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Amor Ixtal
Fandom: OC
Creado: 6/7/2026
Etiquetas
FantasíaAcciónAventuraEstudio de PersonajeAmbientación CanonCrossoverStonepunkRomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloAutolesión
El eco de los pasos de seda
La selva de Ixtal no era un lugar para los débiles de espíritu, pero para Qiyana, era simplemente un tapiz que aún no había terminado de bordar a su imagen y semejanza. El aire en las afueras de Ixaocan era denso, cargado de una humedad que hacía que el cabello de cualquier otra mujer se encrespase, pero el de ella permanecía perfecto, coronado por el brillo de su Ohmlatl.
Qiyana observaba el horizonte desde un risco elevado. Sus hermanas eran necias, conformistas que se escondían tras los muros de la tradición mientras el mundo exterior cambiaba. Ella, en cambio, sentía la vibración de la tierra bajo sus pies como un latido hambriento. Sabía que algo se acercaba. No era el paso pesado de las bestias de la jungla, ni el susurro del viento entre las lianas. Era una perturbación en la roca, una voluntad extranjera que moldeaba la piedra de una forma que ella no había autorizado.
—¿Quién se atreve a profanar el suelo de los Yun Tal con una magia tan rústica? —murmuró para sí misma, ajustando el agarre en su arma circular.
A unos cientos de metros de distancia, Taliyah se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. El paisaje de Ixtal era abrumador; después de la aridez infinita de Shurima, tanta vida y tanto verde le resultaban asfixiantes. La piedra aquí era antigua, profunda y estaba entrelazada con raíces que gritaban de vida.
—Tranquila —susurró Taliyah, apoyando una mano sobre una roca cubierta de musgo—. Solo estoy de paso. No quiero haceros daño.
La piedra respondió con un murmullo vibrante, pero no fue un saludo amistoso. Fue una advertencia.
De repente, el suelo bajo Taliyah se transformó. Lo que antes era tierra firme se convirtió en una ráfaga de fragmentos de hielo que surgieron de la nada, congelando sus botas y amenazando con atrapar sus piernas. Taliyah reaccionó por instinto, dando un salto hacia atrás mientras una ola de roca se elevaba para protegerla, rompiendo el hielo con un estruendo seco.
—Una entrada ruidosa para alguien que intenta pasar desapercibida —dijo una voz cargada de una arrogancia tan afilada como el cristal.
Qiyana descendió del risco, no caminando, sino deslizándose sobre una plataforma de tierra que se movía a su voluntad. Se detuvo a pocos metros, sosteniendo su Ohmlatl con una elegancia letal. Sus ojos recorrieron la vestimenta de Taliyah: telas sencillas, colores del desierto, nada que indicara nobleza.
—Tú no eres de aquí —sentenció Qiyana, enarcando una ceja—. Y por lo que veo, tampoco tienes permiso para mover mis montañas.
Taliyah se puso en guardia, aunque su rostro no mostraba hostilidad, sino una cautela curiosa. Había sentido el poder de la mujer frente a ella; era una fuerza cruda, disciplinada y terriblemente precisa.
—No busco problemas —respondió Taliyah, manteniendo la voz firme—. Me llamo Taliyah. Vengo de las arenas del sur. Solo busco un camino seguro para volver con mi pueblo. La tierra me dijo que por aquí había un paso.
Qiyana soltó una carcajada seca, un sonido que carecía de cualquier rastro de calidez.
—¿La tierra "te dijo"? —Qiyana hizo girar su arma, y el elemento de la vegetación se imbuyó en el filo, rodeándolo de una luz verde esmeralda—. La tierra no habla con los mendigos, niña. La tierra obedece a sus dueños. Yo soy Qiyana, la legítima heredera de Ixaocan y la maestra suprema de los elementos. Si la tierra se movió para ti, fue solo para quejarse de tu peso.
Taliyah frunció el ceño. Había conocido a emperadores resucitados y a tejedores de espejismos, pero la soberbia de esta mujer era algo nuevo.
—La piedra no tiene dueños, solo amigos —replicó Taliyah, dejando que su propia magia fluyera por sus brazos. Los guijarros a su alrededor comenzaron a flotar, orbitando sus manos en un baile rítmico—. Y ahora mismo, me está diciendo que estás muy enfadada por algo que no tiene nada que ver conmigo.
La expresión de Qiyana se endureció. La insolencia de la extranjera era intolerable. ¿Cómo se atrevía a sugerir que ella, una Yun Tal, compartía alguna conexión emocional con el suelo que pisaba? Ella dominaba, ella no entablaba amistades con los elementos.
—Te demostraré lo que es el verdadero dominio —dijo Qiyana.
Con un movimiento fluido de su brazo, Qiyana lanzó su Ohmlatl. El arma no voló sola; arrastró consigo una ráfaga de viento que cortó las hojas de los árboles como si fueran papel. Taliyah reaccionó golpeando el suelo con el talón, levantando un muro de piedra sólida justo a tiempo. El impacto del arma contra el muro hizo que el bosque retumbara, pero Qiyana ya estaba moviéndose.
Saltó sobre el muro, atrapando su arma en el aire. Mientras descendía, cambió el elemento de su Ohmlatl al agua de un arroyo cercano. Una explosión de escarcha estalló al tocar el suelo, buscando congelar a Taliyah.
La joven shurimana se deslizó sobre una pieza de roca, surfeando por el terreno irregular con una agilidad que sorprendió a Qiyana. Taliyah no contraatacaba con la intención de matar; lanzaba andanadas de piedras para desviar los ataques, tratando de encontrar un espacio para hablar.
—¡Espera! —exclamó Taliyah mientras esquivaba una ráfaga de tierra—. No tenemos por qué hacer esto. ¡Podemos ayudarnos! He visto lo que ocurre cuando los elementos se desequilibran.
—¿Ayudarme? —Qiyana aterrizó con la gracia de una depredadora—. ¿Qué podría ofrecerme una nómada que viste con sacos de grano? Yo soy la perfección personificada. Tú eres un error geográfico.
Qiyana golpeó el suelo con el pie, y una onda de choque elemental derribó los árboles circundantes, creando una arena de combate despejada. El poder que emanaba de ella era sofocante. No era solo magia; era una voluntad de hierro que obligaba a la naturaleza a doblegarse.
Taliyah sintió la presión. La tierra bajo sus pies estaba asustada. Qiyana no le pedía permiso al mundo; le arrancaba lo que quería.
—Tu poder es increíble —admitió Taliyah, poniéndose en pie y dejando que su túnica ondeara con el viento que ella misma generaba—, pero es egoísta. Si sigues tirando de los hilos de la tierra con tanta fuerza, un día se romperán.
—Entonces los volveré a tejer —respondió Qiyana, lanzándose de nuevo al ataque.
Esta vez, el combate fue más intenso. Qiyana era un torbellino de cambios elementales. Pasaba del fuego de la tierra al frío del hielo en un parpadeo, obligando a Taliyah a usar toda su concentración para no ser aplastada. Sin embargo, Taliyah tenía algo que Qiyana no comprendía: una conexión empática con el material.
Taliyah cerró los ojos un instante, ignorando el brillo amenazador del arma de Qiyana. Sintió las vetas de mineral profundo bajo la selva. No eran las mismas que en Shurima, pero eran piedra al fin y al cabo.
—¡Basta! —gritó Taliyah.
En lugar de levantar un muro, Taliyah hizo que el suelo se ondulara como el mar. La onda expansiva desequilibró a Qiyana en el momento justo en que iba a lanzar un golpe definitivo. La princesa de Ixtal tropezó, una falta de elegancia que la enfureció más que cualquier herida física.
Antes de que Qiyana pudiera recuperarse, Taliyah no la atacó. En su lugar, utilizó su magia para elevar una estructura de roca tallada con una delicadeza asombrosa: una réplica exacta de la corona que Qiyana llevaba, pero hecha de piedra pura y brillante, suspendida en el aire entre ambas.
Qiyana se detuvo, con el Ohmlatl en alto, mirando la escultura. La precisión del detalle era absoluta. Incluso los grabados más pequeños de los Yun Tal estaban allí, replicados por alguien que solo los había visto durante unos minutos.
—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Qiyana, su voz bajando de tono, aunque seguía cargada de veneno—. Esos patrones son sagrados.
—No necesito libros para ver la forma de las cosas —dijo Taliyah, respirando con dificultad—. Solo necesito escuchar. Tienes un talento que hace que la tierra tiemble de miedo, Qiyana. Pero si escucharas un poco más, sabrías que no necesitas luchar contra todos para ser reina.
Qiyana bajó lentamente su arma. Sus ojos brillaron con una mezcla de envidia y reconocimiento. Nunca admitiría que la técnica de la extranjera era superior, pero la velocidad con la que había moldeado la piedra sin usar un catalizador como el Ohmlatl era... interesante.
—Eres menos patética de lo que pareces —dijo Qiyana, recuperando su postura erguida y guardando su arma en la espalda—. Pero no te equivoques. Que puedas esculpir una baratija no te hace mi igual.
Taliyah sonrió levemente, relajando los hombros.
—No busco ser tu igual. Solo busco cruzar la selva.
Qiyana caminó hacia la escultura de piedra y, con un gesto displicente de la mano, la hizo añicos. Los fragmentos cayeron al suelo como lluvia de grava.
—El camino hacia el este está bloqueado por los guardianes de mis hermanas —dijo Qiyana, dándose la vuelta para mirar hacia las torres de Ixaocan en la distancia—. Son lentas y predecibles. Si sigues el curso del río subterráneo, llegarás a la frontera sin que te detecten.
Taliyah parpadeó, sorprendida por el consejo.
—¿Me estás ayudando?
Qiyana se giró ligeramente, dedicándole una mirada de suficiencia.
—Te estoy alejando de mi vista. Además, si mis hermanas te atraparan, se llevarían el mérito de haber capturado a una intrusa. Y no pienso permitir que esas mediocres reciban ni un ápice de gloria que me pertenece a mí.
Taliyah asintió, comprendiendo que esa era la forma en que alguien como Qiyana mostraba respeto, o al menos, tolerancia.
—Gracias, Qiyana de Ixaocan. Espero que un día encuentres lo que buscas, y que cuando seas reina, la tierra todavía quiera cantar para ti.
Qiyana no respondió. Se elevó de nuevo en su plataforma de tierra y comenzó a alejarse hacia el corazón de la ciudad. Solo cuando estuvo lo suficientemente lejos para que la nómada no pudiera verla, se miró las manos. Un pequeño fragmento de la piedra que Taliyah había moldeado permanecía en su palma. Era suave, cálido, y vibraba con una armonía que ella nunca había logrado alcanzar.
—Cantar... —susurró Qiyana, cerrando el puño con fuerza hasta que la piedra se hizo polvo—. No necesito que cante. Necesito que grite mi nombre.
En el valle, Taliyah comenzó su camino hacia el río subterráneo. Ixtal era un lugar peligroso, lleno de gente que guardaba su poder como si fuera oro. Pero mientras caminaba, sentía el eco de los pasos de Qiyana en la distancia. Eran pasos pesados, cargados de ambición, pero también de una soledad que ni todo el imperio del mundo podría llenar.
Taliyah suspiró y siguió adelante. Su pueblo la esperaba, y las piedras de Shurima, aunque secas y viejas, tenían historias mucho más amables que contar que las de la selva. Sin embargo, sabía que nunca olvidaría a la mujer que creía que podía ser dueña del mundo simplemente porque sabía cómo ordenarle que se arrodillara.
La tierra bajo Taliyah se suavizó, abriendo un sendero entre las raíces. Qiyana le había dado una dirección, y por primera vez en mucho tiempo, la joven tejedora de rocas sintió que, a pesar de sus diferencias, ambas compartían una carga: el peso de un mundo que esperaba demasiado de ellas, y la voluntad inquebrantable de mover montañas para demostrar que estaban a la altura.
El sol comenzó a ponerse sobre el dosel de la selva, tiñendo el mundo de un naranja profundo. En Ixaocan, Qiyana ya estaba trazando su siguiente movimiento. En la selva, Taliyah ya estaba soñando con el regreso a casa. Dos fuerzas de la naturaleza, distintas en esencia pero unidas por el mismo suelo sagrado, dejando tras de sí un rastro de piedra y voluntad que ni el tiempo ni la selva podrían borrar.
Qiyana observaba el horizonte desde un risco elevado. Sus hermanas eran necias, conformistas que se escondían tras los muros de la tradición mientras el mundo exterior cambiaba. Ella, en cambio, sentía la vibración de la tierra bajo sus pies como un latido hambriento. Sabía que algo se acercaba. No era el paso pesado de las bestias de la jungla, ni el susurro del viento entre las lianas. Era una perturbación en la roca, una voluntad extranjera que moldeaba la piedra de una forma que ella no había autorizado.
—¿Quién se atreve a profanar el suelo de los Yun Tal con una magia tan rústica? —murmuró para sí misma, ajustando el agarre en su arma circular.
A unos cientos de metros de distancia, Taliyah se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. El paisaje de Ixtal era abrumador; después de la aridez infinita de Shurima, tanta vida y tanto verde le resultaban asfixiantes. La piedra aquí era antigua, profunda y estaba entrelazada con raíces que gritaban de vida.
—Tranquila —susurró Taliyah, apoyando una mano sobre una roca cubierta de musgo—. Solo estoy de paso. No quiero haceros daño.
La piedra respondió con un murmullo vibrante, pero no fue un saludo amistoso. Fue una advertencia.
De repente, el suelo bajo Taliyah se transformó. Lo que antes era tierra firme se convirtió en una ráfaga de fragmentos de hielo que surgieron de la nada, congelando sus botas y amenazando con atrapar sus piernas. Taliyah reaccionó por instinto, dando un salto hacia atrás mientras una ola de roca se elevaba para protegerla, rompiendo el hielo con un estruendo seco.
—Una entrada ruidosa para alguien que intenta pasar desapercibida —dijo una voz cargada de una arrogancia tan afilada como el cristal.
Qiyana descendió del risco, no caminando, sino deslizándose sobre una plataforma de tierra que se movía a su voluntad. Se detuvo a pocos metros, sosteniendo su Ohmlatl con una elegancia letal. Sus ojos recorrieron la vestimenta de Taliyah: telas sencillas, colores del desierto, nada que indicara nobleza.
—Tú no eres de aquí —sentenció Qiyana, enarcando una ceja—. Y por lo que veo, tampoco tienes permiso para mover mis montañas.
Taliyah se puso en guardia, aunque su rostro no mostraba hostilidad, sino una cautela curiosa. Había sentido el poder de la mujer frente a ella; era una fuerza cruda, disciplinada y terriblemente precisa.
—No busco problemas —respondió Taliyah, manteniendo la voz firme—. Me llamo Taliyah. Vengo de las arenas del sur. Solo busco un camino seguro para volver con mi pueblo. La tierra me dijo que por aquí había un paso.
Qiyana soltó una carcajada seca, un sonido que carecía de cualquier rastro de calidez.
—¿La tierra "te dijo"? —Qiyana hizo girar su arma, y el elemento de la vegetación se imbuyó en el filo, rodeándolo de una luz verde esmeralda—. La tierra no habla con los mendigos, niña. La tierra obedece a sus dueños. Yo soy Qiyana, la legítima heredera de Ixaocan y la maestra suprema de los elementos. Si la tierra se movió para ti, fue solo para quejarse de tu peso.
Taliyah frunció el ceño. Había conocido a emperadores resucitados y a tejedores de espejismos, pero la soberbia de esta mujer era algo nuevo.
—La piedra no tiene dueños, solo amigos —replicó Taliyah, dejando que su propia magia fluyera por sus brazos. Los guijarros a su alrededor comenzaron a flotar, orbitando sus manos en un baile rítmico—. Y ahora mismo, me está diciendo que estás muy enfadada por algo que no tiene nada que ver conmigo.
La expresión de Qiyana se endureció. La insolencia de la extranjera era intolerable. ¿Cómo se atrevía a sugerir que ella, una Yun Tal, compartía alguna conexión emocional con el suelo que pisaba? Ella dominaba, ella no entablaba amistades con los elementos.
—Te demostraré lo que es el verdadero dominio —dijo Qiyana.
Con un movimiento fluido de su brazo, Qiyana lanzó su Ohmlatl. El arma no voló sola; arrastró consigo una ráfaga de viento que cortó las hojas de los árboles como si fueran papel. Taliyah reaccionó golpeando el suelo con el talón, levantando un muro de piedra sólida justo a tiempo. El impacto del arma contra el muro hizo que el bosque retumbara, pero Qiyana ya estaba moviéndose.
Saltó sobre el muro, atrapando su arma en el aire. Mientras descendía, cambió el elemento de su Ohmlatl al agua de un arroyo cercano. Una explosión de escarcha estalló al tocar el suelo, buscando congelar a Taliyah.
La joven shurimana se deslizó sobre una pieza de roca, surfeando por el terreno irregular con una agilidad que sorprendió a Qiyana. Taliyah no contraatacaba con la intención de matar; lanzaba andanadas de piedras para desviar los ataques, tratando de encontrar un espacio para hablar.
—¡Espera! —exclamó Taliyah mientras esquivaba una ráfaga de tierra—. No tenemos por qué hacer esto. ¡Podemos ayudarnos! He visto lo que ocurre cuando los elementos se desequilibran.
—¿Ayudarme? —Qiyana aterrizó con la gracia de una depredadora—. ¿Qué podría ofrecerme una nómada que viste con sacos de grano? Yo soy la perfección personificada. Tú eres un error geográfico.
Qiyana golpeó el suelo con el pie, y una onda de choque elemental derribó los árboles circundantes, creando una arena de combate despejada. El poder que emanaba de ella era sofocante. No era solo magia; era una voluntad de hierro que obligaba a la naturaleza a doblegarse.
Taliyah sintió la presión. La tierra bajo sus pies estaba asustada. Qiyana no le pedía permiso al mundo; le arrancaba lo que quería.
—Tu poder es increíble —admitió Taliyah, poniéndose en pie y dejando que su túnica ondeara con el viento que ella misma generaba—, pero es egoísta. Si sigues tirando de los hilos de la tierra con tanta fuerza, un día se romperán.
—Entonces los volveré a tejer —respondió Qiyana, lanzándose de nuevo al ataque.
Esta vez, el combate fue más intenso. Qiyana era un torbellino de cambios elementales. Pasaba del fuego de la tierra al frío del hielo en un parpadeo, obligando a Taliyah a usar toda su concentración para no ser aplastada. Sin embargo, Taliyah tenía algo que Qiyana no comprendía: una conexión empática con el material.
Taliyah cerró los ojos un instante, ignorando el brillo amenazador del arma de Qiyana. Sintió las vetas de mineral profundo bajo la selva. No eran las mismas que en Shurima, pero eran piedra al fin y al cabo.
—¡Basta! —gritó Taliyah.
En lugar de levantar un muro, Taliyah hizo que el suelo se ondulara como el mar. La onda expansiva desequilibró a Qiyana en el momento justo en que iba a lanzar un golpe definitivo. La princesa de Ixtal tropezó, una falta de elegancia que la enfureció más que cualquier herida física.
Antes de que Qiyana pudiera recuperarse, Taliyah no la atacó. En su lugar, utilizó su magia para elevar una estructura de roca tallada con una delicadeza asombrosa: una réplica exacta de la corona que Qiyana llevaba, pero hecha de piedra pura y brillante, suspendida en el aire entre ambas.
Qiyana se detuvo, con el Ohmlatl en alto, mirando la escultura. La precisión del detalle era absoluta. Incluso los grabados más pequeños de los Yun Tal estaban allí, replicados por alguien que solo los había visto durante unos minutos.
—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Qiyana, su voz bajando de tono, aunque seguía cargada de veneno—. Esos patrones son sagrados.
—No necesito libros para ver la forma de las cosas —dijo Taliyah, respirando con dificultad—. Solo necesito escuchar. Tienes un talento que hace que la tierra tiemble de miedo, Qiyana. Pero si escucharas un poco más, sabrías que no necesitas luchar contra todos para ser reina.
Qiyana bajó lentamente su arma. Sus ojos brillaron con una mezcla de envidia y reconocimiento. Nunca admitiría que la técnica de la extranjera era superior, pero la velocidad con la que había moldeado la piedra sin usar un catalizador como el Ohmlatl era... interesante.
—Eres menos patética de lo que pareces —dijo Qiyana, recuperando su postura erguida y guardando su arma en la espalda—. Pero no te equivoques. Que puedas esculpir una baratija no te hace mi igual.
Taliyah sonrió levemente, relajando los hombros.
—No busco ser tu igual. Solo busco cruzar la selva.
Qiyana caminó hacia la escultura de piedra y, con un gesto displicente de la mano, la hizo añicos. Los fragmentos cayeron al suelo como lluvia de grava.
—El camino hacia el este está bloqueado por los guardianes de mis hermanas —dijo Qiyana, dándose la vuelta para mirar hacia las torres de Ixaocan en la distancia—. Son lentas y predecibles. Si sigues el curso del río subterráneo, llegarás a la frontera sin que te detecten.
Taliyah parpadeó, sorprendida por el consejo.
—¿Me estás ayudando?
Qiyana se giró ligeramente, dedicándole una mirada de suficiencia.
—Te estoy alejando de mi vista. Además, si mis hermanas te atraparan, se llevarían el mérito de haber capturado a una intrusa. Y no pienso permitir que esas mediocres reciban ni un ápice de gloria que me pertenece a mí.
Taliyah asintió, comprendiendo que esa era la forma en que alguien como Qiyana mostraba respeto, o al menos, tolerancia.
—Gracias, Qiyana de Ixaocan. Espero que un día encuentres lo que buscas, y que cuando seas reina, la tierra todavía quiera cantar para ti.
Qiyana no respondió. Se elevó de nuevo en su plataforma de tierra y comenzó a alejarse hacia el corazón de la ciudad. Solo cuando estuvo lo suficientemente lejos para que la nómada no pudiera verla, se miró las manos. Un pequeño fragmento de la piedra que Taliyah había moldeado permanecía en su palma. Era suave, cálido, y vibraba con una armonía que ella nunca había logrado alcanzar.
—Cantar... —susurró Qiyana, cerrando el puño con fuerza hasta que la piedra se hizo polvo—. No necesito que cante. Necesito que grite mi nombre.
En el valle, Taliyah comenzó su camino hacia el río subterráneo. Ixtal era un lugar peligroso, lleno de gente que guardaba su poder como si fuera oro. Pero mientras caminaba, sentía el eco de los pasos de Qiyana en la distancia. Eran pasos pesados, cargados de ambición, pero también de una soledad que ni todo el imperio del mundo podría llenar.
Taliyah suspiró y siguió adelante. Su pueblo la esperaba, y las piedras de Shurima, aunque secas y viejas, tenían historias mucho más amables que contar que las de la selva. Sin embargo, sabía que nunca olvidaría a la mujer que creía que podía ser dueña del mundo simplemente porque sabía cómo ordenarle que se arrodillara.
La tierra bajo Taliyah se suavizó, abriendo un sendero entre las raíces. Qiyana le había dado una dirección, y por primera vez en mucho tiempo, la joven tejedora de rocas sintió que, a pesar de sus diferencias, ambas compartían una carga: el peso de un mundo que esperaba demasiado de ellas, y la voluntad inquebrantable de mover montañas para demostrar que estaban a la altura.
El sol comenzó a ponerse sobre el dosel de la selva, tiñendo el mundo de un naranja profundo. En Ixaocan, Qiyana ya estaba trazando su siguiente movimiento. En la selva, Taliyah ya estaba soñando con el regreso a casa. Dos fuerzas de la naturaleza, distintas en esencia pero unidas por el mismo suelo sagrado, dejando tras de sí un rastro de piedra y voluntad que ni el tiempo ni la selva podrían borrar.
