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Amor y futbol
Fandom: Seleccion colombia
Creado: 10/7/2026
Etiquetas
RomanceDramaRecortes de VidaDolor/ConsueloHistoria DomésticaCelosLenguaje ExplícitoEstudio de Personaje
Entre el Caos y el Cobijo
El sol de Medellín apenas empezaba a asomarse por las montañas cuando el sonido de la cafetera anunció que la jornada había comenzado en el apartamento de los Castaño. Sofía, con el cabello recogido en un moño desordenado y vistiendo una de las camisetas de entrenamiento de Kevin que le quedaba como un vestido, ajustaba el trípode de su cámara sobre la isla de la cocina.
—¡Hola a todos! —susurró frente al lente, con una sonrisa cansada pero genuina—. Son las cinco y media de la mañana. Hoy es un día movido: Kevin tiene entrenamiento doble, Emi tiene jardín y yo tengo parcial de Derecho Romano a las diez. Acompáñennos.
Detrás de ella, unos pasos pesados y el arrastrar de pies anunciaron la llegada del volante de la Selección. Kevin se acercó por la espalda, rodeando la cintura de Sofía con sus brazos fuertes y dejando un beso húmedo en su cuello. A pesar de sus veinticinco años y esa estampa de tipo duro que mostraba en la cancha del Atanasio Girardot, en casa era un peluche que buscaba calor humano a toda costa.
—Buenos días, mi amor —murmuró Kevin con la voz ronca por el sueño—. ¿Ya estás grabando?
—Sí, saluda a los seguidores, amor —dijo ella, girándose en sus brazos para acomodarle el cabello rebelde.
Kevin miró la cámara de reojo y apenas levantó una mano antes de esconder la cara en el hombro de su novia.
—No sé cómo tienes energía a esta hora, Sofi. Siento que me pasó un camión por encima después del partido del domingo.
—Es la disciplina, mi vida. Además, si no grabo el "vlog" ahora, después de la universidad no me da el tiempo —respondió ella, dándole un pico rápido—. Anda, ve a despertar a Emi mientras yo sirvo el desayuno.
Kevin suspiró. Sabía que despertar a Emiliana era una misión de alto riesgo. A sus tres años, la pequeña era el vivo retrato de su padre: hermosa y cariñosa, pero con un temperamento que podía hacer temblar el edificio.
—¡Mami! —se escuchó un grito desde el pasillo antes de que Kevin pudiera dar un paso.
La pequeña Emi apareció arrastrando una manta de dinosaurios, con los rizos alborotados y los ojos entrecerrados. Al ver a Sofía, corrió hacia ella ignorando por completo a su padre.
—¡Hola, mi princesa! —Sofía la alzó en brazos con una facilidad asombrosa—. ¿Cómo amaneció la niña más linda?
—Con hambre, mami —respondió la niña, acurrucándose en el pecho de Sofía.
Kevin observaba la escena con una mezcla de orgullo y una punzada de melancolía que siempre intentaba ocultar. Ver a Emiliana llamar "mamá" a Sofía era algo que le llenaba el alma, pero sabía que afuera, en el mundo de las redes sociales y los programas de chismes, eso era gasolina para el fuego. La relación pasada de Kevin con la madre biológica de Emi había terminado en términos desastrosos, con demandas de alimentos y declaraciones públicas que aún resonaban en los portales de farándula.
—¿Y para el papá no hay saludo? —preguntó Kevin, fingiendo estar ofendido.
Emi lo miró, estiró los brazos y le dio un beso sonoro en la mejilla.
—Hola, Papi. ¿Hoy vas a meter gol?
—Hoy solo entreno, gorda. Pero el sábado te dedico uno —prometió él, sentándose a la mesa.
El desayuno transcurrió entre risas y el caos habitual de una familia joven. Sofía revisaba sus apuntes de la universidad mientras ayudaba a Emi con la fruta, y Kevin chequeaba su celular. De repente, su expresión cambió. El ceño se le frunció y apretó la mandíbula, un gesto que Sofía reconoció de inmediato: el temperamento fuerte de Kevin estaba saliendo a flote.
—¿Qué pasó? —preguntó ella con calma.
—Otra vez la misma historia, Sofía —dijo él, arrojando el celular sobre la mesa—. Publicaron unas fotos de nosotros en el centro comercial el fin de semana. Los comentarios son un asco. Que si tú eres muy joven para criar a mi hija, que si yo soy un irresponsable por dejar que Emi te diga así... y ya sabes, ella volvió a postear una indirecta en Instagram diciendo que "algunas usurpan lugares que no les corresponden".
Sofía suspiró y dejó los apuntes a un lado. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Kevin, no les des importancia. Nosotros sabemos cuál es nuestra realidad. Emi es feliz, tú estás rindiendo en el Nacional y yo estoy dando lo mejor de mí. Deja que hablen.
—Es que me saca la piedra, amor —estalló él, aunque bajó el tono por la niña—. No tienen derecho a opinar de mi vida privada. Se supone que soy futbolista, que juzguen cómo juego, no lo que pasa en mi casa.
—Papi, ¿estás enojado? —preguntó Emi con los ojos muy abiertos.
Kevin respiró hondo, forzando una sonrisa para su hija.
—No, mi amor. Solo que a veces los grandes dicen bobadas. Come tranquila.
A las ocho de la mañana, el apartamento era un torbellino. Kevin salió hacia la sede de Guarne en su camioneta, no sin antes despedirse de Sofía con un beso largo que ella tuvo que cortar porque la cámara seguía grabando. Sofía dejó a Emi en el jardín infantil y se fue volando a la facultad.
El día fue agotador. El parcial de Derecho fue un reto, y luego tuvo que lidiar con un par de compañeras de clase que murmuraban a sus espaldas mientras miraban sus redes sociales. Ser la novia de una de las figuras de la Selección Colombia y del equipo más grande de la ciudad no era fácil a los diecinueve años. Muchos la veían como una interesada, sin saber que ella madrugaba igual que cualquiera y que su mayor lujo era ver a Kevin y a Emi dormir en paz.
Al final de la tarde, cuando regresaron a casa, el cansancio era evidente. Emi se quedó dormida casi de inmediato después de jugar un rato con sus muñecas. Sofía terminó de editar el video del día, omitiendo las partes donde se mencionaban las polémicas, prefiriendo mostrar la paz de su hogar.
Cuando entró a la habitación principal, encontró a Kevin acostado, mirando el techo en la oscuridad.
—¿Sigues pensando en eso? —preguntó ella, sentándose en el borde de la cama y acariciándole la pierna.
—Estuve distraído todo el entrenamiento, Sofi. El técnico me llamó la atención. Me dijo que si no tengo la cabeza en el campo, me va a sentar el próximo partido.
—Kevin, eres el mejor volante que tiene este país ahora mismo —dijo ella con seguridad—. No dejes que el ruido de afuera te quite lo que has ganado con tanto esfuerzo.
Kevin se incorporó, tomó la mano de Sofía y la atrajo hacia él.
—No sé qué haría sin ti. Tienes más paciencia que un santo. Yo a veces siento que voy a explotar y tú... tú eres mi calma.
—Es porque te amo, Kevin. A ti y a esa gordita que está en el otro cuarto.
Él la miró con intensidad. El enojo por las redes sociales empezó a disiparse, reemplazado por un deseo que siempre estaba latente entre los dos. La diferencia de edad nunca había sido un obstáculo, sino un complemento: la madurez emocional de Sofía equilibraba la intensidad volcánica de Kevin.
—Ven aquí —susurró él, tirando de ella hasta que Sofía quedó sobre su regazo.
Kevin la besó con una urgencia que le cortó la respiración. Sus manos, grandes y callosas por el gimnasio, se deslizaron bajo la camiseta de Sofía, recorriendo su espalda con una delicadeza que contrastaba con su fuerza. Sofía soltó un pequeño suspiro contra sus labios, enredando sus dedos en el cabello corto del futbolista.
—Kevin... —murmuró ella entre besos—, mañana madrugas...
—Mañana no me importa nada que no seas tú —respondió él, bajando los besos hacia su clavícula—. Necesito sentirte, Sofi. Necesito olvidar el mundo un rato.
Kevin la despojó de la camiseta con movimientos ágiles, admirando la piel canela de su novia bajo la tenue luz de la lámpara de noche. Ella hizo lo mismo con él, deleitándose en la musculatura marcada de su torso, el resultado de años de disciplina deportiva.
Se movieron con una sincronía perfecta, fruto de conocerse cada rincón, cada punto débil. Kevin era un amante atento, siempre pendiente de que ella estuviera disfrutando tanto como él, pero también poseía esa seguridad dominante que a Sofía tanto la volvía loca.
—Eres mía —le susurró él al oído, su voz era un gruñido bajo mientras la penetraba lentamente, haciendo que Sofía arqueara la espalda y enterrara las uñas en sus hombros.
—Siempre, Kevin... siempre —respondió ella, buscando sus labios de nuevo.
El ritmo aumentó, convirtiéndose en una danza de sudor y jadeos contenidos para no despertar a la niña. En ese momento, no existían los comentarios de Instagram, ni las ex parejas resentidas, ni la presión de la prensa deportiva. Solo eran dos personas jóvenes tratando de construir algo real en medio de un mundo de plástico.
Cuando el clímax los alcanzó, se quedaron abrazados, tratando de recuperar el aliento. Kevin besó la frente de Sofía y la cubrió con la sábana, atrayéndola hacia su pecho.
—Prométeme que no te vas a cansar de esto —dijo él en voz baja, casi con miedo.
—¿De qué? ¿De tus besos o de las polémicas? —bromeó ella, acomodándose mejor.
—De nosotros. De este desorden que es mi vida.
Sofía levantó la cabeza y lo miró a los ojos, esos ojos que a veces se veían tan cansados por la responsabilidad de ser un ídolo.
—Kevin Castaño, me metí en esto sabiendo quién eras. No me voy a ir a ningún lado. Mientras nosotros estemos bien aquí adentro, que el mundo se caiga allá afuera.
Kevin sonrió, una sonrisa de verdad, y le dio un último beso antes de cerrar los ojos.
—Mañana te ayudo con el "vlog" —prometió él—. Vamos a mostrarles que somos felices, así les duela.
—Trato hecho, mi amor.
El silencio volvió a reinar en el apartamento. Afuera, la ciudad de Medellín seguía su curso, ajena a la pequeña burbuja de paz que Kevin y Sofía habían logrado construir. Mañana sería otro día de entrenamientos, pañales, libros de derecho y cámaras, pero mientras estuvieran juntos, el partido de la vida ya lo tenían ganado.
—¡Hola a todos! —susurró frente al lente, con una sonrisa cansada pero genuina—. Son las cinco y media de la mañana. Hoy es un día movido: Kevin tiene entrenamiento doble, Emi tiene jardín y yo tengo parcial de Derecho Romano a las diez. Acompáñennos.
Detrás de ella, unos pasos pesados y el arrastrar de pies anunciaron la llegada del volante de la Selección. Kevin se acercó por la espalda, rodeando la cintura de Sofía con sus brazos fuertes y dejando un beso húmedo en su cuello. A pesar de sus veinticinco años y esa estampa de tipo duro que mostraba en la cancha del Atanasio Girardot, en casa era un peluche que buscaba calor humano a toda costa.
—Buenos días, mi amor —murmuró Kevin con la voz ronca por el sueño—. ¿Ya estás grabando?
—Sí, saluda a los seguidores, amor —dijo ella, girándose en sus brazos para acomodarle el cabello rebelde.
Kevin miró la cámara de reojo y apenas levantó una mano antes de esconder la cara en el hombro de su novia.
—No sé cómo tienes energía a esta hora, Sofi. Siento que me pasó un camión por encima después del partido del domingo.
—Es la disciplina, mi vida. Además, si no grabo el "vlog" ahora, después de la universidad no me da el tiempo —respondió ella, dándole un pico rápido—. Anda, ve a despertar a Emi mientras yo sirvo el desayuno.
Kevin suspiró. Sabía que despertar a Emiliana era una misión de alto riesgo. A sus tres años, la pequeña era el vivo retrato de su padre: hermosa y cariñosa, pero con un temperamento que podía hacer temblar el edificio.
—¡Mami! —se escuchó un grito desde el pasillo antes de que Kevin pudiera dar un paso.
La pequeña Emi apareció arrastrando una manta de dinosaurios, con los rizos alborotados y los ojos entrecerrados. Al ver a Sofía, corrió hacia ella ignorando por completo a su padre.
—¡Hola, mi princesa! —Sofía la alzó en brazos con una facilidad asombrosa—. ¿Cómo amaneció la niña más linda?
—Con hambre, mami —respondió la niña, acurrucándose en el pecho de Sofía.
Kevin observaba la escena con una mezcla de orgullo y una punzada de melancolía que siempre intentaba ocultar. Ver a Emiliana llamar "mamá" a Sofía era algo que le llenaba el alma, pero sabía que afuera, en el mundo de las redes sociales y los programas de chismes, eso era gasolina para el fuego. La relación pasada de Kevin con la madre biológica de Emi había terminado en términos desastrosos, con demandas de alimentos y declaraciones públicas que aún resonaban en los portales de farándula.
—¿Y para el papá no hay saludo? —preguntó Kevin, fingiendo estar ofendido.
Emi lo miró, estiró los brazos y le dio un beso sonoro en la mejilla.
—Hola, Papi. ¿Hoy vas a meter gol?
—Hoy solo entreno, gorda. Pero el sábado te dedico uno —prometió él, sentándose a la mesa.
El desayuno transcurrió entre risas y el caos habitual de una familia joven. Sofía revisaba sus apuntes de la universidad mientras ayudaba a Emi con la fruta, y Kevin chequeaba su celular. De repente, su expresión cambió. El ceño se le frunció y apretó la mandíbula, un gesto que Sofía reconoció de inmediato: el temperamento fuerte de Kevin estaba saliendo a flote.
—¿Qué pasó? —preguntó ella con calma.
—Otra vez la misma historia, Sofía —dijo él, arrojando el celular sobre la mesa—. Publicaron unas fotos de nosotros en el centro comercial el fin de semana. Los comentarios son un asco. Que si tú eres muy joven para criar a mi hija, que si yo soy un irresponsable por dejar que Emi te diga así... y ya sabes, ella volvió a postear una indirecta en Instagram diciendo que "algunas usurpan lugares que no les corresponden".
Sofía suspiró y dejó los apuntes a un lado. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Kevin, no les des importancia. Nosotros sabemos cuál es nuestra realidad. Emi es feliz, tú estás rindiendo en el Nacional y yo estoy dando lo mejor de mí. Deja que hablen.
—Es que me saca la piedra, amor —estalló él, aunque bajó el tono por la niña—. No tienen derecho a opinar de mi vida privada. Se supone que soy futbolista, que juzguen cómo juego, no lo que pasa en mi casa.
—Papi, ¿estás enojado? —preguntó Emi con los ojos muy abiertos.
Kevin respiró hondo, forzando una sonrisa para su hija.
—No, mi amor. Solo que a veces los grandes dicen bobadas. Come tranquila.
A las ocho de la mañana, el apartamento era un torbellino. Kevin salió hacia la sede de Guarne en su camioneta, no sin antes despedirse de Sofía con un beso largo que ella tuvo que cortar porque la cámara seguía grabando. Sofía dejó a Emi en el jardín infantil y se fue volando a la facultad.
El día fue agotador. El parcial de Derecho fue un reto, y luego tuvo que lidiar con un par de compañeras de clase que murmuraban a sus espaldas mientras miraban sus redes sociales. Ser la novia de una de las figuras de la Selección Colombia y del equipo más grande de la ciudad no era fácil a los diecinueve años. Muchos la veían como una interesada, sin saber que ella madrugaba igual que cualquiera y que su mayor lujo era ver a Kevin y a Emi dormir en paz.
Al final de la tarde, cuando regresaron a casa, el cansancio era evidente. Emi se quedó dormida casi de inmediato después de jugar un rato con sus muñecas. Sofía terminó de editar el video del día, omitiendo las partes donde se mencionaban las polémicas, prefiriendo mostrar la paz de su hogar.
Cuando entró a la habitación principal, encontró a Kevin acostado, mirando el techo en la oscuridad.
—¿Sigues pensando en eso? —preguntó ella, sentándose en el borde de la cama y acariciándole la pierna.
—Estuve distraído todo el entrenamiento, Sofi. El técnico me llamó la atención. Me dijo que si no tengo la cabeza en el campo, me va a sentar el próximo partido.
—Kevin, eres el mejor volante que tiene este país ahora mismo —dijo ella con seguridad—. No dejes que el ruido de afuera te quite lo que has ganado con tanto esfuerzo.
Kevin se incorporó, tomó la mano de Sofía y la atrajo hacia él.
—No sé qué haría sin ti. Tienes más paciencia que un santo. Yo a veces siento que voy a explotar y tú... tú eres mi calma.
—Es porque te amo, Kevin. A ti y a esa gordita que está en el otro cuarto.
Él la miró con intensidad. El enojo por las redes sociales empezó a disiparse, reemplazado por un deseo que siempre estaba latente entre los dos. La diferencia de edad nunca había sido un obstáculo, sino un complemento: la madurez emocional de Sofía equilibraba la intensidad volcánica de Kevin.
—Ven aquí —susurró él, tirando de ella hasta que Sofía quedó sobre su regazo.
Kevin la besó con una urgencia que le cortó la respiración. Sus manos, grandes y callosas por el gimnasio, se deslizaron bajo la camiseta de Sofía, recorriendo su espalda con una delicadeza que contrastaba con su fuerza. Sofía soltó un pequeño suspiro contra sus labios, enredando sus dedos en el cabello corto del futbolista.
—Kevin... —murmuró ella entre besos—, mañana madrugas...
—Mañana no me importa nada que no seas tú —respondió él, bajando los besos hacia su clavícula—. Necesito sentirte, Sofi. Necesito olvidar el mundo un rato.
Kevin la despojó de la camiseta con movimientos ágiles, admirando la piel canela de su novia bajo la tenue luz de la lámpara de noche. Ella hizo lo mismo con él, deleitándose en la musculatura marcada de su torso, el resultado de años de disciplina deportiva.
Se movieron con una sincronía perfecta, fruto de conocerse cada rincón, cada punto débil. Kevin era un amante atento, siempre pendiente de que ella estuviera disfrutando tanto como él, pero también poseía esa seguridad dominante que a Sofía tanto la volvía loca.
—Eres mía —le susurró él al oído, su voz era un gruñido bajo mientras la penetraba lentamente, haciendo que Sofía arqueara la espalda y enterrara las uñas en sus hombros.
—Siempre, Kevin... siempre —respondió ella, buscando sus labios de nuevo.
El ritmo aumentó, convirtiéndose en una danza de sudor y jadeos contenidos para no despertar a la niña. En ese momento, no existían los comentarios de Instagram, ni las ex parejas resentidas, ni la presión de la prensa deportiva. Solo eran dos personas jóvenes tratando de construir algo real en medio de un mundo de plástico.
Cuando el clímax los alcanzó, se quedaron abrazados, tratando de recuperar el aliento. Kevin besó la frente de Sofía y la cubrió con la sábana, atrayéndola hacia su pecho.
—Prométeme que no te vas a cansar de esto —dijo él en voz baja, casi con miedo.
—¿De qué? ¿De tus besos o de las polémicas? —bromeó ella, acomodándose mejor.
—De nosotros. De este desorden que es mi vida.
Sofía levantó la cabeza y lo miró a los ojos, esos ojos que a veces se veían tan cansados por la responsabilidad de ser un ídolo.
—Kevin Castaño, me metí en esto sabiendo quién eras. No me voy a ir a ningún lado. Mientras nosotros estemos bien aquí adentro, que el mundo se caiga allá afuera.
Kevin sonrió, una sonrisa de verdad, y le dio un último beso antes de cerrar los ojos.
—Mañana te ayudo con el "vlog" —prometió él—. Vamos a mostrarles que somos felices, así les duela.
—Trato hecho, mi amor.
El silencio volvió a reinar en el apartamento. Afuera, la ciudad de Medellín seguía su curso, ajena a la pequeña burbuja de paz que Kevin y Sofía habían logrado construir. Mañana sería otro día de entrenamientos, pañales, libros de derecho y cámaras, pero mientras estuvieran juntos, el partido de la vida ya lo tenían ganado.
