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Amor, pasión y futbol

Fandom: Selección Colombia

Creado: 10/7/2026

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Entre el Deber y el Deseo: Secretos en el Norte

El aire de Vancouver era gélido, un contraste drástico con el calor sofocante de Barranquilla que Kevin tanto extrañaba. Sin embargo, dentro de la habitación 704 del hotel de concentración, la temperatura parecía subir varios grados. Kevin Castaño, con el torso descubierto dejando ver el intrincado mapa de tinta que cubría su espalda, su pecho y sus brazos, caminaba de un lado a otro con la agitación de un león enjaulado.

Hacía apenas diez minutos que se había escabullido por las escaleras de servicio, esquivando a los miembros del cuerpo técnico y a los guardias de seguridad que custodiaban el piso de los jugadores. Néstor Lorenzo era estricto con los horarios, pero Kevin sentía que se volvería loco si no pasaba un momento a solas con las dos personas que le daban sentido a su carrera.

— Kevin, amor, te van a pillar —susurró Sofía, sentada en la orilla de la cama mientras intentaba peinar los rizos rebeldes de la pequeña Emiliana—. Sabes que el profe está muy pendiente de todo. Si te ven aquí a esta hora, te van a mandar a la grada el próximo partido.

Sofía, a sus diecinueve años, poseía una serenidad que a Kevin siempre le había parecido sobrenatural. Su piel trigueña brillaba bajo las luces cálidas de la habitación y su cabello negro, liso como la seda, caía sobre sus hombros con una elegancia sencilla. Era joven, sí, pero la maternidad la había dotado de una madurez que a veces dejaba a Kevin sin palabras.

— Me da igual, Sofi —respondió él, deteniéndose frente a ella y arrodillándose para quedar a su altura—. Llevamos tres días sin vernos de verdad. Un saludo de lejos en el lobby no es suficiente. Necesito olerte, necesito cargarlas.

Emiliana, que a sus tres añitos era una mezcla perfecta de la rebeldía de su padre y la dulzura de su madre, saltó de la cama y se colgó del cuello de Kevin. Sus cabellos rubios y ondulados, que contrastaban tanto con los rasgos de sus padres, se enredaron con el collar de oro que Kevin siempre llevaba.

— ¡Papi! —exclamó la niña con una alegría que no entendía de protocolos ni de concentraciones—. ¿Vas a jugar con mis muñecas?

— Shhh, Emi, bajito —pidió Sofía con una sonrisa paciente—. Papi vino de visita secreta, como un ninja.

Kevin soltó una carcajada ronca y besó la mejilla de su hija, aspirando ese aroma a talco y hogar que tanto le faltaba en la habitación del hotel con sus compañeros.

— Soy el ninja más grande de Colombia, princesa —dijo Kevin, tomándola en brazos mientras se sentaba junto a Sofía—. ¿Cómo se han portado? ¿Han salido a caminar un poco?

Sofía suspiró y desvió la mirada hacia su teléfono, que descansaba sobre la mesa de noche. La pantalla mostraba una notificación de Instagram, y Kevin supo de inmediato qué pasaba.

— No mucho, Kevin. La prensa está pesada —confesó ella, bajando la voz—. Hoy salimos al centro comercial con las otras esposas y nos tomaron fotos. Los comentarios en redes son... difíciles. Dicen que soy muy niña para ser mamá, que tú eres un irresponsable por estar conmigo siendo mayor. Y lo de Lucía... bueno, ya sabes cómo es la gente.

Kevin apretó la mandíbula. Su falta de paciencia era su mayor defecto, y cuando se trataba de su familia, su sangre hervía con facilidad. A sus veinticinco años, no le importaba lo que dijeran de su juego o de sus tatuajes, pero que tocaran a Sofía era algo que no toleraba.

— Que digan lo que quieran, Sofi —dijo él, tomando la mano de su novia entre sus manos grandes y tatuadas—. Tú eres la mujer más responsable que conozco. Estudias, cuidas a esta monita, me aguantas a mí... ¿Quién tiene derecho a juzgarnos?

— Es que me ven como una niña, Kevin —respondió ella con tristeza—. A veces siento que los periodistas me miran con lástima o con morbo. Dicen que me "dañaste" la vida a los dieciséis. No entienden que Emiliana fue lo mejor que nos pasó.

— No dejes que te roben la paz —insistió él, acercándose para besar su frente—. Estamos en un Mundial. Estoy representando a mi país y ustedes están aquí conmigo. Eso es lo único que importa.

El momento de paz se vio interrumpido por un golpe seco en la puerta. Kevin se puso de pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas.

— ¡Kevin! —se escuchó una voz susurrada desde el pasillo—. Soy James. Abre rápido que viene el asistente de Lorenzo por el pasillo.

Kevin maldijo entre dientes y buscó su camiseta rápidamente. Sofía, con la calma que la caracterizaba, tomó a Emiliana y la llevó al baño.

— Entra ahí, mi vida, juega con el patito de hule un segundo —le dijo a la niña—. Kevin, vete ya.

— No quiero irme así —protestó él, poniéndose la camiseta de entrenamiento de la Selección.

— Vete, amor. Mañana después del entrenamiento nos vemos en el área común —dijo Sofía, empujándolo suavemente hacia la puerta—. Te amo. No busques problemas, concéntrate en el partido contra Alemania.

Kevin abrió la puerta apenas unos centímetros. James Rodríguez estaba allí, apoyado contra la pared opuesta, fingiendo que revisaba su teléfono.

— Muévete, fiera —le siseó James sin mirarlo—. Si te pillan, no te salva ni el presidente.

Kevin le lanzó una mirada de agradecimiento a su capitán y, tras un último beso volado a Sofía, se deslizó por el pasillo hacia las escaleras de emergencia.

Al llegar a su piso, Kevin entró en su habitación y se encontró con su compañero de cuarto, quien ya estaba acostado. Kevin se dejó caer en su cama, mirando el techo. La adrenalina de la escapada estaba bajando, dejando paso a una melancolía pesada.

Ser una figura pública en Colombia no era fácil. La gente criticaba la diferencia de seis años entre él y Sofía, criticaban que ella hubiera sido madre tan joven, y criticaban cada tatuaje que él se hacía. Pero nadie veía las noches de desvelo estudiando para sus exámenes mientras él estaba en los campos de entrenamiento. Nadie veía cómo Sofía había manejado la casa sola cuando él fue transferido al extranjero.

A la mañana siguiente, el lobby del hotel era un hervidero de actividad. Los jugadores tenían permitido desayunar con sus familias antes de la sesión de video. Kevin bajó el primero, buscando con la mirada la cabellera negra de Sofía.

La encontró en una mesa apartada, cerca de un ventanal que mostraba la bahía de Vancouver. Emiliana estaba sentada en una silla alta, peleándose con un trozo de panqueque. Sin embargo, no estaban solas. Dos periodistas de un programa de chismes nacional estaban a unos metros, grabando discretamente con sus celulares.

Kevin sintió que la rabia le subía por el cuello. Caminó hacia la mesa, ignorando las miradas de los demás huéspedes.

— Buenos días, mis amores —dijo en voz alta, plantando un beso sonoro en los labios de Sofía, desafiando a cualquier cámara que estuviera captando el momento.

— Kevin, calma —susurró Sofía, notando la tensión en los hombros de su pareja—. Si haces un escándalo, será peor.

— Estoy cansado de escondernos como si estuviéramos haciendo algo malo, Sofi —dijo él, sentándose a su lado y tomando a Emiliana en su regazo—. Eres mi mujer. Ella es mi hija.

— Lo sé, pero recuerda dónde estamos —respondió ella, poniendo una mano sobre su brazo tatuado, tratando de transmitirle su paciencia—. El foco debe estar en el fútbol. Si tú te distraes con la prensa, ellos ganan.

— ¿Cómo puedes ser tan tranquila? —preguntó él, mirándola con una mezcla de admiración y frustración.

— Porque sé lo que tenemos —dijo ella con una sonrisa dulce—. A mí no me importa que me llamen "la novia niña" si al final del día sé que tú llegas a casa y nos amas así. La gente siempre va a hablar, Kevin. Si no es por la edad, será por el pelo, por la ropa o por cómo jugaste.

Emiliana, ajena a la tensión de los adultos, le untó un poco de miel a Kevin en la nariz.

— ¡Papi tiene moco dulce! —gritó la niña, provocando que varias personas en las mesas cercanas se giraran a mirar.

Kevin no pudo evitarlo. La risa de su hija era su debilidad. El mal humor se disipó instantáneamente. Limpió su nariz con una servilleta y le hizo cosquillas a la pequeña, olvidándose por un momento de los periodistas, de las críticas en redes sociales y de la presión del Mundial.

— Tienes razón, Sofi. Siempre la tienes —admitió él—. Pero me duele que te ataquen.

— No me atacan si yo no dejo que sus palabras entren aquí —dijo ella, señalando su corazón—. Ahora, desayuna bien. Necesitas fuerzas para ganarle a esos alemanes.

El resto de la mañana transcurrió entre risas y planes para cuando terminara el torneo. Sofía le contaba sobre sus clases virtuales de administración, las cuales seguía tomando a pesar de estar en Canadá, y de cómo Emiliana ya estaba aprendiendo algunas palabras en inglés gracias a los empleados del hotel.

Sin embargo, la paz duró poco. Al salir del comedor hacia el autobús del equipo, un reportero se interpuso en el camino de Kevin.

— ¡Kevin! Una pregunta rápida —dijo el hombre, extendiendo un micrófono—. Se ha hablado mucho en redes sobre la presencia de tu familia aquí. Muchos dicen que Sofía es demasiado joven para manejar la presión de un Mundial y que eso podría afectarte. ¿Qué tienes que decir a los que critican tu relación por la diferencia de edad?

Kevin se detuvo en seco. Sintió que la mano de Sofía se soltaba de la suya, probablemente para evitar salir en la toma. Pero él no la dejó ir. Le tomó la mano con firmeza y la atrajo hacia su costado.

— Mire, caballero —dijo Kevin, con una voz calmada pero cargada de una autoridad que rara vez mostraba ante las cámaras—. Mi mujer es la persona más fuerte que conozco. Ella se encarga de que mi mundo esté en orden para que yo pueda salir a esa cancha y dejar el alma. Su edad no define su capacidad como madre ni como compañera. Y si a alguien le molesta que seamos felices jóvenes, pues el problema es de ellos, no nuestro.

El reportero se quedó mudo por un segundo, sin esperar una respuesta tan directa y protectora. Kevin no esperó una réplica. Caminó hacia el autobús, subió los escalones y se sentó junto a la ventana, saludando a Sofía y a Emiliana mientras el vehículo se alejaba.

Dentro del autobús, el ambiente era de apoyo. Sus compañeros, que conocían la historia de la pareja desde el principio, le daban palmadas en la espalda.

— Bien dicho, Kevin —le dijo Luis Díaz desde el asiento de atrás—. La gente habla porque no sabe lo que es tener un apoyo así de verdad.

Kevin asintió, pero su mente ya estaba en el partido. Sabía que la mejor forma de callar las críticas y proteger a Sofía era demostrando en la cancha que su estabilidad familiar era su mayor fortaleza, no una distracción.

Esa noche, antes de dormir, Kevin recibió un mensaje de texto. Era una foto de Emiliana dormida en los brazos de Sofía. Debajo, un mensaje corto:

"Estamos orgullosas de ti. No importa lo que digan afuera, aquí adentro somos el mejor equipo del mundo. Te amamos."

Kevin sonrió, sintiendo que la paciencia de Sofía finalmente se le contagiaba un poco. Cerró los ojos, visualizando el estadio lleno al día siguiente. Sabía que, sin importar el resultado, ellas estarían allí, en el mismo hotel, tal vez escondidos de nuevo en una habitación, celebrando la vida que habían construido juntos, contra todo pronóstico y contra toda crítica.

Porque en el frío de Canadá, el calor de su familia era lo único que mantenía su fuego encendido. Y no había táctica defensiva ni prensa amarillista que pudiera romper esa barrera.
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