
Cadenas de Seda
El aire en el apartamento de Makima era siempre el mismo: limpio, impersonal, con un leve y persistente aroma a algo floral y aséptico, como un ambientador caro que intentaba enmascarar el olor a nada. Era un espacio que no gritaba «hogar», sino «exhibición». Cada mueble, cada libro en la estantería, parecía colocado con una precisión quirúrgica, no por comodidad, sino por estética. Y en medio de esa pulcritud calculada, Denji se sentía como una mancha de barro en un lienzo inmaculado.
Su camisa de Cazador de Demonios yacía arrugada en el suelo, junto a sus pantalones y la corbata negra que siempre se negaba a anudar correctamente. Estaba desnudo, y ella también. Makima, la mujer que ocupaba el centro de sus sueños más húmedos y febriles desde que la conoció, estaba sobre él. Su cabello castaño rojizo, liberado de su trenza habitual, caía como una cortina de seda sobre sus hombros y rozaba su pecho. Sus ojos, esos extraños orbes dorados con pupilas anilladas, lo miraban con una intensidad que prometía el paraíso y el infierno en la misma bocanada de aire.
La tarea de servir a Makima era, en retrospectiva, aterradora. Había matado a Power delante de sus ojos, había manipulado a Aki hasta convertirlo en el mismo demonio que juró destruir, y ahora, aquí estaba él, Denji, a solas con ella, cumpliendo la fantasía más básica y patética de su corta y miserable vida.
Sus manos, siempre enguantadas o sosteniendo documentos, ahora recorrían su torso con una lentitud experta. Cada roce era una descarga eléctrica, pero no del tipo que te hacía gritar de placer, sino del que te paralizaba los músculos. Sus labios se encontraron con los suyos, y el beso no fue apasionado ni desesperado. Fue… deliberado. Como si estuviera siguiendo los pasos de un manual que solo ella conocía.
—¿Te gusta, Denji? —susurró contra su boca, su aliento era cálido y dulce. Su voz era la misma melodía suave que usaba para dar órdenes, para sentenciar a muerte, para pedirle que se sentara o diera la pata.
—Sí… —logró jadear él, su propia voz sonando extraña, lejana.
Quería que le gustara. Dios, cómo quería que le gustara. Esto era todo lo que había pedido. Una chica guapa, una cama cómoda, sexo. El «sueño normal» en su versión más cruda y hormonal. Había fantaseado con este momento mil veces, en la miseria de su choza con Pochita, en los fríos suelos de las oficinas de Seguridad Pública, en la caótica normalidad de su apartamento con Aki y Power. En sus sueños, era ruidoso, torpe, lleno de risas y sudor. Era real.
Esto no se sentía real. Se sentía como un espejismo.
El cuerpo de Makima se movía sobre el suyo con una gracia depredadora, cada movimiento medido para extraer una reacción, un gemido, una contracción de sus músculos. Y Denji, el perro obediente, respondía como se esperaba. Gemía cuando ella arqueaba la espalda, jadeaba cuando sus uñas se clavaban ligeramente en sus hombros, cerraba los ojos cuando ella aceleraba el ritmo. Estaba cumpliendo su parte del trato, el que nunca se firmó pero que siempre estuvo ahí.
Pero mientras su cuerpo reaccionaba por instinto, su mente se astillaba.
Un destello rojo. El olor a sangre, tan familiar, tan abrumador. Power, con su sonrisa de dientes afilados y su arrogancia infantil, ofreciéndole un pastel de cumpleaños. *«¡Feliz cumpleaños, Denji!»*. Y luego, el sonido, un *bang* sordo y húmedo, y el rojo ya no era su cabello, sino la mancha que se extendía por su pecho mientras su cuerpo se desintegraba en las manos de Makima. *«Bang»*. La palabra resonó en su cráneo, ahogando el sonido de su propia respiración agitada.
—¿Pasa algo, Denji? —La voz de Makima lo trajo de vuelta. Su rostro estaba cerca, sus ojos dorados escrutándolo, no con preocupación, sino con curiosidad analítica—. Pareces distraído. Un buen perro debe concentrarse en su recompensa.
«Un buen perro». «Recompensa».
Las palabras lo golpearon como agua helada. Esto era exactamente eso. Un hueso. Un premio por haber sido un buen chico, por haber matado a sus enemigos, por haber seguido existiendo a pesar de que ella le había arrancado el corazón… no, no el corazón de Pochita, sino el otro, el que apenas había comenzado a formarse junto a Aki y Power.
Otro recuerdo lo asaltó, más silencioso pero igual de doloroso. La nieve cayendo suavemente. Dos figuras lanzándose bolas de nieve con la ferocidad de niños, sus risas resonando en el silencio del parque. Aki, con su semblante serio roto por una rara y genuina sonrisa. El calor de su apartamento después, el olor a la cena que Aki preparaba, el sonido de la televisión de fondo mientras Power y él discutían por alguna estupidez. Era una vida. Una vida normal. La que él había anhelado sin siquiera saber cómo nombrarla.
Y Makima se la había quitado. Pieza por pieza. Usó a Aki como un peón hasta su trágico final. Usó su dolor, su vínculo, como un arma contra él.
Ahora, mientras el cuerpo de ella se presionaba contra el suyo, Denji no sentía el calor de otra persona. Sentía el peso de sus crímenes, el frío de su manipulación. Cada caricia no era un gesto de afecto, sino un eslabón más en la cadena que lo ataba a ella. Cada gemido que ella soltaba no sonaba a placer, sino a la perfecta imitación del placer, una actuación impecable para el público de uno.
¿Era esto un truco para romperlo? No, la descripción inicial era correcta. Ya estaba roto. Esto era un truco para someterlo por completo. Para asegurarse de que, incluso en su estado más roto y vacío, siguiera siendo útil. Para que el deseo más profundo de Denji, una vez cumplido por ella, se convirtiera en otra herramienta de control. «Si eres bueno, podrás tener más de esto». La promesa implícita colgaba en el aire, tan tangible como el perfume de ella.
Sus caderas se movían con un ritmo hipnótico y él sintió la inevitable tensión acumulándose en su cuerpo. Era una respuesta puramente física, despojada de toda emoción. Era la misma necesidad biológica que sentía cuando tenía hambre o sed. Su cuerpo quería la liberación, pero su alma se encogía.
Miró más allá de ella, al techo blanco y liso del dormitorio. No había pósteres, ni fotos, ni nada personal. Solo un techo. Un vacío. Igual que el que sentía crecer en su pecho.
¿Dónde estaba Pochita en todo esto? El pequeño y ruidoso demonio que era su corazón. Podía sentir su zumbido constante, un motor en ralentí. Pochita le había dado su corazón para que pudiera vivir una vida normal. Para que viera sus sueños cumplidos. ¿Era esto lo que Pochita habría querido? ¿Verlo convertirse en el juguete de un demonio, despojado de todo lo que le importaba, recibiendo una imitación de afecto como pago por su servidumbre?
*«Quiero ver tus sueños, Denji»*.
La voz de su amigo resonó en su memoria, y una punzada de algo parecido a la vergüenza lo recorrió. Estaba traicionando ese deseo. Estaba permitiendo que su sueño más simple y estúpido fuera corrompido, convertido en un grillete.
Makima se inclinó y mordió suavemente el lóbulo de su oreja.
—Ya casi, ¿verdad, Denji? —Su tono era casi juguetón.
Él no respondió. Solo apretó la mandíbula, sus dientes afilados rechinando. La imagen de Power se superpuso a la de Makima. Por un instante, vio los pequeños cuernos rojos, la sonrisa salvaje. Pero se desvaneció tan rápido como llegó, dejando solo los ojos dorados y calculadores que lo observaban.
El clímax llegó sin fanfarria. Una sacudida, un espasmo, y luego, nada. Solo el sonido de sus respiraciones en la silenciosa habitación. El acto había terminado. El hueso había sido roído hasta dejarlo limpio.
Y el vacío que vino después fue abismal.
Makima se apartó de él con la misma gracia con la que se había movido antes. No había sudor en su frente, ni un solo cabello fuera de lugar. Se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, su piel pálida brillando bajo la luz tenue que se filtraba por la ventana. Por un momento, fue solo una silueta hermosa contra la noche de la ciudad. Pero Denji sabía lo que se escondía bajo esa piel.
Él se quedó tumbado, mirando el techo de nuevo. Se sentía usado, sucio. No en el sentido físico, sino en un nivel más profundo, existencial. Como si le hubieran extraído algo vital y lo hubieran reemplazado con ceniza. El anhelo que lo había consumido durante tanto tiempo se había cumplido, y el resultado no era la felicidad, ni la satisfacción, ni siquiera el alivio. Era una oquedad inmensa.
Se dio cuenta de una verdad terrible: desear algo con tanta fuerza te hacía vulnerable. Y Makima era una experta en explotar vulnerabilidades. Ella no le había dado lo que quería; le había demostrado que incluso su deseo más profundo podía ser convertido en un instrumento de su propia esclavitud.
Makima se levantó y caminó sin prisa hacia el baño. Denji siguió su movimiento con la mirada. No había torpeza, ni la más mínima señal de la intimidad que acababan de compartir. Era como si acabara de terminar una reunión de trabajo. El sonido del agua corriendo en la ducha llegó a sus oídos, un sonido monótono y constante que parecía burlarse del caos en su cabeza.
Se incorporó lentamente, sintiendo un dolor sordo en los músculos. Miró sus propias manos. Las manos que habían sostenido a Pochita, que habían luchado junto a Aki, que habían jugado con Power. Ahora se sentían ajenas. Las manos de un muñeco.
Se vistió en silencio. La tela de la camisa se sentía áspera contra su piel. Se puso los pantalones, se calzó los zapatos sin atarse los cordones. No se molestó con la corbata. La dejó en el suelo, como una serpiente muerta.
Cuando Makima salió del baño, ya estaba vestida con su impecable traje de negocios. Su cabello estaba de nuevo en su trenza perfecta. Se estaba abrochando los gemelos de la camisa blanca mientras lo miraba, una ceja ligeramente arqueada.
—¿Ya te vas? —preguntó, su tono neutro.
Denji asintió, incapaz de mirarla a los ojos. Su mirada se fijó en la corbata negra que ella llevaba. Tan pulcra. Tan perfecta.
—Tengo… —comenzó, pero no sabía qué decir. No tenía a dónde ir. Su apartamento estaba vacío. El olor a Aki y Power se habría desvanecido hacía tiempo. No había nadie esperándolo.
Makima pareció leer sus pensamientos. Una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en sus labios.
—No tienes que irte. Puedes dormir aquí. En el sofá.
«Como un perro», pensó Denji. El perro puede dormir adentro, pero no en la cama del amo. A menos que se le invite para un propósito específico.
—Está bien —murmuró.
Caminó hacia la sala de estar, que estaba conectada con el dormitorio. El sofá era de un cuero negro y frío. Se sentó en él, sintiendo cómo el material se pegaba a su piel sudorosa a través de la camisa. Se abrazó a sí mismo, tiritando a pesar de que no hacía frío.
Makima apareció en el umbral, sosteniendo un vaso de agua. Se lo tendió.
—Bebe. Debes estar deshidratado.
Él tomó el vaso con manos temblorosas. El agua estaba fría. La bebió de un trago, el líquido helado bajando por su garganta y asentándose como una piedra en su estómago vacío.
—Denji —dijo ella, y él levantó la vista a la fuerza, como si su nombre fuera una orden—. ¿Sabes por qué los perros son las mejores mascotas?
Él negó con la cabeza, aunque una parte de él ya sabía la respuesta.
—Porque no piden mucho. Comida, un techo, un poco de afecto. Y a cambio, te dan una lealtad incondicional. Harán cualquier cosa que les pidas, sin hacer preguntas. Matarán por ti. Morirán por ti. Solo necesitan saber que son un buen perro.
Se acercó y le pasó una mano por el cabello rubio y desaliñado, un gesto que podría haber sido tierno si no viniera de ella. Fue una caricia posesiva, la de un dueño a su propiedad.
—Tú eres un muy buen perro, Denji. Y yo siempre cuido bien de mis mascotas.
Se inclinó y le dio un beso en la frente. Fue casto, frío y absolutamente aterrador. Fue el sello final. El marcaje de su propiedad.
—Ahora descansa. Mañana tenemos trabajo que hacer. Hay un demonio que necesito que elimines. Es muy fuerte, pero sé que puedes hacerlo.
Se dio la vuelta y se dirigió a su dormitorio, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic. El sonido resonó en el apartamento silencioso como el cerrojo de una celda.
Denji se quedó inmóvil en el sofá, con el vaso vacío en la mano. El olor de Makima —esa mezcla floral y química— impregnaba el aire, sus sábanas, su propia piel. No podía escapar de él.
Se sentía más vacío que nunca. Más vacío que cuando comía colillas de cigarrillos, más vacío que cuando vendía sus propios órganos. En aquel entonces, al menos tenía un sueño, un anhelo que lo impulsaba. Ahora, ese sueño se había convertido en cenizas en su boca.
Se acurrucó en el frío sofá de cuero. No cerró los ojos. En la oscuridad, no veía nada más que el rostro sonriente de Power y la mirada seria de Aki. Escuchaba sus voces, sus risas, sus discusiones. Fantasmas en el mausoleo de su mente.
Y por encima de todo, sentía el peso de la cadena invisible alrededor de su cuello. Una cadena forjada con sus propios deseos, templada con sus pérdidas y asegurada con una recompensa vacía. No era una cadena de hierro. Era más suave, más sutil. Una cadena de seda. Pero apretaba igual de fuerte.
Era un perro. El perro de Makima.
Y mientras yacía en la oscuridad, escuchando el silencio del apartamento, se encontró haciendo algo que no había hecho en mucho tiempo. Estaba escuchando, esperando. Esperando el sonido de sus pasos por la mañana. Esperando su próxima orden.
Porque eso es lo que hacen los buenos perros.
Esperan a su amo.
Su camisa de Cazador de Demonios yacía arrugada en el suelo, junto a sus pantalones y la corbata negra que siempre se negaba a anudar correctamente. Estaba desnudo, y ella también. Makima, la mujer que ocupaba el centro de sus sueños más húmedos y febriles desde que la conoció, estaba sobre él. Su cabello castaño rojizo, liberado de su trenza habitual, caía como una cortina de seda sobre sus hombros y rozaba su pecho. Sus ojos, esos extraños orbes dorados con pupilas anilladas, lo miraban con una intensidad que prometía el paraíso y el infierno en la misma bocanada de aire.
La tarea de servir a Makima era, en retrospectiva, aterradora. Había matado a Power delante de sus ojos, había manipulado a Aki hasta convertirlo en el mismo demonio que juró destruir, y ahora, aquí estaba él, Denji, a solas con ella, cumpliendo la fantasía más básica y patética de su corta y miserable vida.
Sus manos, siempre enguantadas o sosteniendo documentos, ahora recorrían su torso con una lentitud experta. Cada roce era una descarga eléctrica, pero no del tipo que te hacía gritar de placer, sino del que te paralizaba los músculos. Sus labios se encontraron con los suyos, y el beso no fue apasionado ni desesperado. Fue… deliberado. Como si estuviera siguiendo los pasos de un manual que solo ella conocía.
—¿Te gusta, Denji? —susurró contra su boca, su aliento era cálido y dulce. Su voz era la misma melodía suave que usaba para dar órdenes, para sentenciar a muerte, para pedirle que se sentara o diera la pata.
—Sí… —logró jadear él, su propia voz sonando extraña, lejana.
Quería que le gustara. Dios, cómo quería que le gustara. Esto era todo lo que había pedido. Una chica guapa, una cama cómoda, sexo. El «sueño normal» en su versión más cruda y hormonal. Había fantaseado con este momento mil veces, en la miseria de su choza con Pochita, en los fríos suelos de las oficinas de Seguridad Pública, en la caótica normalidad de su apartamento con Aki y Power. En sus sueños, era ruidoso, torpe, lleno de risas y sudor. Era real.
Esto no se sentía real. Se sentía como un espejismo.
El cuerpo de Makima se movía sobre el suyo con una gracia depredadora, cada movimiento medido para extraer una reacción, un gemido, una contracción de sus músculos. Y Denji, el perro obediente, respondía como se esperaba. Gemía cuando ella arqueaba la espalda, jadeaba cuando sus uñas se clavaban ligeramente en sus hombros, cerraba los ojos cuando ella aceleraba el ritmo. Estaba cumpliendo su parte del trato, el que nunca se firmó pero que siempre estuvo ahí.
Pero mientras su cuerpo reaccionaba por instinto, su mente se astillaba.
Un destello rojo. El olor a sangre, tan familiar, tan abrumador. Power, con su sonrisa de dientes afilados y su arrogancia infantil, ofreciéndole un pastel de cumpleaños. *«¡Feliz cumpleaños, Denji!»*. Y luego, el sonido, un *bang* sordo y húmedo, y el rojo ya no era su cabello, sino la mancha que se extendía por su pecho mientras su cuerpo se desintegraba en las manos de Makima. *«Bang»*. La palabra resonó en su cráneo, ahogando el sonido de su propia respiración agitada.
—¿Pasa algo, Denji? —La voz de Makima lo trajo de vuelta. Su rostro estaba cerca, sus ojos dorados escrutándolo, no con preocupación, sino con curiosidad analítica—. Pareces distraído. Un buen perro debe concentrarse en su recompensa.
«Un buen perro». «Recompensa».
Las palabras lo golpearon como agua helada. Esto era exactamente eso. Un hueso. Un premio por haber sido un buen chico, por haber matado a sus enemigos, por haber seguido existiendo a pesar de que ella le había arrancado el corazón… no, no el corazón de Pochita, sino el otro, el que apenas había comenzado a formarse junto a Aki y Power.
Otro recuerdo lo asaltó, más silencioso pero igual de doloroso. La nieve cayendo suavemente. Dos figuras lanzándose bolas de nieve con la ferocidad de niños, sus risas resonando en el silencio del parque. Aki, con su semblante serio roto por una rara y genuina sonrisa. El calor de su apartamento después, el olor a la cena que Aki preparaba, el sonido de la televisión de fondo mientras Power y él discutían por alguna estupidez. Era una vida. Una vida normal. La que él había anhelado sin siquiera saber cómo nombrarla.
Y Makima se la había quitado. Pieza por pieza. Usó a Aki como un peón hasta su trágico final. Usó su dolor, su vínculo, como un arma contra él.
Ahora, mientras el cuerpo de ella se presionaba contra el suyo, Denji no sentía el calor de otra persona. Sentía el peso de sus crímenes, el frío de su manipulación. Cada caricia no era un gesto de afecto, sino un eslabón más en la cadena que lo ataba a ella. Cada gemido que ella soltaba no sonaba a placer, sino a la perfecta imitación del placer, una actuación impecable para el público de uno.
¿Era esto un truco para romperlo? No, la descripción inicial era correcta. Ya estaba roto. Esto era un truco para someterlo por completo. Para asegurarse de que, incluso en su estado más roto y vacío, siguiera siendo útil. Para que el deseo más profundo de Denji, una vez cumplido por ella, se convirtiera en otra herramienta de control. «Si eres bueno, podrás tener más de esto». La promesa implícita colgaba en el aire, tan tangible como el perfume de ella.
Sus caderas se movían con un ritmo hipnótico y él sintió la inevitable tensión acumulándose en su cuerpo. Era una respuesta puramente física, despojada de toda emoción. Era la misma necesidad biológica que sentía cuando tenía hambre o sed. Su cuerpo quería la liberación, pero su alma se encogía.
Miró más allá de ella, al techo blanco y liso del dormitorio. No había pósteres, ni fotos, ni nada personal. Solo un techo. Un vacío. Igual que el que sentía crecer en su pecho.
¿Dónde estaba Pochita en todo esto? El pequeño y ruidoso demonio que era su corazón. Podía sentir su zumbido constante, un motor en ralentí. Pochita le había dado su corazón para que pudiera vivir una vida normal. Para que viera sus sueños cumplidos. ¿Era esto lo que Pochita habría querido? ¿Verlo convertirse en el juguete de un demonio, despojado de todo lo que le importaba, recibiendo una imitación de afecto como pago por su servidumbre?
*«Quiero ver tus sueños, Denji»*.
La voz de su amigo resonó en su memoria, y una punzada de algo parecido a la vergüenza lo recorrió. Estaba traicionando ese deseo. Estaba permitiendo que su sueño más simple y estúpido fuera corrompido, convertido en un grillete.
Makima se inclinó y mordió suavemente el lóbulo de su oreja.
—Ya casi, ¿verdad, Denji? —Su tono era casi juguetón.
Él no respondió. Solo apretó la mandíbula, sus dientes afilados rechinando. La imagen de Power se superpuso a la de Makima. Por un instante, vio los pequeños cuernos rojos, la sonrisa salvaje. Pero se desvaneció tan rápido como llegó, dejando solo los ojos dorados y calculadores que lo observaban.
El clímax llegó sin fanfarria. Una sacudida, un espasmo, y luego, nada. Solo el sonido de sus respiraciones en la silenciosa habitación. El acto había terminado. El hueso había sido roído hasta dejarlo limpio.
Y el vacío que vino después fue abismal.
Makima se apartó de él con la misma gracia con la que se había movido antes. No había sudor en su frente, ni un solo cabello fuera de lugar. Se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, su piel pálida brillando bajo la luz tenue que se filtraba por la ventana. Por un momento, fue solo una silueta hermosa contra la noche de la ciudad. Pero Denji sabía lo que se escondía bajo esa piel.
Él se quedó tumbado, mirando el techo de nuevo. Se sentía usado, sucio. No en el sentido físico, sino en un nivel más profundo, existencial. Como si le hubieran extraído algo vital y lo hubieran reemplazado con ceniza. El anhelo que lo había consumido durante tanto tiempo se había cumplido, y el resultado no era la felicidad, ni la satisfacción, ni siquiera el alivio. Era una oquedad inmensa.
Se dio cuenta de una verdad terrible: desear algo con tanta fuerza te hacía vulnerable. Y Makima era una experta en explotar vulnerabilidades. Ella no le había dado lo que quería; le había demostrado que incluso su deseo más profundo podía ser convertido en un instrumento de su propia esclavitud.
Makima se levantó y caminó sin prisa hacia el baño. Denji siguió su movimiento con la mirada. No había torpeza, ni la más mínima señal de la intimidad que acababan de compartir. Era como si acabara de terminar una reunión de trabajo. El sonido del agua corriendo en la ducha llegó a sus oídos, un sonido monótono y constante que parecía burlarse del caos en su cabeza.
Se incorporó lentamente, sintiendo un dolor sordo en los músculos. Miró sus propias manos. Las manos que habían sostenido a Pochita, que habían luchado junto a Aki, que habían jugado con Power. Ahora se sentían ajenas. Las manos de un muñeco.
Se vistió en silencio. La tela de la camisa se sentía áspera contra su piel. Se puso los pantalones, se calzó los zapatos sin atarse los cordones. No se molestó con la corbata. La dejó en el suelo, como una serpiente muerta.
Cuando Makima salió del baño, ya estaba vestida con su impecable traje de negocios. Su cabello estaba de nuevo en su trenza perfecta. Se estaba abrochando los gemelos de la camisa blanca mientras lo miraba, una ceja ligeramente arqueada.
—¿Ya te vas? —preguntó, su tono neutro.
Denji asintió, incapaz de mirarla a los ojos. Su mirada se fijó en la corbata negra que ella llevaba. Tan pulcra. Tan perfecta.
—Tengo… —comenzó, pero no sabía qué decir. No tenía a dónde ir. Su apartamento estaba vacío. El olor a Aki y Power se habría desvanecido hacía tiempo. No había nadie esperándolo.
Makima pareció leer sus pensamientos. Una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en sus labios.
—No tienes que irte. Puedes dormir aquí. En el sofá.
«Como un perro», pensó Denji. El perro puede dormir adentro, pero no en la cama del amo. A menos que se le invite para un propósito específico.
—Está bien —murmuró.
Caminó hacia la sala de estar, que estaba conectada con el dormitorio. El sofá era de un cuero negro y frío. Se sentó en él, sintiendo cómo el material se pegaba a su piel sudorosa a través de la camisa. Se abrazó a sí mismo, tiritando a pesar de que no hacía frío.
Makima apareció en el umbral, sosteniendo un vaso de agua. Se lo tendió.
—Bebe. Debes estar deshidratado.
Él tomó el vaso con manos temblorosas. El agua estaba fría. La bebió de un trago, el líquido helado bajando por su garganta y asentándose como una piedra en su estómago vacío.
—Denji —dijo ella, y él levantó la vista a la fuerza, como si su nombre fuera una orden—. ¿Sabes por qué los perros son las mejores mascotas?
Él negó con la cabeza, aunque una parte de él ya sabía la respuesta.
—Porque no piden mucho. Comida, un techo, un poco de afecto. Y a cambio, te dan una lealtad incondicional. Harán cualquier cosa que les pidas, sin hacer preguntas. Matarán por ti. Morirán por ti. Solo necesitan saber que son un buen perro.
Se acercó y le pasó una mano por el cabello rubio y desaliñado, un gesto que podría haber sido tierno si no viniera de ella. Fue una caricia posesiva, la de un dueño a su propiedad.
—Tú eres un muy buen perro, Denji. Y yo siempre cuido bien de mis mascotas.
Se inclinó y le dio un beso en la frente. Fue casto, frío y absolutamente aterrador. Fue el sello final. El marcaje de su propiedad.
—Ahora descansa. Mañana tenemos trabajo que hacer. Hay un demonio que necesito que elimines. Es muy fuerte, pero sé que puedes hacerlo.
Se dio la vuelta y se dirigió a su dormitorio, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic. El sonido resonó en el apartamento silencioso como el cerrojo de una celda.
Denji se quedó inmóvil en el sofá, con el vaso vacío en la mano. El olor de Makima —esa mezcla floral y química— impregnaba el aire, sus sábanas, su propia piel. No podía escapar de él.
Se sentía más vacío que nunca. Más vacío que cuando comía colillas de cigarrillos, más vacío que cuando vendía sus propios órganos. En aquel entonces, al menos tenía un sueño, un anhelo que lo impulsaba. Ahora, ese sueño se había convertido en cenizas en su boca.
Se acurrucó en el frío sofá de cuero. No cerró los ojos. En la oscuridad, no veía nada más que el rostro sonriente de Power y la mirada seria de Aki. Escuchaba sus voces, sus risas, sus discusiones. Fantasmas en el mausoleo de su mente.
Y por encima de todo, sentía el peso de la cadena invisible alrededor de su cuello. Una cadena forjada con sus propios deseos, templada con sus pérdidas y asegurada con una recompensa vacía. No era una cadena de hierro. Era más suave, más sutil. Una cadena de seda. Pero apretaba igual de fuerte.
Era un perro. El perro de Makima.
Y mientras yacía en la oscuridad, escuchando el silencio del apartamento, se encontró haciendo algo que no había hecho en mucho tiempo. Estaba escuchando, esperando. Esperando el sonido de sus pasos por la mañana. Esperando su próxima orden.
Porque eso es lo que hacen los buenos perros.
Esperan a su amo.
