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Fandom: Chainsaw Man
Creado: 8/7/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFluffEstudio de PersonajeArregloAmbientación Canon
El sabor de la pólvora y el café amargo
La lluvia de Tokio siempre tenía ese aroma metálico, una mezcla de asfalto mojado y óxido que a Reze le recordaba, inevitablemente, a las instalaciones donde fue creada. Pero hoy no llovía. El sol caía con una tibieza engañosa sobre las aceras abarrotadas, iluminando los rostros de personas que vivían vidas normales, vidas que ella nunca creyó que podría llegar a rozar.
Caminaba con la cabeza baja, hundida en el anonimato que le proporcionaba una gorra de béisbol desgastada. Su atuendo era sencillo, lejos de los uniformes rusos o del delantal de munición que solía llevar en sus días como arma del Estado. Sin embargo, en su cuello, oculta bajo el cuello de una chaqueta ligera, seguía la gargantilla. El alfiler de la granada era un recordatorio constante de que, sin importar cuánto intentara huir, siempre sería una bomba andante.
La muerte de Makima lo había cambiado todo. El control que la Mujer Demonio ejercía sobre ella y sobre los demás "híbridos" se había desvanecido como una pesadilla al despertar. Por primera vez en su existencia, Reze era dueña de sus pasos, pero no sabía hacia dónde dirigirlos. La Unión Soviética ya no la buscaba —o quizás creían que estaba muerta— y el mundo seguía girando sin pedirle permiso.
Dobló una esquina cerca de una cafetería económica y, de repente, el aire se le escapó de los pulmones.
Allí estaba él.
Denji.
Se veía casi idéntico a como lo recordaba en sus sueños más recurrentes. El cabello rubio, perpetuamente despeinado, caía sobre sus ojos pardos con esa expresión de cansancio crónico que solo él sabía llevar. Llevaba el uniforme de Seguridad Pública, pero con su toque personal de desaliño: la camisa blanca arrugada, la corbata mal anudada y las mangas arremangadas, dejando a la vista sus brazos delgados pero fuertes. Estaba sentado en un banco, comiendo un trozo de pan con una voracidad que la hizo sonreír involuntariamente.
Por un segundo, Reze sintió el impulso de correr hacia él. Quería rodear su cuello con los brazos, sentir el calor de su cuerpo y pedirle perdón por cada mentira, por cada herida, por haber intentado arrancarle el corazón cuando él solo quería dárselo. Quería decirle que las clases de natación no habían sido una farsa total, que en algún momento, entre el agua y las risas, ella también había deseado escapar con él.
Pero sus pies se clavaron en el suelo.
«¿Con qué derecho?», se preguntó, y el pensamiento fue como una puñalada de hielo. Ella lo había usado. Ella había matado a sus compañeros. Ella era la razón de que él hubiera sufrido tanto antes de que todo empeorara con Makima. No tenía derecho a ensuciar su paz.
Reze bajó aún más la visera de su gorra y apretó los dientes. Dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta, acelerando el paso. Sus ojos comenzaron a escocer. Una lágrima solitaria, cargada de la pólvora de su pasado, luchó por salir, pero ella la reprimió con una mueca de dolor. Su corazón, ese motor de destrucción, latía con una fuerza que le resultaba insoportable.
—Solo sigue caminando —se susurró a sí misma en ruso, con la voz quebrada—. No mires atrás.
Pero el destino, o quizás la persistencia de un chico que nunca aprendió a rendirse, tenía otros planes.
Sintió una mano firme y cálida cerrarse alrededor de su muñeca.
El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió cada centímetro de su piel. Reze se tensó, su primer instinto fue girarse y golpear, activar la granada en su cuello y reducir todo a cenizas para proteger su soledad. Pero se detuvo. Ese aroma... era una mezcla de perro mojado, tostadas baratas y un jabón de mala calidad que reconoció al instante.
Se dio la vuelta lentamente, con el corazón en la garganta.
Denji estaba allí, jadeando un poco, como si hubiera corrido un maratón en apenas tres segundos. Sus ojos pardos estaban muy abiertos, fijos en ella con una intensidad que la dejó desnuda de todas sus defensas. No había odio en su mirada. No había rencor. Solo una mezcla abrumadora de sorpresa, alivio y una tristeza dulce que Reze no supo cómo procesar.
Él esbozó una sonrisa pequeña, mostrando sus dientes afilados y angulares, y soltó un suspiro que pareció llevarse años de peso de encima.
—Te encontré —dijo él, con la voz ronca.
Reze se quedó helada. El ruido del tráfico, los gritos lejanos de la ciudad y el murmullo de la gente desaparecieron. Solo existían ellos dos en ese pequeño rincón del mundo.
—Denji... —Su voz fue apenas un susurro, un soplo de aire que apenas logró pronunciar su nombre.
—Te vi pasar —continuó él, sin soltarle la mano, aunque su agarre se volvió más suave, casi temeroso de que ella se desvaneciera si apretaba demasiado—. Pensé que estaba alucinando. Ya sabes, a veces veo cosas. Pero ese olor... hueles a flores y a algo que explota. Supe que eras tú.
Reze sintió que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente ganaban la batalla. Se deslizaron por sus mejillas, trazando caminos húmedos sobre su rostro pálido.
—No deberías haberme seguido —dijo ella, tratando de recuperar algo de su antigua compostura, aunque sus hombros temblaban—. Después de todo lo que hice... después de cómo te traté...
Denji ladeó la cabeza, soltando finalmente su muñeca para rascarse la nuca con esa torpeza tan suya.
—Bueno, me intentaste matar un par de veces. Y me arrancaste la lengua. Y creo que me rompiste varios huesos —enumeró, contando con los dedos mientras ponía una expresión pensativa—. Pero, eh, pasaron muchas cosas después de eso. Cosas peores.
Se hizo un silencio pesado. Ambos sabían a qué se refería. La sombra de Makima todavía era un fantasma que acechaba sus memorias, una cadena invisible que los unía en su trauma compartido.
—Ella me controló —confesó Reze, bajando la mirada al suelo—. Después de que nos separamos en aquel callejón... ella me atrapó. No tuve elección. Pero lo que hice antes de eso, Denji... eso fue decisión mía. Mi misión. Realmente iba a llevarme tu corazón.
—Pero no lo hiciste —interrumpió él con sencillez.
—¿Qué?
—Fuiste a la estación de tren —dijo Denji, dando un paso más hacia ella—. Me dijiste que nos veríamos allí para escapar. Y fuiste. Te vi en las noticias después, o bueno, supe que algo había pasado, pero siempre supe que habías ido. Si realmente solo hubieras querido mi corazón, me habrías matado cuando tuviste la oportunidad en la escuela. Pero fuiste a la estación.
Reze sintió un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
—Fui una tonta —sollozó ella, cubriéndose la cara con una mano—. Arriesgué todo por una fantasía. Por un chico que ni siquiera sabía nadar.
Denji soltó una carcajada corta y seca, una risa que no tenía nada de alegría pero sí mucho de honestidad.
—Oye, ¡ya sé nadar un poco! —exclamó, intentando aligerar el ambiente—. Bueno, más o menos. Floto. Eso cuenta, ¿no?
Reze levantó la vista, encontrándose con los ojos de Denji. Él ya no era el niño ingenuo que conoció en la cafetería bajo la lluvia. Había una madurez forzada en sus rasgos, una fatiga que hablaba de pérdidas que ella apenas podía imaginar. Pero su esencia seguía ahí: esa capacidad absurda de perdonar, de buscar la felicidad incluso en medio de las ruinas.
—¿Por qué me buscaste? —preguntó ella—. Podrías haberme dejado ir. Podrías haber tenido una vida normal ahora que ella se ha ido.
Denji se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme.
—¿Normal? Mi vida nunca va a ser normal, Reze. Tengo un montón de perros, una niña pequeña que cuidar y deudas que no se acaban nunca. Además, sigo siendo el Chainsaw Man. La gente me ama o me odia, pero nadie me conoce de verdad.
Dio un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. Reze podía oler el aroma a pan barato de nuevo, mezclado con el olor a hierro de su uniforme.
—Tú me conociste —dijo él en voz baja—. Me enseñaste a besar, aunque fuera un truco. Me enseñaste que podía haber algo más que solo comer jamón y dormir. Y cuando te fuiste... sentí que me faltaba algo. No el corazón de Pochita, sino algo mío.
Reze no pudo evitarlo más. Se lanzó hacia adelante, hundiendo su rostro en el pecho de Denji. Sus manos se aferraron a la tela arrugada de su camisa blanca, arrugándola aún más. Lloró con fuerza, liberando meses de soledad, de culpa y de miedo. Lloró por la chica que nunca pudo ser y por el chico que había sufrido tanto por su culpa.
Denji se quedó rígido por un momento, sorprendido por la repentina muestra de afecto, pero pronto sus brazos la rodearon. La estrechó contra él con una fuerza que prometía protección, apoyando su barbilla sobre la gorra de ella.
—Está bien —susurró él, acariciando su espalda con sus manos ásperas—. Ya pasó. Estamos vivos, ¿no? Eso es lo que importa.
—Lo siento mucho, Denji... lo siento tanto... —repetía ella entre sollozos.
—Ya, ya. —Él se separó un poco, lo justo para mirarla a los ojos. Usó sus pulgares para limpiar las lágrimas de sus mejillas con una ternura inesperada—. Si de verdad lo sientes, tienes que cumplir una promesa.
Reze parpadeó, confundida, sorbiendo por la nariz.
—¿Qué promesa?
—Me debes una cita —dijo él, recuperando su sonrisa pícara y arrogante—. Una de verdad. Sin demonios, sin agencias secretas y, sobre todo, sin que intentes volarme la cabeza al final.
Reze soltó una risa húmeda, una de esas risas que nacen del alivio más profundo. Se acomodó la gorra y se limpió el rostro con la manga de su chaqueta, sintiendo que, por primera vez en años, el aire no le quemaba los pulmones.
—Creo que puedo hacer eso —respondió ella, suavizando su expresión—. Pero yo elijo el lugar. No quiero que me lleves a comer tripas o algo así.
—¡Oye! ¡Las tripas son baratas y saben bien! —protestó Denji, aunque su mirada brillaba con una chispa de felicidad que no había sentido en mucho tiempo.
Caminaron juntos por la acera, sin un rumbo fijo. La mano de Denji buscó la de Reze y, esta vez, ella entrelazó sus dedos con los de él de forma natural. Ya no había misiones, ni países en guerra, ni demonios de control dictando sus movimientos. Solo eran dos adolescentes rotos tratando de encontrar las piezas que les faltaban en el otro.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Reze, mirando de reojo el perfil de Denji mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color naranja que recordaba a las explosiones, pero esta vez, de una manera hermosa—. ¿Vas a seguir siendo un cazador?
—Tengo que —suspiró él—. Hay que pagar las facturas. Pero ahora que estás aquí... tal vez no sea tan aburrido. Nayuta se pondrá contenta de conocerte. O tal vez intente morderte. Es un poco difícil.
—¿Nayuta? —Reze arqueó una ceja.
—Es una larga historia —dijo Denji, rascándose la mejilla—. Te la contaré mientras comemos. Conozco un sitio de ramen que es increíble. Bueno, es increíble porque es "todo lo que puedas comer" por quinientos yenes.
Reze sonrió, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con sus habilidades explosivas. El camino por delante sería difícil. Ella seguía siendo una fugitiva de su propio pasado y él cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Pero mientras caminaban de la mano por las calles de Tokio, el sabor de la pólvora en su boca empezó a ser reemplazado por algo mucho más dulce.
—Denji —dijo ella, deteniéndose un momento.
—¿Qué pasa?
—Gracias por encontrarme.
Él se encogió de hombros, con las orejas un poco rojas, y tiró suavemente de ella para seguir caminando.
—No fue tan difícil. Solo tuve que seguir el olor a problemas.
Reze rió de nuevo, y esta vez, el sonido fue claro y brillante, perdiéndose entre el bullicio de la ciudad que, por fin, empezaba a sentirse como un hogar. En algún lugar de su interior, la bomba seguía allí, pero por ahora, la mecha estaba apagada. Y eso, para alguien como ella, era más de lo que jamás se atrevió a soñar.
Caminaba con la cabeza baja, hundida en el anonimato que le proporcionaba una gorra de béisbol desgastada. Su atuendo era sencillo, lejos de los uniformes rusos o del delantal de munición que solía llevar en sus días como arma del Estado. Sin embargo, en su cuello, oculta bajo el cuello de una chaqueta ligera, seguía la gargantilla. El alfiler de la granada era un recordatorio constante de que, sin importar cuánto intentara huir, siempre sería una bomba andante.
La muerte de Makima lo había cambiado todo. El control que la Mujer Demonio ejercía sobre ella y sobre los demás "híbridos" se había desvanecido como una pesadilla al despertar. Por primera vez en su existencia, Reze era dueña de sus pasos, pero no sabía hacia dónde dirigirlos. La Unión Soviética ya no la buscaba —o quizás creían que estaba muerta— y el mundo seguía girando sin pedirle permiso.
Dobló una esquina cerca de una cafetería económica y, de repente, el aire se le escapó de los pulmones.
Allí estaba él.
Denji.
Se veía casi idéntico a como lo recordaba en sus sueños más recurrentes. El cabello rubio, perpetuamente despeinado, caía sobre sus ojos pardos con esa expresión de cansancio crónico que solo él sabía llevar. Llevaba el uniforme de Seguridad Pública, pero con su toque personal de desaliño: la camisa blanca arrugada, la corbata mal anudada y las mangas arremangadas, dejando a la vista sus brazos delgados pero fuertes. Estaba sentado en un banco, comiendo un trozo de pan con una voracidad que la hizo sonreír involuntariamente.
Por un segundo, Reze sintió el impulso de correr hacia él. Quería rodear su cuello con los brazos, sentir el calor de su cuerpo y pedirle perdón por cada mentira, por cada herida, por haber intentado arrancarle el corazón cuando él solo quería dárselo. Quería decirle que las clases de natación no habían sido una farsa total, que en algún momento, entre el agua y las risas, ella también había deseado escapar con él.
Pero sus pies se clavaron en el suelo.
«¿Con qué derecho?», se preguntó, y el pensamiento fue como una puñalada de hielo. Ella lo había usado. Ella había matado a sus compañeros. Ella era la razón de que él hubiera sufrido tanto antes de que todo empeorara con Makima. No tenía derecho a ensuciar su paz.
Reze bajó aún más la visera de su gorra y apretó los dientes. Dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta, acelerando el paso. Sus ojos comenzaron a escocer. Una lágrima solitaria, cargada de la pólvora de su pasado, luchó por salir, pero ella la reprimió con una mueca de dolor. Su corazón, ese motor de destrucción, latía con una fuerza que le resultaba insoportable.
—Solo sigue caminando —se susurró a sí misma en ruso, con la voz quebrada—. No mires atrás.
Pero el destino, o quizás la persistencia de un chico que nunca aprendió a rendirse, tenía otros planes.
Sintió una mano firme y cálida cerrarse alrededor de su muñeca.
El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió cada centímetro de su piel. Reze se tensó, su primer instinto fue girarse y golpear, activar la granada en su cuello y reducir todo a cenizas para proteger su soledad. Pero se detuvo. Ese aroma... era una mezcla de perro mojado, tostadas baratas y un jabón de mala calidad que reconoció al instante.
Se dio la vuelta lentamente, con el corazón en la garganta.
Denji estaba allí, jadeando un poco, como si hubiera corrido un maratón en apenas tres segundos. Sus ojos pardos estaban muy abiertos, fijos en ella con una intensidad que la dejó desnuda de todas sus defensas. No había odio en su mirada. No había rencor. Solo una mezcla abrumadora de sorpresa, alivio y una tristeza dulce que Reze no supo cómo procesar.
Él esbozó una sonrisa pequeña, mostrando sus dientes afilados y angulares, y soltó un suspiro que pareció llevarse años de peso de encima.
—Te encontré —dijo él, con la voz ronca.
Reze se quedó helada. El ruido del tráfico, los gritos lejanos de la ciudad y el murmullo de la gente desaparecieron. Solo existían ellos dos en ese pequeño rincón del mundo.
—Denji... —Su voz fue apenas un susurro, un soplo de aire que apenas logró pronunciar su nombre.
—Te vi pasar —continuó él, sin soltarle la mano, aunque su agarre se volvió más suave, casi temeroso de que ella se desvaneciera si apretaba demasiado—. Pensé que estaba alucinando. Ya sabes, a veces veo cosas. Pero ese olor... hueles a flores y a algo que explota. Supe que eras tú.
Reze sintió que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente ganaban la batalla. Se deslizaron por sus mejillas, trazando caminos húmedos sobre su rostro pálido.
—No deberías haberme seguido —dijo ella, tratando de recuperar algo de su antigua compostura, aunque sus hombros temblaban—. Después de todo lo que hice... después de cómo te traté...
Denji ladeó la cabeza, soltando finalmente su muñeca para rascarse la nuca con esa torpeza tan suya.
—Bueno, me intentaste matar un par de veces. Y me arrancaste la lengua. Y creo que me rompiste varios huesos —enumeró, contando con los dedos mientras ponía una expresión pensativa—. Pero, eh, pasaron muchas cosas después de eso. Cosas peores.
Se hizo un silencio pesado. Ambos sabían a qué se refería. La sombra de Makima todavía era un fantasma que acechaba sus memorias, una cadena invisible que los unía en su trauma compartido.
—Ella me controló —confesó Reze, bajando la mirada al suelo—. Después de que nos separamos en aquel callejón... ella me atrapó. No tuve elección. Pero lo que hice antes de eso, Denji... eso fue decisión mía. Mi misión. Realmente iba a llevarme tu corazón.
—Pero no lo hiciste —interrumpió él con sencillez.
—¿Qué?
—Fuiste a la estación de tren —dijo Denji, dando un paso más hacia ella—. Me dijiste que nos veríamos allí para escapar. Y fuiste. Te vi en las noticias después, o bueno, supe que algo había pasado, pero siempre supe que habías ido. Si realmente solo hubieras querido mi corazón, me habrías matado cuando tuviste la oportunidad en la escuela. Pero fuiste a la estación.
Reze sintió un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
—Fui una tonta —sollozó ella, cubriéndose la cara con una mano—. Arriesgué todo por una fantasía. Por un chico que ni siquiera sabía nadar.
Denji soltó una carcajada corta y seca, una risa que no tenía nada de alegría pero sí mucho de honestidad.
—Oye, ¡ya sé nadar un poco! —exclamó, intentando aligerar el ambiente—. Bueno, más o menos. Floto. Eso cuenta, ¿no?
Reze levantó la vista, encontrándose con los ojos de Denji. Él ya no era el niño ingenuo que conoció en la cafetería bajo la lluvia. Había una madurez forzada en sus rasgos, una fatiga que hablaba de pérdidas que ella apenas podía imaginar. Pero su esencia seguía ahí: esa capacidad absurda de perdonar, de buscar la felicidad incluso en medio de las ruinas.
—¿Por qué me buscaste? —preguntó ella—. Podrías haberme dejado ir. Podrías haber tenido una vida normal ahora que ella se ha ido.
Denji se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme.
—¿Normal? Mi vida nunca va a ser normal, Reze. Tengo un montón de perros, una niña pequeña que cuidar y deudas que no se acaban nunca. Además, sigo siendo el Chainsaw Man. La gente me ama o me odia, pero nadie me conoce de verdad.
Dio un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. Reze podía oler el aroma a pan barato de nuevo, mezclado con el olor a hierro de su uniforme.
—Tú me conociste —dijo él en voz baja—. Me enseñaste a besar, aunque fuera un truco. Me enseñaste que podía haber algo más que solo comer jamón y dormir. Y cuando te fuiste... sentí que me faltaba algo. No el corazón de Pochita, sino algo mío.
Reze no pudo evitarlo más. Se lanzó hacia adelante, hundiendo su rostro en el pecho de Denji. Sus manos se aferraron a la tela arrugada de su camisa blanca, arrugándola aún más. Lloró con fuerza, liberando meses de soledad, de culpa y de miedo. Lloró por la chica que nunca pudo ser y por el chico que había sufrido tanto por su culpa.
Denji se quedó rígido por un momento, sorprendido por la repentina muestra de afecto, pero pronto sus brazos la rodearon. La estrechó contra él con una fuerza que prometía protección, apoyando su barbilla sobre la gorra de ella.
—Está bien —susurró él, acariciando su espalda con sus manos ásperas—. Ya pasó. Estamos vivos, ¿no? Eso es lo que importa.
—Lo siento mucho, Denji... lo siento tanto... —repetía ella entre sollozos.
—Ya, ya. —Él se separó un poco, lo justo para mirarla a los ojos. Usó sus pulgares para limpiar las lágrimas de sus mejillas con una ternura inesperada—. Si de verdad lo sientes, tienes que cumplir una promesa.
Reze parpadeó, confundida, sorbiendo por la nariz.
—¿Qué promesa?
—Me debes una cita —dijo él, recuperando su sonrisa pícara y arrogante—. Una de verdad. Sin demonios, sin agencias secretas y, sobre todo, sin que intentes volarme la cabeza al final.
Reze soltó una risa húmeda, una de esas risas que nacen del alivio más profundo. Se acomodó la gorra y se limpió el rostro con la manga de su chaqueta, sintiendo que, por primera vez en años, el aire no le quemaba los pulmones.
—Creo que puedo hacer eso —respondió ella, suavizando su expresión—. Pero yo elijo el lugar. No quiero que me lleves a comer tripas o algo así.
—¡Oye! ¡Las tripas son baratas y saben bien! —protestó Denji, aunque su mirada brillaba con una chispa de felicidad que no había sentido en mucho tiempo.
Caminaron juntos por la acera, sin un rumbo fijo. La mano de Denji buscó la de Reze y, esta vez, ella entrelazó sus dedos con los de él de forma natural. Ya no había misiones, ni países en guerra, ni demonios de control dictando sus movimientos. Solo eran dos adolescentes rotos tratando de encontrar las piezas que les faltaban en el otro.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Reze, mirando de reojo el perfil de Denji mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color naranja que recordaba a las explosiones, pero esta vez, de una manera hermosa—. ¿Vas a seguir siendo un cazador?
—Tengo que —suspiró él—. Hay que pagar las facturas. Pero ahora que estás aquí... tal vez no sea tan aburrido. Nayuta se pondrá contenta de conocerte. O tal vez intente morderte. Es un poco difícil.
—¿Nayuta? —Reze arqueó una ceja.
—Es una larga historia —dijo Denji, rascándose la mejilla—. Te la contaré mientras comemos. Conozco un sitio de ramen que es increíble. Bueno, es increíble porque es "todo lo que puedas comer" por quinientos yenes.
Reze sonrió, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con sus habilidades explosivas. El camino por delante sería difícil. Ella seguía siendo una fugitiva de su propio pasado y él cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Pero mientras caminaban de la mano por las calles de Tokio, el sabor de la pólvora en su boca empezó a ser reemplazado por algo mucho más dulce.
—Denji —dijo ella, deteniéndose un momento.
—¿Qué pasa?
—Gracias por encontrarme.
Él se encogió de hombros, con las orejas un poco rojas, y tiró suavemente de ella para seguir caminando.
—No fue tan difícil. Solo tuve que seguir el olor a problemas.
Reze rió de nuevo, y esta vez, el sonido fue claro y brillante, perdiéndose entre el bullicio de la ciudad que, por fin, empezaba a sentirse como un hogar. En algún lugar de su interior, la bomba seguía allí, pero por ahora, la mecha estaba apagada. Y eso, para alguien como ella, era más de lo que jamás se atrevió a soñar.
