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Reflejos de Demonio
Fandom: Chainsaw Man
Creado: 6/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffHistoria DomésticaEstudio de PersonajeAmbientación CanonDrama
El protocolo de seguridad del corazón
La luz del atardecer se filtraba por las ventanas del pequeño apartamento, tiñendo de un naranja vibrante el desorden habitual de Denji. El aroma a café barato y pan tostado flotaba en el aire, mezclándose con el olor a pólvora y jabón que siempre parecía emanar de Reze. Ella estaba de espaldas, tarareando una melodía rusa que Denji no lograba identificar, mientras cortaba verduras para la cena con una precisión quirúrgica que a veces resultaba inquietante.
Denji la observaba desde el sofá, rascándose la nuca con una expresión de cansancio y adoración. Sus ojos pardos, enmarcados por las ojeras de siempre, seguían cada movimiento de la joven. Reze lucía su atuendo habitual: la camisa blanca sin mangas, la falda oscura y ese delantal largo con textura de munición que ella juraba que era "solo moda", aunque Denji sabía mejor.
En su mente, Denji todavía sentía el eco del dolor en su mandíbula. Hacía apenas tres días, había intentado ser el "novio juguetón" que veía en las películas. Se había acercado sigilosamente mientras ella leía, con la intención de hacerle cosquillas bajo los brazos. No llegó a tocarla. En un parpadeo, su visión se volvió borrosa y terminó en el suelo, viendo estrellas, después de que el codo de Reze conectara con su barbilla con la fuerza de un pistón hidráulico.
—¡Denji! ¡Lo siento tanto! ¡Fue el instinto! —había gritado ella, arrodillándose a su lado con el rostro encendido de vergüenza, casi al borde de las lágrimas.
Recordando eso, Denji suspiró y se puso de pie. Había aprendido la lección por las malas. No importaba cuánto amor hubiera entre ellos, Reze no era una chica normal; era una bomba, una creación de la Unión Soviética diseñada para la infiltración y la aniquilación. Sus reflejos estaban grabados en sus nervios y músculos mucho antes de que supiera lo que era una cita romántica.
Se acercó a la cocina, pero se detuvo a un metro de distancia. No quería terminar con una llave de lucha contra el suelo de linóleo otra vez.
—Reze —llamó en voz baja, aclarándose la garganta.
Ella se tensó un milisegundo, sus hombros bajaron y se giró con una sonrisa dulce, aunque sus ojos todavía guardaban esa chispa de alerta constante.
—¿Sí, Denji? —preguntó ella, dejando el cuchillo sobre la tabla de picar.
—¿Puedo... puedo abrazarte por la espalda mientras terminas eso? —preguntó Denji, rascándose la mejilla con un dedo, sintiéndose un poco tonto por tener que pedir permiso para algo tan básico.
El rostro de Reze se iluminó instantáneamente. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave y asintió con entusiasmo, dejando los brazos muertos a los lados para indicar que sus "sistemas" estaban en modo pasivo.
—Sí, por favor —respondió ella con voz suave.
Denji se acercó con cuidado y rodeó su cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Sintió el frío metal del alfiler de granada en su garganta rozar su mejilla, un recordatorio constante de quién era ella. Reze soltó un suspiro de alivio y se relajó contra su pecho, dejando que su cabeza se inclinara hacia atrás.
—Esto es mucho mejor que terminar en el suelo, ¿verdad? —bromeó Denji, apretándola un poco más.
—Lo siento tanto por lo de las otras veces —murmuró Reze, cerrando los ojos—. Es solo que... a veces mi cuerpo se mueve antes de que mi cabeza sepa que eres tú. En el cuarto de entrenamiento, cualquier contacto inesperado significaba que alguien intentaba matarme.
—Lo entiendo —dijo Denji, aunque en realidad no podía imaginar lo que era ser criado como un arma—. Pero ahora no estás en un cuarto de entrenamiento. Estás conmigo. Y yo no quiero matarte, solo quiero... no sé, estar cerca.
Reze se giró entre sus brazos, quedando frente a él. Sus ojos verdes (o morados, dependiendo de cómo le diera la luz) brillaban con una mezcla de tristeza y gratitud.
—Eres muy paciente conmigo, Denji. Otros se habrían asustado o se habrían cansado de que su novia les diera una paliza cada vez que intentan ser cariñosos.
—Bueno —Denji mostró sus dientes afilados en una sonrisa traviesa—, soy un hombre motosierra. He sobrevivido a cosas peores que un puñetazo tuyo. Aunque admito que pegas fuerte, Reze. Casi me sacas un diente el otro día.
—¡No digas eso! —chilló ella, ocultando el rostro en el pecho de Denji—. Me haces sentir como un monstruo.
—No eres un monstruo —dijo él, bajando el tono y poniéndose serio por un momento—. Eres Reze. Y si tengo que pedir permiso para cada beso o cada abrazo para que no me explotes la cara, pues lo haré. No es tan malo. Es como un código secreto entre nosotros.
Reze levantó la mirada, conmovida. Se puso de puntillas y rozó su nariz con la de él.
—¿Puedo besarte ahora? —preguntó ella, imitando su nuevo protocolo.
Denji soltó una carcajada corta.
—No tienes que pedir permiso para eso, tonta. Yo siempre quiero.
—Reglas son reglas —insistió ella, sonriendo.
—Está bien, permiso concedido.
El beso fue suave, lento, muy alejado del caos que solía rodear sus vidas como híbridos de demonio. Por un momento, no eran herramientas de guerra ni peones de Seguridad Pública o de la Unión Soviética. Eran solo dos adolescentes tratando de entender cómo funcionaba el amor cuando el mundo te había enseñado solo a destruir.
Después de un rato, se separaron, aunque permanecieron abrazados. Reze parecía más tranquila, su postura menos rígida.
—Oye, Reze —dijo Denji, con una chispa de malicia en los ojos.
—¿Qué pasa?
—¿Puedo... puedo hacerte cosquillas? Solo un poco.
Reze hizo una mueca, encogiéndose de hombros. No le gustaban las cosquillas, la hacían sentir vulnerable y fuera de control, pero ver a Denji tan emocionado siempre la ablandaba. Suspiró de forma dramática y llevó sus manos detrás de su cabeza, entrelazando los dedos para asegurarse de que sus manos no salieran disparadas hacia la cara de su novio por instinto.
—Está bien —cedió ella, cerrando los ojos como si estuviera esperando una ejecución—. Tienes permiso. Pero si te pateo por accidente, no te quejes.
Denji no perdió el tiempo. Sus dedos empezaron a juguetear en los costados de Reze, buscando los puntos débiles. Ella aguantó la respiración, tensando los músculos, pero pronto soltó una risita nerviosa que se convirtió en una carcajada genuina. Se retorcía en sus brazos, intentando escapar sin bajar las manos de su nuca.
—¡Para! ¡Denji, basta! —reía ella, con el rostro completamente rojo—. ¡Es trampa!
—¡Dijiste que podía! —exclamó él, disfrutando del sonido de su risa, un sonido que era mucho más agradable que las explosiones.
Finalmente, Denji se detuvo, dejando a una Reze sin aliento y despeinada apoyada contra la encimera de la cocina. Ella jadeaba, tratando de recuperar la compostura, mientras se arreglaba el cabello corto.
—Eres terrible —dijo ella, aunque no había rastro de enojo en su voz.
—Soy el mejor novio del mundo —corrigió Denji con orgullo—. He descubierto cómo domar a la bomba humana con el poder de la educación y los buenos modales.
Reze soltó una risita y le dio un suave empujón.
—No me has domado. Solo... me has dado un lugar donde no tengo que estar lista para pelear todo el tiempo. Aunque a veces se me olvide.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la compañía del otro. El sol ya se había ocultado casi por completo, dejando el apartamento en penumbras. Denji se dio cuenta de que, aunque su relación era extraña y a veces dolorosa físicamente, no la cambiaría por nada. Había algo especial en ese respeto mutuo, en esa necesidad de pedir permiso para entrar en el espacio personal de alguien que había pasado toda su vida siendo invadida y utilizada.
—¿Denji? —preguntó Reze, rompiendo el silencio.
—¿Dime?
—¿Puedo... puedo quedarme a dormir hoy? ¿Abrazados? Prometo no lanzarte de la cama si te mueves mucho.
Denji sonrió, sintiendo un calorcito en el pecho que no tenía nada que ver con sus poderes de motosierra.
—Permiso concedido, Reze. Siempre tienes permiso para eso.
Ella lo tomó de la mano, entrelazando sus dedos. Sus manos eran diferentes; las de él estaban llenas de cicatrices de batalla y trabajo duro, las de ella eran pequeñas y aparentemente delicadas, pero cargadas de un poder devastador. Sin embargo, en ese momento, solo eran dos manos sosteniéndose con fuerza, encontrando paz en medio de la tormenta que era su existencia.
Caminaron juntos hacia la habitación, dejando atrás la cocina y las preocupaciones del mundo exterior. En ese pequeño refugio, ser un arma no importaba. Lo único que importaba era que, paso a paso, estaban aprendiendo a ser humanos de nuevo, un "por favor" y un "gracias" a la vez.
Denji la observaba desde el sofá, rascándose la nuca con una expresión de cansancio y adoración. Sus ojos pardos, enmarcados por las ojeras de siempre, seguían cada movimiento de la joven. Reze lucía su atuendo habitual: la camisa blanca sin mangas, la falda oscura y ese delantal largo con textura de munición que ella juraba que era "solo moda", aunque Denji sabía mejor.
En su mente, Denji todavía sentía el eco del dolor en su mandíbula. Hacía apenas tres días, había intentado ser el "novio juguetón" que veía en las películas. Se había acercado sigilosamente mientras ella leía, con la intención de hacerle cosquillas bajo los brazos. No llegó a tocarla. En un parpadeo, su visión se volvió borrosa y terminó en el suelo, viendo estrellas, después de que el codo de Reze conectara con su barbilla con la fuerza de un pistón hidráulico.
—¡Denji! ¡Lo siento tanto! ¡Fue el instinto! —había gritado ella, arrodillándose a su lado con el rostro encendido de vergüenza, casi al borde de las lágrimas.
Recordando eso, Denji suspiró y se puso de pie. Había aprendido la lección por las malas. No importaba cuánto amor hubiera entre ellos, Reze no era una chica normal; era una bomba, una creación de la Unión Soviética diseñada para la infiltración y la aniquilación. Sus reflejos estaban grabados en sus nervios y músculos mucho antes de que supiera lo que era una cita romántica.
Se acercó a la cocina, pero se detuvo a un metro de distancia. No quería terminar con una llave de lucha contra el suelo de linóleo otra vez.
—Reze —llamó en voz baja, aclarándose la garganta.
Ella se tensó un milisegundo, sus hombros bajaron y se giró con una sonrisa dulce, aunque sus ojos todavía guardaban esa chispa de alerta constante.
—¿Sí, Denji? —preguntó ella, dejando el cuchillo sobre la tabla de picar.
—¿Puedo... puedo abrazarte por la espalda mientras terminas eso? —preguntó Denji, rascándose la mejilla con un dedo, sintiéndose un poco tonto por tener que pedir permiso para algo tan básico.
El rostro de Reze se iluminó instantáneamente. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave y asintió con entusiasmo, dejando los brazos muertos a los lados para indicar que sus "sistemas" estaban en modo pasivo.
—Sí, por favor —respondió ella con voz suave.
Denji se acercó con cuidado y rodeó su cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Sintió el frío metal del alfiler de granada en su garganta rozar su mejilla, un recordatorio constante de quién era ella. Reze soltó un suspiro de alivio y se relajó contra su pecho, dejando que su cabeza se inclinara hacia atrás.
—Esto es mucho mejor que terminar en el suelo, ¿verdad? —bromeó Denji, apretándola un poco más.
—Lo siento tanto por lo de las otras veces —murmuró Reze, cerrando los ojos—. Es solo que... a veces mi cuerpo se mueve antes de que mi cabeza sepa que eres tú. En el cuarto de entrenamiento, cualquier contacto inesperado significaba que alguien intentaba matarme.
—Lo entiendo —dijo Denji, aunque en realidad no podía imaginar lo que era ser criado como un arma—. Pero ahora no estás en un cuarto de entrenamiento. Estás conmigo. Y yo no quiero matarte, solo quiero... no sé, estar cerca.
Reze se giró entre sus brazos, quedando frente a él. Sus ojos verdes (o morados, dependiendo de cómo le diera la luz) brillaban con una mezcla de tristeza y gratitud.
—Eres muy paciente conmigo, Denji. Otros se habrían asustado o se habrían cansado de que su novia les diera una paliza cada vez que intentan ser cariñosos.
—Bueno —Denji mostró sus dientes afilados en una sonrisa traviesa—, soy un hombre motosierra. He sobrevivido a cosas peores que un puñetazo tuyo. Aunque admito que pegas fuerte, Reze. Casi me sacas un diente el otro día.
—¡No digas eso! —chilló ella, ocultando el rostro en el pecho de Denji—. Me haces sentir como un monstruo.
—No eres un monstruo —dijo él, bajando el tono y poniéndose serio por un momento—. Eres Reze. Y si tengo que pedir permiso para cada beso o cada abrazo para que no me explotes la cara, pues lo haré. No es tan malo. Es como un código secreto entre nosotros.
Reze levantó la mirada, conmovida. Se puso de puntillas y rozó su nariz con la de él.
—¿Puedo besarte ahora? —preguntó ella, imitando su nuevo protocolo.
Denji soltó una carcajada corta.
—No tienes que pedir permiso para eso, tonta. Yo siempre quiero.
—Reglas son reglas —insistió ella, sonriendo.
—Está bien, permiso concedido.
El beso fue suave, lento, muy alejado del caos que solía rodear sus vidas como híbridos de demonio. Por un momento, no eran herramientas de guerra ni peones de Seguridad Pública o de la Unión Soviética. Eran solo dos adolescentes tratando de entender cómo funcionaba el amor cuando el mundo te había enseñado solo a destruir.
Después de un rato, se separaron, aunque permanecieron abrazados. Reze parecía más tranquila, su postura menos rígida.
—Oye, Reze —dijo Denji, con una chispa de malicia en los ojos.
—¿Qué pasa?
—¿Puedo... puedo hacerte cosquillas? Solo un poco.
Reze hizo una mueca, encogiéndose de hombros. No le gustaban las cosquillas, la hacían sentir vulnerable y fuera de control, pero ver a Denji tan emocionado siempre la ablandaba. Suspiró de forma dramática y llevó sus manos detrás de su cabeza, entrelazando los dedos para asegurarse de que sus manos no salieran disparadas hacia la cara de su novio por instinto.
—Está bien —cedió ella, cerrando los ojos como si estuviera esperando una ejecución—. Tienes permiso. Pero si te pateo por accidente, no te quejes.
Denji no perdió el tiempo. Sus dedos empezaron a juguetear en los costados de Reze, buscando los puntos débiles. Ella aguantó la respiración, tensando los músculos, pero pronto soltó una risita nerviosa que se convirtió en una carcajada genuina. Se retorcía en sus brazos, intentando escapar sin bajar las manos de su nuca.
—¡Para! ¡Denji, basta! —reía ella, con el rostro completamente rojo—. ¡Es trampa!
—¡Dijiste que podía! —exclamó él, disfrutando del sonido de su risa, un sonido que era mucho más agradable que las explosiones.
Finalmente, Denji se detuvo, dejando a una Reze sin aliento y despeinada apoyada contra la encimera de la cocina. Ella jadeaba, tratando de recuperar la compostura, mientras se arreglaba el cabello corto.
—Eres terrible —dijo ella, aunque no había rastro de enojo en su voz.
—Soy el mejor novio del mundo —corrigió Denji con orgullo—. He descubierto cómo domar a la bomba humana con el poder de la educación y los buenos modales.
Reze soltó una risita y le dio un suave empujón.
—No me has domado. Solo... me has dado un lugar donde no tengo que estar lista para pelear todo el tiempo. Aunque a veces se me olvide.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la compañía del otro. El sol ya se había ocultado casi por completo, dejando el apartamento en penumbras. Denji se dio cuenta de que, aunque su relación era extraña y a veces dolorosa físicamente, no la cambiaría por nada. Había algo especial en ese respeto mutuo, en esa necesidad de pedir permiso para entrar en el espacio personal de alguien que había pasado toda su vida siendo invadida y utilizada.
—¿Denji? —preguntó Reze, rompiendo el silencio.
—¿Dime?
—¿Puedo... puedo quedarme a dormir hoy? ¿Abrazados? Prometo no lanzarte de la cama si te mueves mucho.
Denji sonrió, sintiendo un calorcito en el pecho que no tenía nada que ver con sus poderes de motosierra.
—Permiso concedido, Reze. Siempre tienes permiso para eso.
Ella lo tomó de la mano, entrelazando sus dedos. Sus manos eran diferentes; las de él estaban llenas de cicatrices de batalla y trabajo duro, las de ella eran pequeñas y aparentemente delicadas, pero cargadas de un poder devastador. Sin embargo, en ese momento, solo eran dos manos sosteniéndose con fuerza, encontrando paz en medio de la tormenta que era su existencia.
Caminaron juntos hacia la habitación, dejando atrás la cocina y las preocupaciones del mundo exterior. En ese pequeño refugio, ser un arma no importaba. Lo único que importaba era que, paso a paso, estaban aprendiendo a ser humanos de nuevo, un "por favor" y un "gracias" a la vez.
