
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Qhps Naruto era convertido en un angel de Dios
Fandom: Naruto y Naruto Shippuden
Creado: 7/7/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloFantasíaIsekai / Fantasía PortalMuerte de PersonajeDivergenciaDiscriminaciónArregloCrossoverAventuraEstudio de Personaje
La Luz tras el Abismo: El Llamado del Querubín
El sol de la tarde caía sobre la Aldea Oculta de la Hoja, tiñendo los edificios de un naranja que, para Naruto Uzumaki, no tenía nada de cálido. Sus pasos resonaban con un eco vacío en los pasillos del hospital de Konoha. Sus manos, vendadas y todavía doloridas por el combate contra Kiba Inuzuka, temblaban ligeramente, pero no de miedo, sino de una mezcla de ansiedad y esperanza. Había ganado. Había demostrado que no era un perdedor. Ahora, necesitaba que su maestro, Kakashi Hatake, lo reconociera.
Al llegar a la habitación donde el Jōnin se recuperaba de las secuelas del uso del Sharingan, Naruto tomó aire y entró con su característica sonrisa ruidosa.
— ¡Kakashi-sensei! —exclamó Naruto, alzando un puño—. ¡He pasado a las finales! ¡Tengo que enfrentarme a ese tipo, Neji Hyuga! ¡Necesito que me entrene, sensei! ¡Enséñeme algo increíble para cerrarle la boca!
Kakashi, que estaba leyendo su habitual libro naranja, ni siquiera levantó la vista de inmediato. El silencio que se prolongó en la sala fue gélido. Cuando finalmente cerró el libro, su ojo visible no mostraba la calidez perezosa de siempre. Era una mirada de acero, distante y extrañamente cruel.
— No, Naruto —dijo Kakashi con una voz plana, carente de emoción—. No tengo tiempo para ti.
Naruto parpadeó, su sonrisa flaqueando.
— ¿Eh? ¿A qué se refiere? ¡Usted es mi maestro! Las finales son en un mes y...
— Escucha bien —lo interrumpió Kakashi, sentándose en la cama con una rigidez que intimidó al chico—. Las finales son una etapa seria. Sasuke tiene el Sharingan y un potencial que no puedo desperdiciar. Él es un genio de un clan prestigioso; tú, por otro lado, eres un huérfano sin talento, sin un linaje que heredar y sin disciplina.
Las palabras golpearon a Naruto como bofetadas físicas. Retrocedió un paso, sintiendo un nudo en la garganta.
— Pero... ¡yo también soy su alumno! —protestó Naruto, con la voz quebrada—. ¡Vencí a Kiba! ¡Me esforcé mucho!
— Ganaste por pura suerte y de una manera asquerosa, Naruto —escupió Kakashi, y esta vez su tono fue humillante—. No vales mi tiempo. Entrenar a alguien como tú es como intentar pulir una piedra común esperando que se convierta en diamante. No tienes clan, no tienes futuro como un gran ninja. He conseguido a Ebisu para que se encargue de ti. Él es más adecuado para alguien de tu... nivel básico. Ahora lárgate, tengo que prepararme para el entrenamiento de Sasuke.
Naruto sintió que el mundo se desmoronaba. El hombre que consideraba una figura paterna lo acababa de desechar como basura. Sin decir una palabra más, con la cabeza baja y los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas, Naruto salió de la habitación. Corrió por los pasillos, ignorando las miradas de las enfermeras, buscando desesperadamente el aire libre.
Caminaba por las calles de la aldea, con el pecho oprimido. Quizás sus amigos podrían animarlo. A lo lejos, vio a Sakura, Ino y Hinata hablando cerca de un banco en el parque. El corazón de Naruto dio un vuelco. Sakura, su gran amor platónico, y Hinata, quien siempre parecía apoyarlo en silencio. Se acercó con la intención de saludarlas, pero algo en el tono de Sakura lo hizo detenerse detrás de un gran árbol.
— ...es que es patético —decía Sakura, cruzándose de brazos con una expresión de fastidio—. Naruto cree que por haberle ganado a Kiba con ese truco sucio del gas ya está al nivel de Sasuke-kun. Es solo un huérfano sin clan que no sabe cuándo rendirse. Es un estorbo para el equipo siete.
— Tienes razón, Sakura-chan —secundó Ino con una risa burlona—. Es una verdadera cagada que lo hayan dejado pasar a las finales. Neji lo va a destruir, y sinceramente, se lo merece por ser tan ruidoso y molesto. No tiene talento, solo es un perdedor con suerte.
Naruto sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. Miró hacia Hinata, esperando, rezando para que ella dijera algo en su defensa. Vio a la chica Hyuga jugar con sus dedos, nerviosa.
— Bueno... —murmuró Hinata al principio—, Naruto-kun se esfuerza mucho...
— ¡Ay, por favor, Hinata! —la cortó Sakura—. No intentes defender lo indefendible. Sabes que es un perdedor. Jamás tendrá una oportunidad conmigo ni llegará a ser nada importante. Es solo un demonio huérfano que ensucia las calles.
Hinata bajó la mirada, influenciada por la presión de sus amigas, y finalmente asintió con una tristeza que Naruto interpretó como desprecio.
— Sí... supongo que tienen razón —susurró Hinata—. Él... él nunca podrá compararse con alguien de un clan de verdad. Neji es mucho más fuerte.
Naruto no escuchó más. No podía. El dolor era tan insoportable que sentía que se iba a asfixiar. Aquellos a los que quería vengar, aquellos por los que estaba dispuesto a morir, lo veían como una basura, como un error de la naturaleza.
Empezó a correr.
Corrió más allá de las puertas de la aldea. Los ninjas de la entrada ni siquiera se molestaron en detenerlo; para ellos, solo era el "chico zorro" haciendo otra de sus rabietas. Naruto corrió con los pulmones ardiendo, atravesando el bosque con una velocidad nacida de la desesperación.
— ¡Nadie me quiere! —gritaba entre sollozos mientras las ramas le azotaban el rostro—. ¡Todos me odian! ¡Solo soy un demonio para ellos!
Pensó en el viejo Hokage, en Teuchi y Ayame del puesto de ramen. Eran los únicos que lo trataban como a un ser humano, pero en ese momento, el odio de toda la aldea pesaba mucho más. Naruto corrió durante cinco horas seguidas. Cruzó el Bosque de la Muerte y se adentró en terrenos desconocidos, mucho más allá de las fronteras patrulladas.
Finalmente, cuando la noche había caído y la oscuridad era absoluta, sus piernas cedieron. Naruto cayó al suelo, exhausto, con la ropa rasgada y el espíritu quebrado. Se encontraba en un valle profundo, rodeado de árboles ancestrales que parecían alcanzar las estrellas.
— ¿Dónde... dónde estoy? —susurró, tratando de levantarse.
A lo lejos, entre la maleza, divisó un resplandor extraño. No era el fuego de una fogata ni la luz de una linterna. Era un brillo plateado y dorado que emanaba de la boca de una cueva oculta por enredaderas brillantes. Movido por una curiosidad que superaba su miedo, Naruto se arrastró hacia la entrada.
Al entrar, el cansancio pareció disiparse ligeramente. El camino era largo, un túnel que parecía no tener fin, iluminado por antorchas que ardían con un fuego azulado que no emitía humo. Caminó durante veinte minutos, internándose en las profundidades de la tierra, hasta que el túnel se abrió en una cámara que desafiaba toda lógica.
Era un santuario inmenso, de mármol blanco y detalles en oro puro. El techo era tan alto que no se alcanzaba a ver, y las paredes estaban incrustadas con gemas preciosas: esmeraldas del tamaño de puños, rubíes que brillaban como brasas y zafiros más profundos que el océano. Cualquier hombre se habría vuelto loco de codicia, pero Naruto solo sentía una paz abrumadora.
De repente, una luz tan intensa como el sol estalló en el centro del santuario. Naruto se cubrió los ojos, gritando de terror al sentir una presencia cuya magnitud no podía comprender.
Cuando la luz se atenuó, Naruto se quedó petrificado. Frente a él se alzaba un ser del tamaño de una montaña. No era un monstruo, ni un demonio, ni un ninja. Era algo... divino.
El ser poseía tres rostros visibles: un rostro humano de una belleza serena y perfecta en el centro, un rostro de león rugiente hecho de energía incandescente a la izquierda, y un rostro de toro con cuernos de oro a la derecha. Cuatro alas gigantescas nacían de su espalda; las superiores ardían en llamas doradas, mientras que las inferiores estaban cubiertas por cientos de ojos humanos que parpadeaban y observaban todo con una sabiduría infinita.
— ¡Aaaaaah! ¡Un monstruo! ¡No me comas! —gritó Naruto, cayendo de espaldas y retrocediendo frenéticamente, con el corazón martilleándole el pecho—. ¡Perdón por entrar! ¡Ya me voy!
El Querubín no se movió, pero la energía del ambiente cambió. El aire, antes cargado de una presión insoportable, se volvió dulce y cálido, como un abrazo en una noche de invierno. El terror de Naruto se evaporó en un instante, reemplazado por una calma sobrenatural.
— No temas, pequeño —dijo una voz que no provenía de una boca, sino que resonaba directamente en el alma de Naruto. Era la voz de mil cascadas y el susurro del viento—. No soy un monstruo. Soy un Querubín, un guardián de la gloria del Altísimo.
Naruto dejó de temblar y miró hacia arriba, maravillado por el brillo de la armadura dorada del ser y la pureza de su túnica blanca.
— ¿Un... Querubín? —preguntó Naruto con voz pequeña—. ¿Eres un enviado de Dios? ¿Del Dios de los libros?
— Soy un servidor del Creador de todo lo que existe, el Padre Todopoderoso —respondió el ángel, inclinando levemente sus múltiples rostros hacia el niño—. He observado tu caminar, Naruto Uzumaki. He visto las lágrimas que has derramado y las heridas que los hombres han infligido en tu corazón puro.
Naruto sintió que las lágrimas volvían a brotar, pero esta vez no eran de amargura.
— ¿Tú... tú sabes quién soy? —sollozó—. En mi aldea dicen que soy un estorbo... que soy un demonio. Mi maestro me abandonó y mis amigos se burlan de mí...
— Los hombres son ciegos a la luz de la verdad —dijo el Querubín, extendiendo una mano gigante pero delicada hacia él—. Este mundo está sumido en el pecado, la guerra y el odio. Han convertido un regalo de vida en un campo de batalla de ambiciones vacías. Pero tú, pequeño, tienes un corazón que aún brilla, a pesar de la oscuridad que han intentado imponerle.
El ángel se inclinó más, y sus ojos —los cientos de ojos en sus alas— brillaron con una compasión que Naruto jamás había imaginado.
— He sido enviado para ofrecerte una elección, Naruto. No tienes por qué volver a ese lugar de dolor. No tienes por qué mendigar amor a quienes no tienen alma para dártelo.
Naruto se limpió las lágrimas con la manga de su chaqueta naranja.
— ¿Qué elección?
— Ven conmigo —dijo el Querubín—. Deja atrás este mundo corrupto. Te ofrezco una vida en el Reino de los Cielos, el Paraíso eterno. Allí no conocerás el hambre, ni la soledad, ni la humillación. Vivirás en la presencia del Altísimo, donde cada lágrima es secada y donde serás amado por lo que eres, no por lo que otros quieren que seas. No habrá más guerras, ni más odio. Solo paz y luz infinita.
Naruto procesó las palabras. Miró hacia atrás, hacia el túnel oscuro que lo conectaba con Konoha, con Kakashi, con Sakura y con el desprecio de una aldea que nunca lo quiso. Luego miró hacia el ángel, hacia la luz divina que prometía un hogar de verdad.
— ¿De verdad... podré estar en paz? —preguntó Naruto, con la voz llena de esperanza—. ¿Dios me aceptará aunque tenga a... a la bestia dentro de mí?
— Ante el Creador, todas las cadenas se rompen —aseguró el ángel—. Él te conoce desde antes de que nacieras. Él te ama más de lo que cualquier humano podría comprender.
Naruto sonrió, una sonrisa real, pura y llena de una alegría que iluminó la cueva más que cualquier gema.
— Sí... —dijo Naruto con determinación—. Quiero ir. Por favor, llévame contigo. No quiero volver nunca más.
El Querubín extendió sus alas superiores, envolviendo la cueva en un torbellino de plumas blancas y fuego dorado. El cuerpo de Naruto comenzó a elevarse, sintiéndose ligero como una pluma. El dolor de sus músculos desapareció, y la tristeza que había cargado durante doce años se desvaneció como el humo.
— Entonces, ven, hijo de la luz —sentenció el ángel—. Tu sufrimiento ha terminado.
En un destello cegador que sacudió los cimientos de la tierra, el santuario quedó vacío. Las gemas siguieron brillando en el silencio de la cueva, pero el niño de la profecía, el jinchūriki del Kyūbi, ya no pertenecía a ese mundo. Naruto Uzumaki había dejado atrás la oscuridad de los hombres para caminar, finalmente, en los jardines de la eternidad.
Al llegar a la habitación donde el Jōnin se recuperaba de las secuelas del uso del Sharingan, Naruto tomó aire y entró con su característica sonrisa ruidosa.
— ¡Kakashi-sensei! —exclamó Naruto, alzando un puño—. ¡He pasado a las finales! ¡Tengo que enfrentarme a ese tipo, Neji Hyuga! ¡Necesito que me entrene, sensei! ¡Enséñeme algo increíble para cerrarle la boca!
Kakashi, que estaba leyendo su habitual libro naranja, ni siquiera levantó la vista de inmediato. El silencio que se prolongó en la sala fue gélido. Cuando finalmente cerró el libro, su ojo visible no mostraba la calidez perezosa de siempre. Era una mirada de acero, distante y extrañamente cruel.
— No, Naruto —dijo Kakashi con una voz plana, carente de emoción—. No tengo tiempo para ti.
Naruto parpadeó, su sonrisa flaqueando.
— ¿Eh? ¿A qué se refiere? ¡Usted es mi maestro! Las finales son en un mes y...
— Escucha bien —lo interrumpió Kakashi, sentándose en la cama con una rigidez que intimidó al chico—. Las finales son una etapa seria. Sasuke tiene el Sharingan y un potencial que no puedo desperdiciar. Él es un genio de un clan prestigioso; tú, por otro lado, eres un huérfano sin talento, sin un linaje que heredar y sin disciplina.
Las palabras golpearon a Naruto como bofetadas físicas. Retrocedió un paso, sintiendo un nudo en la garganta.
— Pero... ¡yo también soy su alumno! —protestó Naruto, con la voz quebrada—. ¡Vencí a Kiba! ¡Me esforcé mucho!
— Ganaste por pura suerte y de una manera asquerosa, Naruto —escupió Kakashi, y esta vez su tono fue humillante—. No vales mi tiempo. Entrenar a alguien como tú es como intentar pulir una piedra común esperando que se convierta en diamante. No tienes clan, no tienes futuro como un gran ninja. He conseguido a Ebisu para que se encargue de ti. Él es más adecuado para alguien de tu... nivel básico. Ahora lárgate, tengo que prepararme para el entrenamiento de Sasuke.
Naruto sintió que el mundo se desmoronaba. El hombre que consideraba una figura paterna lo acababa de desechar como basura. Sin decir una palabra más, con la cabeza baja y los ojos ardiendo por las lágrimas contenidas, Naruto salió de la habitación. Corrió por los pasillos, ignorando las miradas de las enfermeras, buscando desesperadamente el aire libre.
Caminaba por las calles de la aldea, con el pecho oprimido. Quizás sus amigos podrían animarlo. A lo lejos, vio a Sakura, Ino y Hinata hablando cerca de un banco en el parque. El corazón de Naruto dio un vuelco. Sakura, su gran amor platónico, y Hinata, quien siempre parecía apoyarlo en silencio. Se acercó con la intención de saludarlas, pero algo en el tono de Sakura lo hizo detenerse detrás de un gran árbol.
— ...es que es patético —decía Sakura, cruzándose de brazos con una expresión de fastidio—. Naruto cree que por haberle ganado a Kiba con ese truco sucio del gas ya está al nivel de Sasuke-kun. Es solo un huérfano sin clan que no sabe cuándo rendirse. Es un estorbo para el equipo siete.
— Tienes razón, Sakura-chan —secundó Ino con una risa burlona—. Es una verdadera cagada que lo hayan dejado pasar a las finales. Neji lo va a destruir, y sinceramente, se lo merece por ser tan ruidoso y molesto. No tiene talento, solo es un perdedor con suerte.
Naruto sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. Miró hacia Hinata, esperando, rezando para que ella dijera algo en su defensa. Vio a la chica Hyuga jugar con sus dedos, nerviosa.
— Bueno... —murmuró Hinata al principio—, Naruto-kun se esfuerza mucho...
— ¡Ay, por favor, Hinata! —la cortó Sakura—. No intentes defender lo indefendible. Sabes que es un perdedor. Jamás tendrá una oportunidad conmigo ni llegará a ser nada importante. Es solo un demonio huérfano que ensucia las calles.
Hinata bajó la mirada, influenciada por la presión de sus amigas, y finalmente asintió con una tristeza que Naruto interpretó como desprecio.
— Sí... supongo que tienen razón —susurró Hinata—. Él... él nunca podrá compararse con alguien de un clan de verdad. Neji es mucho más fuerte.
Naruto no escuchó más. No podía. El dolor era tan insoportable que sentía que se iba a asfixiar. Aquellos a los que quería vengar, aquellos por los que estaba dispuesto a morir, lo veían como una basura, como un error de la naturaleza.
Empezó a correr.
Corrió más allá de las puertas de la aldea. Los ninjas de la entrada ni siquiera se molestaron en detenerlo; para ellos, solo era el "chico zorro" haciendo otra de sus rabietas. Naruto corrió con los pulmones ardiendo, atravesando el bosque con una velocidad nacida de la desesperación.
— ¡Nadie me quiere! —gritaba entre sollozos mientras las ramas le azotaban el rostro—. ¡Todos me odian! ¡Solo soy un demonio para ellos!
Pensó en el viejo Hokage, en Teuchi y Ayame del puesto de ramen. Eran los únicos que lo trataban como a un ser humano, pero en ese momento, el odio de toda la aldea pesaba mucho más. Naruto corrió durante cinco horas seguidas. Cruzó el Bosque de la Muerte y se adentró en terrenos desconocidos, mucho más allá de las fronteras patrulladas.
Finalmente, cuando la noche había caído y la oscuridad era absoluta, sus piernas cedieron. Naruto cayó al suelo, exhausto, con la ropa rasgada y el espíritu quebrado. Se encontraba en un valle profundo, rodeado de árboles ancestrales que parecían alcanzar las estrellas.
— ¿Dónde... dónde estoy? —susurró, tratando de levantarse.
A lo lejos, entre la maleza, divisó un resplandor extraño. No era el fuego de una fogata ni la luz de una linterna. Era un brillo plateado y dorado que emanaba de la boca de una cueva oculta por enredaderas brillantes. Movido por una curiosidad que superaba su miedo, Naruto se arrastró hacia la entrada.
Al entrar, el cansancio pareció disiparse ligeramente. El camino era largo, un túnel que parecía no tener fin, iluminado por antorchas que ardían con un fuego azulado que no emitía humo. Caminó durante veinte minutos, internándose en las profundidades de la tierra, hasta que el túnel se abrió en una cámara que desafiaba toda lógica.
Era un santuario inmenso, de mármol blanco y detalles en oro puro. El techo era tan alto que no se alcanzaba a ver, y las paredes estaban incrustadas con gemas preciosas: esmeraldas del tamaño de puños, rubíes que brillaban como brasas y zafiros más profundos que el océano. Cualquier hombre se habría vuelto loco de codicia, pero Naruto solo sentía una paz abrumadora.
De repente, una luz tan intensa como el sol estalló en el centro del santuario. Naruto se cubrió los ojos, gritando de terror al sentir una presencia cuya magnitud no podía comprender.
Cuando la luz se atenuó, Naruto se quedó petrificado. Frente a él se alzaba un ser del tamaño de una montaña. No era un monstruo, ni un demonio, ni un ninja. Era algo... divino.
El ser poseía tres rostros visibles: un rostro humano de una belleza serena y perfecta en el centro, un rostro de león rugiente hecho de energía incandescente a la izquierda, y un rostro de toro con cuernos de oro a la derecha. Cuatro alas gigantescas nacían de su espalda; las superiores ardían en llamas doradas, mientras que las inferiores estaban cubiertas por cientos de ojos humanos que parpadeaban y observaban todo con una sabiduría infinita.
— ¡Aaaaaah! ¡Un monstruo! ¡No me comas! —gritó Naruto, cayendo de espaldas y retrocediendo frenéticamente, con el corazón martilleándole el pecho—. ¡Perdón por entrar! ¡Ya me voy!
El Querubín no se movió, pero la energía del ambiente cambió. El aire, antes cargado de una presión insoportable, se volvió dulce y cálido, como un abrazo en una noche de invierno. El terror de Naruto se evaporó en un instante, reemplazado por una calma sobrenatural.
— No temas, pequeño —dijo una voz que no provenía de una boca, sino que resonaba directamente en el alma de Naruto. Era la voz de mil cascadas y el susurro del viento—. No soy un monstruo. Soy un Querubín, un guardián de la gloria del Altísimo.
Naruto dejó de temblar y miró hacia arriba, maravillado por el brillo de la armadura dorada del ser y la pureza de su túnica blanca.
— ¿Un... Querubín? —preguntó Naruto con voz pequeña—. ¿Eres un enviado de Dios? ¿Del Dios de los libros?
— Soy un servidor del Creador de todo lo que existe, el Padre Todopoderoso —respondió el ángel, inclinando levemente sus múltiples rostros hacia el niño—. He observado tu caminar, Naruto Uzumaki. He visto las lágrimas que has derramado y las heridas que los hombres han infligido en tu corazón puro.
Naruto sintió que las lágrimas volvían a brotar, pero esta vez no eran de amargura.
— ¿Tú... tú sabes quién soy? —sollozó—. En mi aldea dicen que soy un estorbo... que soy un demonio. Mi maestro me abandonó y mis amigos se burlan de mí...
— Los hombres son ciegos a la luz de la verdad —dijo el Querubín, extendiendo una mano gigante pero delicada hacia él—. Este mundo está sumido en el pecado, la guerra y el odio. Han convertido un regalo de vida en un campo de batalla de ambiciones vacías. Pero tú, pequeño, tienes un corazón que aún brilla, a pesar de la oscuridad que han intentado imponerle.
El ángel se inclinó más, y sus ojos —los cientos de ojos en sus alas— brillaron con una compasión que Naruto jamás había imaginado.
— He sido enviado para ofrecerte una elección, Naruto. No tienes por qué volver a ese lugar de dolor. No tienes por qué mendigar amor a quienes no tienen alma para dártelo.
Naruto se limpió las lágrimas con la manga de su chaqueta naranja.
— ¿Qué elección?
— Ven conmigo —dijo el Querubín—. Deja atrás este mundo corrupto. Te ofrezco una vida en el Reino de los Cielos, el Paraíso eterno. Allí no conocerás el hambre, ni la soledad, ni la humillación. Vivirás en la presencia del Altísimo, donde cada lágrima es secada y donde serás amado por lo que eres, no por lo que otros quieren que seas. No habrá más guerras, ni más odio. Solo paz y luz infinita.
Naruto procesó las palabras. Miró hacia atrás, hacia el túnel oscuro que lo conectaba con Konoha, con Kakashi, con Sakura y con el desprecio de una aldea que nunca lo quiso. Luego miró hacia el ángel, hacia la luz divina que prometía un hogar de verdad.
— ¿De verdad... podré estar en paz? —preguntó Naruto, con la voz llena de esperanza—. ¿Dios me aceptará aunque tenga a... a la bestia dentro de mí?
— Ante el Creador, todas las cadenas se rompen —aseguró el ángel—. Él te conoce desde antes de que nacieras. Él te ama más de lo que cualquier humano podría comprender.
Naruto sonrió, una sonrisa real, pura y llena de una alegría que iluminó la cueva más que cualquier gema.
— Sí... —dijo Naruto con determinación—. Quiero ir. Por favor, llévame contigo. No quiero volver nunca más.
El Querubín extendió sus alas superiores, envolviendo la cueva en un torbellino de plumas blancas y fuego dorado. El cuerpo de Naruto comenzó a elevarse, sintiéndose ligero como una pluma. El dolor de sus músculos desapareció, y la tristeza que había cargado durante doce años se desvaneció como el humo.
— Entonces, ven, hijo de la luz —sentenció el ángel—. Tu sufrimiento ha terminado.
En un destello cegador que sacudió los cimientos de la tierra, el santuario quedó vacío. Las gemas siguieron brillando en el silencio de la cueva, pero el niño de la profecía, el jinchūriki del Kyūbi, ya no pertenecía a ese mundo. Naruto Uzumaki había dejado atrás la oscuridad de los hombres para caminar, finalmente, en los jardines de la eternidad.
