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Sangre y sol

Fandom: Nose

Creado: 8/7/2026

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El latido de la lluvia y el sol de la tarde

La lluvia golpeaba con una cadencia monótona contra los cristales de la mansión de los Acevedo. Para Carlos, ese sonido era la única música que valía la pena escuchar. A sus mil ochocientos años —aunque ante los ojos del mundo no fuera más que un muchacho de dieciocho con una palidez envidiable—, la eternidad se sentía como un largo pasillo silencioso. Carlos era el silencio personificado: reservado, serio y tan distante que los pocos vecinos que lo veían cruzar el jardín lo consideraban una estatua de mármol que cobraba vida solo para observar las nubes.

Pero el equilibrio de su soledad se rompió un martes por la tarde, justo cuando el sol, ese enemigo brillante que Carlos evitaba, decidió salir con una intensidad hiriente tras una tormenta.

Un camión de mudanzas se estacionó frente a la casa de al lado. Carlos, oculto tras las pesadas cortinas de terciopelo de su habitación, observó el despliegue de energía más caótico que jamás hubiera presenciado. Del vehículo saltó un chico que parecía tener el sol atrapado en la sonrisa. Tenía el pelo castaño, ondulado y algo largo, que se movía con cada uno de sus gestos exagerados. Era alto, atlético y vestía una camiseta de fútbol que dejaba ver unos brazos bronceados.

— ¡Vamos, papá! ¡Si no bajamos esto rápido, no llegaré a las inscripciones del club! —gritó el chico, su voz resonando en toda la calle con una alegría contagiosa.

Carlos sintió un vuelco extraño en el pecho, una presión que no había sentido en siglos. Sus dedos apretaron la tela de la cortina. El chico nuevo, Guillermo, se detuvo un momento y miró hacia la ventana de Carlos. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Carlos retrocedió un paso, tropezando con sus propios pies, con el rostro ardiendo en una sensación de calor que debería serle físicamente imposible.

En menos de una semana, Guillermo Ochoa se había convertido en el alma del vecindario. Mientras Carlos prefería las sombras y los libros antiguos, Guillermo ya conocía el nombre de todos los perros de la cuadra, ayudaba a la señora del número 42 con sus bolsas del mercado y se había inscrito en el taller de fútbol local, donde ya lo llamaban "el muro" por sus reflejos en la portería.

Carlos lo observaba desde la seguridad de su porche, protegido por la sombra del techo. Guillermo siempre pasaba por ahí después de sus entrenamientos, sudoroso y radiante.

— ¡Ey, hola! —gritó Guillermo una tarde, desviándose de su camino para acercarse a la reja de Carlos—. Eres el vecino misterioso, ¿verdad? Soy Memo, acabo de mudarme.

Carlos sintió que su garganta se cerraba. Sus manos, usualmente firmes, empezaron a temblar levemente. Se aferró al libro que sostenía como si fuera un escudo.

— Carlos —logró decir en un susurro, bajando la mirada. Sus mejillas, usualmente pálidas como la luna, se tiñeron de un rosa suave.

— ¡Qué onda, Carlos! —Guillermo se apoyó en la reja con una confianza natural—. Te he visto un par de veces en la ventana. ¿Por qué no sales más? El sol está increíble hoy, ideal para echar una reta de fut.

— No me gusta mucho... el sol —respondió Carlos, sin atreverse a mirarlo a los ojos. La energía de Guillermo era abrumadora, como estar demasiado cerca de una hoguera.

— ¡Qué raro eres! A mí me encanta. Siento que me da pilas —Guillermo soltó una carcajada limpia y sonora—. Bueno, te dejo, ¡quedé de ir por unos tacos con los del equipo! ¡Nos vemos, vecino!

Carlos se quedó ahí, inmóvil, viendo cómo Guillermo se alejaba trotando. El corazón muerto del vampiro dio un salto errático. Estaba perdido. Se había enamorado de la persona más opuesta a él en el mundo.

Con el paso de los meses, las interacciones se volvieron una tortura dulce para Carlos. Guillermo era dolorosamente sociable y directo. Siempre buscaba a Carlos, intentando sacarlo de su caparazón. Le contaba sobre sus partidos, sobre cómo le gustaba el fútbol porque le permitía estar en constante movimiento, y sobre lo mucho que le gustaba la gente.

— ¿Por qué eres tan callado, Carlitos? —preguntó Guillermo un día, sentándose en el escalón del porche de Carlos, invadiendo su espacio personal sin ningún pudor—. A veces parece que tienes miedo de hablar.

Carlos se encogió de hombros, sintiendo el aroma a césped y aire libre que siempre desprendía Guillermo.

— Solo... no tengo mucho que decir —mintió Carlos. En realidad, tenía mil ochocientos años de historias, pero temía que, si abría la boca, solo saldrían declaraciones de amor torpes.

— Pues yo tengo de sobra —dijo Memo, dándole un empujoncito amistoso en el hombro. Carlos casi se desmaya ante el contacto—. Deberías venir a verme jugar el sábado. Va a ir mucha gente.

— Lo intentaré —murmuró Carlos, sabiendo que tendría que usar una cantidad industrial de protector solar y una sombrilla si quería sobrevivir a la exposición.

Sin embargo, la timidez de Carlos empezó a jugar en su contra. Sus respuestas cortas y su tendencia a huir cuando se ponía demasiado nervioso fueron malinterpretadas por Guillermo como falta de interés. El vampiro quería decirle que lo adoraba, que su luz era lo único que quería seguir, pero las palabras se le atoraban en los colmillos.

Y entonces, llegó el desastre.

Una tarde de otoño, Carlos se armó de valor para salir a caminar, aprovechando que el cielo estaba nublado. Vio a Guillermo a lo lejos, cerca del parque. Iba a acercarse, a intentar ser "normal", cuando vio que Guillermo no estaba solo.

Una chica, rubia y de sonrisa amplia, caminaba a su lado. Guillermo le rodeaba los hombros con el brazo y reía de esa forma especial que Carlos creía reservada para sus bromas vecinales. La chica le dio un beso rápido en la mejilla y Guillermo la acercó más a él.

El mundo de Carlos se derrumbó. Se ocultó tras un árbol, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con su condición de no-muerto. Era el hielo de los celos, una punzada aguda y venenosa.

Días después, Guillermo pasó por la casa de Carlos, esta vez acompañado por la chica.

— ¡Qué onda, Carlos! —saludó Guillermo con su alegría habitual, aunque había algo menos brillante en su mirada cuando se dirigía al vampiro—. Mira, te presento a Sofía. Es mi novia.

— Mucho gusto —dijo la chica con amabilidad.

Carlos sintió que la sangre que no corría por sus venas se congelaba. Apenas asintió con la cabeza, apretando los puños dentro de los bolsillos de su sudadera negra.

— Hola —dijo Carlos, con una voz tan fría que hasta Guillermo parpadeó sorprendido.

— Bueno, solo pasábamos a saludar —dijo Guillermo, rascándose la nuca, algo incómodo por la actitud de su vecino—. Vamos a ir al cine. ¿Quieres venir? Sofi dice que no le importa.

— No —respondió Carlos tajante—. Tengo cosas que hacer.

Se dio la vuelta y entró en su casa sin decir más, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Desde la ventana, los vio alejarse. Vio cómo Sofía le tomaba la mano a Guillermo, cómo él le sonreía. El odio que Carlos sintió en ese momento fue algo nuevo para él. Odiaba a Sofía por poder tocarlo, por poder caminar bajo el sol con él, por ser capaz de darle lo que un ser de las sombras nunca podría. Pero, sobre todo, se odiaba a sí mismo por ser tan cobarde.

Las semanas siguientes fueron un tormento. Guillermo, siendo tan sociable, llevaba a Sofía a todas partes. La integró en su grupo de amigos del fútbol, la llevaba a las reuniones del vecindario y, para desgracia de Carlos, la llevaba a menudo a pasear frente a su casa.

Carlos se volvió aún más huraño. Si antes era reservado, ahora era un fantasma. Evitaba salir incluso en los días lluviosos que tanto amaba, porque ver a Guillermo y Sofía compartiendo un paraguas era más doloroso que cualquier rayo de sol.

Una noche, cuando la luna estaba en su punto más alto, Carlos estaba en su balcón, dejando que el aire frío le golpeara el rostro. Escuchó pasos abajo. Era Guillermo. Estaba solo, sentado en la acera, con un balón de fútbol entre los pies. Se veía apagado.

Carlos, impulsado por una necesidad que superaba su timidez, bajó en silencio. Se paró a unos metros de él.

— ¿Qué haces aquí tan tarde? —preguntó Carlos.

Guillermo se sobresaltó, pero al ver que era él, suspiró y soltó una pequeña sonrisa triste.

— Terminamos, Carlos. Sofía y yo.

El corazón de Carlos, metafóricamente, dio un vuelco. Pero no sintió alegría, sino una extraña confusión al ver a Guillermo así.

— ¿Por qué? —preguntó, acercándose un poco más.

— Ella decía que yo siempre estaba distraído. Que aunque estaba con ella, parecía que buscaba a alguien más con la mirada —Guillermo levantó la vista y sus ojos se clavaron en los de Carlos con una intensidad que lo dejó sin aliento—. Y tenía razón. Siempre estaba buscándote a ti, pero tú siempre te escondías. Pensé que me odiabas.

Carlos sintió que el mundo se detenía. La confesión de Guillermo era directa, sin filtros, tal como era él.

— No te odio —susurró Carlos, dando el paso final para quedar frente a él—. Me... me ponía nervioso. Eres como el sol, Guillermo. Y yo he pasado demasiado tiempo en la oscuridad.

Guillermo se levantó lentamente. A pesar de que Carlos era alto, Guillermo tenía una presencia que llenaba todo el espacio.

— Pues a mí me gusta la luna —dijo Guillermo con voz suave, rompiendo la distancia—. Y me he dado cuenta de que el sol brilla más cuando tiene a alguien con quien compartir el cielo.

Carlos bajó la mirada, avergonzado, pero Guillermo le tomó suavemente la barbilla, obligándolo a verlo.

— No seas tímido conmigo, Carlos. Ya no.

— Es difícil —admitió el vampiro, sintiendo que sus defensas caían una a una—. Soy... diferente. Mil ochocientos años de diferencia, para ser exactos.

Guillermo soltó una risita, pensando que era una metáfora de lo maduro que era Carlos.

— No me importa que seas un alma vieja. Me gustas tú. El chico serio que lee libros y prefiere la lluvia.

Esa noche, bajo la luz de la luna y lejos de los celos y el ruido, Carlos Acevedo entendió que no necesitaba ser un ser de luz para ser amado por el sol. Guillermo, con su extroversión y su capacidad de querer a todo el mundo, había decidido que su corazón pertenecía al vecino más silencioso de la cuadra.

— ¿Entonces... ya no habrá más novias? —preguntó Carlos, con un rastro de timidez pero con un brillo de posesividad en los ojos.

Guillermo soltó una carcajada y lo abrazó, rodeando su frío cuerpo con un calor que Carlos finalmente se permitió disfrutar.

— Solo si tú quieres ser mi novio, Carlitos. Aunque tengas que usar mucha sombrilla cuando vayamos a mis partidos.

— Por ti —dijo Carlos, escondiendo el rostro en el hombro de Guillermo—, aprenderé a amar el sol.

Y por primera vez en casi dos milenios, Carlos Acevedo no tuvo miedo de lo que vendría al amanecer.
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