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Testimonio de Sombras

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 8/7/2026

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El eco de un vínculo invisible

El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales de la residencia Gojo, una casa que, a diferencia de la austeridad de la Academia de Hechicería, respiraba un aire de calidez y desorden doméstico. Megumi Fushiguro caminaba por el pasillo con su habitual expresión serena, aunque en su interior sentía una paz que rara vez experimentaba fuera de esos muros.

A sus diecinueve años, Megumi ya no era el niño huraño que Satoru Gojo había "adoptado" bajo circunstancias cuestionables, pero seguía siendo, a ojos de los dueños de casa, el hijo mayor que nunca pidió serlo, pero que aceptó con una lealtad silenciosa.

Al llegar a la sala de entrenamiento privada, una pequeña figura saltó frente a él.

—¡Llegas tarde, Megumi-niisan! —exclamó Iris, una niña de once años que era el vivo retrato de una mezcla genética fascinante. Tenía el cabello blanco como la nieve de su padre, pero los ojos castaños y la expresión perennemente cansada —aunque traviesa— de su madre.

Megumi soltó un suspiro casi imperceptible y miró su reloj.

—He llegado exactamente a la hora, Iris. Eres tú la que tiene demasiada energía hoy.

—Es porque hoy vamos a practicar la manipulación de energía inversa, ¿verdad? ¡Dime que sí! —La niña comenzó a dar saltos, recordándole peligrosamente a Satoru cuando estaba de buen humor.

—Primero, control básico —sentenció Megumi, sentándose en el suelo en posición de loto—. Si no dominas la base, tu madre no me perdonará que te deje agotar tus reservas.

La sesión comenzó. Iris era un prodigio, algo de esperar considerando su linaje. Sin embargo, lo que más sorprendía a Megumi no era su fuerza, sino su curiosidad. A mitad de un ejercicio de concentración, la niña relajó los hombros y lo miró fijamente.

—Oye, Megumi... ¿Cómo eran papá y mamá antes de que yo naciera? —preguntó de repente, apoyando la barbilla en sus manos—. Es que a veces veo fotos viejas y papá parece... no sé, menos "papá". Y mamá siempre tiene un cigarrillo en la mano, aunque ahora casi no lo hace.

Megumi se quedó en silencio, dejando que los recuerdos fluyeran. Se vio a sí mismo, un niño de seis años con el cabello alborotado y una mirada llena de desconfianza, frente a un Satoru Gojo que no sabía ni cómo sostener una bolsa de la compra, y una Shoko Ieiri que lo observaba desde el fondo de la enfermería con una mezcla de lástima y curiosidad.

—Tu padre era un desastre —respondió Megumi con una honestidad brutal que hizo que Iris soltara una risita—. Era el hechicero más fuerte del mundo, pero no sabía cómo cuidar de un niño. Me compraba juguetes caros que yo no quería y trataba de cocinar cosas que terminaban en llamas.

—¿Y mamá? —insistió la pequeña.

—Shoko fue quien realmente me mantuvo con vida —admitió Megumi, y una sombra de suavidad cruzó sus ojos azules—. Ella era la que me curaba cada vez que regresaba de una misión o cuando me lastimaba entrenando. Cuando tu padre se iba por semanas a misiones peligrosas en el extranjero, ella era la que se aseguraba de que yo cenara y de que hiciera mis tareas. En muchos sentidos, ellos siempre fueron... así.

—¿Así cómo?

—Como una unidad —dijo Megumi—. Aunque no estaban casados en ese entonces, funcionaban como un equipo. Tu padre traía el caos y el dinero, y tu madre traía la calma y la cordura. Yo estaba en medio de todo eso. Supongo que fui el experimento antes de que llegaras tú.

Iris sonrió de oreja a oreja, pareciendo satisfecha con la respuesta. Se levantó y corrió hacia una mesa pequeña en la esquina de la habitación, regresando con algo entre las manos.

—Ten. Es para ti. Lo hice esta mañana mientras esperaba.

Le extendió una pequeña figura de papel. Era un origami de un perro, perfectamente doblado, que recordaba vagamente a uno de los Perros Divinos de Megumi.

—Es mi favorito —dijo ella con timidez—. Me gusta hacerlo porque me recuerda a tus sombras.

Megumi tomó el regalo con cuidado. Sus dedos rozaron el papel y, por un breve instante, la máscara de frialdad que siempre llevaba se desmoronó. Una sonrisa genuina, pequeña pero real, iluminó su rostro.

—Gracias, Iris. Lo guardaré bien.

—¡Bien! Porque si lo pierdes, le diré a mamá que me hiciste llorar —amenazó la niña, aunque sus ojos brillaban de alegría.

Megumi se puso de pie, guardando el origami en el bolsillo de su uniforme.

—La sesión ha terminado. Vamos, tus padres deben de estar esperándonos.

Al salir de la sala de entrenamiento y dirigirse hacia la cocina, Megumi se detuvo en seco. Apoyados contra el marco de la puerta estaban Satoru y Shoko. Satoru ya no llevaba su venda habitual, dejando al descubierto sus ojos celestes que en ese momento brillaban con una humedad inusual. Shoko, con su bata blanca y una taza de café humeante entre las manos, tenía una expresión de nostalgia que rara vez mostraba.

Era evidente que habían estado escuchando.

—Vaya, Megumi-kun —dijo Satoru, recuperando su tono juguetón aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo normal—. No sabía que me considerabas un "desastre". ¡Heriste mis sentimientos de padre!

—Solo dije la verdad —replicó Megumi, aunque no dio un paso atrás cuando Satoru le rodeó el cuello con un brazo pesado.

—Un desastre que te crió para ser el mejor hechicero de tu generación —añadió Satoru, revolviéndole el cabello con fuerza—. Aunque tienes razón, Shoko hizo el trabajo sucio.

Shoko se acercó y puso una mano en el hombro de Megumi, dándole un apretón afectuoso.

—Me alegra saber que al menos uno de mis hijos tiene buena memoria —dijo ella con una sonrisa ladeada—. ¿Te quedas a cenar?

—Tengo que volver a la academia, Itadori y Nobara me esperan —respondió Megumi, aunque se tomó un momento para observar la escena.

Satoru, el hombre que una vez pareció inalcanzable y solitario, ahora tenía una familia real. Shoko, que siempre parecía cargar con el peso de los muertos en sus ojeras, ahora se veía... en paz. Y él, que alguna vez pensó que no tenía lugar en el mundo, era el pilar que conectaba el pasado de ambos con el futuro que representaba Iris.

—Cuídate, Megumi —dijo Satoru, esta vez con un tono serio y paternal—. Y no dejes que esos dos te metan en demasiados problemas.

—Lo intentaré —asintió Megumi.

Se despidió con una reverencia corta y caminó hacia la salida. Al cruzar el umbral, sintió el aire fresco de la tarde, pero el calor del hogar que dejaba atrás permanecía con él, simbolizado por el pequeño perro de papel en su bolsillo.

Dentro de la casa, el silencio duró apenas unos segundos.

—¡Oigan! —exclamó Iris, cruzándose de brazos y mirando a sus padres con determinación—. Megumi ya se fue, así que ahora es su turno.

Shoko arqueó una ceja mientras le daba un sorbo a su café.

—¿Nuestro turno de qué, pequeña?

—De contarme la verdad —dijo Iris, señalándolos con un dedo acusador—. Megumi-niisan dijo que ustedes ya eran un equipo antes de que yo naciera. Quiero saber cómo fue que decidieron casarse. ¿Fue romántico o papá hizo alguna tontería? ¿Y es verdad que Megumi tuvo algo que ver?

Satoru soltó una carcajada sonora, echando la cabeza hacia atrás, mientras Shoko suspiraba, aunque no pudo ocultar una pequeña risa.

—¿Romántico? —Satoru miró a su esposa con una chispa de malicia en los ojos—. Tu madre me propuso matrimonio porque estaba harta de que yo perdiera los papeles del seguro médico de Megumi.

—Eso no es del todo cierto, Satoru —intervino Shoko, caminando hacia el sofá y dejándose caer en él—. Pero es verdad que Megumi fue el catalizador.

Iris se sentó en la alfombra, con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo? ¡Cuéntenme todo!

Satoru se sentó al lado de Shoko, pasando un brazo sobre sus hombros y atrayéndola hacia él. Por un momento, el hombre más fuerte del mundo no parecía un guerrero, sino simplemente un hombre agradecido por lo que tenía.

—Verás, Iris... —empezó Satoru—. Hubo un tiempo en que Megumi era muy pequeño y se enfermó gravemente después de una misión en la que yo no estuve para protegerlo. Tu madre y yo pasamos tres noches sin dormir en la enfermería. En ese momento, nos dimos cuenta de que no podíamos seguir fingiendo que solo éramos colegas cuidando de un niño.

—Estábamos asustados —continuó Shoko, mirando a su hija—. Y en medio de ese miedo, nos dimos cuenta de que ya éramos una familia. Solo nos faltaba el papel... y que tu padre dejara de ser un idiota por cinco minutos.

—¡Oye! —protestó Satoru—. Yo fui muy caballeroso. Le compré el anillo más caro de todo Ginza.

—Lo compraste con mi tarjeta de crédito, Satoru —le recordó Shoko con total indiferencia.

Iris estalló en risas, imaginando la escena.

—¿Y qué dijo Megumi cuando se enteró?

Satoru sonrió con ternura, recordando la expresión del joven Fushiguro aquel día.

—No dijo mucho. Solo nos miró, suspiró como si fuera un anciano de ochenta años y dijo: "Ya era hora, par de tontos".

—Él siempre fue más maduro que nosotros —admitió Shoko, cerrando los ojos por un momento, disfrutando del peso de Satoru contra ella—. Por eso siempre será su hermano mayor, Iris. Porque él nos enseñó a ser padres antes de que supiéramos que queríamos serlo.

La pequeña Iris asintió, satisfecha con la historia. Se acurrucó entre sus padres, sintiendo la seguridad de su hogar. Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Megumi caminaba por las calles de Tokio hacia la escuela. Sacó el origami de su bolsillo y lo miró bajo la luz de las farolas.

No compartían la misma sangre, pero mientras guardaba el pequeño perro de papel, Megumi supo que no importaba. En ese mundo de maldiciones y sombras, él tenía un lugar al cual pertenecer, y una familia que, a pesar de sus excentricidades, era lo más real que había tenido jamás.

Sonrió de nuevo, esta vez para sí mismo, y aceleró el paso. Tenía mucho que hacer, pero sabía que, al final del día, siempre habría una luz encendida para él en la residencia Gojo.
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