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San Valentín en Blue Lock
Fandom: Blue Lock
Creado: 7/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorCrack / Humor ParódicoAmbientación CanonEstudio de Personaje
Egoísmo y Chocolate: Operación San Valentín
La pantalla gigante en la sala de monitoreo de Blue Lock no mostraba estadísticas de rendimiento físico ni mapas de calor de los jugadores. En su lugar, mostraba una cuenta regresiva rodeada de corazones pixelados que Jinpachi Ego observaba con una expresión que oscilaba entre el asco profundo y una crisis existencial. Faltaban apenas unas horas para el 14 de febrero, y el ambiente en las instalaciones había pasado de ser un campo de batalla deportivo a un campo minado emocional.
—Esto es irracional —murmuró Ego, ajustándose las gafas mientras masticaba un fideo instantáneo crudo—. El amor es una fluctuación química que nubla el juicio. Un delantero no necesita dopamina externa, debería bastarle con el éxtasis de marcar un gol.
—Ego-san, por favor, deje de ser tan cínico —intervino Anri Teieri, que caminaba de un lado a otro con una pila de carpetas, aunque sus ojos brillaban con una expectativa mal disimulada—. Es una festividad importante para fortalecer lazos. Incluso los jugadores parecen... distraídos.
Ego la miró de reojo. Anri llevaba un pequeño broche de corazón en la solapa de su traje. Él, un hombre que se sentía cómodo manipulando el destino del fútbol japonés, se sintió de repente pequeño ante la idea de que se esperaba algo de él.
Mientras tanto, en los vestuarios del Estrato Alemán, la atmósfera era de puro pánico silencioso.
Yoichi Isagi estaba sentado en un banco, con la mirada perdida en el techo. En su mente, estaba ejecutando su "Metavisión", pero no para predecir el movimiento de un defensa, sino para analizar las variables de Meguru Bachira.
—A ver... —susurró Isagi para sí mismo—. A Bachira le gusta el fútbol, los monstruos, la piña en la pizza y... las cosas divertidas. Pero, ¿qué le regalas a alguien que vive en su propio mundo de fantasía? Si le doy algo normal, será aburrido. Si le doy algo demasiado raro, quizás no entienda que es un gesto romántico.
—Te va a explotar la cabeza, Isagi —dijo una voz grave a su lado.
Kunigami Rensuke estaba apoyado contra las taquillas, con los brazos cruzados sobre su pecho masivo. Su rostro, que desde el Wild Card parecía tallado en piedra, mostraba una grieta de ansiedad.
—Tú también estás sufriendo, ¿verdad, Kunigami? —preguntó Isagi, suspirando.
—No sé de qué hablas —mintió el pelirrojo, aunque sus dedos tamborileaban nerviosos sobre sus bíceps—. Solo... estoy pensando en la aerodinámica del balón.
—Mentira. Estás pensando en Chigiri.
Kunigami guardó silencio un momento, antes de soltar un gruñido de frustración.
—Es una "princesa" —confesó Kunigami, bajando la voz—. Tiene los mejores productos para el cabello, la ropa más cara y una confianza que aplasta a cualquiera. ¿Qué se supone que le dé un "héroe" caído como yo? ¿Una espada de juguete? ¿Aceite para las rodillas? Todo suena estúpido.
—Al menos no tienes el problema de Nagi —señaló Isagi, apuntando con el dedo hacia el rincón del fondo.
Seishiro Nagi estaba tumbado en el suelo, con el teléfono sobre la cara. Parecía un cadáver, si no fuera porque sus pulgares se movían lentamente. Reo Mikage acababa de salir de la habitación para atender una llamada de sus padres, y Nagi parecía haber perdido la voluntad de vivir.
—Nagi, ¿tienes algún plan para Reo? —preguntó Isagi.
Nagi suspiró, un sonido que pareció arrastrar toda la energía de la habitación.
—Reo tiene todo —dijo Nagi con voz monótona—. El otro día dijo que quería una isla porque el aire de la ciudad le molestaba. Sus padres probablemente le compren una mañana. ¿Qué se supone que haga yo? ¿Envolverme en papel de regalo y dormir en su cama? Es mucho esfuerzo.
—Eso es lo que él querría, probablemente —comentó Isagi, recordando la devoción casi religiosa de Reo por el talento de Nagi.
—Demasiado calor —respondió Nagi—. El papel de regalo no transpira.
De repente, la puerta del vestuario se abrió de golpe, y Ryusei Shidou entró saltando, con una energía que contrastaba violentamente con el aura depresiva del grupo.
—¡Oigan, perdedores! —exclamó Shidou, mostrando sus dientes afilados en una sonrisa salvaje—. ¿Están listos para la explosión del amor? Yo ya tengo mi plan maestro.
—Si es lo del listón en la entrepierna, ya te dijimos que Sae Itoshi te va a ejecutar en el campo —dijo Kunigami sin mirarlo.
—¡Tch! Son unos aburridos. Sae es un artista, necesita algo que estimule sus sentidos —Shidou se rascó la nuca, perdiendo un poco de su brío—. Aunque... es cierto que el tipo es más frío que un congelador industrial. Le pregunté qué quería y me dijo que "un pase perfecto que no insulte su inteligencia". ¿Cómo envuelvo eso en una caja con lazo?
El grupo de egoístas se quedó en silencio, unidos por la misma incapacidad de marcar un gol en el marcador del romance.
—Propongo una tregua —dijo Isagi, levantándose con determinación—. Si no resolvemos esto, mañana seremos el hazmerreír de Blue Lock. Ego nos vigila, y si fallamos en esto, dirá que nuestro "egoísmo" no es lo suficientemente fuerte para conquistar a otros.
—¿Un plan conjunto? —preguntó Kunigami, escéptico.
—Una misión de reconocimiento y ejecución —corrigió Isagi, sus ojos brillando con el azul de su modo de trance—. Vamos a conseguir los mejores regalos de San Valentín que Blue Lock haya visto jamás.
El plan comenzó con la fase de adquisición. Dado que estaban encerrados en una instalación de alto rendimiento, sus opciones eran limitadas a lo que pudieran pedir por el sistema interno de recompensas de Ego o lo que pudieran crear con sus propias manos.
Isagi decidió apostar por la nostalgia y la conexión personal. Recordó una conversación que tuvo con Bachira en los primeros días del Proyecto. Bachira le había hablado de un dulce específico que su madre le hacía cuando era niño, algo llamado "Monstruo de Caramelo", que básicamente era una mezcla caótica de chocolate, gomitas y frutos secos.
—Si puedo replicar ese sabor —pensó Isagi, analizando la cocina del comedor como si fuera un área penal—, podré entrar en su zona de confort.
Mientras Isagi luchaba con el chocolate fundido, Kunigami se encontraba en el gimnasio, pero no entrenando. Tenía un trozo de madera y herramientas de grabado que había intercambiado por sus puntos de mérito. Quería hacerle a Chigiri algo que no pudiera comprar con dinero: un soporte tallado a mano para sus medallas y sus productos de cuidado personal, con el emblema de una pantera estilizada.
—Tiene que ser perfecto —murmuraba Kunigami, sus músculos tensos mientras soplaba el serrín—. Si tiene una sola astilla, no es digno de él.
Por su parte, Nagi estaba sentado frente a una consola de desarrollo en la sala técnica. Reo amaba los videojuegos, pero sobre todo, amaba jugar con Nagi. Nagi estaba programando un nivel personalizado en un juego de realidad virtual donde el jugador (Reo) era el rey de un imperio y Nagi era su caballero eterno que nunca se cansaba.
—Programar es aburrido —decía Nagi, pero sus ojos grises estaban fijos en el código—, pero ver a Reo sonreír es menos aburrido que ver la pared.
Shidou, sorprendentemente, fue el más drástico. Consiguió permiso (tras amenazar con romper tres cámaras de seguridad) para acceder a una sala de música. Sabía que Sae apreciaba la técnica y la perfección. Shidou no sabía tocar instrumentos, pero tenía una voz potente y una pasión cruda. Decidió grabar una mezcla de sonidos de campo —el impacto del balón, el silbato, el rugido de la grada— y mezclarlo con un ritmo de rap agresivo que describía la "génesis" de sus goles juntos.
—¡Esto va a ser una explosión biológica, Sae! —gritó al micrófono.
Llegó la noche del 13 de febrero. En la oficina central, Ego miraba una pequeña caja sobre su escritorio. Anri se había ido a descansar, pero antes le había dejado una nota: "Mañana a las 8 am tenemos reunión de presupuesto, Ego-san. No lo olvide".
Ego suspiró. Metió la mano en su cajón y sacó un conjunto de auriculares de alta gama, edición limitada, que Anri había mencionado una vez que quería para poder escuchar los informes de los partidos sin el ruido de las máquinas.
—Qué pérdida de tiempo —dijo Ego, aunque colocó una pequeña pegatina de una cara de Goal-maru en la caja.
El día de San Valentín amaneció con una tensión eléctrica.
Bachira fue el primero en ser abordado. Isagi lo llevó a la azotea, donde había preparado una pequeña mesa con los dulces caseros.
—¿Qué es esto, Isagi? —preguntó Bachira, sus ojos amarillos brillando con curiosidad, saltando sobre sus talones.
—Es... un experimento —dijo Isagi, sintiendo que sus mejillas ardían—. Intenté hacer el dulce de tu madre. Sé que no será igual, pero...
Bachira tomó un trozo y se lo metió en la boca. Se quedó quieto un segundo, y por un momento, Isagi temió haber fallado en su análisis. Entonces, Bachira se lanzó sobre él, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo al suelo.
—¡Sabe a monstruo! —exclamó Bachira, riendo contra su cuello—. ¡Es el mejor regalo del mundo, Yoichi! ¡Eres mi delantero favorito para siempre!
Isagi sonrió, relajándose. El análisis había sido correcto.
En el pasillo de los dormitorios, Kunigami interceptó a Chigiri. El pelirrosa caminaba con su elegancia habitual, pero se detuvo al ver al gigante pelirrojo bloqueándole el paso.
—Kunigami, te ves más tenso de lo habitual —bromeó Chigiri, cruzándose de brazos—. ¿Vas a declararme la guerra o algo así?
Kunigami no dijo nada. Simplemente le extendió el objeto de madera envuelto en una tela sencilla. Chigiri lo abrió, y su expresión burlona se desvaneció. Sus dedos recorrieron las tallas detalladas de la pantera.
—Lo hice yo —dijo Kunigami, mirando hacia otro lado—. Sé que tienes cosas mejores, pero... pensé que un héroe debería proteger las cosas de su princesa.
Chigiri soltó una risa suave, una que no tenía rastro de sarcasmo. Se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla a Kunigami, dejando al pelirrojo completamente petrificado.
—No está mal, héroe —susurró Chigiri—. Me gusta que reconozcas tu lugar.
En la sala de descanso, Reo estaba al borde de las lágrimas —de felicidad, por supuesto— mientras terminaba el nivel del juego que Nagi había creado.
—¡Nagi! ¡Hiciste que mi personaje tuviera una capa de oro! —exclamó Reo, quitándose el casco de realidad virtual para abrazar a su amigo, que estaba medio dormido en el sofá.
—Fue mucho trabajo, Reo —murmuró Nagi—. Ahora, por favor, no me pidas nada más hasta el próximo año.
—Te compraré el estudio de videojuegos entero —prometió Reo, apretándolo más fuerte—. ¡Eres el mejor tesoro que he encontrado!
Finalmente, Shidou encontró a Sae Itoshi en la zona de entrenamiento individual. Sae estaba haciendo toques con el balón, con una precisión quirúrgica. Shidou le lanzó un dispositivo de audio sin decir nada. Sae lo atrapó en el aire, lo miró con desdén y se puso los auriculares.
Shidou observó, esperando una reacción violenta. Sae escuchó la pista completa en silencio. Al terminar, se quitó los auriculares y miró a Shidou con sus fríos ojos verdes.
—Es ruidoso, vulgar y carece de estructura armónica —dijo Sae. Shidou frunció el ceño, preparándose para pelear—. Sin embargo... el ritmo del impacto del balón en el segundo 42 es exactamente la frecuencia que busco en un delantero.
Sae guardó el dispositivo en su bolsillo.
—No es una basura total, Shidou. Ven, vamos a practicar ese pase.
Shidou aulló de alegría, saltando en el aire. Para él, eso era equivalente a una declaración de amor eterno.
Al final del día, Anri entró en la sala de monitoreo y encontró la caja de los auriculares sobre su teclado. Ego no estaba por ninguna parte, pero había dejado una nota escrita con su letra afilada:
"Para que dejes de quejarte del ruido y te concentres en crear al mejor delantero del mundo. Tu eficiencia ha subido un 2% este mes. No lo arruines".
Anri sonrió, poniéndose los auriculares.
—Feliz San Valentín para ti también, Ego-san —susurró.
En las sombras del pasillo, Isagi observaba a sus compañeros. Todos, a su manera egoísta, habían logrado conectar. Habían sobrevivido al día más peligroso de Blue Lock sin derramar sangre, solo chocolate y algunos sentimientos inesperados.
—Misión cumplida —pensó Isagi, sintiendo el peso de Bachira, que se había quedado dormido apoyado en su hombro—. Ahora... a volver al fútbol.
Porque en Blue Lock, incluso el amor era solo otra forma de alimentar el ego. Pero por esa noche, el marcador estaba a favor de ellos.
—Esto es irracional —murmuró Ego, ajustándose las gafas mientras masticaba un fideo instantáneo crudo—. El amor es una fluctuación química que nubla el juicio. Un delantero no necesita dopamina externa, debería bastarle con el éxtasis de marcar un gol.
—Ego-san, por favor, deje de ser tan cínico —intervino Anri Teieri, que caminaba de un lado a otro con una pila de carpetas, aunque sus ojos brillaban con una expectativa mal disimulada—. Es una festividad importante para fortalecer lazos. Incluso los jugadores parecen... distraídos.
Ego la miró de reojo. Anri llevaba un pequeño broche de corazón en la solapa de su traje. Él, un hombre que se sentía cómodo manipulando el destino del fútbol japonés, se sintió de repente pequeño ante la idea de que se esperaba algo de él.
Mientras tanto, en los vestuarios del Estrato Alemán, la atmósfera era de puro pánico silencioso.
Yoichi Isagi estaba sentado en un banco, con la mirada perdida en el techo. En su mente, estaba ejecutando su "Metavisión", pero no para predecir el movimiento de un defensa, sino para analizar las variables de Meguru Bachira.
—A ver... —susurró Isagi para sí mismo—. A Bachira le gusta el fútbol, los monstruos, la piña en la pizza y... las cosas divertidas. Pero, ¿qué le regalas a alguien que vive en su propio mundo de fantasía? Si le doy algo normal, será aburrido. Si le doy algo demasiado raro, quizás no entienda que es un gesto romántico.
—Te va a explotar la cabeza, Isagi —dijo una voz grave a su lado.
Kunigami Rensuke estaba apoyado contra las taquillas, con los brazos cruzados sobre su pecho masivo. Su rostro, que desde el Wild Card parecía tallado en piedra, mostraba una grieta de ansiedad.
—Tú también estás sufriendo, ¿verdad, Kunigami? —preguntó Isagi, suspirando.
—No sé de qué hablas —mintió el pelirrojo, aunque sus dedos tamborileaban nerviosos sobre sus bíceps—. Solo... estoy pensando en la aerodinámica del balón.
—Mentira. Estás pensando en Chigiri.
Kunigami guardó silencio un momento, antes de soltar un gruñido de frustración.
—Es una "princesa" —confesó Kunigami, bajando la voz—. Tiene los mejores productos para el cabello, la ropa más cara y una confianza que aplasta a cualquiera. ¿Qué se supone que le dé un "héroe" caído como yo? ¿Una espada de juguete? ¿Aceite para las rodillas? Todo suena estúpido.
—Al menos no tienes el problema de Nagi —señaló Isagi, apuntando con el dedo hacia el rincón del fondo.
Seishiro Nagi estaba tumbado en el suelo, con el teléfono sobre la cara. Parecía un cadáver, si no fuera porque sus pulgares se movían lentamente. Reo Mikage acababa de salir de la habitación para atender una llamada de sus padres, y Nagi parecía haber perdido la voluntad de vivir.
—Nagi, ¿tienes algún plan para Reo? —preguntó Isagi.
Nagi suspiró, un sonido que pareció arrastrar toda la energía de la habitación.
—Reo tiene todo —dijo Nagi con voz monótona—. El otro día dijo que quería una isla porque el aire de la ciudad le molestaba. Sus padres probablemente le compren una mañana. ¿Qué se supone que haga yo? ¿Envolverme en papel de regalo y dormir en su cama? Es mucho esfuerzo.
—Eso es lo que él querría, probablemente —comentó Isagi, recordando la devoción casi religiosa de Reo por el talento de Nagi.
—Demasiado calor —respondió Nagi—. El papel de regalo no transpira.
De repente, la puerta del vestuario se abrió de golpe, y Ryusei Shidou entró saltando, con una energía que contrastaba violentamente con el aura depresiva del grupo.
—¡Oigan, perdedores! —exclamó Shidou, mostrando sus dientes afilados en una sonrisa salvaje—. ¿Están listos para la explosión del amor? Yo ya tengo mi plan maestro.
—Si es lo del listón en la entrepierna, ya te dijimos que Sae Itoshi te va a ejecutar en el campo —dijo Kunigami sin mirarlo.
—¡Tch! Son unos aburridos. Sae es un artista, necesita algo que estimule sus sentidos —Shidou se rascó la nuca, perdiendo un poco de su brío—. Aunque... es cierto que el tipo es más frío que un congelador industrial. Le pregunté qué quería y me dijo que "un pase perfecto que no insulte su inteligencia". ¿Cómo envuelvo eso en una caja con lazo?
El grupo de egoístas se quedó en silencio, unidos por la misma incapacidad de marcar un gol en el marcador del romance.
—Propongo una tregua —dijo Isagi, levantándose con determinación—. Si no resolvemos esto, mañana seremos el hazmerreír de Blue Lock. Ego nos vigila, y si fallamos en esto, dirá que nuestro "egoísmo" no es lo suficientemente fuerte para conquistar a otros.
—¿Un plan conjunto? —preguntó Kunigami, escéptico.
—Una misión de reconocimiento y ejecución —corrigió Isagi, sus ojos brillando con el azul de su modo de trance—. Vamos a conseguir los mejores regalos de San Valentín que Blue Lock haya visto jamás.
El plan comenzó con la fase de adquisición. Dado que estaban encerrados en una instalación de alto rendimiento, sus opciones eran limitadas a lo que pudieran pedir por el sistema interno de recompensas de Ego o lo que pudieran crear con sus propias manos.
Isagi decidió apostar por la nostalgia y la conexión personal. Recordó una conversación que tuvo con Bachira en los primeros días del Proyecto. Bachira le había hablado de un dulce específico que su madre le hacía cuando era niño, algo llamado "Monstruo de Caramelo", que básicamente era una mezcla caótica de chocolate, gomitas y frutos secos.
—Si puedo replicar ese sabor —pensó Isagi, analizando la cocina del comedor como si fuera un área penal—, podré entrar en su zona de confort.
Mientras Isagi luchaba con el chocolate fundido, Kunigami se encontraba en el gimnasio, pero no entrenando. Tenía un trozo de madera y herramientas de grabado que había intercambiado por sus puntos de mérito. Quería hacerle a Chigiri algo que no pudiera comprar con dinero: un soporte tallado a mano para sus medallas y sus productos de cuidado personal, con el emblema de una pantera estilizada.
—Tiene que ser perfecto —murmuraba Kunigami, sus músculos tensos mientras soplaba el serrín—. Si tiene una sola astilla, no es digno de él.
Por su parte, Nagi estaba sentado frente a una consola de desarrollo en la sala técnica. Reo amaba los videojuegos, pero sobre todo, amaba jugar con Nagi. Nagi estaba programando un nivel personalizado en un juego de realidad virtual donde el jugador (Reo) era el rey de un imperio y Nagi era su caballero eterno que nunca se cansaba.
—Programar es aburrido —decía Nagi, pero sus ojos grises estaban fijos en el código—, pero ver a Reo sonreír es menos aburrido que ver la pared.
Shidou, sorprendentemente, fue el más drástico. Consiguió permiso (tras amenazar con romper tres cámaras de seguridad) para acceder a una sala de música. Sabía que Sae apreciaba la técnica y la perfección. Shidou no sabía tocar instrumentos, pero tenía una voz potente y una pasión cruda. Decidió grabar una mezcla de sonidos de campo —el impacto del balón, el silbato, el rugido de la grada— y mezclarlo con un ritmo de rap agresivo que describía la "génesis" de sus goles juntos.
—¡Esto va a ser una explosión biológica, Sae! —gritó al micrófono.
Llegó la noche del 13 de febrero. En la oficina central, Ego miraba una pequeña caja sobre su escritorio. Anri se había ido a descansar, pero antes le había dejado una nota: "Mañana a las 8 am tenemos reunión de presupuesto, Ego-san. No lo olvide".
Ego suspiró. Metió la mano en su cajón y sacó un conjunto de auriculares de alta gama, edición limitada, que Anri había mencionado una vez que quería para poder escuchar los informes de los partidos sin el ruido de las máquinas.
—Qué pérdida de tiempo —dijo Ego, aunque colocó una pequeña pegatina de una cara de Goal-maru en la caja.
El día de San Valentín amaneció con una tensión eléctrica.
Bachira fue el primero en ser abordado. Isagi lo llevó a la azotea, donde había preparado una pequeña mesa con los dulces caseros.
—¿Qué es esto, Isagi? —preguntó Bachira, sus ojos amarillos brillando con curiosidad, saltando sobre sus talones.
—Es... un experimento —dijo Isagi, sintiendo que sus mejillas ardían—. Intenté hacer el dulce de tu madre. Sé que no será igual, pero...
Bachira tomó un trozo y se lo metió en la boca. Se quedó quieto un segundo, y por un momento, Isagi temió haber fallado en su análisis. Entonces, Bachira se lanzó sobre él, rodeando su cuello con los brazos y derribándolo al suelo.
—¡Sabe a monstruo! —exclamó Bachira, riendo contra su cuello—. ¡Es el mejor regalo del mundo, Yoichi! ¡Eres mi delantero favorito para siempre!
Isagi sonrió, relajándose. El análisis había sido correcto.
En el pasillo de los dormitorios, Kunigami interceptó a Chigiri. El pelirrosa caminaba con su elegancia habitual, pero se detuvo al ver al gigante pelirrojo bloqueándole el paso.
—Kunigami, te ves más tenso de lo habitual —bromeó Chigiri, cruzándose de brazos—. ¿Vas a declararme la guerra o algo así?
Kunigami no dijo nada. Simplemente le extendió el objeto de madera envuelto en una tela sencilla. Chigiri lo abrió, y su expresión burlona se desvaneció. Sus dedos recorrieron las tallas detalladas de la pantera.
—Lo hice yo —dijo Kunigami, mirando hacia otro lado—. Sé que tienes cosas mejores, pero... pensé que un héroe debería proteger las cosas de su princesa.
Chigiri soltó una risa suave, una que no tenía rastro de sarcasmo. Se acercó y le dio un rápido beso en la mejilla a Kunigami, dejando al pelirrojo completamente petrificado.
—No está mal, héroe —susurró Chigiri—. Me gusta que reconozcas tu lugar.
En la sala de descanso, Reo estaba al borde de las lágrimas —de felicidad, por supuesto— mientras terminaba el nivel del juego que Nagi había creado.
—¡Nagi! ¡Hiciste que mi personaje tuviera una capa de oro! —exclamó Reo, quitándose el casco de realidad virtual para abrazar a su amigo, que estaba medio dormido en el sofá.
—Fue mucho trabajo, Reo —murmuró Nagi—. Ahora, por favor, no me pidas nada más hasta el próximo año.
—Te compraré el estudio de videojuegos entero —prometió Reo, apretándolo más fuerte—. ¡Eres el mejor tesoro que he encontrado!
Finalmente, Shidou encontró a Sae Itoshi en la zona de entrenamiento individual. Sae estaba haciendo toques con el balón, con una precisión quirúrgica. Shidou le lanzó un dispositivo de audio sin decir nada. Sae lo atrapó en el aire, lo miró con desdén y se puso los auriculares.
Shidou observó, esperando una reacción violenta. Sae escuchó la pista completa en silencio. Al terminar, se quitó los auriculares y miró a Shidou con sus fríos ojos verdes.
—Es ruidoso, vulgar y carece de estructura armónica —dijo Sae. Shidou frunció el ceño, preparándose para pelear—. Sin embargo... el ritmo del impacto del balón en el segundo 42 es exactamente la frecuencia que busco en un delantero.
Sae guardó el dispositivo en su bolsillo.
—No es una basura total, Shidou. Ven, vamos a practicar ese pase.
Shidou aulló de alegría, saltando en el aire. Para él, eso era equivalente a una declaración de amor eterno.
Al final del día, Anri entró en la sala de monitoreo y encontró la caja de los auriculares sobre su teclado. Ego no estaba por ninguna parte, pero había dejado una nota escrita con su letra afilada:
"Para que dejes de quejarte del ruido y te concentres en crear al mejor delantero del mundo. Tu eficiencia ha subido un 2% este mes. No lo arruines".
Anri sonrió, poniéndose los auriculares.
—Feliz San Valentín para ti también, Ego-san —susurró.
En las sombras del pasillo, Isagi observaba a sus compañeros. Todos, a su manera egoísta, habían logrado conectar. Habían sobrevivido al día más peligroso de Blue Lock sin derramar sangre, solo chocolate y algunos sentimientos inesperados.
—Misión cumplida —pensó Isagi, sintiendo el peso de Bachira, que se había quedado dormido apoyado en su hombro—. Ahora... a volver al fútbol.
Porque en Blue Lock, incluso el amor era solo otra forma de alimentar el ego. Pero por esa noche, el marcador estaba a favor de ellos.
