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El jefe portuario, la perra del mocoso

Fandom: Worm

Creado: 7/7/2026

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DramaAngustiaNoirCrimenEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoRealismoRomance
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El Precio del Puerto

La lluvia de New Stark no era como la de otras ciudades; tenía un olor metálico, una mezcla de salitre, óxido de contenedores y el humo denso de las tabacaleras cercanas. Daniel Julien Havok, Danny para quienes aún se atrevían a llamarlo por su nombre, observaba el horizonte desde el ventanal de su oficina en el sindicato de estibadores. A sus cuarenta y siete años, su cuerpo era un mapa de resistencia. Sus hombros, anchos como vigas de acero, apenas cabían en la silla ejecutiva que, irónicamente, rara vez usaba para descansar.

Su vida había sido una sucesión de golpes: los de su padre en la infancia, los de los pandilleros en su juventud, y el golpe final, el que no dejó cardenales pero le vació el alma, cuando Anisa y Travis murieron en aquel accidente. Desde entonces, Danny no era más que una máquina de carne y voluntad. Medía 1,83 metros, tenía el cabello cortado al ras en un estilo militar que acentuaba sus facciones endurecidas y unos ojos grises que parecían haber visto el fin del mundo y decidido que no era para tanto.

—Danny, los números no mienten —dijo Kurt, entrando sin llamar.

Su mejor amigo, un irlandés de cabeza rapada y ojos verdes que destilaban una preocupación genuina, dejó una carpeta sobre el escritorio. Kurt era de los pocos que recordaba que Danny solía reír.

—Si no aceptamos la inversión de Hernández, la mafia rusa va a empezar a comprar las deudas de los muelles pequeños. Nos van a asfixiar, hermano. Los muchachos necesitan el capital.

Danny suspiró, el sonido resonando en su pecho macizo. Sabía lo que eso significaba. Miguel Hernández, el "influencer" brasileño de veintiún años que había llegado a la ciudad como un torbellino de arrogancia y dinero, no quería acciones comunes. No quería un asiento en la junta. Quería a Danny.

—Lo sé —respondió Danny con voz ronca—. Ya acepté los términos.

Kurt se quedó en silencio un momento, rascándose la nuca.

—Es un mocoso con demasiado dinero y muy poca vergüenza, Danny. ¿Estás seguro de que puedes manejarlo? Es... humillante.

—Humillante es ver a mis hombres recoger comida de la basura porque no hay barcos que descargar —sentenció Danny, levantándose. Su presencia llenaba la habitación; sus pectorales y abdominales, marcados por años de gimnasio obsesivo para no pensar en su casa vacía, tensaban la camisa de botones—. Si ese crío quiere un juguete, tendrá el mejor que su dinero pueda comprar.

La primera vez que escuchó el término DILF de labios de Miguel, Danny tuvo que buscarlo en internet. "Dad I'd Like to Fuck". El concepto le revolvió el estómago por su crudeza, pero también despertó un cinismo oscuro en él. Si el mundo se había vuelto un lugar donde un modelo de ojos ámbar y piel canela podía comprar la dignidad de un hombre que le doblaba la edad, entonces Danny jugaría el juego.

El viernes por la tarde, Danny condujo hasta la mansión de Miguel en las colinas de New Stark. Era un palacio de cristal y hormigón que gritaba exceso. Al entrar, el silencio de la casa era absoluto, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado.

Miguel lo esperaba en el salón principal, recostado en un sofá de cuero blanco. Solo llevaba unos boxers negros de una marca cara, tan ajustados que no dejaban nada a la imaginación. Danny no pudo evitar fijarse; el chico estaba dotado de una manera casi irreal, una presencia física que contrastaba con su rostro juvenil y su cabello rebelde.

—Llegas tarde, Daniel —dijo Miguel, con un acento brasileño que arrastraba las palabras con una pereza depredadora. Se puso de pie, revelando un cuerpo delgado pero fibroso, cubierto de tatuajes que narraban historias de favelas y éxito repentino—. Empezaba a pensar que te habías arrepentido.

—Soy un hombre de palabra —respondió Danny, manteniendo la mirada gris fija en los ojos ámbar del joven—. El contrato está firmado. El primer depósito llegó a la cuenta del sindicato esta mañana.

Miguel se acercó a él, caminando con la confianza de quien es dueño de todo lo que pisa. Se detuvo a escasos centímetros de Danny, obligándolo a inclinar ligeramente la cabeza hacia abajo a pesar de que Danny era más robusto. Miguel pasó una mano por el pecho de Danny, trazando la línea de sus músculos a través de la tela de la camisa.

—Mírate... eres perfecto. Tan grande, tan serio. Me encanta esa mirada de mártir. ¿Sabes lo que quiero hoy, verdad?

—Lo que tú digas, Miguel —dijo Danny, cerrando los puños a los costados—. Soy tuyo hasta el lunes por la mañana.

—Exacto. Quítate la ropa. Quiero ver por qué los estibadores te respetan tanto.

Danny obedeció con una eficiencia mecánica. Se desvistió frente al chico, dejando que sus hombros anchos y su espalda marcada quedaran al descubierto. No había vergüenza en él, solo una resignación profunda. Cuando quedó completamente desnudo, Miguel dejó escapar un silbido bajo.

—Increíble. Eres como una estatua de granito. Ven aquí, arrodíllate.

Danny sintió el tirón de orgullo en su nuca, pero lo aplastó. Se arrodilló sobre la lujosa alfombra, su cuerpo masivo contrastando con la figura esbelta del joven que ahora lo miraba desde arriba con una sonrisa satisfecha.

—¿Recuerdas lo que hablamos sobre los condones? —preguntó Miguel, pasando sus dedos por el cabello estilo crew cut de Danny—. Me hice las pruebas. Tú también. Somos exclusivos, Daniel. No quiero plástico entre nosotros. Quiero sentirte de verdad.

—Como quieras —murmuró Danny.

Miguel se bajó los boxers con un movimiento fluido. Danny, a pesar de su experiencia previa con su esposa, nunca se había enfrentado a algo así. La hombría de Miguel era imponente, de trece pulgadas de largo, gruesa como una lata y cruzada por venas que palpitaban con una energía joven y agresiva.

—Ábrete para mí —ordenó Miguel, agarrando a Danny por la nuca—. Quiero que aprendas a tragar cada gota.

Las horas siguientes fueron un borroso descenso hacia una intimidad que Danny nunca imaginó. Miguel era un amo exigente y caprichoso, con una fijación por las posturas del kamasutra que ponían a prueba la flexibilidad de Danny. A pesar de su tamaño, Danny descubrió que su cuerpo podía doblarse de formas que lo dejaban vulnerable, expuesto al ímpetu del joven brasileño.

—¡Dios, Daniel! —exclamó Miguel, su voz rompiéndose mientras lo sodomizaba con fuerza, manteniendo a Danny contra el borde de la cama—. ¡Eres tan estrecho para ser tan grande!

Danny apretó los dientes, enterrando la cara en las sábanas de seda. El dolor inicial había dado paso a una sensación de plenitud que lo asustaba. El sexo gay era diferente, más crudo, más centrado en el poder, y Miguel sabía exactamente cómo ejercerlo. El joven no lo humillaba con palabras crueles, sino con la forma en que lo reclamaba, como si Danny fuera un territorio conquistado.

Cuando el sol empezó a ponerse, Danny se encontraba tendido boca abajo, recuperando el aliento. Sentía el peso de Miguel sobre él, el calor de la piel del joven contra su espalda sudorosa.

—¿Estás bien, "Daddy"? —preguntó Miguel al oído, usando el apodo con una mezcla de burla y afecto.

—Sobreviviré —respondió Danny con voz apagada.

—Eres mejor de lo que imaginé —dijo Miguel, rodando para quedar a su lado—. Los otros modelos, los chicos de mi edad... son todos iguales. Tú tienes peso. Tienes historia. Me gusta que te resistas un poco antes de ceder.

Danny se sentó, sintiendo los músculos de sus muslos y glúteos protestar por el esfuerzo. Se pasó una mano por la cara, tratando de procesar la extraña dinámica que se estaba forjando.

—Mañana hay más —continuó Miguel, estirándose como un gato—. Quiero probar algo diferente en la ducha. Y por la noche, quiero que me acompañes a una cena. Discretamente, claro. Diré que eres mi jefe de seguridad personal. Nadie sospecharía que el gran Danny Havok pasa sus noches atendiendo mis caprichos.

—Nadie tiene por qué saberlo —dijo Danny, poniéndose de pie para buscar su ropa.

—Eso es lo que lo hace divertido, ¿no? —Miguel se rió, una risa cristalina que por un momento lo hizo parecer el chico de veintiún años que realmente era—. El secreto.

El sábado pasó en una neblina de exigencias físicas y momentos de extraña calma. Danny aprendió a anticipar los deseos de Miguel, a realizar sexo oral profundo hasta que su garganta se acostumbraba al tamaño del joven, y a aceptar la semilla de Miguel como parte de su rutina. Era degradante en teoría, pero en la práctica, había algo en la intensidad de Miguel que llenaba el vacío que Danny llevaba cargando años. Era una distracción violenta y absorbente.

El domingo por la tarde, antes de que Danny se marchara, Miguel lo detuvo en el vestíbulo. El joven vestía solo sus boxers habituales, luciendo su dotación con una falta de modestia que a Danny aún le resultaba chocante.

—Daniel, espera.

Danny se giró, con su chaqueta en la mano.

—¿Qué pasa ahora? ¿Otra ronda?

Miguel negó con la cabeza y se acercó, entregándole un sobre pequeño.

—Es un bono. Para el equipo de boxeo juvenil que patrocina el sindicato. Me enteré de que les faltaba equipo.

Danny tomó el sobre, sorprendido. Miró al chico, buscando la burla en sus ojos ámbar, pero solo encontró una satisfacción genuina.

—Gracias —dijo Danny, sinceramente—. Significa mucho para ellos.

—No te equivoques —dijo Miguel, recuperando su tono arrogante—. Solo quiero que mi "juguete" esté de buen humor para el próximo fin de semana. No me gusta cuando estás demasiado sombrío.

Danny asintió, guardando el sobre en su bolsillo. Se dio cuenta de que, a pesar de la diferencia de edad y la naturaleza de su acuerdo, Miguel lo veía de una forma que nadie más en New Stark hacía. No era el "pobre Danny" que perdió a su familia, ni el "jefe Havok" que mantenía la paz en los muelles. Para Miguel, era simplemente Daniel, un hombre cuya fuerza y madurez eran un desafío y un placer.

—Nos vemos el viernes, mocoso —dijo Danny, permitiéndose una pequeña sombra de sonrisa antes de salir por la puerta.

Mientras conducía hacia su casa, hacia el silencio de su apartamento y la soledad de su cama, Danny sintió el eco del cuerpo de Miguel en el suyo. La vida en New Stark seguía siendo una lucha constante contra las pandillas, la corrupción y la sombra de los súper humanos que empezaban a aparecer en los rumores de las noticias. Pero ahora, Danny tenía un nuevo frente de batalla, uno que se libraba entre sábanas de seda y bajo luces de neón.

Era la puta glorificada de un millonario de veintiún años, sí. Pero mientras el dinero fluyera hacia sus hombres y mientras Miguel lo mirara con ese hambre que le hacía sentirse vivo de nuevo, Danny Havok aceptaría el precio. Al fin y al cabo, un estibador siempre sabe cómo manejar una carga pesada, y Miguel Hernández era, sin duda, la carga más complicada y adictiva que jamás había tenido que transportar.
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