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Renata y Jero

Fandom: La oficina

Creado: 9/7/2026

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RomanceDramaRecortes de VidaHistoria DomésticaRealismoEstudio de Personaje
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Fuera del Inventario

El olor a pino barato y productos de limpieza industriales impregnaba el aire de la habitación 204 del Motel "El Descanso". No era, ni de lejos, el lugar donde Jerónimo esperaba terminar la jornada laboral, y mucho menos en compañía de Renata. El papel tapiz de flores marchitas parecía observar la escena con una especie de juicio silencioso, mientras el ventilador de techo giraba con un chirrido rítmico que acentuaba el silencio que se había instalado entre ellos.

Habían pasado las últimas tres horas lidiando con el dueño del establecimiento, un hombre testarudo que se negaba a pagar las facturas de suministros de oficina alegando que la mitad del tóner había llegado seco. Había sido una batalla de voluntades, números y paciencia. Jerónimo, con su traje impecable de jefe de departamento, había intentado la diplomacia, pero fue Renata quien, con esa mezcla de firmeza y dulzura que solo una madre soltera de una niña de cinco años puede desarrollar, logró que el hombre firmara el cheque de liquidación.

— Lo logramos —dijo Renata, rompiendo el silencio. Se dejó caer en el único sillón de terciopelo gastado de la habitación, soltando un suspiro que pareció vaciarle los pulmones—. Juro que si volvía a decir que el color cian no era lo suficientemente azul, le arrojaba la grapadora a la cabeza.

Jerónimo soltó una carcajada ronca, una que no solía permitirse en la oficina. Se quitó la corbata con un movimiento fluido y desabrochó el primer botón de su camisa.

— Estuviste increíble, Ren —admitió él, caminando hacia la pequeña nevera de la esquina—. Tienes una forma de intimidar a la gente sin perder la sonrisa que resulta... inquietante. Y fascinante.

Renata lo observó. Jerónimo era un hombre atractivo, de eso no había duda. Sus cuarenta y pocos años le sentaban bien, con esas canas incipientes en las sienes que le daban un aire de autoridad cansada. Estaba divorciado desde hacía dos años y sus hijos, dos adolescentes que ocupaban la mayoría de sus conversaciones telefónicas, eran su mundo. Pero en ese momento, bajo la luz mortecina de la lámpara del motel, no parecía el jefe estricto que revisaba los informes de ventas. Parecía simplemente un hombre vulnerable y exhausto.

— Es la práctica —respondió ella, tratando de ignorar cómo la camisa blanca de Jerónimo se tensaba contra sus hombros—. Intenta convencer a una niña de que los brócolis son árboles mágicos para comer y podrás convencer a cualquier dueño de motel de pagar sus deudas.

Jerónimo sacó dos botellas de agua, lo único que había en el minibar, y le tendió una. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de ella. Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero la electricidad que saltó entre ambos fue casi tangible. Renata retiró la mano rápidamente, centrando su atención en el tapón de la botella.

La tensión sexual no era algo nuevo. Había estado allí, flotando en el aire de la oficina durante meses. Se manifestaba en las miradas que duraban un segundo de más, en los roces accidentales en la fotocopiadora, en la forma en que Jerónimo siempre se aseguraba de que ella no se quedara hasta demasiado tarde para que pudiera llegar a tiempo a recoger a su hija. Era un elefante en la habitación que ambos habían decidido ignorar por profesionalismo, por miedo y por las complicaciones de sus vidas personales.

— Deberíamos irnos —dijo Jerónimo, aunque no hizo ningún movimiento hacia la puerta—. La lluvia está empeorando y el camino de regreso a la ciudad es complicado con este clima.

Renata miró hacia la ventana. El repiqueteo del agua contra el cristal se había convertido en un rugido. Un relámpago iluminó la habitación, seguido casi instantáneamente por un trueno que hizo vibrar las paredes.

— No creo que mi coche pase por el tramo del río con esta tormenta —murmuró ella, sintiendo una mezcla de ansiedad y una extraña anticipación.

Jerónimo suspiró y se sentó en el borde de la cama, a solo un par de metros de ella.

— Renata... —empezó él, su voz bajando una octava.

— ¿Sí, Jero?

Él la miró fijamente. Sus ojos oscuros buscaban algo en los de ella, una señal, un permiso.

— Llevo meses intentando convencerme de que solo eres mi mejor empleada —dijo él con una honestidad brutal—. Me digo a mí mismo que tengo dos hijos, que tú tienes una hija, que el trabajo es lo primero... Pero luego entras en mi oficina con ese café que sabes que me gusta y esa forma de morderte el labio cuando repasas las cifras, y todo mi autocontrol se va al traste.

Renata sintió que el corazón le daba un vuelco. Dejó la botella de agua en el suelo y se puso de pie, acercándose lentamente a él.

— Pensé que era la única que lo sentía —confesó ella, deteniéndose frente a él—. A veces, cuando estás explicando algo y te acercas tanto que puedo oler tu perfume, me cuesta respirar. Pero somos adultos, Jero. Tenemos responsabilidades.

— Lo sé —asintió él, extendiendo una mano para tomar la de ella—. Créeme que lo sé. Pero aquí fuera no hay oficina, no hay informes, y el mundo parece haberse detenido por la lluvia.

Renata se dejó guiar hasta que quedó de pie entre las piernas de Jerónimo. Él la rodeó por la cintura con sus brazos, apoyando la frente contra su vientre. Ella sintió el calor que emanaba de él, la solidez de su cuerpo.

— ¿Qué estamos haciendo? —susurró ella, hundiendo los dedos en el cabello espeso de él.

— Rompiendo las reglas —respondió Jerónimo, levantando la vista para encontrar la de ella—. Por una vez en mucho tiempo, quiero dejar de ser el jefe, el padre o el exmarido. Solo quiero ser yo. Y quiero estar contigo.

— Solo por esta noche —dijo ella, aunque en su interior sabía que una vez que cruzaran esa línea, no habría vuelta atrás.

— Solo por esta noche —repitió él, aunque sus ojos decían algo muy distinto.

Jerónimo se puso de pie, eliminando la poca distancia que quedaba entre ellos. Su mano subió por el cuello de Renata, acariciando su mandíbula con el pulgar. Ella cerró los ojos, disfrutando de la aspereza de su piel. Cuando él finalmente la besó, no fue el beso tentativo que ella esperaba. Fue un beso hambriento, cargado de toda la frustración y el deseo acumulado durante meses de silencios compartidos.

Renata respondió con la misma intensidad, rodeando el cuello de él con sus brazos y atrayéndolo más hacia ella. El sabor de Jerónimo era a café y a algo puramente masculino que la hacía sentir mareada. Sus manos se movieron con urgencia, deshaciendo los botones de la camisa de él, ansiosas por sentir la piel bajo la tela.

— Renata —jadeó él contra sus labios—, ¿estás segura? Si nos detenemos ahora, mañana podemos fingir que la lluvia nos volvió locos por un momento.

— No quiero fingir más, Jero —respondió ella, mirándolo a los ojos con una determinación feroz—. No quiero volver a esa oficina mañana y preguntarme qué habría pasado si hubiera tenido el valor de besarte.

Jerónimo no necesitó más palabras. La levantó en vilo, y Renata envolvió sus piernas alrededor de su cintura, soltando un gemido cuando él la depositó con cuidado sobre la colcha de flores. La cama crujió, pero a ninguno le importó.

El sonido de la tormenta se convirtió en música de fondo mientras se redescubrían. Jerónimo fue meticuloso, adorando cada centímetro de la piel de Renata con una devoción que la dejó sin aliento. Ella, a su vez, exploró la fuerza de los hombros de él, las cicatrices invisibles que el tiempo y la vida habían dejado en su cuerpo.

— Eres hermosa —susurró él al oído de ella, su voz vibrando contra su piel—. Mucho más de lo que me permitía imaginar en mis sueños más inapropiados.

— Y tú eres un mentiroso —rio ella suavemente, aunque su voz temblaba de emoción—. Dijiste que esto era solo por el trabajo.

— Fue la mentira más necesaria de mi vida —admitió él antes de volver a capturar sus labios.

En la penumbra de la habitación, el tiempo pareció dilatarse. No eran solo dos compañeros de trabajo cediendo a la tentación; eran dos almas cansadas que habían encontrado un refugio inesperado en medio del caos de sus vidas. La vulnerabilidad de ser padres solteros, el peso de los fracasos pasados y la incertidumbre del futuro se desvanecieron ante la urgencia del presente.

Cuando finalmente el ritmo de sus corazones empezó a sincronizarse con el goteo constante de la lluvia que amainaba, Jerónimo atrajo a Renata hacia su pecho, cubriéndolos a ambos con la sábana.

— ¿En qué piensas? —preguntó él, trazando círculos perezosos en el brazo de ella.

— En que mañana tengo que despertar a las seis para preparar el desayuno de mi hija —dijo ella con una sonrisa melancólica—. Y en que mi jefe va a tener que explicarme cómo vamos a manejar esto en la oficina.

Jerónimo soltó una pequeña risa y le besó la sien.

— Tu jefe está ahora mismo fuera de servicio —dijo él—. Pero el hombre que está aquí contigo piensa que podrías ser la mejor decisión que ha tomado en años.

Renata se apoyó en el codo para mirarlo.

— ¿De verdad crees que esto puede funcionar? —preguntó ella, la duda asomando en su voz—. Mi hija es mi prioridad, Jero. Y tus hijos...

— Mis hijos son lo más importante para mí, igual que la tuya para ti —la interrumpió él, tomando su mano—. Precisamente por eso creo que puede funcionar. Porque ambos sabemos lo que está en juego. No busco una aventura de oficina, Ren. Busco a alguien que entienda por qué a veces llego tarde porque hubo una crisis con una tarea de matemáticas, o por qué mis fines de semana no me pertenecen.

Renata sintió que una calidez diferente, una que no tenía nada que ver con el sexo, se extendía por su pecho.

— Va a ser complicado —advirtió ella.

— Lo complicado es lo que mejor sabemos hacer —respondió él con una sonrisa cómplice—. Mira cómo manejamos al dueño del motel. Somos un buen equipo.

— El mejor —coincidió ella, recostando la cabeza en el hombro de él.

Afuera, la tormenta se había transformado en una llovizna suave. La luz de los carteles de neón del motel se filtraba por las cortinas, bañando la habitación en tonos rojos y azules. Por primera vez en mucho tiempo, Renata no se sentía sola en la lucha constante de la vida.

— Mañana será otro día —murmuró Jerónimo, cerrando los ojos.

— Sí —respondió ella, cerrando los suyos también—. Pero esta noche es nuestra.

El silencio volvió a reinar en la habitación 204, pero ya no era el silencio tenso y cargado de antes. Era un silencio lleno de promesas implícitas y de la paz que sigue a la tormenta. En ese pequeño y descuidado motel, lejos de las fotocopiadoras y los informes de ventas, Jerónimo y Renata habían encontrado algo que no estaba en ningún inventario: la posibilidad de un nuevo comienzo.
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