
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Hxh
Fandom: Hunter x hunter
Creado: 10/7/2026
Etiquetas
RomancePWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoOscuroEstudio de PersonajeDivergenciaUA (Universo Alternativo)DramaDolor/ConsueloHistoria DomésticaCelos
El capricho más caro de la Montaña Kukuroo
La mansión de los Zoldyck siempre había sido un lugar de opulencia, silencio sepulcral y una eficiencia aterradora. Sin embargo, para Killua Zoldyck, el heredero de la familia de asesinos más letal del mundo, aquel lugar no era una prisión de tortura, sino un patio de juegos infinito. A diferencia de otras realidades donde los látigos y la electricidad marcaban la piel de los niños, en esta, Silva y Kikyo habían decidido que un heredero feliz era un heredero más leal. Killua era el sol de la casa, y todos orbitaban a su alrededor para evitar que sus berrinches hicieran temblar los cimientos de la propiedad.
A los seis años, Killua había decidido que estaba aburrido de los juguetes de oro y los entrenamientos privados. Quería ir a un parque. No a un jardín privado, sino a un parque público, con gente "normal".
Silva, suspirando ante la petición de su hijo favorito, cedió. Y fue allí, entre columpios oxidados y arena, donde Killua encontró algo que ningún catálogo de lujo podía ofrecerle: un niño de cabello alborotado y ojos que brillaban como el ámbar puro.
—¡Soy Gon! —había dicho el desconocido con una sonrisa que cegó a Killua por un momento—. ¿Quieres jugar?
Jugaron durante horas. Killua descubrió que Gon no le tenía miedo, que corría tan rápido como él y que se reía de sus chistes malos. Por primera vez en su corta vida, Killua no se sintió como un "amo" o un "objetivo", sino simplemente como un niño.
Pero el sol comenzó a ponerse, y una mujer pelirroja llamada Mito se acercó para llevarse a Gon.
—¡No! —El grito de Killua resonó en todo el parque. Sus guardias personales, ocultos en las sombras, se tensaron—. ¡Él no se va! ¡Me lo quedo!
—Killua, cariño —intentó explicar Kikyo, ajustándose el visor electrónico—, el niño tiene su propia casa. Podemos comprarte un parque entero si quieres.
—¡No quiero un parque! —Killua se tiró al suelo, pataleando con una fuerza que levantaba nubes de polvo—. ¡Quiero a Gon! ¡Gon es mío ahora! ¡Es mi juguete favorito! ¡No me iré si él no viene!
El berrinche duró tres horas. Silva, viendo que su hijo estaba dispuesto a entrar en huelga de hambre y sueño, tuvo que intervenir. Tras una negociación económica y diplomática sin precedentes (que incluyó una donación masiva a Isla Ballena y la garantía de que Gon recibiría la mejor educación del mundo), Mito-san aceptó que Gon pasara "temporadas" en la mansión.
Esas temporadas se convirtieron en años. Y esos años en una vida compartida.
***
Diez años después.
Killua, ahora de dieciséis años, observaba desde el balcón de su habitación cómo Gon entrenaba en el patio inferior. El sol de la tarde hacía que el sudor brillara sobre la piel bronceada de su mejor amigo. Gon ya no era el niño pequeño de mejillas redondas; sus hombros se habían ensanchado, sus brazos mostraban músculos definidos por años de entrenamiento junto a los Zoldyck, y su mandíbula se había vuelto afilada y masculina.
Killua sintió un nudo en la garganta y un calor familiar, pero molesto, instalándose en su pecho.
—Maldita sea —susurró para sí mismo, ocultando parte de su rostro tras el cuello de su camisa.
Había pasado de querer que Gon fuera su "juguete" a querer que fuera su todo. Pero en los últimos meses, el sentimiento había mutado en algo mucho más físico, más urgente y, francamente, vergonzoso para alguien que se jactaba de tener el control absoluto de sus emociones.
—¡Killua! —Gon levantó la vista y lo saludó con la misma energía de cuando tenían seis años—. ¡Baja! ¡He aprendido un movimiento nuevo que quiero enseñarte!
Killua suspiró, tratando de calmar los latidos de su corazón.
—¡Ya voy, tonto! —gritó de vuelta, saltando por el balcón con la gracia de un gato.
Aterrizó con suavidad frente a Gon. El olor del otro chico —una mezcla de bosque, sol y esfuerzo físico— lo golpeó como un camión. Killua tuvo que esforzarse para no retroceder.
—Mira esto —dijo Gon, acercándose demasiado. Puso una mano en el hombro de Killua para posicionarlo—. Si giro la cadera así, el impacto se duplica. ¿Sientes la diferencia?
Gon presionó su cuerpo ligeramente contra el de Killua para mostrarle la postura. Killua se quedó rígido. Podía sentir el calor que emanaba de Gon, la firmeza de su pecho contra su brazo. Su mente, traicionera y creativa, empezó a reproducir escenarios que no tenían nada que ver con el combate.
—Sí, sí, lo siento —logró decir Killua, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Pero tu guardia está abierta, idiota.
—¿Ah, sí? —Gon sonrió con malicia, una expresión que había aprendido viviendo con asesinos—. Pues ciérrala tú.
En un movimiento rápido, Gon envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Killua y lo derribó sobre el césped. Quedaron enredados, con Gon encima de él, inmovilizando sus muñecas contra el suelo.
—Te tengo —dijo Gon, respirando con dificultad. Sus ojos estaban fijos en los de Killua, y por un segundo, la alegría infantil desapareció para ser reemplazada por una intensidad que hizo que a Killua se le encogieran los dedos de los pies.
—Suéltame, Gon —masculló Killua, aunque no hizo ningún esfuerzo real por liberarse.
—No quiero. Siempre dices que todo lo que pides te lo dan, ¿verdad? —Gon inclinó la cabeza, su rostro a escasos centímetros del de Killua—. Pues yo también puedo ser caprichoso a veces.
Killua sintió que el aire se le escapaba. La cercanía era insoportable. Podía ver cada pestaña de Gon, el brillo de sus labios... y de repente, el pensamiento que lo había estado atormentando durante semanas se volvió una declaración de guerra en su cabeza: "Quiero que me toque. Quiero que haga algo más que luchar conmigo".
—Eres un pesado —susurró Killua, desviando la mirada para que Gon no viera el intenso rubor que cubría sus mejillas.
—Y tú eres un consentido —respondió Gon, pero su voz había bajado de tono, volviéndose ronca—. Pero eres mi consentido.
Gon se levantó y le tendió la mano para ayudarlo a incorporarse. Killua la tomó, sintiendo la aspereza de las callosidades de Gon contra su piel suave. El contacto envió una descarga eléctrica por su columna que no tenía nada que ver con sus habilidades de Nen.
Caminaron de regreso a la mansión en un silencio inusualmente cargado. Al entrar, se toparon con Silva, quien los observó con una expresión impasible, aunque sus ojos brillaron con una pizca de diversión al notar el estado de agitación de su hijo.
—Killua, Gon —dijo Silva, deteniéndose frente a ellos—. La cena estará lista en una hora. No tarden.
—Sí, papá —dijo Killua, tratando de sonar aburrido.
—¡Gracias, Silva-san! —exclamó Gon con su entusiasmo habitual.
Cuando Silva se alejó, Killua arrastró a Gon hacia su habitación. Era el único lugar donde sentía que las paredes no tenían oídos (aunque sabía que era mentira).
—Oye, Killua, ¿estás bien? —preguntó Gon una vez que la puerta se cerró—. Has estado raro todo el día. ¿Te duele algo?
Killua se sentó en el borde de su cama enorme, hundiendo las manos en las sábanas de seda.
—No me duele nada —gruñó—. Es solo que... estoy harto.
—¿Harto de qué? —Gon se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal sin dudarlo.
—De que siempre consiga lo que quiero —soltó Killua, mirando sus propias manos—. Desde los seis años, si lloro, me dan un juguete. Si quiero un parque, me lo compran. Si quiero que un niño se quede a vivir conmigo... papá mueve cielo y tierra para traerlo.
Gon guardó silencio un momento, procesando las palabras.
—¿Te arrepientes de haberme traído aquí? —preguntó Gon con una nota de tristeza que rompió el corazón de Killua.
—¡No! ¡Claro que no! —Killua se giró hacia él con urgencia—. Eres lo mejor que me ha pasado, idiota. Es solo que... ahora hay algo que quiero, y no sé cómo pedirlo. No es algo que papá pueda comprar. No es algo que pueda obtener haciendo un berrinche.
Gon ladeó la cabeza, confundido.
—¿Entonces qué es? Si me lo dices, tal vez pueda ayudarte a conseguirlo. Sabes que haría cualquier cosa por ti, Killua.
Killua sintió un nudo de frustración. Gon era increíblemente intuitivo para algunas cosas, pero desesperadamente lento para otras.
—Ese es el problema —dijo Killua en un susurro—. Eres tú. Lo que quiero eres tú. Pero no como antes. No quiero que seas mi mejor amigo que juega conmigo en el patio.
Gon se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron un poco más, y el silencio en la habitación se volvió tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—Killua... —empezó Gon, pero Killua lo interrumpió.
—Quiero que me mires de otra forma. Quiero que me toques de otra forma. —La voz de Killua temblaba, pero no se detuvo. Había sido un niño consentido toda su vida, y si algo había aprendido, era a no rendirse hasta obtener su premio—. Estoy harto de ser el que siempre pide. Esta vez... quiero que tú me tomes. Quiero que me hagas tuyo, Gon.
El rubor en la cara de Killua era ahora un incendio forestal. No podía creer que lo hubiera dicho en voz alta. Se preparó para el rechazo, para la risa o para la confusión eterna de Gon.
Sin embargo, lo que sintió fue una mano cálida y firme posicionándose en su nuca.
—¿Crees que soy el único que ha crecido en esta casa, Killua? —La voz de Gon ya no tenía rastro de inocencia. Era la voz de un cazador que había estado esperando pacientemente a que su presa se entregara sola—. Llevo años viviendo bajo el techo de los Zoldyck. He aprendido a ser paciente. He aprendido a observar.
Gon se acercó más, obligando a Killua a recostarse lentamente sobre la cama.
—Tú me pediste hace diez años —continuó Gon, sus ojos brillando con una chispa de posesividad que habría asustado a cualquiera que no fuera un Zoldyck—. Me sacaste de mi casa porque querías que fuera tuyo. Pero no te diste cuenta de que, al traerme aquí, tú también te convertiste en mío.
Killua jadeó cuando Gon se posicionó sobre él, atrapándolo entre sus brazos.
—¿Me estás diciendo que... también querías esto? —preguntó Killua, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Te deseo tanto que me duele, Killua —confesó Gon, rozando sus labios contra la oreja del peliblanco—. Pero quería que fueras tú quien lo dijera primero. No quería ser otro de tus caprichos temporales. Quería que esto fuera real.
Killua rodeó el cuello de Gon con sus brazos, tirando de él hacia abajo.
—No es un capricho —aseguró Killua, cerrando los ojos—. Es lo único que realmente necesito. Así que... deja de hablar y haz algo.
Gon no necesitó que se lo repitieran. Se inclinó y unió sus labios en un beso que no tenía nada de infantil. Era un beso hambriento, lleno de años de deseo contenido y palabras no dichas. Killua gimió contra su boca, sintiendo cómo el peso de Gon lo anclaba a la realidad, una realidad mucho mejor que cualquier fantasía que hubiera tenido.
Las manos de Gon comenzaron a explorar, bajando por los costados de Killua, buscando el borde de su camiseta. Killua se arqueó hacia el contacto, entregándose por completo.
—Gon... —susurró Killua entre besos—. Por favor...
—Estoy aquí, Killua —respondió Gon, su voz vibrando contra la piel del cuello del otro—. No voy a ir a ninguna parte. Me compraste para toda la vida, ¿recuerdas?
Killua sonrió, una sonrisa genuina y llena de triunfo, a pesar de la vulnerabilidad de su posición.
—El mejor trato que mi padre ha hecho jamás —logró decir antes de que Gon volviera a silenciarlo con un beso que prometía que la noche apenas estaba comenzando.
En la mansión de los Zoldyck, los caprichos de Killua siempre se cumplían. Pero este, sin duda, era el que más le iba a costar... y el que más iba a disfrutar pagar. Porque en los brazos de Gon, el heredero de los asesinos finalmente entendió que no se trataba de poseer a alguien, sino de pertenecerle a la única persona que veía más allá del apellido y la fortuna.
Y mientras la ropa caía al suelo y las caricias se volvían más íntimas y urgentes, Killua supo que, por primera vez, no necesitaba pedir nada más. Lo tenía todo justo donde quería.
A los seis años, Killua había decidido que estaba aburrido de los juguetes de oro y los entrenamientos privados. Quería ir a un parque. No a un jardín privado, sino a un parque público, con gente "normal".
Silva, suspirando ante la petición de su hijo favorito, cedió. Y fue allí, entre columpios oxidados y arena, donde Killua encontró algo que ningún catálogo de lujo podía ofrecerle: un niño de cabello alborotado y ojos que brillaban como el ámbar puro.
—¡Soy Gon! —había dicho el desconocido con una sonrisa que cegó a Killua por un momento—. ¿Quieres jugar?
Jugaron durante horas. Killua descubrió que Gon no le tenía miedo, que corría tan rápido como él y que se reía de sus chistes malos. Por primera vez en su corta vida, Killua no se sintió como un "amo" o un "objetivo", sino simplemente como un niño.
Pero el sol comenzó a ponerse, y una mujer pelirroja llamada Mito se acercó para llevarse a Gon.
—¡No! —El grito de Killua resonó en todo el parque. Sus guardias personales, ocultos en las sombras, se tensaron—. ¡Él no se va! ¡Me lo quedo!
—Killua, cariño —intentó explicar Kikyo, ajustándose el visor electrónico—, el niño tiene su propia casa. Podemos comprarte un parque entero si quieres.
—¡No quiero un parque! —Killua se tiró al suelo, pataleando con una fuerza que levantaba nubes de polvo—. ¡Quiero a Gon! ¡Gon es mío ahora! ¡Es mi juguete favorito! ¡No me iré si él no viene!
El berrinche duró tres horas. Silva, viendo que su hijo estaba dispuesto a entrar en huelga de hambre y sueño, tuvo que intervenir. Tras una negociación económica y diplomática sin precedentes (que incluyó una donación masiva a Isla Ballena y la garantía de que Gon recibiría la mejor educación del mundo), Mito-san aceptó que Gon pasara "temporadas" en la mansión.
Esas temporadas se convirtieron en años. Y esos años en una vida compartida.
***
Diez años después.
Killua, ahora de dieciséis años, observaba desde el balcón de su habitación cómo Gon entrenaba en el patio inferior. El sol de la tarde hacía que el sudor brillara sobre la piel bronceada de su mejor amigo. Gon ya no era el niño pequeño de mejillas redondas; sus hombros se habían ensanchado, sus brazos mostraban músculos definidos por años de entrenamiento junto a los Zoldyck, y su mandíbula se había vuelto afilada y masculina.
Killua sintió un nudo en la garganta y un calor familiar, pero molesto, instalándose en su pecho.
—Maldita sea —susurró para sí mismo, ocultando parte de su rostro tras el cuello de su camisa.
Había pasado de querer que Gon fuera su "juguete" a querer que fuera su todo. Pero en los últimos meses, el sentimiento había mutado en algo mucho más físico, más urgente y, francamente, vergonzoso para alguien que se jactaba de tener el control absoluto de sus emociones.
—¡Killua! —Gon levantó la vista y lo saludó con la misma energía de cuando tenían seis años—. ¡Baja! ¡He aprendido un movimiento nuevo que quiero enseñarte!
Killua suspiró, tratando de calmar los latidos de su corazón.
—¡Ya voy, tonto! —gritó de vuelta, saltando por el balcón con la gracia de un gato.
Aterrizó con suavidad frente a Gon. El olor del otro chico —una mezcla de bosque, sol y esfuerzo físico— lo golpeó como un camión. Killua tuvo que esforzarse para no retroceder.
—Mira esto —dijo Gon, acercándose demasiado. Puso una mano en el hombro de Killua para posicionarlo—. Si giro la cadera así, el impacto se duplica. ¿Sientes la diferencia?
Gon presionó su cuerpo ligeramente contra el de Killua para mostrarle la postura. Killua se quedó rígido. Podía sentir el calor que emanaba de Gon, la firmeza de su pecho contra su brazo. Su mente, traicionera y creativa, empezó a reproducir escenarios que no tenían nada que ver con el combate.
—Sí, sí, lo siento —logró decir Killua, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Pero tu guardia está abierta, idiota.
—¿Ah, sí? —Gon sonrió con malicia, una expresión que había aprendido viviendo con asesinos—. Pues ciérrala tú.
En un movimiento rápido, Gon envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Killua y lo derribó sobre el césped. Quedaron enredados, con Gon encima de él, inmovilizando sus muñecas contra el suelo.
—Te tengo —dijo Gon, respirando con dificultad. Sus ojos estaban fijos en los de Killua, y por un segundo, la alegría infantil desapareció para ser reemplazada por una intensidad que hizo que a Killua se le encogieran los dedos de los pies.
—Suéltame, Gon —masculló Killua, aunque no hizo ningún esfuerzo real por liberarse.
—No quiero. Siempre dices que todo lo que pides te lo dan, ¿verdad? —Gon inclinó la cabeza, su rostro a escasos centímetros del de Killua—. Pues yo también puedo ser caprichoso a veces.
Killua sintió que el aire se le escapaba. La cercanía era insoportable. Podía ver cada pestaña de Gon, el brillo de sus labios... y de repente, el pensamiento que lo había estado atormentando durante semanas se volvió una declaración de guerra en su cabeza: "Quiero que me toque. Quiero que haga algo más que luchar conmigo".
—Eres un pesado —susurró Killua, desviando la mirada para que Gon no viera el intenso rubor que cubría sus mejillas.
—Y tú eres un consentido —respondió Gon, pero su voz había bajado de tono, volviéndose ronca—. Pero eres mi consentido.
Gon se levantó y le tendió la mano para ayudarlo a incorporarse. Killua la tomó, sintiendo la aspereza de las callosidades de Gon contra su piel suave. El contacto envió una descarga eléctrica por su columna que no tenía nada que ver con sus habilidades de Nen.
Caminaron de regreso a la mansión en un silencio inusualmente cargado. Al entrar, se toparon con Silva, quien los observó con una expresión impasible, aunque sus ojos brillaron con una pizca de diversión al notar el estado de agitación de su hijo.
—Killua, Gon —dijo Silva, deteniéndose frente a ellos—. La cena estará lista en una hora. No tarden.
—Sí, papá —dijo Killua, tratando de sonar aburrido.
—¡Gracias, Silva-san! —exclamó Gon con su entusiasmo habitual.
Cuando Silva se alejó, Killua arrastró a Gon hacia su habitación. Era el único lugar donde sentía que las paredes no tenían oídos (aunque sabía que era mentira).
—Oye, Killua, ¿estás bien? —preguntó Gon una vez que la puerta se cerró—. Has estado raro todo el día. ¿Te duele algo?
Killua se sentó en el borde de su cama enorme, hundiendo las manos en las sábanas de seda.
—No me duele nada —gruñó—. Es solo que... estoy harto.
—¿Harto de qué? —Gon se sentó a su lado, invadiendo su espacio personal sin dudarlo.
—De que siempre consiga lo que quiero —soltó Killua, mirando sus propias manos—. Desde los seis años, si lloro, me dan un juguete. Si quiero un parque, me lo compran. Si quiero que un niño se quede a vivir conmigo... papá mueve cielo y tierra para traerlo.
Gon guardó silencio un momento, procesando las palabras.
—¿Te arrepientes de haberme traído aquí? —preguntó Gon con una nota de tristeza que rompió el corazón de Killua.
—¡No! ¡Claro que no! —Killua se giró hacia él con urgencia—. Eres lo mejor que me ha pasado, idiota. Es solo que... ahora hay algo que quiero, y no sé cómo pedirlo. No es algo que papá pueda comprar. No es algo que pueda obtener haciendo un berrinche.
Gon ladeó la cabeza, confundido.
—¿Entonces qué es? Si me lo dices, tal vez pueda ayudarte a conseguirlo. Sabes que haría cualquier cosa por ti, Killua.
Killua sintió un nudo de frustración. Gon era increíblemente intuitivo para algunas cosas, pero desesperadamente lento para otras.
—Ese es el problema —dijo Killua en un susurro—. Eres tú. Lo que quiero eres tú. Pero no como antes. No quiero que seas mi mejor amigo que juega conmigo en el patio.
Gon se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron un poco más, y el silencio en la habitación se volvió tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—Killua... —empezó Gon, pero Killua lo interrumpió.
—Quiero que me mires de otra forma. Quiero que me toques de otra forma. —La voz de Killua temblaba, pero no se detuvo. Había sido un niño consentido toda su vida, y si algo había aprendido, era a no rendirse hasta obtener su premio—. Estoy harto de ser el que siempre pide. Esta vez... quiero que tú me tomes. Quiero que me hagas tuyo, Gon.
El rubor en la cara de Killua era ahora un incendio forestal. No podía creer que lo hubiera dicho en voz alta. Se preparó para el rechazo, para la risa o para la confusión eterna de Gon.
Sin embargo, lo que sintió fue una mano cálida y firme posicionándose en su nuca.
—¿Crees que soy el único que ha crecido en esta casa, Killua? —La voz de Gon ya no tenía rastro de inocencia. Era la voz de un cazador que había estado esperando pacientemente a que su presa se entregara sola—. Llevo años viviendo bajo el techo de los Zoldyck. He aprendido a ser paciente. He aprendido a observar.
Gon se acercó más, obligando a Killua a recostarse lentamente sobre la cama.
—Tú me pediste hace diez años —continuó Gon, sus ojos brillando con una chispa de posesividad que habría asustado a cualquiera que no fuera un Zoldyck—. Me sacaste de mi casa porque querías que fuera tuyo. Pero no te diste cuenta de que, al traerme aquí, tú también te convertiste en mío.
Killua jadeó cuando Gon se posicionó sobre él, atrapándolo entre sus brazos.
—¿Me estás diciendo que... también querías esto? —preguntó Killua, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Te deseo tanto que me duele, Killua —confesó Gon, rozando sus labios contra la oreja del peliblanco—. Pero quería que fueras tú quien lo dijera primero. No quería ser otro de tus caprichos temporales. Quería que esto fuera real.
Killua rodeó el cuello de Gon con sus brazos, tirando de él hacia abajo.
—No es un capricho —aseguró Killua, cerrando los ojos—. Es lo único que realmente necesito. Así que... deja de hablar y haz algo.
Gon no necesitó que se lo repitieran. Se inclinó y unió sus labios en un beso que no tenía nada de infantil. Era un beso hambriento, lleno de años de deseo contenido y palabras no dichas. Killua gimió contra su boca, sintiendo cómo el peso de Gon lo anclaba a la realidad, una realidad mucho mejor que cualquier fantasía que hubiera tenido.
Las manos de Gon comenzaron a explorar, bajando por los costados de Killua, buscando el borde de su camiseta. Killua se arqueó hacia el contacto, entregándose por completo.
—Gon... —susurró Killua entre besos—. Por favor...
—Estoy aquí, Killua —respondió Gon, su voz vibrando contra la piel del cuello del otro—. No voy a ir a ninguna parte. Me compraste para toda la vida, ¿recuerdas?
Killua sonrió, una sonrisa genuina y llena de triunfo, a pesar de la vulnerabilidad de su posición.
—El mejor trato que mi padre ha hecho jamás —logró decir antes de que Gon volviera a silenciarlo con un beso que prometía que la noche apenas estaba comenzando.
En la mansión de los Zoldyck, los caprichos de Killua siempre se cumplían. Pero este, sin duda, era el que más le iba a costar... y el que más iba a disfrutar pagar. Porque en los brazos de Gon, el heredero de los asesinos finalmente entendió que no se trataba de poseer a alguien, sino de pertenecerle a la única persona que veía más allá del apellido y la fortuna.
Y mientras la ropa caía al suelo y las caricias se volvían más íntimas y urgentes, Killua supo que, por primera vez, no necesitaba pedir nada más. Lo tenía todo justo donde quería.
