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La espada de miquella en baldur’s gate 3

Fandom: Baldur’s gate 3 , Elden ring

Creado: 8/7/2026

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La Flor de la Putrefacción en la Puerta del Destino

El cielo sobre las Tierras Intermedias se había desvanecido en un torbellino de escarlata y oro. Malenia, la Espada de Miquella, recordaba el peso del cansancio, el dolor sordo de su carne consumida por la Putrefacción Roja y el eco de una batalla contra un Sinluz que se negaba a morir. Pero, al abrir los ojos, el aire no olía a salitre ni a esporas fétidas. Olía a pino, a tierra mojada y al humo distante de una civilización que no reconocía.

Se incorporó con una lentitud mecánica. El metal de su prótesis chirrió levemente, un sonido familiar en un mundo que se sentía extrañamente vibrante. Su brazo dorado seguía allí, firme, y su capa, aunque desgarrada, aún conservaba el orgullo de los Caballeros de la Putrefacción. Sin embargo, algo faltaba: la presencia constante, aunque fuera en forma de recuerdo, de su hermano Miquella.

—¿Dónde estoy? —susurró Malenia. Su voz, rasposa y profunda, pareció cortar la tranquilidad del bosque como una hoja afilada.

No hubo respuesta del viento. Solo el trino de unos pájaros que no eran cuervos de Caelid y el murmullo de un arroyo cercano. Se puso en pie, su imponente figura alzándose entre los árboles. Su casco alado brilló bajo una luz solar que no estaba tamizada por la niebla dorada del Árbol Áureo.

Caminó durante lo que parecieron horas, sus pasos pesados dejando huellas profundas en el musgo. No tardó en encontrar señales de conflicto. El camino estaba salpicado de manchas de sangre fresca y restos de lo que parecían ser pequeñas criaturas de piel verdosa y orejas puntiagudas. Goblins, quizás, aunque diferentes a los que había visto en su tierra natal.

A lo lejos, una estructura de piedra se alzaba contra el horizonte. Una ciudad. Grande, bulliciosa, rodeada de murallas que prometían una seguridad que Malenia sabía ilusoria.

—¡Alto ahí! —Una voz firme la interceptó antes de que pudiera acercarse más al camino principal.

Malenia se detuvo. No desenvainó su espada, pero su mano descansó con naturalidad sobre la empuñadura. De entre los arbustos surgieron varias figuras. Un hombre con una armadura de cuero y una mirada cansada, una mujer de piel oscura con un extraño artefacto en el pecho que emitía un calor mecánico, y un elfo de cabello plateado que la observaba con una mezcla de fascinación y alarma.

—Por los dioses... —murmuró el elfo, cuyo nombre Malenia aún no conocía—. Mira esa armadura. No es de las Tierras de la Costa de la Espada. Ni siquiera parece de este plano.

—Soy Malenia, Espada de Miquella —declaró ella, su voz resonando con una autoridad que hizo que el hombre del cuero, Wyll, retrocediera un paso—. Y no conozco este lugar. ¿Es esto una provincia de Leyndell?

La mujer de la armadura pesada, Karlach, soltó una carcajada nerviosa mientras se rascaba el cuerno.

—¿Leyndell? No me suena, preciosa. Estás en las afueras de la Puerta de Baldur. Y, a juzgar por ese brazo de oro y la cara de pocos amigos que traes, has pasado por un infierno peor que el Averno.

Malenia inclinó la cabeza. El nombre "Puerta de Baldur" no significaba nada para ella. Pero detectó algo en el ambiente, una vibración extraña. En la mente de estos desconocidos, y en la suya propia, sintió un leve movimiento, como un parásito retorciéndose en la oscuridad.

—Tenéis algo dentro —dijo Malenia, dando un paso adelante. Su velocidad fue tal que Wyll desenvainó su estoque por puro instinto—. Un gusano. Un ser que devora vuestra esencia.

—Vaya, la dama es observadora —intervino una voz petulante desde atrás. Un hombre de túnicas violetas, Gale, se adelantó ajustándose el cuello—. Sí, tenemos un pequeño problema de "renacuajos". ¿Acaso tú también eres una víctima del Nautiloide?

Malenia no respondió de inmediato. Sintió la Putrefacción Roja bullir bajo su piel, contenida por su voluntad de hierro, pero siempre presente. El parásito que Gale mencionaba intentó conectar con su mente, pero se encontró con un muro de fuego escarlata y una voluntad forjada en milenios de guerra. El pequeño ser retrocedió, aterrado por la oscuridad que habitaba en la Semidiosa.

—No soy una víctima —sentenció Malenia—. Soy la personificación de una maldición que vuestro mundo no está preparado para conocer.

—Bueno, eso suena encantador —dijo Karlach, cruzándose de brazos—. Escucha, Malenia. No sabemos quién eres, pero pareces saber pelear. Estamos en una situación peliaguda. Hay una Absoluta movilizando ejércitos, y nosotros estamos en medio intentando no convertirnos en calamares. Si buscas respuestas, o un lugar donde caerte muerta de forma segura, ven con nosotros al campamento.

Malenia observó a los extraños. Eran débiles comparados con los Radahn o los Godfrey de su mundo, pero había una chispa de determinación en ellos que le recordaba a sus propios caballeros. Además, necesitaba información. Si este mundo era diferente, quizás existiera una forma de regresar, o quizás, una forma de encontrar la paz que Miquella siempre le había prometido.

—Iré —dijo finalmente—. Pero debéis saber una cosa. Allá donde voy, la putrefacción me sigue. No os acerquéis demasiado si valoráis vuestra carne.

El grupo comenzó a caminar de regreso hacia su refugio. Astarion, el elfo, se mantuvo a una distancia prudencial, observando el caminar rítmico y elegante de la guerrera.

—Me gusta su estilo —susurró Astarion a Gale—. Aunque ese olor a flores podridas es un poco... excesivo.

—Es poder, Astarion —respondió Gale en voz baja, con los ojos fijos en la prótesis de oro—. Un poder que no se parece a nada que haya leído en los libros de Mystra. Es antiguo. Primordial.

Al llegar al campamento, la presencia de Malenia alteró el equilibrio del lugar. Shadowheart, la clériga de Shar, se levantó de un salto al verla entrar. Su mano fue directa al símbolo sagrado que colgaba de su cuello.

—¿Qué es esto? —preguntó Shadowheart, con la voz temblorosa—. Siento una corrupción emanando de ella... Es como si la muerte misma caminara, pero una muerte que se niega a terminar.

Malenia se detuvo en el centro del claro. Ignoró las miradas de desconfianza y se centró en la hoguera. El fuego le recordaba a la Gracia, pero era un fuego común, mortal, sin la chispa de la divinidad.

—He luchado contra dioses y he visto imperios caer bajo mi paso —dijo Malenia, dirigiéndose a todos los presentes—. No busco vuestro conflicto, pero si se interpone en mi camino, lo erradicaré. Habladme de esa "Absoluta".

—Es un culto —explicó Wyll, acercándose con cautela—. Están marcando a la gente, controlando sus mentes a través de esos parásitos. Dicen que es una nueva deidad, pero huele a magia oscura y a una ambición muy vieja.

—Un dios que necesita parásitos para gobernar no es un dios —replicó Malenia con desdén—. Es un cobarde. Mi hermano buscaba la pureza, la liberación de las influencias externas. Lo que describís es una esclavitud de la voluntad.

—En eso estamos de acuerdo —asintió Karlach, sentándose sobre un tronco—. El problema es que tienen un ejército. Goblins, ogros, humanos convertidos... y algo llamado "Los Elegidos".

Malenia acarició la empuñadura de su espada. El nombre "Elegidos" le trajo recuerdos amargos de los Sinluz que asediaban el Árbol Áureo.

—Si tienen guerreros, yo tengo mi hoja —dijo ella—. Pero advertidme... ¿Hay alguien en este mundo capaz de resistir un golpe que no se puede curar?

Gale suspiró, frotándose la sien.

—Aquí tenemos pociones, magia de resurrección, clérigos... Pero sospecho que lo que tú traes contigo no es una herida común.

—No lo es —confirmó Malenia—. Es la Putrefacción Roja. Una vez que echa raíces, el mundo se convierte en su jardín.

Esa noche, Malenia no durmió. Se quedó de pie, como una estatua de oro y hierro, vigilando la oscuridad del bosque. Los demás miembros del grupo hablaban en susurros, debatiendo si habían invitado a una salvadora o a un monstruo a sus filas.

A medianoche, una figura se acercó a ella. No era ninguno de los que había conocido antes. Era un hombre con una mirada penetrante, una presencia que sugería que había visto más de lo que cualquier mortal debería. Se presentó como el líder del grupo, aquel que tomaba las decisiones finales.

—Malenia —dijo él, manteniendo una distancia respetuosa—. No pareces pertenecer a este tiempo, ni a este espacio.

—No lo hago —respondió ella sin mirarlo—. Vengo de un lugar donde la gloria es una sombra y la vida es una lucha eterna contra el estancamiento.

—Aquí también luchamos contra el estancamiento —dijo el líder—. Pero de una forma diferente. Mañana partiremos hacia el campamento de los goblins. Hay una mujer allí, una tal Minthara, que lidera el asalto. Si realmente eres la espada que dices ser, necesitaremos tu ayuda.

Malenia se giró lentamente. Su casco ocultaba sus ojos, pero la intensidad de su presencia era abrumadora.

—No necesito razones para luchar, guerrero. La lucha es lo que soy. Pero si esa Minthara sirve a un falso dios, conocerá el filo de la verdadera divinidad.

El líder asintió y se retiró. Malenia volvió a mirar hacia las estrellas. Eran diferentes. Las constelaciones no formaban los patrones que ella conocía. Estaba perdida, sí, pero por primera vez en siglos, sentía una extraña libertad. En las Tierras Intermedias, era la protectora de un sueño roto. Aquí, en la Puerta de Baldur, era una incógnita, un huracán que aún no había tocado tierra.

—Miquella —susurró para sí misma—, vigílame. Si este es un nuevo mundo, lo purificaré en tu nombre. O lo veré arder bajo el color de la escarlata.

Al amanecer, el grupo se preparó para la marcha. Malenia se colocó a la vanguardia, su capa ondeando con el viento matutino. Los goblins que acechaban en las sombras del camino sintieron un escalofrío que no pudieron explicar. No era el miedo a la muerte lo que los atenazaba, sino algo más profundo: el instinto de que algo que no debería existir en Faerûn acababa de despertar.

—¿Lista para el caos? —preguntó Karlach, ajustándose el hacha al hombro.

Malenia desenvainó su espada con un movimiento fluido. La hoja brilló con un matiz enfermizo bajo la luz del sol, y el aire alrededor de ella pareció vibrar con una energía antigua y peligrosa.

—Yo soy Malenia, Espada de Miquella —repitió, no para los demás, sino para el mundo mismo—. Y nunca he conocido la derrota.

Con esas palabras, la Semidiosa dio el primer paso hacia su nuevo destino, dejando tras de sí un rastro de pétalos invisibles que prometían transformar la Puerta de Baldur para siempre. El viaje apenas comenzaba, y los dioses de este mundo pronto aprenderían que hay flores que nunca deberían ser arrancadas.
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