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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 7/7/2026

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Lecciones de una mini-hechicera sobre el arte de no ser un cobarde

El dormitorio de los alumnos de primer año en el Colegio Técnico de Magia de Tokio nunca había estado tan silencioso, y eso era precisamente lo que aterraba a Yuji Itadori y Nobara Kugisaki. Frente a ellos, sentada en el sofá con la espalda recta y una expresión de aburrimiento digna de una reina, se encontraba Rui.

A sus nueve años, Rui era la viva imagen de sus padres. Tenía el cabello castaño oscuro y sedoso de Shoko, pero los ojos de un azul tan cristalino y eléctrico que solo podían pertenecer al linaje de los Gojo. En ese momento, esos ojos los escudriñaban como si fueran maldiciones de grado especial a punto de ser exorcizadas.

—¿Entonces? —preguntó la niña, cruzándose de brazos—. ¿Van a seguir parados ahí como estatuas o van a ponerme la película?

Yuji reaccionó de inmediato, rascándose la nuca con una sonrisa nerviosa.

—¡Claro, Rui! Lo siento, es que... bueno, tu papá nos dio una lista de tres páginas sobre lo que podías y no podías hacer.

—Papá es un dramático —sentenció la pequeña, suspirando—. Y mamá dice que si me pasa algo, no los curará la próxima vez que lleguen medio muertos de una misión. Así que relájense. No voy a morder.

Nobara, que hasta ese momento mantenía una postura defensiva, dejó escapar un suspiro de alivio, aunque no bajó la guardia. El miedo a Shoko Ieiri era mucho más real y tangible que el miedo a las excentricidades de Gojo.

—Bien, mocosa. Pero nada de dulces después de las ocho, o Gojo-sensei me matará —dijo Nobara, sentándose al otro lado del sofá, dejando a Rui en medio de ambos.

Yuji se apresuró a colocar el DVD y luego se sentó al lado de Nobara. El espacio era algo reducido, y sus hombros se rozaron por un instante. Itadori sintió un chispazo eléctrico recorrerle el brazo y se apartó rápidamente, casi cayéndose del sofá. Nobara, por su parte, se puso roja hasta las orejas y fingió que estaba muy interesada en el diseño de la alfombra.

Rui observó la escena en silencio. Sus ojos azules pasaron de Yuji a Nobara, y luego de regreso a Yuji. Una sonrisa astuta, idéntica a la que ponía Satoru cuando estaba a punto de molestar a Nanami, apareció en su rostro.

—Son patéticos —soltó la niña de repente.

—¡¿Qué?! —exclamaron ambos al unísono, girándose hacia ella.

—Lo que oyeron —Rui se acomodó mejor, apoyando la barbilla en su mano—. Se gustan. Es obvio. Hasta Panda lo sabe, y él es un animal. Bueno, un cadáver maldito, pero entienden el punto.

Yuji sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—Rui, no digas tonterías... Nobara y yo somos... somos mejores amigos. Compañeros de armas.

—Sí, exacto —añadió Nobara, tratando de recuperar su tono autoritario—. Somos un equipo. No tenemos tiempo para cursilerías. Además, Itadori es un tonto que solo piensa en comida y en Jennifer Lawrence.

Rui rodó los ojos con una madurez que no correspondía a su edad.

—Eso es exactamente lo que decía mamá. Decía que papá era un idiota egocéntrico que solo servía para gastar dinero en dulces y molestar a la gente. Y papá decía que mamá era una mujer fría que solo quería diseccionar cosas.

Yuji y Nobara se quedaron callados, escuchando con atención. La historia de amor de los "pilares" del colegio era algo que todos conocían a medias, pero nadie se atrevía a preguntar los detalles.

—¿Y qué pasó? —preguntó Yuji, olvidando por un momento su propia vergüenza.

—Pasó que casi se mueren por no hablar —respondió Rui con seriedad—. Mamá me contó que hubo una misión hace años, antes de que yo naciera, donde pensó que papá no volvería. Se dio cuenta de que si él desaparecía, ella se quedaría con un montón de palabras guardadas en una caja bajo llave. Y papá... bueno, él siempre supo que la quería, pero tenía miedo de que ser el "más fuerte" pusiera un blanco en la espalda de mamá.

Nobara bajó la mirada, jugueteando con el dobladillo de su falda. El miedo a perder al otro era algo que vivía con ellos todos los días. En el mundo de la hechicería, el "mañana" era un lujo, no una garantía.

—El miedo es una tontería —continuó la niña, mirando fijamente a Nobara—. ¿Tienes miedo de que si le dices lo que sientes, la amistad se rompa y todo sea raro?

Nobara se tensó. Era como si la pequeña estuviera leyendo su diario personal.

—No es tan simple, Rui.

—Es más simple de lo que creen —intervino Rui, señalando a Yuji—. Itadori, tú la miras como si fuera la única persona que puede mantenerte unido cuando todo se cae a pedazos. Y tú, Nobara, te haces la dura, pero siempre guardas el mejor trozo de pastel para él.

Yuji sintió un nudo en la garganta. Miró a Nobara de reojo. Ella siempre había sido su ancla. En medio de las ejecuciones suspendidas, de Sukuna intentando tomar el control y de las muertes que cargaba sobre sus hombros, la risa ruidosa y la determinación feroz de Nobara eran lo único que lo hacía sentir que seguía siendo Yuji Itadori, el chico de secundaria, y no solo un recipiente.

—No quiero que las cosas cambien —susurró Yuji, casi para sí mismo—. Si lo intento y sale mal... no puedo perderla a ella también.

Nobara sintió un pinchazo en el corazón. La honestidad de Yuji siempre era como un golpe directo.

—¿Y si sale bien? —preguntó Rui—. Mis papás se arriesgaron. Ahora están casados, cenamos juntos todas las noches y, aunque a veces discuten por quién dejó los calcetines en el pasillo, son felices. ¿Prefieren quedarse con el "y si..." por el resto de sus vidas? Porque en este trabajo, el "resto de sus vidas" puede ser mañana mismo.

El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades no dichas. Rui, satisfecha con el caos emocional que había sembrado, se levantó y caminó hacia la cocina.

—Voy por un vaso de leche. Piensen en lo que dije. Si vuelvo y siguen fingiendo que no pasa nada, le diré a mi papá que Itadori me dejó ver películas de terror y que Nobara me enseñó palabras feas.

—¡Oye! —gritaron ambos, pero la niña ya había desaparecido por el pasillo, tarareando una canción.

Yuji y Nobara se quedaron solos en la penumbra de la sala, iluminados solo por el menú principal del DVD que se repetía en bucle. El roce de sus hombros ya no se sentía como una descarga eléctrica, sino como un calor constante.

—Es una niña muy aterradora —dijo Yuji para romper el hielo.

—Salió a la madre —respondió Nobara, aunque su voz no tenía la fuerza de siempre.

Se quedaron en silencio un momento más. Yuji respiró hondo, llenando sus pulmones de valor. Sabía que Rui tenía razón. Había enfrentado a maldiciones de grado especial, había muerto y regresado, pero decirle a la chica que tenía al lado que la amaba era lo más valiente que tendría que hacer jamás.

—Nobara —la llamó suavemente.

Ella no se giró, pero sus dedos se aferraron con más fuerza a la tela de su falda.

—¿Qué quieres, tonto?

—Lo que dijo Rui... sobre cómo te miro. No se equivoca.

Nobara finalmente lo miró. Sus ojos naranjas estaban ligeramente empañados, pero mantenían ese brillo desafiante que a él tanto le gustaba.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo me miras según tú?

Yuji se rascó la mejilla, buscando las palabras adecuadas.

—Como si fueras mi hogar. No importa dónde estemos, si estás tú, siento que todo va a estar bien. Me da miedo perderte, sí. Mucho. Pero me da más miedo que un día ya no estemos aquí y nunca hayas sabido que eres la persona más importante para mí.

Nobara sintió que el corazón le daba un vuelco. No era la confesión poética de una película romántica, era Yuji: honesto, directo y un poco torpe. Y era perfecto.

—Eres un idiota, Itadori —dijo ella, aunque su voz temblaba—. Un completo y absoluto idiota.

—Lo sé —asintió él, bajando la mirada.

—Pero... —Nobara estiró la mano y, con dedos temblorosos, buscó la mano de Yuji—. También eres mi idiota. Y si crees que te vas a librar de mí tan fácilmente, estás muy equivocado. Yo también... yo también siento que el mundo es menos horrible cuando estás cerca.

Yuji entrelazó sus dedos con los de ella. La piel de Nobara estaba un poco fría, pero la calidez que emanaba de su unión fue suficiente para calmar todas sus dudas. Se miraron a los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, no hubo miedo al futuro, solo la certeza del presente.

Lentamente, como si temieran romper el momento, se acercaron. Yuji podía oler el perfume floral de Nobara, y ella podía sentir el calor que desprendía el cuerpo de él. Cuando sus labios finalmente se encontraron, fue un beso suave, casi una pregunta que ambos estaban respondiendo con un rotundo "sí".

Fue un instante que pareció durar una eternidad, un refugio en medio de la guerra que libraban a diario.

—¡Ejem!

El sonido de una garganta aclarándose los hizo saltar y separarse como si les hubieran lanzado una técnica maldita. Rui estaba de pie en la entrada de la sala, sosteniendo un vaso de leche y con una sonrisa de absoluta satisfacción.

—Ya era hora. Estaba empezando a considerar llamar a Maki-san para que los golpeara hasta que reaccionaran.

Nobara se aclaró la garganta, tratando de recuperar su dignidad, aunque sus mejillas estaban del color de un tomate maduro.

—Cállate, Rui. Y termina tu leche.

—Ya la terminé —la niña caminó hacia ellos y se hizo un hueco justo en medio, obligándolos a rodearla con sus brazos—. Ahora, pongan la película. Y nada de besuqueos mientras yo esté aquí, es asqueroso.

Yuji soltó una carcajada, sintiéndose más ligero que nunca.

—Trato hecho, pequeña jefa.

La película comenzó a rodar, pero ninguno de los dos adolescentes prestó mucha atención a la pantalla. Sus manos volvieron a encontrarse por detrás de la espalda de Rui, entrelazándose con firmeza.

Unas horas más tarde, la puerta del dormitorio se abrió silenciosamente. Satoru Gojo entró, con su habitual venda cubriéndole los ojos y una bolsa de dulces en la mano. Detrás de él, Shoko Ieiri caminaba con las manos en los bolsillos de su bata blanca, luciendo cansada pero tranquila.

Se detuvieron al ver la escena en el sofá. Rui estaba profundamente dormida, apoyando la cabeza en el regazo de Nobara.
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