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Mal Entendido
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 7/7/2026
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UA (Universo Alternativo)Recortes de VidaHumorCrack / Humor ParódicoHistoria DomésticaLenguaje ExplícitoAmbientación Canon
Secretos entre las sombras y paredes delgadas
La brisa de la mañana en el Colegio Técnico de Magia de Tokio solía ser fresca, cargada con el aroma a incienso y madera vieja que caracterizaba al recinto. Sin embargo, ese día, la atmósfera se sentía inusualmente pesada. Satoru Gojo, el hechicero más fuerte de la era moderna, estaba a punto de partir hacia una misión que, incluso para sus estándares, era considerada de alto riesgo.
Satoru se ajustó la venda oscura sobre sus ojos, aunque no la necesitaba para ver el mundo con una claridad aterradora. Su cabello blanco, peinado hacia arriba en esos mechones puntiagudos que desafiaban la gravedad, brillaba bajo la luz del sol. A su lado, Shoko Ieiri mantenía su expresión habitual de indiferencia, aunque las ojeras bajo sus ojos castaños parecían un poco más profundas de lo normal.
Entre ambos, sosteniendo con fuerza la mano de su madre, se encontraba Yoko. A sus nueve años, la pequeña era una mezcla fascinante de sus progenitores: poseía la perspicacia aguda de Satoru y la calma observadora de Shoko. Sus ojos, aunque no eran los Seis Ojos, tenían una claridad azulada que parecía desnudarte el alma.
—Bueno, me voy —dijo Satoru con su tono cantarín de siempre, levantando una mano en señal de despedida—. No se preocupen, traeré dulces de Kioto si el camino me queda de paso.
—Solo vuelve de una pieza, Satoru —respondió Shoko, exhalando un suspiro de humo de un cigarrillo que acababa de encender—. No tengo ganas de coserte otra vez este mes.
Yoko observó a su padre alejarse. La figura alta y delgada, vestida de negro impecable, se fundió con la sombra de los árboles del sendero. A pesar de su actitud juguetona, la niña sabía que su padre cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Había heredado lo suficiente de él como para sentir la inmensa energía maldita que lo rodeaba, una barrera que lo mantenía a salvo del mundo, pero que también lo aislaba.
Shoko apretó suavemente la mano de su hija y, en un raro momento de vulnerabilidad, murmuró:
—Tu papá es... increíble.
Lo dijo con una mezcla de resignación y orgullo. Sabía que Satoru era un idiota el noventa por ciento del tiempo, pero ese diez por ciento restante era lo que mantenía al mundo girando. Su fortaleza mental era, quizás, más impresionante que su Infinito.
Yoko ladeó la cabeza, mirando a su madre con una confusión genuina.
—¿Increíble? Yo pensaba que lo odiabas, mamá.
Shoko se atragantó con el humo del cigarrillo y soltó una tos seca. Se bajó un poco la bata blanca de laboratorio y miró a la pequeña con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? ¿Por qué dirías algo así, Yoko? Tu padre y yo... bueno, tenemos una dinámica complicada, pero no lo odio.
—Pero si la otra noche gritabas mucho —continuó Yoko con una inocencia que resultó ser letal—. Estabas en la habitación con él y parecías muy enojada.
En ese momento, un grupo de personas comenzó a acercarse. Maki Zen'in, Toge Inumaki y Panda caminaban hacia ellas para dirigirse al entrenamiento, mientras que a lo lejos, el director Yaga y Nanami Kento también hacían acto de presencia. Shoko sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Cariño, las parejas a veces discuten —intentó explicar Shoko, sintiendo que sus mejillas comenzaban a tomar un color rosado poco habitual en ella—. No es que lo odie, es solo que...
—No, no eran gritos de pelea de los que dan miedo —interrumpió Yoko, alzando la voz sin darse cuenta de que los estudiantes se habían detenido a unos metros, intrigados por la conversación—. Eran gritos como si te estuvieran doliendo las cosas. Decías "¡Oh, Dios, Satoru, para!" y luego decías muchas groserías.
El silencio que cayó sobre el patio del colegio fue absoluto. Maki se cruzó de brazos con una ceja levantada, Panda se cubrió la boca con sus patas de peluche y Nanami, a lo lejos, se detuvo en seco, ajustándose las gafas con un gesto de profundo cansancio existencial.
—Yoko, detente ahí —susurró Shoko, cuya cara ya no era rosada, sino de un rojo carmesí—. No es lo que crees.
—¡Y luego golpeabas la pared! —siguió la niña, emocionada por tener la atención de todos. Se soltó de la mano de Shoko y comenzó a saltar un poco para imitar la acción—. Hacías así: ¡pum, pum! Y gritabas: "¡Maldito seas, Gojo, te voy a matar!". Yo pensé que se estaban peleando de verdad y que papá te estaba haciendo daño, pero luego escuché a papá reírse y decir que eras una exagerada.
—Atún con mayonesa... —murmuró Inumaki, desviando la mirada hacia un árbol cercano con extrema fascinación.
—Vaya, Shoko —comentó Maki con una sonrisa burlona—, no sabía que Satoru fuera tan... "increíble" por las noches.
Shoko se cubrió el rostro con ambas manos, deseando fervientemente que la tierra se la tragara o que alguna maldición de grado especial apareciera de repente para distraer a todos. El lunar bajo su ojo derecho parecía palpitar por el estrés.
—Yoko, por favor —suplicó Shoko desde detrás de sus manos—, vamos a la oficina. Te compraré todos los helados que quieras.
—¡Espera, mamá! Aún no termino —dijo la niña, ignorando el soborno—. Lo que más me dio risa fue cuando dijiste que su "técnica" era demasiado y que no podías aguantar más. Yo pensé: "¿Papá está usando el Púrpura en la habitación?". Porque eso sería muy peligroso, ¿verdad, Nanami-san?
Nanami suspiró profundamente, cerró los ojos y se dio la vuelta para caminar en dirección opuesta.
—No me involucren en esto. Mi jornada laboral ya es lo suficientemente difícil —declaró con voz monótona antes de desaparecer tras un edificio.
—¡Exacto! —exclamó Yoko, volviéndose hacia Panda—. Y mamá seguía diciendo: "¡Más lento, idiota, me vas a romper!". Yo me asusté mucho, pensé que papá iba a romper la cama o la pared. Pero al día siguiente mamá estaba caminando raro, como si le dolieran las piernas de tanto pelear.
Panda soltó una risita ahogada que intentó disimular como una tos.
—Bueno, Shoko, parece que el entrenamiento nocturno es intenso —dijo el oso con tono jocoso.
Shoko finalmente bajó las manos. Su expresión era una mezcla de derrota absoluta y una furia fría dirigida hacia el hombre que, en ese momento, probablemente estaba volando hacia su misión sin sospechar que su hija acababa de arruinar la reputación de ambos ante toda la institución.
—Yoko —dijo Shoko con una voz peligrosamente calmada—, ¿recuerdas que la próxima semana ibas a ir al cine conmigo?
—¡Sí! —asintió la pequeña con entusiasmo.
—Bueno, ahora vas a ir a pasar el fin de semana con la tía Utahime a Kioto —sentenció Shoko, tomando a la niña por el hombro y empezando a caminar a paso rápido hacia el edificio principal.
—¿Por qué? —preguntó Yoko, confundida—. ¿Hice algo malo?
—No, cielo —respondió Shoko, lanzando una mirada fulminante a Maki y Panda, quienes seguían riéndose por lo bajo—. Solo que tu padre y yo necesitamos... practicar más "técnicas de combate" en privado, y no queremos que te preocupes por mi "odio" hacia él.
—¡Ah! —Yoko pareció comprender—. Entonces, ¿ya no vas a gritarle maldiciones?
—Oh, voy a gritarle muchas maldiciones —murmuró Shoko para sí misma, pensando en el mensaje de texto incendiario que le enviaría a Satoru en cuanto estuviera a solas—. Pero te aseguro que la próxima vez, estarás a trescientos kilómetros de distancia.
Mientras se alejaban, Shoko pudo escuchar a lo lejos la voz de Maki comentando algo sobre "el hechicero más fuerte en todos los sentidos", seguido de las risas incontrolables de Panda.
Ese día, Shoko Ieiri aprendió una lección vital que ningún libro de medicina ni técnica de ritual inverso podría haberle enseñado: los Seis Ojos de Satoru eran un problema, pero los oídos de una niña de nueve años eran, sin duda alguna, la maldición más peligrosa de todas.
Y en algún lugar camino a su misión, Satoru Gojo sintió un repentino escalofrío recorrer su columna vertebral. No era la presencia de un enemigo poderoso, sino algo mucho más aterrador: el presentimiento de que, a su regreso, Shoko no lo recibiría con un cigarrillo, sino con un bisturí y una prohibición de entrada a su propia habitación por al menos un mes.
—Qué raro —se dijo Satoru a sí mismo, rascándose la nuca mientras flotaba sobre el paisaje—. Siento como si estuviera a punto de ser exorcizado.
No sabía cuánta razón tenía. Porque cuando se trataba de Shoko Ieiri y su paciencia agotada, ni siquiera el Infinito podía protegerlo de la vergüenza que lo esperaba en casa.
Satoru se ajustó la venda oscura sobre sus ojos, aunque no la necesitaba para ver el mundo con una claridad aterradora. Su cabello blanco, peinado hacia arriba en esos mechones puntiagudos que desafiaban la gravedad, brillaba bajo la luz del sol. A su lado, Shoko Ieiri mantenía su expresión habitual de indiferencia, aunque las ojeras bajo sus ojos castaños parecían un poco más profundas de lo normal.
Entre ambos, sosteniendo con fuerza la mano de su madre, se encontraba Yoko. A sus nueve años, la pequeña era una mezcla fascinante de sus progenitores: poseía la perspicacia aguda de Satoru y la calma observadora de Shoko. Sus ojos, aunque no eran los Seis Ojos, tenían una claridad azulada que parecía desnudarte el alma.
—Bueno, me voy —dijo Satoru con su tono cantarín de siempre, levantando una mano en señal de despedida—. No se preocupen, traeré dulces de Kioto si el camino me queda de paso.
—Solo vuelve de una pieza, Satoru —respondió Shoko, exhalando un suspiro de humo de un cigarrillo que acababa de encender—. No tengo ganas de coserte otra vez este mes.
Yoko observó a su padre alejarse. La figura alta y delgada, vestida de negro impecable, se fundió con la sombra de los árboles del sendero. A pesar de su actitud juguetona, la niña sabía que su padre cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Había heredado lo suficiente de él como para sentir la inmensa energía maldita que lo rodeaba, una barrera que lo mantenía a salvo del mundo, pero que también lo aislaba.
Shoko apretó suavemente la mano de su hija y, en un raro momento de vulnerabilidad, murmuró:
—Tu papá es... increíble.
Lo dijo con una mezcla de resignación y orgullo. Sabía que Satoru era un idiota el noventa por ciento del tiempo, pero ese diez por ciento restante era lo que mantenía al mundo girando. Su fortaleza mental era, quizás, más impresionante que su Infinito.
Yoko ladeó la cabeza, mirando a su madre con una confusión genuina.
—¿Increíble? Yo pensaba que lo odiabas, mamá.
Shoko se atragantó con el humo del cigarrillo y soltó una tos seca. Se bajó un poco la bata blanca de laboratorio y miró a la pequeña con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? ¿Por qué dirías algo así, Yoko? Tu padre y yo... bueno, tenemos una dinámica complicada, pero no lo odio.
—Pero si la otra noche gritabas mucho —continuó Yoko con una inocencia que resultó ser letal—. Estabas en la habitación con él y parecías muy enojada.
En ese momento, un grupo de personas comenzó a acercarse. Maki Zen'in, Toge Inumaki y Panda caminaban hacia ellas para dirigirse al entrenamiento, mientras que a lo lejos, el director Yaga y Nanami Kento también hacían acto de presencia. Shoko sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Cariño, las parejas a veces discuten —intentó explicar Shoko, sintiendo que sus mejillas comenzaban a tomar un color rosado poco habitual en ella—. No es que lo odie, es solo que...
—No, no eran gritos de pelea de los que dan miedo —interrumpió Yoko, alzando la voz sin darse cuenta de que los estudiantes se habían detenido a unos metros, intrigados por la conversación—. Eran gritos como si te estuvieran doliendo las cosas. Decías "¡Oh, Dios, Satoru, para!" y luego decías muchas groserías.
El silencio que cayó sobre el patio del colegio fue absoluto. Maki se cruzó de brazos con una ceja levantada, Panda se cubrió la boca con sus patas de peluche y Nanami, a lo lejos, se detuvo en seco, ajustándose las gafas con un gesto de profundo cansancio existencial.
—Yoko, detente ahí —susurró Shoko, cuya cara ya no era rosada, sino de un rojo carmesí—. No es lo que crees.
—¡Y luego golpeabas la pared! —siguió la niña, emocionada por tener la atención de todos. Se soltó de la mano de Shoko y comenzó a saltar un poco para imitar la acción—. Hacías así: ¡pum, pum! Y gritabas: "¡Maldito seas, Gojo, te voy a matar!". Yo pensé que se estaban peleando de verdad y que papá te estaba haciendo daño, pero luego escuché a papá reírse y decir que eras una exagerada.
—Atún con mayonesa... —murmuró Inumaki, desviando la mirada hacia un árbol cercano con extrema fascinación.
—Vaya, Shoko —comentó Maki con una sonrisa burlona—, no sabía que Satoru fuera tan... "increíble" por las noches.
Shoko se cubrió el rostro con ambas manos, deseando fervientemente que la tierra se la tragara o que alguna maldición de grado especial apareciera de repente para distraer a todos. El lunar bajo su ojo derecho parecía palpitar por el estrés.
—Yoko, por favor —suplicó Shoko desde detrás de sus manos—, vamos a la oficina. Te compraré todos los helados que quieras.
—¡Espera, mamá! Aún no termino —dijo la niña, ignorando el soborno—. Lo que más me dio risa fue cuando dijiste que su "técnica" era demasiado y que no podías aguantar más. Yo pensé: "¿Papá está usando el Púrpura en la habitación?". Porque eso sería muy peligroso, ¿verdad, Nanami-san?
Nanami suspiró profundamente, cerró los ojos y se dio la vuelta para caminar en dirección opuesta.
—No me involucren en esto. Mi jornada laboral ya es lo suficientemente difícil —declaró con voz monótona antes de desaparecer tras un edificio.
—¡Exacto! —exclamó Yoko, volviéndose hacia Panda—. Y mamá seguía diciendo: "¡Más lento, idiota, me vas a romper!". Yo me asusté mucho, pensé que papá iba a romper la cama o la pared. Pero al día siguiente mamá estaba caminando raro, como si le dolieran las piernas de tanto pelear.
Panda soltó una risita ahogada que intentó disimular como una tos.
—Bueno, Shoko, parece que el entrenamiento nocturno es intenso —dijo el oso con tono jocoso.
Shoko finalmente bajó las manos. Su expresión era una mezcla de derrota absoluta y una furia fría dirigida hacia el hombre que, en ese momento, probablemente estaba volando hacia su misión sin sospechar que su hija acababa de arruinar la reputación de ambos ante toda la institución.
—Yoko —dijo Shoko con una voz peligrosamente calmada—, ¿recuerdas que la próxima semana ibas a ir al cine conmigo?
—¡Sí! —asintió la pequeña con entusiasmo.
—Bueno, ahora vas a ir a pasar el fin de semana con la tía Utahime a Kioto —sentenció Shoko, tomando a la niña por el hombro y empezando a caminar a paso rápido hacia el edificio principal.
—¿Por qué? —preguntó Yoko, confundida—. ¿Hice algo malo?
—No, cielo —respondió Shoko, lanzando una mirada fulminante a Maki y Panda, quienes seguían riéndose por lo bajo—. Solo que tu padre y yo necesitamos... practicar más "técnicas de combate" en privado, y no queremos que te preocupes por mi "odio" hacia él.
—¡Ah! —Yoko pareció comprender—. Entonces, ¿ya no vas a gritarle maldiciones?
—Oh, voy a gritarle muchas maldiciones —murmuró Shoko para sí misma, pensando en el mensaje de texto incendiario que le enviaría a Satoru en cuanto estuviera a solas—. Pero te aseguro que la próxima vez, estarás a trescientos kilómetros de distancia.
Mientras se alejaban, Shoko pudo escuchar a lo lejos la voz de Maki comentando algo sobre "el hechicero más fuerte en todos los sentidos", seguido de las risas incontrolables de Panda.
Ese día, Shoko Ieiri aprendió una lección vital que ningún libro de medicina ni técnica de ritual inverso podría haberle enseñado: los Seis Ojos de Satoru eran un problema, pero los oídos de una niña de nueve años eran, sin duda alguna, la maldición más peligrosa de todas.
Y en algún lugar camino a su misión, Satoru Gojo sintió un repentino escalofrío recorrer su columna vertebral. No era la presencia de un enemigo poderoso, sino algo mucho más aterrador: el presentimiento de que, a su regreso, Shoko no lo recibiría con un cigarrillo, sino con un bisturí y una prohibición de entrada a su propia habitación por al menos un mes.
—Qué raro —se dijo Satoru a sí mismo, rascándose la nuca mientras flotaba sobre el paisaje—. Siento como si estuviera a punto de ser exorcizado.
No sabía cuánta razón tenía. Porque cuando se trataba de Shoko Ieiri y su paciencia agotada, ni siquiera el Infinito podía protegerlo de la vergüenza que lo esperaba en casa.
