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Fandom: mary joey

Creado: 6/7/2026

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Bajo el Brillo de los Cristales y el Aroma a Vainilla

El salón de gala del Hotel Imperial resplandecía bajo la luz de inmensas arañas de cristal que hacían que cada copa de champán pareciera contener estrellas líquidas. Era la noche más importante para el gremio repostero de la ciudad, y la "Pastelería Bud & Co." no solo estaba invitada, sino que ocupaba una de las mesas principales cerca de la pista de baile.

Bud, luciendo un esmoquin que le quedaba un poco ajustado en la cintura pero que portaba con el orgullo de un dueño de negocio exitoso, ajustaba su pajarita por décima vez. A su lado, Grace, con un vestido azul cielo que reflejaba su naturaleza serena, le puso una mano en el hombro para calmarlo.

—Todo está perfecto, Bud. Deja de tocarte el cuello o vas a terminar deshaciendo el nudo —dijo Grace con una sonrisa dulce.

—Es que no todos los días nos premian por el mejor croissant de la región —respondió Bud, mirando hacia la entrada—. ¿Dónde están Mary y Joe? Les dije que llegaran temprano.

En ese preciso momento, las puertas dobles se abrieron y Mary entró barriendo la estancia con su sola presencia. A sus cuarenta años, Mary sabía exactamente cómo usar su atractivo. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que resaltaba su cabello rubio, peinado en ondas glamurosas, y sus ojos verdes brillaban con esa chispa de picardía que la caracterizaba.

Caminaba con una confianza que rozaba la insolencia, y medio paso detrás de ella, como una sombra alta y protectora, venía Joe.

Joe, a sus cuarenta y tres años, se veía imponente en un traje oscuro. Tenía esa elegancia natural de los hombres que no necesitan esforzarse. Sus ojos marrones recorrieron el salón con su habitual reserva, pero se detuvieron un segundo más de lo necesario en la nuca de Mary.

—¡Ya llegó la alegría de esta fiesta! —exclamó Mary al llegar a la mesa, dándole un beso sonoro en la mejilla a Bud—. No me miren así, la culpa es de Joe. Se tardó una eternidad en decidir si quería usar gomina o no.

Joe rodó los ojos, aunque una pequeña sonrisa asomó en la comisura de sus labios.

—Yo estaba listo hace una hora —replicó Joe con voz profunda—. Fuiste tú la que tuvo una crisis existencial porque no encontrabas el pendiente izquierdo.

—Detalles, querido, detalles —Mary le guiñó un ojo y le dio un toquecito juguetón en el brazo—. Además, admítelo, me veo espectacular. ¿A que sí, Bud?

—Estás muy guapa, Mary —asintió Bud, acostumbrado al eterno estira y afloja entre su hermana y su mejor empleado—. Ahora, por favor, compórtense. Hay críticos culinarios en todas las mesas.

—Yo siempre me porto bien —dijo Mary, robando una fresa de la bandeja de plata que pasaba un camarero—. Es Joe el que siempre tiene esa cara de que le deben dinero. ¡Anímate, gruñón!

Mary se acercó a él, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad que siempre ponía a Joe en un aprieto. Le arregló la solapa de la chaqueta con dedos ágiles, rozando intencionadamente su pecho. Joe se tensó, pero no se apartó.

—No tengo cara de gruñón —murmuró él, bajando la mirada hacia ella—. Solo estoy observando el perímetro.

—Ay, por favor —Mary se rió, un sonido cristalino que llamó la atención de varios hombres cercanos—. Ni que fueras mi guardaespaldas. Aunque... te queda bien el papel. Me hace sentir como una princesa de la repostería.

—Eres más bien el dolor de cabeza de la repostería —contestó Joe, pero sus ojos marrones se suavizaron al verla reír.

La cena transcurrió entre risas y anécdotas de la pastelería. Mary no perdió oportunidad de molestar a Joe, recordándole la vez que confundió la sal con el azúcar en una tanda de galletas cuando recién empezaba, o burlándose de cómo se pone serio cuando tiene que decorar pasteles de boda. Joe, por su parte, aceptaba las bromas con una paciencia infinita, devolviendo algún comentario mordaz de vez en cuando que hacía que Mary soltara una carcajada.

Había una tensión eléctrica entre ellos, algo que Grace y Bud observaban de reojo. Era un secreto a voces que Joe haría cualquier cosa que Mary le pidiera, y que Mary, a pesar de sus flirteos constantes con el mundo, siempre terminaba buscando la aprobación de Joe en silencio.

Cuando la orquesta comenzó a tocar una pieza de jazz suave y rítmica, el ambiente cambió.

—Es una música encantadora —comentó Grace, mirando la pista.

—Deberías ir a bailar con Grace, Bud —sugirió Mary—. Joe está demasiado ocupado analizando la estructura molecular del postre como para sacarme a mí.

Joe dejó el tenedor y miró a Mary con intensidad. Estaba a punto de decir algo, de levantarse y ofrecerle la mano, pero se le adelantaron.

—Disculpen la interrupción —dijo una voz masculina, cargada de una confianza melosa.

Un hombre de unos cuarenta años, con el cabello castaño perfectamente peinado y un traje que gritaba "caro", se paró frente a la mesa. Era Julián, el dueño de una de las cadenas de pastelerías más grandes de la capital.

—Mary, estás radiante esta noche —dijo Julián, ignorando por completo al resto de los presentes—. No he podido quitarte los ojos de encima desde que entraste. ¿Me concederías este baile?

Mary, que nunca desperdiciaba una oportunidad para divertirse y, sobre todo, para ver la reacción de Joe, puso su mejor sonrisa de coqueta.

—Vaya, Julián. Qué caballero —dijo ella, lanzándole una mirada rápida a Joe, quien de repente parecía haber endurecido la mandíbula—. Me encantaría.

Joe apretó los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Observó cómo Mary ponía su mano pequeña en la de Julián y se dejaba guiar hacia el centro de la pista.

—Ese tipo es un idiota —masculló Joe, sin apartar la vista de la pareja.

—Es un competidor —corrigió Bud, bebiendo un sorbo de vino—. Y parece que le gusta mucho Mary.

—Le gusta cualquier cosa que brille —gruñó Joe—. Mira cómo la agarra. Está demasiado cerca.

En la pista, Julián no perdía el tiempo. Sus manos estaban apoyadas en la cintura de Mary con una familiaridad que a Joe le revolvía el estómago. Mary reía, echando la cabeza hacia atrás, y Julián le susurraba cosas al oído que la hacían sonreír de esa manera que Joe pensaba que solo le pertenecía a él.

—¿Estás celoso, Joe? —preguntó Grace con una vocecita inocente, aunque sus ojos brillaban con malicia.

—No estoy celoso —respondió él tajante, aunque sus ojos marrones estaban fijos en la mano de Julián, que bajaba peligrosamente por la espalda de Mary—. Solo digo que es inapropiado. Estamos en un evento profesional.

—Pues Mary parece estar disfrutando mucho del "evento profesional" —comentó Bud, divertido por la situación.

De repente, Joe vio cómo Julián se inclinaba más de la cuenta, su rostro a escasos centímetros del de Mary, y cómo ella, aunque seguía sonriendo, ponía una mano en el pecho del hombre para mantener cierta distancia. Fue suficiente para Joe.

Se levantó de la silla con la brusquedad de un resorte.

—¿A dónde vas? —preguntó Bud.

—A salvar la reputación de la pastelería —soltó Joe antes de caminar hacia la pista con zancadas largas y decididas.

Mary estaba escuchando a Julián alardear sobre su nueva sucursal en París cuando sintió una presencia imponente a su espalda. Antes de que pudiera reaccionar, una mano firme se posó en su hombro y otra se interpuso entre ella y Julián.

—Lo siento, Julián —dijo la voz de Joe, más profunda y fría que de costumbre—. Pero esta pieza me la debe a mí.

Julián parpadeó, sorprendido por la interrupción.

—Estábamos a mitad de una charla muy interesante, amigo...

—No soy tu amigo —cortó Joe con una cortesía gélida—. Y Mary tiene que discutir unos detalles sobre el inventario de mañana. Es urgente.

Mary tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada. ¿El inventario? ¿A las once de la noche en medio de una gala?

—Oh, es verdad —dijo Mary, fingiendo pesar—. Joe es muy estricto con los horarios. Lo siento, Julián.

Antes de que el otro hombre pudiera protestar, Joe ya había envuelto la cintura de Mary con su brazo y la había arrastrado hacia el otro extremo de la pista, lejos de Julián.

Cuando estuvieron a una distancia segura, Mary se soltó un poco para poder mirarlo a la cara. Joe no la soltó del todo; sus manos permanecieron firmes en su cintura, y por primera vez en la noche, no parecía importarle quién los mirara.

—¿El inventario, Joe? ¿En serio? —Mary se burló, aunque sus ojos verdes chispeaban de placer—. Podrías haber sido un poco más creativo.

—Era un baboso —dijo Joe, ignorando la burla—. Te estaba mirando como si fueras un pastel de escaparate.

—Bueno, soy una delicia, ¿no crees? —Ella se acercó más, obligándolo a seguir el ritmo lento de la música—. ¿O es que te molestó que otro me sacara a bailar?

Joe suspiró, dejando que su frente rozara la de ella por un instante. El aroma al perfume de rosas de Mary lo mareaba más que cualquier vino.

—Sabes perfectamente que me molestó —admitió él en voz baja, su tono perdiendo la dureza—. No me gusta que te toquen así.

Mary suavizó su expresión. Le gustaba jugar, le gustaba molestarlo, pero ver esa vulnerabilidad en el hombre que siempre era como una roca la conmovía profundamente. Deslizó sus manos por los hombros de Joe y entrelazó sus dedos detrás de su nuca.

—Él no me importa, Joe —susurró ella—. Solo quería ver si por fin te decidías a dejar de ser el "empleado del mes" para ser el hombre que me saca a bailar.

Joe la miró fijamente, sus ojos marrones recorriendo cada facción de su rostro rubio.

—A veces eres insoportable —dijo él, pero su agarre en su cintura se volvió más tierno, casi una caricia.

—Y tú eres un testarudo —replicó ella con una sonrisa radiante—. Pero eres mi testarudo favorito.

Bailaron en silencio durante unos minutos, moviéndose en perfecta sintonía. El resto del salón desapareció; no importaban los premios, ni Bud mirando con una sonrisa de suficiencia desde la mesa, ni Julián mascullando en una esquina. Solo existían ellos dos, el calor de sus cuerpos y esa promesa silenciosa que siempre flotaba en el aire de la pastelería entre sacos de harina y hornos calientes.

—Mary —dijo Joe de repente.

—¿Dime?

—Mañana no hay inventario.

Mary soltó una carcajada que hizo que varios invitados se giraran a verlos.

—Lo sé, tonto. Mañana es domingo. La pastelería está cerrada.

—Bien —dijo Joe, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa auténtica y traviesa iluminó su rostro—. Entonces podemos quedarnos bailando hasta que nos echen.

—¿Es una orden, jefe? —preguntó ella, coqueteando con la mirada.

—Es una petición —corrigió él, inclinándose para depositar un beso rápido y casto en su frente, antes de volver a pegarla a su pecho—. Aunque si quieres que te lo ordene, sabes que siempre termino haciendo lo que tú digas.

Mary se rió y apoyó la mejilla en su hombro, cerrando los ojos.

—Así me gusta, Joe. Que sepas quién manda.

Mientras la música seguía sonando, Bud y Grace brindaron a lo lejos. La gala de pastelería estaba siendo un éxito rotundo, pero para Mary y Joe, el mejor premio de la noche no estaba sobre un pedestal, sino allí mismo, en medio de la pista de baile.
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