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Solo por ti

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 8/7/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFluffHistoria DomésticaUA (Universo Alternativo)Estudio de Personaje
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El eco de una tregua dulce

La residencia Gojo-Iori siempre había sido un lugar de contrastes, una amalgama de la serenidad tradicional de Kyoto y el caos vibrante de Tokyo. Sin embargo, en las últimas semanas, los pasillos de madera encerada solo habían servido de caja de resonancia para un intercambio incesante de reproches.

Utahime Iori, con su hakama rojo impecable y su cabello negro violáceo recogido con la elegancia de una miko, cruzaba los brazos sobre el pecho, su mirada marrón fuego fija en el hombre que tenía delante. Satoru Gojo, que le sacaba casi dos cabezas de altura, mantenía esa sonrisa ladeada que tanto la irritaba, aunque sus ojos azules, ocultos tras las vendas que usaba en casa, no podían ocultar la tensión en su mandíbula.

—¡Es que no puedes ser tan irresponsable, Satoru! —exclamó Utahime, alzando la voz—. Te pedí que llegaras a tiempo para la cena con los directores. Hakari estuvo esperándote dos horas con su dibujo nuevo.

—¡Pero Utahime-chan, surgió una misión de grado especial en Roppongi! —respondió él, agitando las manos con dramatismo—. Sabes que soy el más fuerte, si no voy yo, el mundo se acaba, ¡pum!, explosiones por todos lados.

—¡No me vengas con tus bromas infantiles! —Utahime dio un paso al frente, señalándolo con el dedo—. Siempre usas el trabajo como excusa para tu falta de disciplina. Hakari necesita un padre presente, no un superhéroe que aparece solo para los postres.

—¡Soy un padre excelente! —protestó Satoru, aunque su tono perdió algo de fuerza—. Le traje dulces de edición limitada...

—¡Los dulces no sustituyen el tiempo, idiota!

En el umbral de la puerta corrediza, una figura pequeña observaba la escena con los ojos empañados. Hakari, de apenas nueve años, apretaba contra su pecho un conejo de peluche que Satoru le había regalado hacía años. Tenía el cabello blanco como su padre, pero los rasgos suaves y la mirada profunda de su madre. Últimamente, el mundo de Hakari se sentía como si estuviera a punto de romperse. Cada grito, cada portazo, cada mirada gélida entre sus padres se clavaba en su corazón como una astilla de energía maldita.

En su mente infantil, la lógica era cruelmente simple: si sus padres peleaban, era porque algo estaba mal. Y si algo estaba mal en la casa, debía ser por ella. Quizás si sacara mejores notas, o si no hubiera pedido aquel juguete caro, o si simplemente no estuviera allí para causar fricción entre la seriedad de mamá y la locura de papá.

Un sollozo ahogado escapó de sus labios, rompiendo la tensión eléctrica de la habitación.

Satoru y Utahime se congelaron al unísono. Ambos giraron la cabeza hacia la entrada, encontrándose con la imagen desgarradora de su hija, con las mejillas empapadas y los hombros temblando violentamente.

—¿Hakari? —susurró Utahime, su ira desvaneciéndose instantáneamente para ser reemplazada por un pavor maternal.

—¡Lo siento! —gritó la niña, rompiendo a llorar con fuerza—. ¡Lo siento mucho! ¡Prometo que seré buena, pero por favor, dejen de odiarse! ¡No quiero que se peleen por mi culpa!

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el llanto hipante de la pequeña. Satoru sintió como si un Infinito real se hubiera materializado en su pecho, oprimiéndole el corazón. Utahime, por su parte, sintió una punzada de culpa tan aguda que casi la deja sin aliento.

En un movimiento coordinado, ambos se arrodillaron en el suelo de tatami. Satoru extendió sus largos brazos y atrajo a Hakari hacia sí, mientras Utahime la rodeaba por el otro lado, creando un refugio de calidez entre ambos.

—Oh, pequeña... no, no, no —murmuró Satoru, su voz ahora baja y aterciopelada, despojada de cualquier rastro de burla—. Escúchame bien, Hakari. Mírame.

Satoru se bajó ligeramente la venda, permitiendo que sus ojos de Seis Ojos, ese azul celestial y profundo, se encontraran con los de su hija. Hakari hipó, tratando de recuperar el aliento.

—Jamás, ¿me oyes?, jamás podrías ser el motivo de nuestro enojo —continuó Satoru, acariciando el cabello blanco de la niña—. Eres lo mejor que nos ha pasado. Si mamá y yo discutimos, es porque somos dos cabezas duras que no saben cuándo callarse, pero nunca es por ti.

Utahime tomó la pequeña mano de Hakari y la besó con ternura.

—Tu padre tiene razón, mi vida —dijo Utahime, con la voz quebrada—. A veces mamá es demasiado estricta y se deja llevar por el mal genio, y tu padre... bueno, tu padre es un idiota integral la mayor parte del tiempo.

Satoru soltó una risita seca, pero no la contradijo.

—Discutimos porque nos importamos —explicó Utahime—. Pero estas peleas de adultos son solo eso: ruido. Al final del día, siempre nos reconciliamos. Todo lo que hacemos, cada esfuerzo, cada día que trabajamos, es por ti. No eres la razón por la que estamos casados, Hakari. Eres la razón por la que nuestras vidas tienen sentido.

Hakari los miró a ambos, buscando alguna sombra de mentira en sus rostros. Solo encontró amor puro y una preocupación genuina que la hizo sentirse pequeña, pero protegida.

—¿Entonces no se van a separar? —preguntó ella con voz pequeña.

—¿Separarme de Utahime? —Satoru sonrió de esa forma amplia y genuina que reservaba solo para su familia—. Tendría que estar loco. Nadie más soportaría mis bromas ni me prepararía el té como ella. Además, ¿quién me regañaría si ella no está? Me volvería un desastre.

Utahime rodó los ojos, pero se permitió una sonrisa mientras limpiaba las lágrimas de su hija con el pulgar.

—No vamos a ir a ningún lado, Hakari. Somos una familia. Y las familias, a veces, hacen un poco de ruido.

Se quedaron así unos minutos, abrazados en el centro de la habitación, hasta que el llanto de Hakari cesó por completo y fue reemplazado por un bostezo cansado. La descarga emocional la había dejado agotada.

Satoru la tomó en brazos con una facilidad asombrosa, como si no pesara nada, y la llevó a su habitación. Utahime los siguió en silencio, observando cómo el hombre más poderoso del mundo arropaba a la niña con una delicadeza infinita, asegurándose de que su conejo de peluche estuviera bien colocado bajo su brazo.

—Buenas noches, princesa —susurró Satoru, besando su frente.

—Buenas noches, mami. Buenas noches, papi —murmuró Hakari, cerrando los ojos con una paz que no había sentido en semanas.

Cuando salieron de la habitación y cerraron la puerta corrediza tras de sí, el ambiente en el pasillo cambió drásticamente. El silencio ya no era tenso, sino cargado de una electricidad diferente, una que ambos conocían muy bien.

Se quedaron parados uno frente al otro bajo la luz tenue de las lámparas de papel. Utahime soltó un suspiro largo, apoyando la espalda contra la pared de madera.

—Realmente somos unos desastres, ¿verdad? —dijo ella, mirando al suelo.

Satoru se acercó lentamente, acortando la distancia hasta que su sombra envolvió por completo a la miko. Se quitó la venda por completo, dejando que sus ojos brillaran en la penumbra.

—Somos humanos, Utahime. Incluso yo —dijo él, extendiendo una mano para acariciar la cicatriz que cruzaba el puente de la nariz de su esposa—. Pero ella tiene razón en algo. No deberíamos dejar que nos vea así.

Utahime levantó la vista, encontrándose con esa mirada azul que siempre lograba desarmarla. La rabia de hace una hora parecía un recuerdo borroso, una energía que ahora buscaba otra vía de escape.

—A veces te odio tanto, Satoru Gojo —susurró ella, aunque sus manos se cerraron sobre las solapas del abrigo negro de él, tirando de él hacia abajo.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa depredadora—. Pero te encanta cuando nos reconciliamos.

Satoru no esperó más y capturó sus labios en un beso hambriento, uno que llevaba consigo toda la frustración de la pelea y la ternura del momento compartido con su hija. Utahime soltó un gemido bajo contra su boca, permitiendo que sus dedos se enredaran en el cabello blanco y sedoso de su marido.

Él la empujó suavemente contra la pared, sus manos bajando por su cintura para atraerla más hacia él, rompiendo cualquier espacio que el Infinito pudiera intentar crear. El beso se trasladó de sus labios a su mandíbula, y luego al cuello, donde Satoru dejó una marca deliberada justo por encima del cuello de su traje de miko.

—Satoru... —jadeó ella, cerrando los ojos y dejando caer la cabeza hacia atrás, dándole mejor acceso.

—¿Sigues enfadada por lo de la cena? —murmuró él contra su piel, su voz vibrando en el pecho de Utahime.

—Cállate y llévame a la habitación —respondió ella, su voz cargada de un deseo que quemaba más que cualquier técnica ritual.

Satoru sonrió, esa sonrisa juguetona de siempre, pero con un brillo de posesión en los ojos. La levantó en vilo, haciendo que ella envolviera sus piernas alrededor de su cintura por instinto.

—Tus deseos son órdenes, mi estricta Utahime.

Caminaron —o más bien, Satoru la llevó— hacia su dormitorio principal. Al entrar, él cerró la puerta con el pie y, con un gesto casual de la mano, apagó las luces de la estancia.

En la oscuridad, solo se escuchaba el roce de las telas y la respiración acompasada de dos personas que, a pesar de sus diferencias abismales, se pertenecían por completo. Las discusiones eran el fuego que a veces amenazaba con quemarlos, pero la reconciliación era el agua que siempre, sin falta, los devolvía a la vida.

Porque al final, para Satoru y Utahime, no había nada más real que el caos de su amor, un amor que era capaz de detener el mundo para consolar a una niña y de incendiarlo todo cuando se quedaban a solas.

Definitivamente, pensó Utahime antes de perderse por completo en las caricias de su marido, lo mejor de discutir era, sin duda, lo que venía después.
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