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Entre Parejas

Fandom: My Hero Academia

Creado: 9/7/2026

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El eco de la imperfección

La sala común de la Residencia 2-A estaba inusualmente tranquila esa tarde de sábado. El sol de otoño se filtraba por los ventanales, proyectando sombras alargadas sobre la alfombra. Sentadas en uno de los sofás circulares, cuatro chicas compartían un momento de confidencias que solo el cansancio tras una semana de entrenamientos intensivos podía propiciar.

Ochaco Uraraka suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás. Tenía las mejillas ligeramente más rosadas de lo habitual, y jugaba distraídamente con sus dedos, evitando que las almohadillas se tocaran para no flotar por accidente.

—A veces me pregunto si algún día dejará de pedirme perdón por existir —comentó Ochaco con una risita melancólica—. Ayer intenté darle la mano mientras caminábamos hacia la biblioteca y se puso tan rojo que juraría que sus pecas iban a salir disparadas. Empezó a murmurar sobre la presión arterial, el espacio personal y las leyes de la física. ¡Es tan desesperante!

Momo Yaoyorozu, que sostenía una taza de té con elegancia natural, asintió con una sonrisa comprensiva. Su porte siempre maduro contrastaba con la mirada suave que dedicaba a sus amigas.

—Entiendo esa frustración, Ochaco —dijo Momo, dejando la taza sobre la mesa—. Shoto es... bueno, él es directo. El otro día le pregunté qué le parecía mi nuevo peinado para la cena de gala de mi familia. Se quedó mirándome fijamente durante un minuto entero, con esa expresión tan seria que tiene, y solo dijo: «Es funcional, no se te caerá a la cara durante un combate».

Mina Ashido soltó una carcajada sonora, echándose hacia atrás y agitando sus manos de piel rosada.

—¡Eso es tan de Todoroki! —exclamó Mina—. Pero al menos no llega a las citas oliendo a gimnasio viejo. Eijiro es el chico más dulce del mundo, de verdad, pero su obsesión con la "masculinidad" y el entrenamiento es... intensa. La semana pasada intentó abrazarme después de su rutina de pesas y tuve que ponerle una mano en la cara. ¡Olía a sudor y a determinación pura! Es como salir con un Golden Retriever que no conoce el concepto de la ducha inmediata.

Kyoka Jirou, que había estado escuchando en silencio mientras jugueteaba con uno de sus conectores auriculares, soltó un bufido sarcástico.

—Todas ustedes se quejan de cosas menores —dijo Kyoka, aunque había un brillo de afecto en sus ojos oscuros—. Yo tengo que lidiar con Denki. Ayer intentó impresionarme usando su Don para encender una bombilla con la boca. Terminó con el cerebro frito, caminando por ahí diciendo "wheee" y chocando contra las paredes durante media hora. Es un idiota integral.

Las cuatro compartieron un silencio cómplice. Sí, sus novios estaban lejos de ser los príncipes azules de los cuentos de hadas. Eran torpes, demasiado serios, ruidosos o simplemente distraídos. Pero, justo cuando la queja amenazaba con volverse amarga, la puerta de la residencia se abrió.

—¡Ya llegamos! —anunció una voz enérgica.

Eijiro Kirishima entró primero, con su cabello rojo puntiagudo brillando bajo la luz. Venía acompañado de un Denki Kaminari que todavía se rascaba la nuca con aire despistado, un Shoto Todoroki que caminaba con su habitual calma glacial y un Izuku Midoriya que venía revisando frenéticamente una libreta de notas.

—¡Mina! —Kirishima se acercó a ella con una sonrisa que mostraba sus dientes afilados—. ¡Mira lo que encontré en el centro comercial! Sé que te gustaban estos calcetines de edición limitada de Alien Queen.

Mina se levantó de un salto, olvidando instantáneamente sus quejas sobre el olor a sudor. Eijiro le entregó una bolsa pequeña, su rostro iluminado por una emoción genuina.

—Me acordé de que dijiste que los querías hace tres meses —añadió él, rascándose la mejilla un poco avergonzado—. Espero que sean los correctos. Es lo más varonil que pude encontrar para regalar.

Mina lo miró, y por un momento, el mundo exterior desapareció.

—Eres un tonto, Eijiro —susurró ella, abrazándolo con fuerza a pesar de que él venía, efectivamente, de un entrenamiento ligero—. Pero eres mi tonto favorito.

Mientras tanto, Denki se acercaba a Kyoka, que intentaba mantener su expresión de indiferencia.

—Oye, Jirou —dijo Denki, extendiendo una mano que sostenía un pequeño reproductor de música—. Sé que te gusta esa banda indie underground que nadie conoce. Logré conseguir una grabación de su último concierto en vivo. Me costó tres descargas eléctricas y casi pierdo mi cuenta bancaria, ¡pero aquí está!

Kyoka tomó el dispositivo, sus dedos rozando los de Denki. El sarcasmo que tenía preparado se disolvió en su garganta.

—Gracias, Kaminari —dijo ella en voz baja, ocultando su sonrisa tras su cabello violeta—. Supongo que no eres tan inútil después de todo.

—¡Oye! —protestó él, aunque terminó riendo y sentándose a su lado en el suelo.

En el otro extremo de la sala, Shoto se dirigió hacia Momo. Se detuvo frente a ella y, sin decir una palabra, sacó una pequeña caja de té de una marca extremadamente rara y cara.

—Fui a esa tienda que mencionaste —explicó Shoto con su voz monótona pero suave—. El dependiente dijo que esta mezcla ayuda a relajar la mente después de estudiar estrategias complejas. Pensé que te sería útil para el examen de la próxima semana.

Momo sintió que su corazón daba un vuelco. Shoto no era bueno con los cumplidos, pero su forma de cuidar los detalles era abrumadora.

—Es perfecto, Shoto —dijo ella, levantándose para quedar a su altura—. Muchas gracias por pensar en mí.

Finalmente, Izuku se acercó a Ochaco. Estaba visiblemente nervioso, con su cabello verde más alborotado que de costumbre.

—¡U-Uraraka-san! —exclamó, haciendo una reverencia casi exagerada—. Yo... bueno, vi esto y pensé en ti.

Le extendió un pequeño llavero de un gato espacial, similar a uno que ella había perdido hace semanas en el campo de entrenamiento Gamma.

—Lo busqué por todo el sector de entrenamiento —murmuró Izuku, bajando la mirada mientras sus mejillas se teñían de rojo—. Sé que no es gran cosa, pero... no quería que estuvieras triste por haberlo perdido. Eres muy fuerte y siempre te esfuerzas tanto, que pensé que merecías recuperar algo que te hiciera sonreír.

Ochaco sintió un nudo en la garganta. La timidez de Izuku, que a veces la desesperaba, era también la fuente de su mayor ternura. Él había pasado horas buscando un pequeño trozo de plástico solo porque sabía que era importante para ella.

—Deku-kun... —Ochaco dio un paso adelante, rompiendo la barrera del espacio personal que tanto asustaba al chico—. Gracias. De verdad.

Ella se puso de puntillas y dejó un beso rápido en su mejilla. Izuku se quedó petrificado, emitiendo un pequeño sonido de vapor, pero no huyó. En cambio, sus dedos buscaron torpemente los de ella y, por primera vez en toda la tarde, los entrelazó con firmeza.

Las cuatro parejas se dispersaron por la sala, cada una en su propio mundo.

Pasada una hora, cuando los chicos se habían retirado a la cocina para ayudar a Sato con la cena, las chicas volvieron a quedar solas por un momento. El ambiente había cambiado por completo. Ya no había quejas, solo una calidez suave que llenaba el pecho.

—Entonces... —comenzó Mina, balanceando sus piernas con los nuevos calcetines puestos—, ¿seguimos pensando que son un desastre?

Kyoka, que ya estaba escuchando la música que Denki le había dado, se quitó un auricular.

—Lo son —afirmó con una sonrisa—. Denki es un idiota que no sabe sumar dos más dos cuando se sobrecarga.

—Y Shoto sigue siendo tan expresivo como una pared de hielo a veces —añadió Momo, mirando la caja de té con adoración.

—Y Eijiro sigue oliendo a gimnasio —rió Mina.

—Y Deku-kun... bueno, él probablemente siga pidiendo perdón por respirar el mismo aire que yo —concluyó Ochaco, apretando el llavero en su mano.

Las cuatro se miraron y, al unísono, soltaron una carcajada.

—Pero no los cambiaría por nada —dijo Ochaco, resumiendo el sentimiento de todas.

Porque la perfección, entendieron en ese momento, era aburrida. La perfección no buscaba llaveros perdidos en campos de batalla, no compraba té específico para el estrés, no buscaba música rara para alegrar un mal día ni se esforzaba por ser "varonil" solo para ver una sonrisa.

El amor no residía en la ausencia de defectos, sino en la maravillosa y caótica forma en que esos defectos se entrelazaban con los de ellas.

—¿Saben qué? —dijo Kyoka, volviendo a ponerse el auricular—. Creo que voy a ir a la cocina a ayudar a Denki. Probablemente intente usar un cuchillo eléctrico y termine electrocutando la sopa.

—Te acompaño —dijo Momo—. Shoto está intentando entender cómo funciona la arrocera y me temo que podría terminar congelándola por accidente.

—¡Esperen por mí! —exclamó Mina—. Eijiro prometió ayudarme con los ejercicios de fuerza, pero seguro terminará haciendo una competencia de pulseadas con Bakugo en medio de la cocina.

Ochaco se levantó la última, mirando hacia la puerta por donde Izuku acababa de desaparecer. Sintió una chispa de energía en su interior, esa ligereza que no tenía nada que ver con su Don de gravedad.

Caminó hacia la cocina, escuchando el alboroto de voces masculinas: los gritos de Bakugo, las risas de Kirishima, las explicaciones técnicas de Izuku y las respuestas cortas de Todoroki. Era un ruido familiar, imperfecto y ruidoso.

Al entrar, vio a Izuku tratando de picar verduras con una concentración casi cómica, murmurando para sí mismo sobre el ángulo de corte ideal para maximizar el sabor.

—¿Necesitas ayuda, Deku-kun? —preguntó ella, acercándose.

Izuku se sobresaltó, casi dejando caer el cuchillo, pero al verla, su expresión se relajó en una sonrisa tímida pero llena de luz.

—Siempre, Uraraka-san —respondió él—. Contigo todo es mejor.

Ochaco sonrió, sabiendo que en unos minutos él probablemente se pondría nervioso otra vez o empezaría a analizar el valor nutricional del brócoli de forma obsesiva. Pero mientras tomaba un cuchillo para ayudarlo, supo que no importaba.

Porque en esa academia de héroes, donde todos luchaban por ser los mejores, los más fuertes y los más valientes, ellas habían descubierto que el heroísmo más grande no estaba en salvar el mundo, sino en aceptar y amar las pequeñas grietas en el corazón de los demás.

El sudor, la timidez, la seriedad y la tontería eran solo las notas de una melodía que, aunque a veces desafinaba, sonaba exactamente como el hogar.

—¡Cuidado, Kaminari! ¡Eso es sal, no azúcar! —gritó Kyoka desde el otro lado de la encimera.

—¡Ups! ¡Wheee! —respondió Denki, ya con los ojos en blanco tras un pequeño chispazo accidental.

Mina se reía mientras Kirishima intentaba explicarle a Todoroki por qué no era buena idea enfriar la sopa instantáneamente con su lado derecho.

—La termodinámica es complicada, Todoroki-kun —decía Momo, tratando de mantener la compostura mientras Shoto la miraba con genuina confusión.

Ochaco miró a sus amigas y luego a los chicos. La imperfección nunca se había sentido tan completa. Y mientras el olor a comida empezaba a llenar la estancia, mezclado con risas y alguna que otra pequeña explosión, supo que, a pesar de todo, no había otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.

Porque al final del día, lo que importaba no era encontrar a alguien perfecto, sino encontrar a alguien cuyas imperfecciones encajaran perfectamente con las tuyas. Y en la Clase 2-A, ese rompecabezas de piezas extrañas y colores brillantes era, sencillamente, el cuadro más hermoso que jamás habían visto.
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