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Espinas en la tardé
Fandom: Naruto Shippuden
Creado: 10/7/2026
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UA (Universo Alternativo)OmegaversoHistóricoDramaPsicológicoOscuroExperimentación HumanaThrillerEstudio de Personaje
El Velo de la Crisálida
La lluvia golpeaba las tejas del castillo de Otogakure con una cadencia monótona, como el tamborileo de dedos impacientes sobre una mesa de madera. En el interior, el silencio era un animal vivo, una criatura que respiraba entre las sombras de los largos pasillos. Itachi Uchiha mantenía su postura impecable, cada músculo de su cuerpo entrenado para la quietud absoluta, aunque sus sentidos de alfa estuvieran gritando ante la anomalía que tenía frente a él.
Orochimaru no se movió. Permaneció con la muñeca atrapada en el agarre de hierro de Itachi, observando al samurái con una mezcla de fascinación científica y deseo carnal. El aroma del omega, ese loto marchito que evocaba la belleza de la decadencia, se intensificó deliberadamente. Era una técnica de seducción tan antigua como los clanes, pero en manos de Orochimaru, se sentía como un veneno sutil diseñado para paralizar el juicio.
— Tu rectitud es casi conmovedora, Itachi-kun —susurró Orochimaru, dejando que su cuerpo se relajara contra la tensión del agarre—. Pero ambos sabemos que no has venido solo por los campesinos. El Shogunato está aterrorizado por lo que estoy logrando aquí. Tienen miedo de que un omega encuentre la llave para trascender las limitaciones de la carne.
Itachi apretó un poco más la muñeca del otro. Podía sentir el pulso rápido de Orochimaru bajo su pulgar, una prueba de que, a pesar de toda su arrogancia, su cuerpo seguía siendo humano, sujeto a las leyes de la biología que tanto despreciaba.
— No hay gloria en la trascendencia si el camino está empedrado con los cadáveres de inocentes —respondió Itachi. Sus ojos rojos, el Sharingan activo, despojaban la habitación de sus sombras, revelando cada detalle del rostro pálido de Orochimaru—. He visto los laboratorios en los sótanos. He visto los restos de lo que solían ser hombres. ¿Es este tu concepto de libertad?
Orochimaru soltó una risita que terminó en un siseo. Con un movimiento fluido y casi antinatural, logró zafarse del agarre de Itachi, retrocediendo un par de pasos hacia la penumbra. Su kimono de seda se deslizó un poco más por su hombro, revelando la piel nívea y la marca de supresión que rodeaba su cuello como un recordatorio constante de su estatus.
— La libertad tiene un precio que los alfas nobles como tú no pueden comprender —dijo Orochimaru, caminando en círculos alrededor de Itachi como una serpiente acechando a su presa—. Tú naciste con el poder en la sangre, con el respeto garantizado por tu casta y tu linaje. Yo nací para ser un objeto, un recipiente. Pero he convertido este recipiente en un arma.
Itachi no se giró para seguirlo con el cuerpo, solo con la mirada. El Sharingan rastreaba cada fluctuación en la energía de Orochimaru.
— Tu casta no justifica tu crueldad. Hay muchos omegas que viven con honor dentro de la estructura de nuestra sociedad.
— ¡Honor! —exclamó Orochimaru, y por primera vez, una chispa de verdadera ira cruzó sus ojos amarillos—. El honor es la correa con la que los alfas mantienen a los perros bajo control. Prefiero ser un monstruo libre que un omega honrado en una jaula de oro. Pero dime, Itachi... si soy tan despreciable, ¿por qué tu sangre hierve cuando te acercas a mí?
El Uchiha sintió una punzada de incomodidad. Era cierto. A pesar de su disciplina mental, su instinto alfa respondía a la provocación de Orochimaru. No era una atracción romántica, sino algo mucho más primario: el deseo de dominar, de someter a la criatura que desafiaba el orden natural. El aroma de Orochimaru estaba diseñado para romper defensas, y estaba funcionando de una manera que Itachi odiaba admitir.
— Mis instintos no dictan mis acciones —declaró Itachi con una frialdad que cortaba el aire—. Estoy aquí como ejecutor de la ley.
— Entonces, ejecútame —desafió Orochimaru, deteniéndose justo detrás de él. Sintió el aliento del omega en su nuca, justo por encima del cuello de su kimono—. Saca esa hermosa katana y termina con el experimento. Pero si lo haces, nunca sabrás quién en el consejo del Shogun me proporcionó los fondos y los sujetos para mis investigaciones.
Itachi se tensó. Esa era la pieza de información que su clan sospechaba, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta. La corrupción no terminaba en las fronteras de Otogakure; se extendía hasta el corazón mismo del gobierno feudal.
— ¿Estás sugiriendo que hay traidores en la capital? —preguntó Itachi, girándose finalmente para encararlo.
Orochimaru sonrió, mostrando sus dientes afilados. Se llevó un dedo a los labios en un gesto burlón.
— Oh, Itachi-kun, el mundo es mucho más oscuro de lo que tus maestros te enseñaron. Los alfas que tanto respetas son los mismos que compran mis elixires para prolongar sus vidas mediocres. Soy un mal necesario para ellos.
La tensión entre ambos cambió de naturaleza. Ya no era solo un enfrentamiento entre un samurái y un renegado, sino un juego de sombras donde las lealtades se desdibujaban. Orochimaru, viendo la duda en los ojos del Uchiha, dio un paso adelante, invadiendo nuevamente su espacio personal. Esta vez, Itachi no lo rechazó.
— Podríamos hacer un trato —susurró Orochimaru, su voz volviéndose seductora, casi hipnótica—. Tú me dejas continuar con mi obra, y yo te daré los nombres de aquellos que planean la caída del clan Uchiha. Sé que tu familia está en la cuerda floja, Itachi. El Shogun teme vuestro poder.
Itachi sintió un escalofrío. La mención de su clan era un golpe bajo, una herida abierta que Orochimaru sabía explotar con precisión quirúrgica. El bienestar de su hermano menor, Sasuke, y el honor de su padre dependían de la estabilidad del clan.
— Mi lealtad es para con el Shogunato y la paz —dijo Itachi, aunque su voz carecía de la firmeza de antes.
— Tu lealtad es una venda en tus ojos —replicó Orochimaru. Estiró una mano y, con una audacia increíble, acarició la mejilla de Itachi. Sus dedos estaban helados, pero el contacto envió una descarga eléctrica por la columna del alfa—. Únete a mí en las sombras. Juntos podríamos purgar este sistema podrido.
Itachi lo sujetó por la muñeca de nuevo, pero esta vez no fue para apartarlo. Lo atrajo hacia sí, obligando a Orochimaru a quedar pegado a su pecho. El contraste entre el uniforme oscuro y rígido de Itachi y la seda pálida y suave de Orochimaru era una metáfora visual de su conflicto.
— Eres una serpiente, Orochimaru —dijo Itachi, su voz resonando en el pecho del omega—. Crees que puedes tentarme con secretos y promesas, pero olvidas que yo también soy un depredador.
Orochimaru soltó un gemido ahogado, una mezcla de sorpresa y placer. El aura de Itachi se había expandido, llenando la habitación con el aroma a sándalo y tormenta, una fuerza abrumadora que buscaba doblegar la voluntad del omega. Por un momento, la astucia de Orochimaru flaqueó ante la pura potencia del linaje Uchiha.
— Demuéstralo —desafió Orochimaru, su respiración volviéndose errática—. Demuéstrame que eres más que un sirviente obediente. Márcame, mátame o úsame... pero haz algo que no esté escrito en tus libros de leyes.
El rostro de Itachi se inclinó hacia el de Orochimaru. Sus labios estaban a milímetros de distancia. El Sharingan giraba con furia, analizando cada poro de la piel del omega, buscando la verdad detrás de la máscara de seducción. En ese momento, Itachi comprendió que Orochimaru no solo buscaba poder o inmortalidad; buscaba algo que le hiciera sentir vivo en su existencia estéril y calculada.
— No te daré lo que quieres —murmuró Itachi contra sus labios—. No de la forma en que lo esperas.
De repente, Itachi lo soltó y retrocedió, recuperando su compostura en un abrir y cerrar de ojos. El aire en la habitación pareció enfriarse instantáneamente.
— Te llevaré ante el Shogun —sentenció Itachi—. Pero te daré la oportunidad de hablar. Si lo que dices sobre la traición en la capital es cierto, tu vida podría ser perdonada a cambio de información. Pero tus experimentos terminan esta noche.
Orochimaru se recompuso, arreglando su kimono con movimientos lentos y deliberados. Aunque su plan de seducción no había culminado en la rendición total de Itachi, había logrado algo mucho más importante: plantar la semilla de la duda en el alfa más incorruptible del Shogunato.
— Eres un hombre difícil, Itachi-kun —dijo Orochimaru, recuperando su sonrisa de suficiencia—. Pero el mundo no es blanco o negro. Pronto te darás cuenta de que, para proteger lo que amas, tendrás que mancharte las manos con la misma sangre que yo.
— Quizás —respondió Itachi, caminando hacia la puerta—. Pero al menos lo haré manteniendo mis ojos abiertos, no escondido en un agujero como una alimaña.
Itachi deslizó la puerta corrediza. La lluvia afuera parecía haber amainado, dejando tras de sí una niebla espesa que trepaba por los muros del castillo. Se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro.
— Tienes hasta el amanecer para recoger tus pertenencias esenciales. Partiremos hacia la capital con la primera luz. Si intentas escapar, no dudaré en usar mi espada.
Orochimaru se sentó de nuevo en su cojín de seda, observando cómo la figura del samurái desaparecía en el pasillo. Se pasó la lengua por los labios, saboreando el rastro del aroma de Itachi que aún flotaba en el aire.
— Oh, no voy a escapar —susurró para sí mismo, mientras las velas se apagaban, dejando la habitación en una oscuridad total—. Esto es solo el comienzo. El sándalo y la serpiente... una combinación que terminará por quemar este país hasta los cimientos.
En la soledad de su cámara, Orochimaru se tocó el cuello, justo donde la marca de supresión le recordaba su naturaleza. Itachi Uchiha era un alfa como ningún otro; serio, noble y peligrosamente correcto. Pero incluso el acero más duro podía doblarse si se aplicaba el calor suficiente. Y Orochimaru tenía toda la eternidad para avivar el fuego.
Mientras tanto, Itachi caminaba por los jardines empapados, con la mano firme sobre su katana. Su corazón latía con una fuerza inusual y su mente, normalmente clara como un espejo, estaba turbia. Sabía que llevar a Orochimaru a la capital era como llevar una plaga al corazón de una ciudad, pero también sabía que la verdad que el omega poseía era la única forma de salvar a su clan de la aniquilación silenciosa que se gestaba en las sombras del palacio.
El honor y la supervivencia habían entrado en colisión, y en el Japón feudal de los castas, esa era una batalla que rara vez dejaba supervivientes. Itachi miró hacia el horizonte, esperando el amanecer, consciente de que a partir de mañana, su camino y el de la serpiente estarían unidos por un hilo rojo de traición y deseo que ni siquiera el Sharingan podría desentrañar por completo.
Orochimaru no se movió. Permaneció con la muñeca atrapada en el agarre de hierro de Itachi, observando al samurái con una mezcla de fascinación científica y deseo carnal. El aroma del omega, ese loto marchito que evocaba la belleza de la decadencia, se intensificó deliberadamente. Era una técnica de seducción tan antigua como los clanes, pero en manos de Orochimaru, se sentía como un veneno sutil diseñado para paralizar el juicio.
— Tu rectitud es casi conmovedora, Itachi-kun —susurró Orochimaru, dejando que su cuerpo se relajara contra la tensión del agarre—. Pero ambos sabemos que no has venido solo por los campesinos. El Shogunato está aterrorizado por lo que estoy logrando aquí. Tienen miedo de que un omega encuentre la llave para trascender las limitaciones de la carne.
Itachi apretó un poco más la muñeca del otro. Podía sentir el pulso rápido de Orochimaru bajo su pulgar, una prueba de que, a pesar de toda su arrogancia, su cuerpo seguía siendo humano, sujeto a las leyes de la biología que tanto despreciaba.
— No hay gloria en la trascendencia si el camino está empedrado con los cadáveres de inocentes —respondió Itachi. Sus ojos rojos, el Sharingan activo, despojaban la habitación de sus sombras, revelando cada detalle del rostro pálido de Orochimaru—. He visto los laboratorios en los sótanos. He visto los restos de lo que solían ser hombres. ¿Es este tu concepto de libertad?
Orochimaru soltó una risita que terminó en un siseo. Con un movimiento fluido y casi antinatural, logró zafarse del agarre de Itachi, retrocediendo un par de pasos hacia la penumbra. Su kimono de seda se deslizó un poco más por su hombro, revelando la piel nívea y la marca de supresión que rodeaba su cuello como un recordatorio constante de su estatus.
— La libertad tiene un precio que los alfas nobles como tú no pueden comprender —dijo Orochimaru, caminando en círculos alrededor de Itachi como una serpiente acechando a su presa—. Tú naciste con el poder en la sangre, con el respeto garantizado por tu casta y tu linaje. Yo nací para ser un objeto, un recipiente. Pero he convertido este recipiente en un arma.
Itachi no se giró para seguirlo con el cuerpo, solo con la mirada. El Sharingan rastreaba cada fluctuación en la energía de Orochimaru.
— Tu casta no justifica tu crueldad. Hay muchos omegas que viven con honor dentro de la estructura de nuestra sociedad.
— ¡Honor! —exclamó Orochimaru, y por primera vez, una chispa de verdadera ira cruzó sus ojos amarillos—. El honor es la correa con la que los alfas mantienen a los perros bajo control. Prefiero ser un monstruo libre que un omega honrado en una jaula de oro. Pero dime, Itachi... si soy tan despreciable, ¿por qué tu sangre hierve cuando te acercas a mí?
El Uchiha sintió una punzada de incomodidad. Era cierto. A pesar de su disciplina mental, su instinto alfa respondía a la provocación de Orochimaru. No era una atracción romántica, sino algo mucho más primario: el deseo de dominar, de someter a la criatura que desafiaba el orden natural. El aroma de Orochimaru estaba diseñado para romper defensas, y estaba funcionando de una manera que Itachi odiaba admitir.
— Mis instintos no dictan mis acciones —declaró Itachi con una frialdad que cortaba el aire—. Estoy aquí como ejecutor de la ley.
— Entonces, ejecútame —desafió Orochimaru, deteniéndose justo detrás de él. Sintió el aliento del omega en su nuca, justo por encima del cuello de su kimono—. Saca esa hermosa katana y termina con el experimento. Pero si lo haces, nunca sabrás quién en el consejo del Shogun me proporcionó los fondos y los sujetos para mis investigaciones.
Itachi se tensó. Esa era la pieza de información que su clan sospechaba, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta. La corrupción no terminaba en las fronteras de Otogakure; se extendía hasta el corazón mismo del gobierno feudal.
— ¿Estás sugiriendo que hay traidores en la capital? —preguntó Itachi, girándose finalmente para encararlo.
Orochimaru sonrió, mostrando sus dientes afilados. Se llevó un dedo a los labios en un gesto burlón.
— Oh, Itachi-kun, el mundo es mucho más oscuro de lo que tus maestros te enseñaron. Los alfas que tanto respetas son los mismos que compran mis elixires para prolongar sus vidas mediocres. Soy un mal necesario para ellos.
La tensión entre ambos cambió de naturaleza. Ya no era solo un enfrentamiento entre un samurái y un renegado, sino un juego de sombras donde las lealtades se desdibujaban. Orochimaru, viendo la duda en los ojos del Uchiha, dio un paso adelante, invadiendo nuevamente su espacio personal. Esta vez, Itachi no lo rechazó.
— Podríamos hacer un trato —susurró Orochimaru, su voz volviéndose seductora, casi hipnótica—. Tú me dejas continuar con mi obra, y yo te daré los nombres de aquellos que planean la caída del clan Uchiha. Sé que tu familia está en la cuerda floja, Itachi. El Shogun teme vuestro poder.
Itachi sintió un escalofrío. La mención de su clan era un golpe bajo, una herida abierta que Orochimaru sabía explotar con precisión quirúrgica. El bienestar de su hermano menor, Sasuke, y el honor de su padre dependían de la estabilidad del clan.
— Mi lealtad es para con el Shogunato y la paz —dijo Itachi, aunque su voz carecía de la firmeza de antes.
— Tu lealtad es una venda en tus ojos —replicó Orochimaru. Estiró una mano y, con una audacia increíble, acarició la mejilla de Itachi. Sus dedos estaban helados, pero el contacto envió una descarga eléctrica por la columna del alfa—. Únete a mí en las sombras. Juntos podríamos purgar este sistema podrido.
Itachi lo sujetó por la muñeca de nuevo, pero esta vez no fue para apartarlo. Lo atrajo hacia sí, obligando a Orochimaru a quedar pegado a su pecho. El contraste entre el uniforme oscuro y rígido de Itachi y la seda pálida y suave de Orochimaru era una metáfora visual de su conflicto.
— Eres una serpiente, Orochimaru —dijo Itachi, su voz resonando en el pecho del omega—. Crees que puedes tentarme con secretos y promesas, pero olvidas que yo también soy un depredador.
Orochimaru soltó un gemido ahogado, una mezcla de sorpresa y placer. El aura de Itachi se había expandido, llenando la habitación con el aroma a sándalo y tormenta, una fuerza abrumadora que buscaba doblegar la voluntad del omega. Por un momento, la astucia de Orochimaru flaqueó ante la pura potencia del linaje Uchiha.
— Demuéstralo —desafió Orochimaru, su respiración volviéndose errática—. Demuéstrame que eres más que un sirviente obediente. Márcame, mátame o úsame... pero haz algo que no esté escrito en tus libros de leyes.
El rostro de Itachi se inclinó hacia el de Orochimaru. Sus labios estaban a milímetros de distancia. El Sharingan giraba con furia, analizando cada poro de la piel del omega, buscando la verdad detrás de la máscara de seducción. En ese momento, Itachi comprendió que Orochimaru no solo buscaba poder o inmortalidad; buscaba algo que le hiciera sentir vivo en su existencia estéril y calculada.
— No te daré lo que quieres —murmuró Itachi contra sus labios—. No de la forma en que lo esperas.
De repente, Itachi lo soltó y retrocedió, recuperando su compostura en un abrir y cerrar de ojos. El aire en la habitación pareció enfriarse instantáneamente.
— Te llevaré ante el Shogun —sentenció Itachi—. Pero te daré la oportunidad de hablar. Si lo que dices sobre la traición en la capital es cierto, tu vida podría ser perdonada a cambio de información. Pero tus experimentos terminan esta noche.
Orochimaru se recompuso, arreglando su kimono con movimientos lentos y deliberados. Aunque su plan de seducción no había culminado en la rendición total de Itachi, había logrado algo mucho más importante: plantar la semilla de la duda en el alfa más incorruptible del Shogunato.
— Eres un hombre difícil, Itachi-kun —dijo Orochimaru, recuperando su sonrisa de suficiencia—. Pero el mundo no es blanco o negro. Pronto te darás cuenta de que, para proteger lo que amas, tendrás que mancharte las manos con la misma sangre que yo.
— Quizás —respondió Itachi, caminando hacia la puerta—. Pero al menos lo haré manteniendo mis ojos abiertos, no escondido en un agujero como una alimaña.
Itachi deslizó la puerta corrediza. La lluvia afuera parecía haber amainado, dejando tras de sí una niebla espesa que trepaba por los muros del castillo. Se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro.
— Tienes hasta el amanecer para recoger tus pertenencias esenciales. Partiremos hacia la capital con la primera luz. Si intentas escapar, no dudaré en usar mi espada.
Orochimaru se sentó de nuevo en su cojín de seda, observando cómo la figura del samurái desaparecía en el pasillo. Se pasó la lengua por los labios, saboreando el rastro del aroma de Itachi que aún flotaba en el aire.
— Oh, no voy a escapar —susurró para sí mismo, mientras las velas se apagaban, dejando la habitación en una oscuridad total—. Esto es solo el comienzo. El sándalo y la serpiente... una combinación que terminará por quemar este país hasta los cimientos.
En la soledad de su cámara, Orochimaru se tocó el cuello, justo donde la marca de supresión le recordaba su naturaleza. Itachi Uchiha era un alfa como ningún otro; serio, noble y peligrosamente correcto. Pero incluso el acero más duro podía doblarse si se aplicaba el calor suficiente. Y Orochimaru tenía toda la eternidad para avivar el fuego.
Mientras tanto, Itachi caminaba por los jardines empapados, con la mano firme sobre su katana. Su corazón latía con una fuerza inusual y su mente, normalmente clara como un espejo, estaba turbia. Sabía que llevar a Orochimaru a la capital era como llevar una plaga al corazón de una ciudad, pero también sabía que la verdad que el omega poseía era la única forma de salvar a su clan de la aniquilación silenciosa que se gestaba en las sombras del palacio.
El honor y la supervivencia habían entrado en colisión, y en el Japón feudal de los castas, esa era una batalla que rara vez dejaba supervivientes. Itachi miró hacia el horizonte, esperando el amanecer, consciente de que a partir de mañana, su camino y el de la serpiente estarían unidos por un hilo rojo de traición y deseo que ni siquiera el Sharingan podría desentrañar por completo.
