Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Love in war

Fandom: Crepúsculo

Creado: 7/7/2026

Etiquetas

RomanceUA (Universo Alternativo)FantasíaPoesíaEstudio de PersonajeFluffAmbientación CanonDivergencia
Índice

Ecos de Papel y Versos Silenciosos

El aire de Forks siempre le recordaba a Annelisse a una acuarela inacabada: tonos grises, verdes profundos y una humedad que parecía difuminar los bordes del mundo. No se parecía en nada al calor seco y asfixiante de Texas, y mucho menos a la vibrante y ordenada armonía de Kioto que recordaba de su infancia. A sus diecisiete años, Annelisse Swan era una mezcla curiosa de mundos. Con su cabello rubio avellana cayendo en ondas suaves sobre sus hombros y sus ojos color celeste que parecían retener la luz del sol que aquel pueblo tanto extrañaba, caminaba por los pasillos de la escuela secundaria con la ligereza de quien ha practicado artes marciales desde que tiene memoria.

Hacía apenas una semana que su prima Bella se había instalado con el tío Charlie, y Annelisse y su madre no habían tardado en seguir sus pasos tras la invitación del jefe de policía. Charlie quería recuperar el tiempo perdido con la familia, y Annelisse, aunque extrañaba el aroma a jazmín de su antiguo hogar, encontraba cierta paz en el murmullo constante de la lluvia.

Ese lunes, sin embargo, el destino tenía otros planes, orquestados por una visión que ella no podía imaginar.

Alice Cullen se detuvo en seco en medio del pasillo, con una sonrisa enigmática bailando en sus labios. Sus ojos dorados brillaron con una chispa de travesura y certeza absoluta. Se giró hacia Jasper, quien permanecía a su lado con su habitual expresión de tensa calma, luchando contra la marea de emociones ajenas que siempre lo golpeaba en la escuela.

—Jasper —susurró Alice, tocándole el brazo—, ponte justo ahí, junto a las taquillas de la sección B. No preguntes, solo quédate quieto tres segundos.

Jasper, acostumbrado a las crípticas instrucciones de su hermana adoptiva, suspiró pero obedeció. Se colocó en la posición indicada, con su porte militar y su belleza gélida atrayendo las miradas de todos los estudiantes.

Annelisse venía distraída, ajustando la correa de su mochila mientras revisaba su horario. Su mente estaba en la clase de arte y en la receta de ramen que quería preparar para su madre esa noche. Sus 1,65 metros y su figura delgada la hacían parecer frágil, pero había una fuerza latente en su paso. Al doblar la esquina, no lo vio. No vio a la estatua de mármol que bloqueaba su camino.

El impacto fue inevitable.

—¡Oh! —exclamó Annelisse cuando su cuerpo chocó contra algo que se sentía tan sólido como un tronco de roble centenario.

Perdió el equilibrio, pero antes de que sus 47 kilos tocaran el suelo, unas manos frías y sorprendentemente firmes la sujetaron por los antebrazos. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió su columna vertebral. Al levantar la vista, se encontró con los ojos más extraños y fascinantes que jamás había visto: un color ámbar líquido que parecía arder bajo una capa de hielo.

—Lo siento mucho —dijo ella de inmediato, recuperando la compostura con la elegancia que le había inculcado su madre—. Estaba distraída, no te vi.

Jasper se quedó mudo. No era solo la belleza de la chica, que era innegable, sino la oleada de calma que emanaba de ella. A diferencia del caos emocional que solía rodear a los humanos, Annelisse Swan proyectaba una serenidad disciplinada, salpimentada con una curiosidad brillante. El aroma que desprendía —una mezcla de sándalo, papel viejo y algo dulce como los cítricos— lo golpeó con la fuerza de un huracán.

—No te preocupes —respondió Jasper con su voz aterciopelada y un marcado acento sureño que a Annelisse le resultó extrañamente familiar—. La culpa ha sido mía por estorbar en el camino.

Él la soltó lentamente, como si temiera que fuera a romperse o, quizás, como si no quisiera dejar de tocarla. Annelisse le dedicó una sonrisa tímida, una que hizo que el corazón muerto de Jasper diera un vuelco imaginario.

—Soy Annelisse —se presentó ella—. Acabo de llegar.

—Jasper Hale —contestó él, haciendo una leve inclinación de cabeza que denotaba una caballerosidad de otra época—. Bienvenida a Forks, Annelisse.

Ella se alejó hacia su clase, sintiendo su mirada fija en su espalda. Jasper, por su parte, se quedó allí hasta que Alice volvió a su lado, dándole un codazo juguetón.

—Te dije que valdría la pena —susurró la pequeña vampira.

***

Había pasado un mes desde aquel encuentro. Un mes en el que Annelisse se había convertido en una presencia constante en la periferia del mundo de los Cullen. Se llevaba bien con Bella, aunque su prima parecía estar sumergida en su propio e intenso drama con Edward. Annelisse, en cambio, prefería la compañía de sus libros, sus lienzos y la cocina.

Sin embargo, sus ojos siempre buscaban al rubio de mirada atormentada. Y Jasper, aunque intentaba mantener las distancias para protegerla de su propia naturaleza, no podía evitar orbitar cerca de ella.

Aquella tarde, la biblioteca de la escuela estaba casi desierta. El olor a polvo y papel era el refugio favorito de Annelisse cuando el cielo de Forks se ponía especialmente oscuro. Se había sentado en un rincón apartado, cerca de una ventana donde las gotas de lluvia golpeaban rítmicamente el cristal. En sus manos sostenía una edición desgastada de *Orgullo y Prejuicio*.

A veces, cuando estaba sola, le gustaba leer en voz alta para practicar la entonación, una costumbre que conservaba de sus años estudiando literatura en Texas.

—En vano he luchado —leyó Annelisse en un susurro melodioso, dejando que las palabras de Darcy fluyeran con sentimiento—. No quiero hacerlo más. Mis sentimientos no pueden contenerse. Permítame decirle con cuánto fervor la admiro y la amo.

Cerró los ojos un momento, saboreando la prosa, sin notar que una sombra se proyectaba sobre su mesa.

—¿Es Jane Austen tu guía en los días de lluvia? —Una voz profunda y suave rompió el silencio del rincón.

Annelisse dio un pequeño salto y levantó la vista. Jasper estaba allí, de pie entre dos estanterías, luciendo como un príncipe de un siglo pasado con su chaqueta oscura y su piel pálida. Sus ojos, hoy de un tono café dorado, la observaban con una intensidad que le cortó la respiración.

—Es un buen refugio —respondió ella, recuperando el aliento y cerrando el libro—. Hay algo en la honestidad de sus personajes que me hace sentir en casa. ¿Te gusta la literatura, Jasper?

El rubio se acercó un paso más, moviéndose con esa gracia felina que lo caracterizaba. Se apoyó en la estantería de madera, observando la portada del libro.

—He vivido lo suficiente para apreciar las historias que perduran —dijo él, con una sombra de misterio en su tono. De repente, su expresión cambió y una chispa de desafío juguetón apareció en sus ojos—. Pero si hablamos de clásicos, yo siempre he tenido una debilidad por los trágicos.

Jasper aclaró su garganta y, mirando directamente a los ojos celestes de Annelisse, recitó con una voz que parecía cargar el peso de los años:

—¿Ojos, mirad por última vez! ¡Brazos, dad vuestro último abrazo! Y vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con un beso legítimo un pacto perpetuo con la ávida muerte.

Annelisse sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de pura conexión. Reconoció las palabras al instante. Era el acto final, la desesperación de un amante que no concebía el mundo sin su otra mitad. Se puso de pie lentamente, dejando el libro sobre la mesa, y sin apartar la vista de Jasper, continuó la cita del acto de Romeo y Julieta:

—¡Aquí, aquí me quedaré con los gusanos, que son tus criadas! ¡Oh! Aquí estableceré mi eterno reposo y sacudiré de esta carne cansada del mundo el yugo de las estrellas enemigas.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el golpeteo de la lluvia. Jasper parecía petrificado, sorprendido de que ella no solo conociera la obra, sino que la sintiera con la misma intensidad que él. En ese momento, las barreras que él había levantado para mantenerse alejado de la humana empezaron a desmoronarse.

—La mayoría de las personas de tu edad prefieren lecturas más... ligeras —comentó Jasper, acortando la distancia entre ambos.

—No soy como la mayoría de las personas —respondió Annelisse con sencillez—. Crecí entre dos culturas muy distintas. En Japón aprendí el valor del silencio y la disciplina de las artes marciales; en Texas aprendí la pasión y la importancia de decir lo que uno siente. Y aquí, en Forks... creo que estoy aprendiendo a escuchar lo que no se dice.

Jasper sintió una oleada de paz tan profunda emanando de ella que por un momento olvidó la sed, olvidó el peligro y olvidó quién era. Solo existía esa chica de ojos celestes que hablaba de Shakespeare como si fuera un viejo amigo.

—Tienes un alma antigua, Annelisse Swan —susurró él, extendiendo una mano como si quisiera acariciar su mejilla, aunque se detuvo a escasos centímetros—. Lo supe desde el momento en que chocaste conmigo en el pasillo.

—Yo también sentí algo —admitió ella, dando el pequeño paso que faltaba para que su calor humano contrastara con el aura gélida de él—. Sentí que el mundo se detenía. Y desde entonces, no he dejado de pensar en por qué tus ojos cambian de color o por qué siempre pareces llevar el peso del mundo sobre tus hombros.

Jasper bajó la mirada, luchando con el impulso de huir para protegerla. Pero la serenidad de Annelisse era un ancla. Ella no tenía miedo. Su ritmo cardíaco era constante, musical, casi como una canción de cuna que calmaba a la bestia en su interior.

—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí —advirtió él con voz ronca—. Cosas que podrían asustarte.

Annelisse sonrió de lado, una expresión que recordaba a su herencia japonesa, llena de una sabiduría tranquila.

—He practicado kendo y judo desde los seis años, Jasper. He aprendido que la fuerza no está en los músculos, sino en el control. Y en ti veo mucho control, pero también mucha soledad. No me asustas. Me intrigas.

Jasper no pudo evitarlo. Se rió suavemente, un sonido bajo y musical que Annelisse deseó escuchar todos los días de su vida.

—Eres valiente. Peligrosamente valiente.

—O tal vez solo sé reconocer algo especial cuando lo tengo delante —replicó ella.

Él se atrevió finalmente a rozar con sus dedos el dorso de la mano de Annelisse. Su piel era como el fuego para él, pero no quemaba; era un calor que deseaba conservar.

—¿Te gustaría... —Jasper dudó, buscando las palabras adecuadas—, te gustaría que leyéramos algo más? No necesariamente tragedias.

Annelisse iluminó el rincón oscuro con su sonrisa.

—Me encantaría. Pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó él, dispuesto a concederle cualquier cosa.

—Que me dejes cocinar para ti algún día. Mi madre dice que mi curry japonés es capaz de alegrar hasta al corazón más melancólico.

Jasper sintió una punzada de ironía ante la mención de su corazón, pero asintió con sinceridad. No podía comer, pero estaría dispuesto a sentarse a su mesa solo por verla hablar y reír bajo la luz de las velas.

—Trato hecho, Annelisse.

En la penumbra de la biblioteca de Forks, rodeados de historias de amores imposibles y héroes de papel, comenzó una historia real. Una que no estaba escrita en los libros de Austen ni de Shakespeare, sino que se grababa en cada mirada compartida y en cada centímetro de aire que los separaba. Jasper Hale, el soldado que había visto lo peor de la existencia, había encontrado finalmente un remanso de paz en una chica que leía poesía en voz alta y no temía a la oscuridad.

Y Annelisse, la joven que cruzó el océano y medio continente buscando su lugar, comprendió que su hogar no era un punto en el mapa, sino el reflejo dorado en los ojos de un chico que la esperaba en un pasillo lluvioso.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic