inmediato. Quién diría que Benedict resultaría ser el más travieso, mientras que Alistair, aunque ruidoso cuando se encapricha, no es dado a buscar pelea. Después de una pequeña reprimenda y de limpiarles las caras pegajosas, la paz volvió a reinar.
Hoy, el clima era perfecto. Me encontraba en el jardín del área real, vistiendo un vestido ligero de seda lavanda. Estábamos en la zona de las fiestas de té, protegidas por la sombra de los grandes robles. A mi lado, Marianne y Charlotte me ayudaban con un nuevo proyecto: maquetas de viviendas para el desarrollo rural.
—Lidi, estas casas son adorables —comentó Marianne, pintando con cuidado una pequeña ventana de madera—, pero siento que les falta algo de decoración. Un poco más de estilo aristocrático, quizás.
Charlotte, que estaba revisando los planos, negó con la cabeza.
—A mí me parecen tiernas, aunque yo les añadiría torres más dramáticas. Un poco de altura no le hace daño a nadie.
Yo seguía enfocada en el plano principal, trazando líneas con un carboncillo.
—Son casas diseñadas para los suelos de las afueras, para poblaciones con una vida rural y menos escandalosa —expliqué sin levantar la vista—. La arquitectura es conservadora por funcionalidad, no por falta de gusto.
Mientras hablaba, desvié la mirada hacia el césped. A lo lejos, los gemelos corrían persiguiendo a Areus, quien se dejaba alcanzar de vez en cuando para lamerles las manos. Verlos así, tan llenos de vida, me llenaba de un alivio indescriptible.
—¿Y por qué no hacemos maquetas de granjas? —sugirió Marianne con entusiasmo—. ¡Con animales en miniatura! Serían preciosas.
—Es una buena idea —respondí, sonriendo—. Veré cómo fabricar los animalitos. De donde yo venía, solía hacer maquetas para proyectos universitarios y escolares. Siempre me resultó desestresante ayudar a otros con sus trabajos manuales.
Marianne y Charlotte se detuvieron en seco y me miraron al unísono, con los ojos muy abiertos.
—¿Ibas a una universidad? —preguntaron a coro.
Maldición. Olvidé por un momento que en este mundo el concepto de universidad es relativamente nuevo y está reservado casi exclusivamente a los hombres de la alta nobleza.
—Sí... bueno, allá íbamos ambos a la universidad —respondí, tratando de sonar natural.
—¡Qué atrevido! —exclamó Charlotte, fingiendo un escándalo que terminó en risas compartidas—. Una mujer en las aulas... Friedrich debe haber tenido mucho trabajo intentando seguirte el ritmo.
—Hablando de ritmo —dijo Marianne—, no vendría mal algo de comida para acompañar esta tarde tan bonita.
Como si hubieran escuchado la palabra mágica, dos pequeñas ráfagas rubias aparecieron en el horizonte, corriendo a toda velocidad hacia nosotras.
—¡Comida! ¡Mami! —gritaban Alistair y Benedict, estirando sus bracitos con urgencia.
Me reí, rindiéndome ante la presión de las masas.
—Bueno, por mayoría de votos, tendré que pedir que traigan un banquete.
***
La noche cayó con un frío inesperado que se filtraba por las rendijas de los ventanales. Me encargué personalmente de arropar a los niños, aunque últimamente dormirlos era una tarea titánica. Alistair ha desarrollado un miedo irracional a la oscuridad, así que he tenido que instalar una luz mágica que proyecta estrellas en el techo.
Después de varios juegos y cuentos para agotarlos, finalmente cayeron rendidos. Empecé a recoger los juguetes esparcidos por la alfombra cuando escuché unos pasos familiares. No necesité girarme para saber quién era. Friedrich se inclinó a mi lado y comenzó a recoger los bloques de madera para ponerlos en el cesto.
Me dedicó una sonrisa cansada y me dio un beso rápido en la mejilla antes de ordenar las mantas del suelo.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó en voz baja para no despertar a los pequeños.
—Bien, aunque cada vez están más activos —respondí, organizando la caja de juguetes—. Hoy se estuvieron peleando de nuevo.
Friedrich soltó una risita burlona.
—Déjame adivinar. ¿Alistair empezó? Ese niño tiene un carácter... Hoy me hizo una mueca y se puso a llorar dramáticamente solo porque le quité un adorno de mi escritorio que no debía tocar.
Me giré hacia él, frunciendo el ceño.
—No seas así con Alistair, Freed. ¿Por qué asumes que fue él? Solo es un poco travieso, como cualquier niño.
—¿Entonces quieres decir que fue Benedict? —preguntó, arqueando una ceja mientras acomodaba las almohadas de la cuna.
Asentí con convicción.
—Sí. Subestimas lo travieso que puede ser Ben. Mientras Alistair comía tranquilamente, Benedict le robó la comida. Alistair se quejó, gritándole "Ben no, Ben no", pero Benedict solo se reía y seguía provocándolo. Es un pequeño manipulador.
Friedrich soltó una carcajada más sonora, aunque contenida.
—No hables así de mi hijo. Mi buen Benedict jamás haría algo así sin una razón estratégica —bromeó, guiñándome un ojo.
Una vez que la habitación quedó impecable, salimos en silencio hacia nuestro dormitorio. Apenas cruzamos el umbral y la puerta se cerró, sentí los brazos de Friedrich rodeándome desde atrás. Su respiración se volvió pesada contra mi nuca y supe que la calma del día había terminado para dar paso a algo mucho más intenso.
—Lidi, por favor... —susurró, y su voz estaba cargada de un deseo contenido durante meses—. Dime que esta noche puedo. Me pondré de rodillas si es lo que quieres, pero no me hagas esperar más.
Me apretó contra su cuerpo, y pude sentir la evidencia de su necesidad a través de la tela de su ropa. Comenzó a dejar besos ardientes en mi cuello, subiendo hacia mi oreja.
—Te he extrañado mucho —respondí, girándome en sus brazos.
Sus ojos brillaron con una llama peligrosa. Me tomó en vilo, obligándome a rodear su cintura con mis piernas mientras nos fundíamos en un beso voraz, uno que sabía a desesperación y a posesión. Me llevó hasta la cama y me depositó en ella con una urgencia que me dejó sin aliento.
Friedrich comenzó a marcar mi cuello con sus labios y dientes, reclamando cada centímetro de mi piel.
—Espera, Freed... —Jadeé, tomando su rostro entre mis manos—. No puedes dejar marcas visibles como antes. Por favor, que estén ocultas. Si vas a hacerlo, déjalas donde nadie pueda verlas.
Él me miró con una mezcla de molestia y deseo, sus ojos azules oscurecidos por la pasión.
—¿Qué sentido tiene eso? —gruñó, aunque volvió a besar mis labios para distraerme—. Quiero que todos sepan a quién perteneces.
—Está bien, solo... no muerdas demasiado fuerte —supliqué, aunque mi cuerpo ya estaba respondiendo a sus caricias.
Friedrich sonrió de esa forma sádica y encantadora que solo él posee. Sus besos bajaron rápidamente hacia mi pecho, deteniéndose allí con una devoción casi religiosa.
—¿En serio todavía quieres probar el sabor? —pregunté, sintiendo cómo el calor aumentaba en mi vientre.
Él levantó la cabeza un segundo, mirándome de forma divertida.
—He estado en abstinencia casi un año, Lidi. ¿Tienes idea de lo que me ha costado contenerme? Ver cómo crecían durante el embarazo y ahora... están tan sensibles, tan perfectos.
Continuó con lo suyo, sus manos recorriendo mi cuerpo con una codicia que me hacía temblar. Friedrich siempre ha tenido una obsesión particular con mis pechos, y esta noche no era la excepción. Me hablaba en susurros provocadores, describiendo lo mucho que le gustaba verme perder el control bajo su tacto.
Cambiamos de posición varias veces. Él era implacable, dominante, moviéndose con un ritmo que buscaba saciarse de una vez por todas.
—Lo haces como si fueras un niño necesitado —logré decir entre gemidos, tratando de recuperar un poco de mi dignidad.
—Tienes razón, lo estoy —respondió él, sin detenerse—. He estado necesitado de ti, de tu calor, de tu afecto. No me pidas moderación esta noche.
Me dejé llevar por la intensidad del momento. Friedrich me miraba fijamente, disfrutando de cada expresión de placer en mi rostro. Su obsesión era palpable; parecía querer devorarme, fundirse conmigo para que nunca pudiera escapar de su lado.
Después de lo que parecieron horas, cuando mis fuerzas empezaban a flaquear, intenté razonar con él.
—Freed... para... tienes deberes mañana, y yo también.
Él ni siquiera se inmutó, continuando su ritmo constante mientras volvía a refugiarse en mi pecho.
—Yo no tengo que estar temprano en ningún lado, y tú tampoco —murmuró contra mi piel—. ¿No es el deber principal de los reyes producir descendencia? Solo estoy cumpliendo mi labor con diligencia.
—¡No bromees con eso! —exclamé en shock, aunque mi cuerpo lo incitaba a seguir.
Friedrich se separó lo suficiente para susurrarme al oído, con una voz cargada de una ternura posesiva.
—Estará bien, Lidi. Yo tampoco quiero compartirte con más niños de los que ya tenemos. Por ahora, solo quiero que seas mía.
A pesar de mi agotamiento, mis manos buscaron las zonas que lo hacían vulnerable: su cuello, su espalda, el arco de su abdomen. Friedrich soltó un gruñido y atrapó mis manos, aprisionándolas sobre mi cabeza mientras aumentaba el ritmo en la posición del misionero.
—Si sigues haciendo eso, no te dejaré salir de esta habitación en tres días —amenazó con una sonrisa oscura—. Y aunque a mí me encantaría, sé que no soportarías estar tres días sin ver a los niños.
—¡Eso no es justo! —protesté, aunque el sonido se perdió en un gemido.
—La próxima vez te dejaré mandar a ti —prometió entre besos—. En otra ocasión, dejaré que me toques hasta saciarte. Pero esta noche, tú eres mi banquete.
El acto continuó hasta que las primeras luces del alba empezaron a teñir el horizonte. Caí rendida por el agotamiento, sintiendo apenas cómo Friedrich limpiaba mi cuerpo con una delicadeza que contrastaba con su ferocidad anterior. Me dio un beso suave en la frente y me arropó con cuidado.
Antes de salir, lo escuché dar instrucciones a Carla en el pasillo.
—Cuida de ella. Que se lo tome con calma hoy. Y asegúrate de que los niños no la molesten si se despiertan tarde. Que nadie la despierte.
Luego, se dirigió a la habitación de los gemelos, observándolos dormir un momento antes de abandonar el área real. Friedrich caminaba con la frente en alto, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente renovado. Había desahogado su deseo, pero más allá de eso, había reafirmado su conexión con la única persona que realmente poseía su corazón negro y obsesivo.
Mientras tanto, yo dormía profundamente, soñando con estrellas mágicas y el calor de un hombre que, a pesar de su naturaleza dominante, siempre encontraba la forma de hacerme sentir que este mundo, con todas sus complicaciones políticas y mágicas, era exactamente donde pertenecía.
Sin embargo, como madre y como alguien que conoce lo frustrante que es no entender tu propia naturaleza, he decidido aprovechar sus momentos de lucidez mágica. En mis tiempos libres, con la ayuda de un libro de teoría básica y bajo la atenta mirada de Areus y Carla, les enseño pequeños trucos. Son niños asombrosamente inteligentes. Me llena de orgullo ver cómo logran cambiar el color de una pelota, hacer flotar sus juguetes por unos segundos o encender y apagar las luces de la habitación con una risita traviesa.
Me encontraba perdida en estos pensamientos, sentada frente al tocador de nuestra habitación, mientras pasaba el cepillo por mi cabello castaño. El suave deslizamiento de las cerdas contra mi cuero cabelludo solía ser relajante, pero mi mente seguía divagando entre los planos de la villa y el crecimiento de mis hijos.
—¿Lidi? ¿Te encuentras bien? —La voz profunda y aterciopelada de Friedrich me sacó de mi trance.
Me giré para verlo. Friedrich estaba de pie cerca de la cama, desvistiéndose con movimientos lentos y pesados. Su rostro, generalmente perfecto y sereno como una estatua de mármol, mostraba signos evidentes de agotamiento. Las ojeras marcaban sus ojos azul hipnótico y sus hombros caían con el peso de mil decisiones políticas.
—Eso debería preguntártelo a ti —respondí, dejando el cepillo a un lado—. Te ves bastante mal, Freed.
Él soltó un suspiro largo mientras se quitaba la camisa, revelando su torso bien definido.
—Las cosas con Mendel son... complicadas, por decir lo menos. —Se pasó una mano por el cabello rubio dorado, desordenándolo.
Me levanté y caminé hacia él. Sin decir una palabra, me situé detrás de su espalda y rodeé su cintura con mis brazos, apoyando mi mejilla contra su piel cálida. Sentí cómo sus músculos se tensaban por un segundo antes de relajarse bajo mi contacto.
—Cuéntame —le pedí en un susurro.
—La sentencia de Sanaja se llevará a cabo pronto —comenzó él, cubriendo mis manos con las suyas—. Será juzgado por todo lo que ha hecho. Va a morir, lo cual me complace, honestamente. Sin embargo... odio que parte de los aliados de esa basura hayan sido perdonados simplemente por ser parte de su harén. Me irrita que la justicia sea tan laxa con quienes lo apoyaron desde las sombras de su alcoba.
Apreté mi abrazo, intentando transmitirle mi apoyo.
—Ser parte de un harén ya suena como suficiente castigo, Freed —dije con calma—. Esa es su sentencia. Además, estar en un harén que Mendel ni siquiera va a usar, porque tiene a Alana como su reina absoluta, es un golpe devastador. Para mujeres cuyo valor les han enseñado que reside únicamente en el deseo que provocan, ser ignoradas es un daño suficiente a su ego. Es una muerte en vida.
Friedrich exhaló, dejando que la tensión abandonara su cuerpo. Acarició mis manos con ternura.
—Gracias por escucharme, Lidi. Tienes razón, como siempre. Necesito soltar este asunto de una vez.
Me alegré de verlo más tranquilo y lo abracé con más fuerza, hundiendo mi rostro en su espalda. De repente, sentí una vibración en su pecho: se estaba riendo.
—... ¿Sabes que puedo sentir tus pechos si me aprietas así? —preguntó en un tono bromista y provocador, girando un poco la cabeza para mirarme de reojo—. ¿O es esta tu manera particular de consolarme?
Sentí que el calor subía a mis mejillas. A pesar de llevar tiempo casados, sus comentarios directos siempre lograban descolocarme.
—Si lo pones de ese modo, ¿me estás diciendo que no te gusta? —respondí, adoptando su mismo tono juguetón—. Entiendo. Entonces me iré a dormir sola.
Hice el amago de separarme, pero Friedrich fue más rápido. Se giró con una agilidad felina y me rodeó la cintura, atrayéndome hacia él hasta que no quedó espacio entre nosotros.
—Para nada —murmuró, su voz descendiendo una octava—. Eres encantadora cuando te molestas, Lidi.
Comenzó a depositar besos suaves en mis mejillas, bajando lentamente hacia mi mandíbula.
—No creas que puedes salirse con la tuya tan fácilmente esta noche —protesté, aunque mis manos ya se habían enredado en su cuello.
—No seas mala conmigo, mi reina —respondió él con una sonrisa traviesa antes de sellar sus palabras con un beso dulce que prometía mucho más para después.
***
Los meses pasaron volando, y con ellos, los gemelos crecieron a pasos agigantados. Su comunicación era ahora mucho más clara, y con esa claridad vino también una demanda insaciable de atención... y las primeras peleas fraternales.
Recuerdo perfectamente una merienda hace unas semanas. Estábamos en la terraza cuando, de repente, Benedict, con una rapidez que no le conocía, le arrebató un trozo de fruta a Alistair. Alistair, que suele ser el más tranquilo y contemplativo, se quedó congelado un segundo antes de usar las palabras que tanto nos costó enseñarle.
—¡NO BEN! —gritó con todas sus fuerzas.
Benedict, lejos de asustarse, soltó una carcajada traviesa y continuó comiéndose el botín mientras miraba a su hermano con desafío. Tuve que intervenir de inmediato. Quién diría que Benedict resultaría ser el más travieso, mientras que Alistair, aunque ruidoso cuando se encapricha, no es dado a buscar pelea. Después de una pequeña reprimenda y de limpiarles las caras pegajosas, la paz volvió a reinar.
Hoy, el clima era perfecto. Me encontraba en el jardín del área real, vistiendo un vestido ligero de seda lavanda. Estábamos en la zona de las fiestas de té, protegidas por la sombra de los grandes robles. A mi lado, Marianne y Charlotte me ayudaban con un nuevo proyecto: maquetas de viviendas para el desarrollo rural.
—Lidi, estas casas son adorables —comentó Marianne, pintando con cuidado una pequeña ventana de madera—, pero siento que les falta algo de decoración. Un poco más de estilo aristocrático, quizás.
Charlotte, que estaba revisando los planos, negó con la cabeza.
—A mí me parecen tiernas, aunque yo les añadiría torres más dramáticas. Un poco de altura no le hace daño a nadie.
Yo seguía enfocada en el plano principal, trazando líneas con un carboncillo.
—Son casas diseñadas para los suelos de las afueras, para poblaciones con una vida rural y menos escandalosa —expliqué sin levantar la vista—. La arquitectura es conservadora por funcionalidad, no por falta de gusto.
Mientras hablaba, desvié la mirada hacia el césped. A lo lejos, los gemelos corrían persiguiendo a Areus, quien se dejaba alcanzar de vez en cuando para lamerles las manos. Verlos así, tan llenos de vida, me llenaba de un alivio indescriptible.
—¿Y por qué no hacemos maquetas de granjas? —sugirió Marianne con entusiasmo—. ¡Con animales en miniatura! Serían preciosas.
—Es una buena idea —respondí, sonriendo—. Veré cómo fabricar los animalitos. De donde yo venía, solía hacer maquetas para proyectos universitarios y escolares. Siempre me resultó desestresante ayudar a otros con sus trabajos manuales.
Marianne y Charlotte se detuvieron en seco y me miraron al unísono, con los ojos muy abiertos.
—¿Ibas a una universidad? —preguntaron a coro.
Maldición. Olvidé por un momento que en este mundo el concepto de universidad es relativamente nuevo y está reservado casi exclusivamente a los hombres de la alta nobleza.
—Sí... bueno, allá íbamos ambos a la universidad —respondí, tratando de sonar natural.
—¡Qué atrevido! —exclamó Charlotte, fingiendo un escándalo que terminó en risas compartidas—. Una mujer en las aulas... Friedrich debe haber tenido mucho trabajo intentando seguirte el ritmo.
—Hablando de ritmo —dijo Marianne—, no vendría mal algo de comida para acompañar esta tarde tan bonita.
Como si hubieran escuchado la palabra mágica, dos pequeñas ráfagas rubias aparecieron en el horizonte, corriendo a toda velocidad hacia nosotras.
—¡Comida! ¡Mami! —gritaban Alistair y Benedict, estirando sus bracitos con urgencia.
Me reí, rindiéndome ante la presión de las masas.
—Bueno, por mayoría de votos, tendré que pedir que traigan un banquete.
***
La noche cayó con un frío inesperado que se filtraba por las rendijas de los ventanales. Me encargué personalmente de arropar a los niños, aunque últimamente dormirlos era una tarea titánica. Alistair ha desarrollado un miedo irracional a la oscuridad, así que he tenido que instalar una luz mágica que proyecta estrellas en el techo.
Después de varios juegos y cuentos para agotarlos, finalmente cayeron rendidos. Empecé a recoger los juguetes esparcidos por la alfombra cuando escuché unos pasos familiares. No necesité girarme para saber quién era. Friedrich se inclinó a mi lado y comenzó a recoger los bloques de madera para ponerlos en el cesto.
Me dedicó una sonrisa cansada y me dio un beso rápido en la mejilla antes de ordenar las mantas del suelo.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó en voz baja para no despertar a los pequeños.
—Bien, aunque cada vez están más activos —respondí, organizando la caja de juguetes—. Hoy se estuvieron peleando de nuevo.
Friedrich soltó una risita burlona.
—Déjame adivinar. ¿Alistair empezó? Ese niño tiene un carácter... Hoy me hizo una mueca y se puso a llorar dramáticamente solo porque le quité un adorno de mi escritorio que no debía tocar.
Me giré hacia él, frunciendo el ceño.
—No seas así con Alistair, Freed. ¿Por qué asumes que fue él? Solo es un poco travieso, como cualquier niño.
—¿Entonces quieres decir que fue Benedict? —preguntó, arqueando una ceja mientras acomodaba las almohadas de la cuna.
Asentí con convicción.
—Sí. Subestimas lo travieso que puede ser Ben. Mientras Alistair comía tranquilamente, Benedict le robó la comida. Alistair se quejó, gritándole "Ben no, Ben no", pero Benedict solo se reía y seguía provocándolo. Es un pequeño manipulador.
Friedrich soltó una carcajada más sonora, aunque contenida.
—No hables así de mi hijo. Mi buen Benedict jamás haría algo así sin una razón estratégica —bromeó, guiñándome un ojo.
Una vez que la habitación quedó impecable, salimos en silencio hacia nuestro dormitorio. Apenas cruzamos el umbral y la puerta se cerró, sentí los brazos de Friedrich rodeándome desde atrás. Su respiración se volvió pesada contra mi nuca y supe que la calma del día había terminado para dar paso a algo mucho más intenso.
—Lidi, por favor... —susurró, y su voz estaba cargada de un deseo contenido durante meses—. Dime que esta noche puedo. Me pondré de rodillas si es lo que quieres, pero no me hagas esperar más.
Me apretó contra su cuerpo, y pude sentir la evidencia de su necesidad a través de la tela de su ropa. Comenzó a dejar besos ardientes en mi cuello, subiendo hacia mi oreja.
—Te he extrañado mucho —respondí, girándome en sus brazos.
Sus ojos brillaron con una llama peligrosa. Me tomó en vilo, obligándome a rodear su cintura con mis piernas mientras nos fundíamos en un beso voraz, uno que sabía a desesperación y a posesión. Me llevó hasta la cama y me depositó en ella con una urgencia que me dejó sin aliento.
Friedrich comenzó a marcar mi cuello con sus labios y dientes, reclamando cada centímetro de mi piel.
—Espera, Freed... —Jadeé, tomando su rostro entre mis manos—. No puedes dejar marcas visibles como antes. Por favor, que estén ocultas. Si vas a hacerlo, déjalas donde nadie pueda verlas.
Él me miró con una mezcla de molestia y deseo, sus ojos azules oscurecidos por la pasión.
—¿Qué sentido tiene eso? —gruñó, aunque volvió a besar mis labios para distraerme—. Quiero que todos sepan a quién perteneces.
—Está bien, solo... no muerdas demasiado fuerte —supliqué, aunque mi cuerpo ya estaba respondiendo a sus caricias.
Friedrich sonrió de esa forma sádica y encantadora que solo él posee. Sus besos bajaron rápidamente hacia mi pecho, deteniéndose allí con una devoción casi religiosa.
—¿En serio todavía quieres probar el sabor? —pregunté, sintiendo cómo el calor aumentaba en mi vientre.
Él levantó la cabeza un segundo, mirándome de forma divertida.
—He estado en abstinencia casi un año, Lidi. ¿Tienes idea de lo que me ha costado contenerme? Ver cómo crecían durante el embarazo y ahora... están tan sensibles, tan perfectos.
Continuó con lo suyo, sus manos recorriendo mi cuerpo con una codicia que me hacía temblar. Friedrich siempre ha tenido una obsesión particular con mis pechos, y esta noche no era la excepción. Me hablaba en susurros provocadores, describiendo lo mucho que le gustaba verme perder el control bajo su tacto.
Cambiamos de posición varias veces. Él era implacable, dominante, moviéndose con un ritmo que buscaba saciarse de una vez por todas.
—Lo haces como si fueras un niño necesitado —logré decir entre gemidos, tratando de recuperar un poco de mi dignidad.
—Tienes razón, lo estoy —respondió él, sin detenerse—. He estado necesitado de ti, de tu calor, de tu afecto. No me pidas moderación esta noche.
Me dejé llevar por la intensidad del momento. Friedrich me miraba fijamente, disfrutando de cada expresión de placer en mi rostro. Su obsesión era palpable; parecía querer devorarme, fundirse conmigo para que nunca pudiera escapar de su lado.
Después de lo que parecieron horas, cuando mis fuerzas empezaban a flaquear, intenté razonar con él.
—Freed... para... tienes deberes mañana, y yo también.
Él ni siquiera se inmutó, continuando su ritmo constante mientras volvía a refugiarse en mi pecho.
—Yo no tengo que estar temprano en ningún lado, y tú tampoco —murmuró contra mi piel—. ¿No es el deber principal de los reyes producir descendencia? Solo estoy cumpliendo mi labor con diligencia.
—¡No bromees con eso! —exclamé en shock, aunque mi cuerpo lo incitaba a seguir.
Friedrich se separó lo suficiente para susurrarme al oído, con una voz cargada de una ternura posesiva.
—Estará bien, Lidi. Yo tampoco quiero compartirte con más niños de los que ya tenemos. Por ahora, solo quiero que seas mía.
A pesar de mi agotamiento, mis manos buscaron las zonas que lo hacían vulnerable: su cuello, su espalda, el arco de su abdomen. Friedrich soltó un gruñido y atrapó mis manos, aprisionándolas sobre mi cabeza mientras aumentaba el ritmo en la posición del misionero.
—Si sigues haciendo eso, no te dejaré salir de esta habitación en tres días —amenazó con una sonrisa oscura—. Y aunque a mí me encantaría, sé que no soportarías estar tres días sin ver a los niños.
—¡Eso no es justo! —protesté, aunque el sonido se perdió en un gemido.
—La próxima vez te dejaré mandar a ti —prometió entre besos—. En otra ocasión, dejaré que me toques hasta saciarte. Pero esta noche, tú eres mi banquete.
El acto continuó hasta que las primeras luces del alba empezaron a teñir el horizonte. Caí rendida por el agotamiento, sintiendo apenas cómo Friedrich limpiaba mi cuerpo con una delicadeza que contrastaba con su ferocidad anterior. Me dio un beso suave en la frente y me arropó con cuidado.
Antes de salir, lo escuché dar instrucciones a Carla en el pasillo.
—Cuida de ella. Que se lo tome con calma hoy. Y asegúrate de que los niños no la molesten si se despiertan tarde. Que nadie la despierte.
Luego, se dirigió a la habitación de los gemelos, observándolos dormir un momento antes de abandonar el área real. Friedrich caminaba con la frente en alto, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente renovado. Había desahogado su deseo, pero más allá de eso, había reafirmado su conexión con la única persona que realmente poseía su corazón negro y obsesivo.
Mientras tanto, yo dormía profundamente, soñando con estrellas mágicas y el calor de un hombre que, a pesar de su naturaleza dominante, siempre encontraba la forma de hacerme sentir que este mundo, con todas sus complicaciones políticas y mágicas, era exactamente donde pertenecía.
