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La matriarca no repite errores

Fandom: Game of thrones

Creado: 7/7/2026

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La Promesa de la Loba y el Silencio de los Dioses

El frío de Invernalia siempre había sido un compañero constante, pero para Catelyn Stark, el frío que recordaba era el de la muerte. Recordaba el acero cortando su garganta en Los Gemelos, el peso de su cuerpo hundiéndose en el río, y luego, la agonía eterna de ser una sombra. Como un espectro silencioso, había visto la caída de su casa, la traición de los hombres y la soledad de sus hijos. Había visto a Jon, el niño al que tanto había despreciado, convertirse en un hombre, un líder, y finalmente, morir bajo las dagas de sus propios hermanos juramentados.

Cuando la oscuridad la reclamó tras la muerte de Jon, Catelyn no encontró el infierno ni los Siete Cielos. En su lugar, despertó con el sonido de una respiración agitada y el olor a fiebre y hierbas medicinales.

Estaba de vuelta.

Frente a ella, en una pequeña cama, un Jon Snow de apenas siete años luchaba por su vida contra la viruela del norte. En su vida anterior, Catelyn había rezado por su muerte en un momento de debilidad, para luego arrepentirse y prometer a los dioses que lo amaría si lo salvaban. En aquella ocasión, no cumplió su promesa.

Esta vez, mientras acariciaba la frente sudorosa del niño, Catelyn cerró los ojos y sintió la presencia de los Siete —o quizás de los Antiguos Dioses, ya no estaba segura de quiénes escuchaban— vibrando en su sangre.

—No permitiré que el invierno nos devore de nuevo —susurró, su voz firme como el hierro—. Esta vez, pequeño lobo, no estarás solo.

Han pasado cinco años desde aquella noche. Cinco años en los que Invernalia ha cambiado bajo la mano de una Catelyn Stark que muchos consideran tocada por la divinidad.

Catelyn caminaba por el patio de armas, observando el entrenamiento. Sus movimientos eran gráciles, pero había algo en ella que desconcertaba a los sirvientes y a los nobles por igual. A pesar del paso del tiempo, su rostro no mostraba nuevas arrugas; su piel permanecía tan tersa como el día que regresó, y sus ojos azules brillaban con una intensidad que parecía ver a través del tiempo mismo.

—¡Más rápido, Robb! ¡Jon, mantén la guardia alta! —gritó Catelyn desde el balcón.

Abajo, los dos hermanos chocaban sus espadas de madera. Robb era fuerte y audaz, pero Jon se movía con una determinación sombría, una eficiencia que Catelyn sabía que cultivaría en el Muro si ella no intervenía.

Ned Stark se acercó a su esposa, rodeando su cintura con un brazo. Su rostro mostraba una mezcla de orgullo y confusión.

—A veces me asustas, Cat —dijo Ned con una sonrisa suave—. Has convertido el patio en una forja de guerreros. Incluso Sansa pasa más tiempo estudiando mapas y logística que bordando.

Catelyn se giró hacia su esposo, el hombre que amaba y cuya muerte aún veía en sus pesadillas cada vez que cerraba los ojos.

—El invierno se acerca, Ned —respondió ella, usando las palabras de su casa con una gravedad que le erizó la piel—. Los dioses me han mostrado que las flores de seda no detendrán el acero, ni la cortesía alimentará a nuestra gente cuando la nieve cubra las murallas.

—Tus visiones... —Ned suspiró, mirando a los niños—. El maestre Luwin dice que son sueños, pero cada vez que adviertes sobre una cosecha perdida o una tormenta, sucede. Incluso el trato hacia Jon...

Catelyn observó a Jon, quien en ese momento lograba desarmar a Robb con un movimiento rápido. El niño miró hacia arriba, buscando la aprobación de Ned, pero sus ojos se encontraron primero con los de Catelyn. Ella le dedicó una inclinación de cabeza y una sonrisa genuina.

—Jon es un Stark de sangre, si no de nombre —dijo Catelyn, con una frialdad que reservaba para las verdades políticas—. Los dioses me castigaron una vez por mi orgullo y mi odio. No volveré a permitir que una grieta en nuestra familia sea el lugar por donde entre la daga del enemigo.

Ned asintió, aunque Catelyn sabía que él no comprendía la magnitud de lo que ella intentaba evitar. Él no sabía de los Bolton, de los Frey, ni de la sombra que crecía más allá del Muro.

Más tarde, en la biblioteca, Catelyn encontró a Jon solo, limpiando una espada de acero auténtico que ella misma le había regalado por su nombre-día, para escándalo de muchos.

—Madre —dijo Jon, levantándose rápidamente.

Catelyn sintió una punzada en el corazón cada vez que él usaba ese título. Ella se lo había pedido después de su recuperación, insistiendo en que, si iba a criarlo, lo haría como un hijo. Jon, sin embargo, siempre parecía luchar con una tormenta interna.

—No es necesario que te levantes, Jon —dijo ella, acercándose y tomando asiento frente a él—. Has mejorado mucho con la espada. Ser Rodrik dice que pronto no tendrá nada más que enseñarte.

—Robb es mejor con la lanza —respondió Jon, bajando la mirada—. Yo solo intento no quedarme atrás.

Catelyn extendió la mano y levantó el mentón del joven.

—No te comparas con Robb, te comparas con el hombre que debes llegar a ser. Los dioses tienen un camino para ti, Jon Snow. Un camino que requiere que seas más fuerte que cualquier otro hombre en los Siete Reinos.

Jon la miró con esos ojos grises, tan parecidos a los de Ned, pero cargados de una melancolía que Catelyn sabía que él no entendía.

—¿Por qué me ayuda, milady? —preguntó él, su voz apenas un susurro—. Antes... antes de que me enfermara, usted ni siquiera me miraba. A veces, cuando me mira ahora, parece que ve a alguien más. Alguien que no soy yo. O alguien que ya murió.

Catelyn retiró la mano, sintiendo un escalofrío. El instinto del niño era afilado.

—Veo el futuro, Jon —dijo ella, optando por una verdad a medias—. Veo lo que sucede cuando los Stark están divididos. Veo la oscuridad que viene. Te trato así porque te amo, y porque te necesito vivo y fuerte para lo que vendrá.

—¿Incluso si eso significa que debo quedarme en Invernalia? —preguntó Jon—. He pensado en el Muro. Benjen dice que...

—¡No! —El grito de Catelyn fue tan repentino que Jon retrocedió—. Jamás mencionarás el Muro de nuevo. Tu destino no es morir congelado en una torre olvidada por los dioses. Tu destino es estar aquí, al lado de tus hermanos.

Jon guardó silencio, confundido por la intensidad de la mujer. Catelyn respiró hondo, tratando de calmar los latidos de su corazón. Había visto a Jon morir en el Castillo Negro, traicionado por el honor y la falta de apoyo. No permitiría que eso sucediera de nuevo.

—Perdóname —dijo ella, suavizando el tono—. Solo quiero protegerte. He visto morir a demasiados hombres de mi familia en mis visiones. No serás uno de ellos.

—Lo prometo, madre —dijo Jon, aunque la palabra todavía sonaba extraña en sus labios—. No iré a ninguna parte si usted no lo desea.

Catelyn salió de la biblioteca con una determinación renovada. Había logrado cambiar el destino de Jon por ahora, pero sabía que los hilos del destino eran difíciles de desenredar. A pesar de sus esfuerzos, algunas cosas seguían ocurriendo. Lord Tywin Lannister seguía ganando poder en el sur, y los rumores sobre la locura de los Greyjoy empezaban a llegar al norte.

Se dirigió a sus aposentos, pero en el camino se cruzó con Septane Mordane y Sansa. Su hija mayor caminaba con una rectitud nueva; ya no hablaba solo de canciones de amor, sino que llevaba bajo el brazo un libro sobre las casas nobles del Valle y sus recursos económicos.

—Madre —dijo Sansa, haciendo una reverencia—. He terminado de revisar las cuentas de los almacenes de grano. Si el invierno dura más de cinco años, como sugieren tus visiones, necesitaremos comprar más excedentes a la Casa Tyrell antes de que los precios suban.

Catelyn sonrió, sintiendo un breve momento de paz.

—Bien hecho, Sansa. El conocimiento es una armadura que nadie puede quitarte.

—¿Es cierto que los dioses te hablan a través de los sueños, madre? —preguntó Sansa con curiosidad—. Arya dice que solo son pesadillas, pero yo veo cómo miras el horizonte. Como si esperaras que algo apareciera.

—No espero que aparezca, Sansa. Sé que vendrá —dijo Catelyn, acariciando el cabello de su hija—. Y cuando llegue, Invernalia no será una víctima. Será el verdugo.

Esa noche, Catelyn se arrodilló en el Bosque de Dioses. Aunque seguía siendo devota de los Siete, sentía que en el Norte, los Antiguos Dioses tenían más fuerza, y ella necesitaba toda la ayuda posible. El rostro tallado en el arciano parecía observarla con una sabiduría cruel.

—He salvado a Jon de la fiebre —susurró a la corteza blanca—. He preparado a mis hijos. He fortalecido las alianzas. ¿Por qué sigo sintiendo este vacío?

Una ráfaga de viento agitó las hojas rojas, y por un momento, Catelyn creyó escuchar un susurro que no era viento.

"El precio debe ser pagado", pareció decir el bosque.

Catelyn apretó los puños. En su vida anterior, había sido una mujer de honor y deber, pero la muerte la había vuelto inmisericorde. Si los dioses exigían un precio, ella lo pagaría con la sangre de sus enemigos, no con la de sus hijos.

Días después, un cuervo llegó desde Desembarco del Rey. La noticia se extendió por el castillo como un reguero de pólvora: Jon Arryn, la Mano del Rey, había muerto.

Ned entró en el solar de Catelyn con la carta en la mano, su rostro pálido.

—Catelyn, Jon Arryn ha muerto. El Rey Robert viene hacia aquí.

Catelyn no se inmutó. Se levantó de su silla con una calma gélida que sorprendió a su esposo.

—Viene a pedirte que seas su Mano —dijo ella, adelantándose a sus palabras.

Ned frunció el ceño.

—¿Cómo puedes estar tan segura? Robert tiene muchos otros señores a los que recurrir.

—No es una suposición, Ned. Es el comienzo —respondió ella, caminando hacia la ventana que daba al patio, donde Jon y Robb volvían a entrenar—. El Rey traerá consigo a los Lannister. Traerá la ponzoña del sur a nuestro hogar.

—Si me lo pide, no puedo negarme —dijo Ned, el honor dictando su respuesta como siempre—. Es mi rey, y mi amigo.

Catelyn se giró, y por un momento, Ned vio en ella a la mujer que había regresado de la muerte: una loba con colmillos de hielo.

—Irás, Ned. Pero no irás como un amigo leal que busca servir. Irás como un Stark que busca justicia. Y no irás solo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Ned, confundido.

—Llevaremos a Jon con nosotros —sentenció Catelyn—. Los Lannister creen que somos lobos domésticos. Es hora de mostrarles que el Norte no olvida, y que esta vez, la loba sabe dónde morder.

Ned se quedó en silencio, procesando la intensidad de su esposa. Catelyn sabía que este era el momento crítico. En la línea temporal original, la partida de Ned hacia el sur fue el principio del fin. Pero ahora, ella conocía cada traición, cada palabra susurrada en la oscuridad.

Esa tarde, Catelyn llamó a Jon a su presencia privada. El joven entró con cautela, notando la atmósfera cargada de la habitación.

—Jon —dijo ella, sin rodeos—. El Rey Robert Baratheon llegará en unas semanas. Tu padre será llamado al sur. Y tú irás con él.

Jon abrió los ojos de par en par.

—¿Yo? Pero... soy un bastardo. No tengo lugar en la corte del Rey.

—Tendrás el lugar que yo te dé —dijo Catelyn, acercándose a él—. En Desembarco del Rey, los hombres juegan a un juego de tronos. Es un juego sucio y mortal. Pero tú, Jon, tienes algo que ellos no tienen. Tienes la verdad de tu sangre, aunque aún no sea el momento de revelarla, y tienes mi guía.

Jon sintió un nudo en la garganta. El cambio en Catelyn Stark seguía siendo un misterio para él, pero la lealtad que ella le mostraba había forjado en él un vínculo más fuerte que cualquier lazo de sangre reconocido.

—¿Qué espera de mí, milady? —preguntó Jon con firmeza.

—Espero que seas mis ojos y mis oídos. Espero que protejas a tus hermanas y a tu padre de los leones. Y sobre todo, espero que recuerdes que no eres un Snow, ni un Stark, ni un subordinado. Eres el acero que yo he forjado para salvar esta casa.

Catelyn sabía que estaba enviando a Jon a la boca del lobo —o del león—, pero esta vez, él no iría como un paria buscando honor en el Muro. Iría como una pieza clave en un tablero que ella ya conocía de memoria.

Mientras Jon salía de la habitación, Catelyn se miró en el espejo. Su reflejo no mostraba a la mujer desesperada que lloró en el Bosque de Dioses hace años. Mostraba a una reina sin corona, una mujer que había burlado a la muerte y que estaba dispuesta a incendiar el mundo para que sus hijos pudieran reinar sobre las cenizas de sus enemigos.

—Los dioses me trajeron de vuelta por una razón —susurró a su propio reflejo—. Y no fue para perdonar.

El invierno estaba llegando, pero Catelyn Stark era la tormenta que lo precedía.
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