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Amor, pasión y futbol
Fandom: Selección Colombia
Creado: 10/7/2026
Etiquetas
RomanceDramaRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaEmbarazo AdolescenteRealismo
Entre Tatuajes y Secretos en el Norte
El aire de Vancouver era gélido, una mezcla de brisa marina y el frío persistente del norte que se colaba por las rendijas de los ventanales del hotel de concentración. Para Sofía, ese frío era un recordatorio constante de que estaba a miles de kilómetros de su Medellín natal, pero el calor que sentía en su pecho al ver a Emiliana saltar sobre la cama compensaba cualquier temperatura bajo cero.
Sofía se miró al espejo, suspirando mientras intentaba desenredar su larguísimo cabello negro. A sus diecinueve años, su vida no se parecía en nada a la de sus compañeras de la facultad de Negocios. Mientras ellas subían fotos de fiestas universitarias, ella estaba en un hotel de lujo en Canadá, cuidando a una niña de tres años y lidiando con el escrutinio público de ser la pareja de uno de los mediocampistas más prometedores de la Selección Colombia.
—¡Mamá, mira! ¡Papi en la tele! —gritó Emiliana, señalando la pantalla plana donde repetían los mejores momentos del último entrenamiento.
La pequeña era una mezcla fascinante de ambos: tenía la tez clara de Sofía, pero su cabello era una cascada de ondas rubias que heredó de la familia de Kevin. Era el sol de sus vidas, aunque también la razón por la que la prensa no dejaba de hablar. "La madre adolescente", "La diferencia de edades", "El futuro de Castaño en juego por su vida personal". Sofía había aprendido a ignorar los titulares, pero los comentarios en redes sociales a veces calaban hondo.
Un golpe rítmico y suave en la puerta de la suite la sacó de sus pensamientos. Eran tres toques rápidos, una pausa, y dos más. La señal.
Sofía corrió hacia la puerta, verificando por la mirilla antes de abrir. En cuanto giró el cerrojo, una figura alta y encapuchada se deslizó hacia el interior con la agilidad de un gato. Kevin se quitó la gorra de la Selección y cerró la puerta tras de sí, soltando un suspiro de alivio.
—¡Papi! —Emiliana se lanzó hacia sus piernas.
Kevin la atrapó en el aire, levantándola con una facilidad pasmosa. Sus brazos, cubiertos casi por completo de tinta negra con diseños intrincados que subían hasta perderse bajo la camiseta térmica, envolvieron a la pequeña con una ternura que contrastaba con su imagen de "perro de presa" en la cancha.
—Hola, mi princesa hermosa —susurró Kevin, llenándole la cara de besos mientras ella soltaba carcajadas—. ¿Te has portado bien con mamá?
—¡Sí! Pero mamá no me dejó comer más galletas —se quejó la niña, haciendo un puchero que era la viva imagen de su padre cuando le pitaban una falta injusta.
Kevin miró a Sofía por encima del hombro de la niña y sonrió. Esa sonrisa era su debilidad: comprensiva, amorosa, el refugio seguro de Sofía. Se acercó a ella y, aún con Emiliana en un brazo, rodeó la cintura de Sofía con el otro, atrayéndola para un beso largo y necesitado.
—Te extrañé —murmuró él contra sus labios—. Estar en pisos diferentes es una tortura. Néstor nos tiene vigilados como si estuviéramos en una cárcel.
—Sabes que es por el Mundial, Kev —respondió Sofía, acariciando el cuello de su novio, justo donde un tatuaje de alas rozaba la línea de su mandíbula—. Además, si te pillan aquí, te van a meter en problemas. La prensa ya está inventando bastante con lo de que nos vieron en el lobby ayer.
Kevin frunció el ceño, su paciencia, siempre escasa para los asuntos externos, empezando a flaquear.
—Que digan lo que quieran, Sofi. Eres mi mujer, es mi hija. No estoy haciendo nada malo por querer verlas diez minutos fuera del horario permitido. Me importa un bledo la diferencia de edad o lo que escriban esos chismosos.
—A mí también me da igual, pero no quiero que te afecte en el campo —dijo ella con suavidad, pasando sus manos por el pecho de Kevin, sintiendo el relieve de los tatuajes bajo la tela fina—. Eres el mejor cinco que tiene este país ahora mismo, no dejes que el ruido te desconcentre.
Kevin suspiró, dejando que la tensión abandonara sus hombros. Sofía siempre tenía esa capacidad de calmarlo, de ser la madurez que a veces a él le faltaba a pesar de ser seis años mayor. A sus veinticinco, Kevin era un hombre de contrastes: rudo en el juego, tatuado de pies a cabeza, pero un pedazo de pan dulce cuando se trataba de su familia.
—Tengo algo para ustedes —dijo él, bajando a Emiliana al suelo.
Buscó en el bolsillo de su sudadera y sacó dos pases especiales, laminados y brillantes.
—Son para el área VIP del entrenamiento de mañana. El técnico dio permiso para que las familias bajen al campo al final de la sesión. Ya no tendremos que escondernos en las sombras, al menos por un rato.
Emiliana empezó a saltar de alegría, pero pronto su energía de tres años tomó un giro rebelde. Empezó a correr por la habitación, tirando los cojines del sofá y gritando que quería ir al parque en ese mismo instante.
—Emi, cielo, para —pidió Sofía, intentando atraparla—. Está oscuro y hace mucho frío afuera.
—¡No! ¡Parque! ¡Papá, llévame! —exigió la niña, tirando del pantalón de Kevin.
Kevin se arrodilló para estar a su altura, tratando de mantener la calma.
—Escúchame, Emi. Papi tiene que irse a dormir pronto para poder jugar fútbol mañana y ganar para ti. Si te portas bien ahora, mañana te llevo a patear el balón conmigo. ¿Trato?
La niña lo miró con ojos entrecerrados, evaluando la oferta.
—¿Y me compras un helado?
—¡Emiliana! —reprendió Sofía—. No negocies con tu papá.
Kevin soltó una carcajada, aunque se notaba que el cansancio del entrenamiento y la tensión de estar escondido empezaban a pasarle factura.
—Trato hecho, pequeña negociante. Saliste igualita a tu mamá con lo de los negocios.
Después de lograr que Emiliana se calmara con un libro de cuentos, la pequeña finalmente se quedó dormida en la cama grande. Kevin y Sofía se sentaron en el pequeño balcón cerrado del hotel, mirando las luces de Vancouver.
—¿Cómo vas con los exámenes de la universidad? —preguntó Kevin, tomando la mano de Sofía.
—Difícil, Kev. Estudiar entre pañales, viajes y hoteles no es lo ideal, pero ahí voy. Quiero graduarme, quiero que Emiliana vea que yo también puedo.
—Lo vas a lograr. Eres la mujer más juiciosa que conozco —dijo él con orgullo—. A veces me siento mal de traerte de aquí para allá, de que tengas que aguantar que la gente te juzgue por ser mamá tan joven.
Sofía se recostó en su hombro, inhalando el aroma a perfume caro y sudor limpio que siempre emanaba de él.
—No me arrepiento de nada. Emiliana es lo mejor que nos pasó. Y tú... tú eres el hombre de mi vida, aunque seas un cascarrabias sin paciencia cuando pierdes un partido.
Kevin sonrió de lado, besando la coronilla de su cabeza.
—Solo pierdo la paciencia con los árbitros y con los periodistas que no saben de fútbol. Contigo... contigo soy otro.
El momento de paz fue interrumpido por el sonido de un mensaje de texto en el celular de Kevin. Era un aviso del grupo de WhatsApp del equipo. El capitán estaba pasando revista por las habitaciones.
—Mierda, me tengo que ir —dijo Kevin levantándose de un salto, su rostro reflejando la frustración de la brevedad del encuentro—. Si Mateus o James ven que no estoy, se arma el lío.
—Vete, vete ya —dijo Sofía, ayudándolo a ponerse la gorra y subiéndole la cremallera de la chaqueta—. Nos vemos mañana en el campo. Te amo.
—Te amo más, Sofi. Cuida a la gorda.
Kevin le dio un último beso, uno de esos que prometían un futuro juntos después de que la fiebre del Mundial pasara. Salió de la habitación con la misma cautela con la que entró, desapareciendo por el pasillo de servicio.
Sofía cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Caminó hacia la cama y se acostó al lado de Emiliana, observando el cabello rubio y ondulado de su hija. Afuera, el mundo seguía hablando de ellos, cuestionando su amor y su capacidad para ser padres, pero en esa habitación, rodeada por el silencio de la noche canadiense, Sofía sabía que mientras estuvieran los tres, el resto del mundo podía seguir hablando todo lo que quisiera.
Mañana sería otro día de cámaras, de chismes y de fútbol. Pero por ahora, ella solo era una joven de diecinueve años enamorada de un hombre tatuado que movía el cielo y la tierra por verlas, aunque fuera a escondidas.
Sofía se miró al espejo, suspirando mientras intentaba desenredar su larguísimo cabello negro. A sus diecinueve años, su vida no se parecía en nada a la de sus compañeras de la facultad de Negocios. Mientras ellas subían fotos de fiestas universitarias, ella estaba en un hotel de lujo en Canadá, cuidando a una niña de tres años y lidiando con el escrutinio público de ser la pareja de uno de los mediocampistas más prometedores de la Selección Colombia.
—¡Mamá, mira! ¡Papi en la tele! —gritó Emiliana, señalando la pantalla plana donde repetían los mejores momentos del último entrenamiento.
La pequeña era una mezcla fascinante de ambos: tenía la tez clara de Sofía, pero su cabello era una cascada de ondas rubias que heredó de la familia de Kevin. Era el sol de sus vidas, aunque también la razón por la que la prensa no dejaba de hablar. "La madre adolescente", "La diferencia de edades", "El futuro de Castaño en juego por su vida personal". Sofía había aprendido a ignorar los titulares, pero los comentarios en redes sociales a veces calaban hondo.
Un golpe rítmico y suave en la puerta de la suite la sacó de sus pensamientos. Eran tres toques rápidos, una pausa, y dos más. La señal.
Sofía corrió hacia la puerta, verificando por la mirilla antes de abrir. En cuanto giró el cerrojo, una figura alta y encapuchada se deslizó hacia el interior con la agilidad de un gato. Kevin se quitó la gorra de la Selección y cerró la puerta tras de sí, soltando un suspiro de alivio.
—¡Papi! —Emiliana se lanzó hacia sus piernas.
Kevin la atrapó en el aire, levantándola con una facilidad pasmosa. Sus brazos, cubiertos casi por completo de tinta negra con diseños intrincados que subían hasta perderse bajo la camiseta térmica, envolvieron a la pequeña con una ternura que contrastaba con su imagen de "perro de presa" en la cancha.
—Hola, mi princesa hermosa —susurró Kevin, llenándole la cara de besos mientras ella soltaba carcajadas—. ¿Te has portado bien con mamá?
—¡Sí! Pero mamá no me dejó comer más galletas —se quejó la niña, haciendo un puchero que era la viva imagen de su padre cuando le pitaban una falta injusta.
Kevin miró a Sofía por encima del hombro de la niña y sonrió. Esa sonrisa era su debilidad: comprensiva, amorosa, el refugio seguro de Sofía. Se acercó a ella y, aún con Emiliana en un brazo, rodeó la cintura de Sofía con el otro, atrayéndola para un beso largo y necesitado.
—Te extrañé —murmuró él contra sus labios—. Estar en pisos diferentes es una tortura. Néstor nos tiene vigilados como si estuviéramos en una cárcel.
—Sabes que es por el Mundial, Kev —respondió Sofía, acariciando el cuello de su novio, justo donde un tatuaje de alas rozaba la línea de su mandíbula—. Además, si te pillan aquí, te van a meter en problemas. La prensa ya está inventando bastante con lo de que nos vieron en el lobby ayer.
Kevin frunció el ceño, su paciencia, siempre escasa para los asuntos externos, empezando a flaquear.
—Que digan lo que quieran, Sofi. Eres mi mujer, es mi hija. No estoy haciendo nada malo por querer verlas diez minutos fuera del horario permitido. Me importa un bledo la diferencia de edad o lo que escriban esos chismosos.
—A mí también me da igual, pero no quiero que te afecte en el campo —dijo ella con suavidad, pasando sus manos por el pecho de Kevin, sintiendo el relieve de los tatuajes bajo la tela fina—. Eres el mejor cinco que tiene este país ahora mismo, no dejes que el ruido te desconcentre.
Kevin suspiró, dejando que la tensión abandonara sus hombros. Sofía siempre tenía esa capacidad de calmarlo, de ser la madurez que a veces a él le faltaba a pesar de ser seis años mayor. A sus veinticinco, Kevin era un hombre de contrastes: rudo en el juego, tatuado de pies a cabeza, pero un pedazo de pan dulce cuando se trataba de su familia.
—Tengo algo para ustedes —dijo él, bajando a Emiliana al suelo.
Buscó en el bolsillo de su sudadera y sacó dos pases especiales, laminados y brillantes.
—Son para el área VIP del entrenamiento de mañana. El técnico dio permiso para que las familias bajen al campo al final de la sesión. Ya no tendremos que escondernos en las sombras, al menos por un rato.
Emiliana empezó a saltar de alegría, pero pronto su energía de tres años tomó un giro rebelde. Empezó a correr por la habitación, tirando los cojines del sofá y gritando que quería ir al parque en ese mismo instante.
—Emi, cielo, para —pidió Sofía, intentando atraparla—. Está oscuro y hace mucho frío afuera.
—¡No! ¡Parque! ¡Papá, llévame! —exigió la niña, tirando del pantalón de Kevin.
Kevin se arrodilló para estar a su altura, tratando de mantener la calma.
—Escúchame, Emi. Papi tiene que irse a dormir pronto para poder jugar fútbol mañana y ganar para ti. Si te portas bien ahora, mañana te llevo a patear el balón conmigo. ¿Trato?
La niña lo miró con ojos entrecerrados, evaluando la oferta.
—¿Y me compras un helado?
—¡Emiliana! —reprendió Sofía—. No negocies con tu papá.
Kevin soltó una carcajada, aunque se notaba que el cansancio del entrenamiento y la tensión de estar escondido empezaban a pasarle factura.
—Trato hecho, pequeña negociante. Saliste igualita a tu mamá con lo de los negocios.
Después de lograr que Emiliana se calmara con un libro de cuentos, la pequeña finalmente se quedó dormida en la cama grande. Kevin y Sofía se sentaron en el pequeño balcón cerrado del hotel, mirando las luces de Vancouver.
—¿Cómo vas con los exámenes de la universidad? —preguntó Kevin, tomando la mano de Sofía.
—Difícil, Kev. Estudiar entre pañales, viajes y hoteles no es lo ideal, pero ahí voy. Quiero graduarme, quiero que Emiliana vea que yo también puedo.
—Lo vas a lograr. Eres la mujer más juiciosa que conozco —dijo él con orgullo—. A veces me siento mal de traerte de aquí para allá, de que tengas que aguantar que la gente te juzgue por ser mamá tan joven.
Sofía se recostó en su hombro, inhalando el aroma a perfume caro y sudor limpio que siempre emanaba de él.
—No me arrepiento de nada. Emiliana es lo mejor que nos pasó. Y tú... tú eres el hombre de mi vida, aunque seas un cascarrabias sin paciencia cuando pierdes un partido.
Kevin sonrió de lado, besando la coronilla de su cabeza.
—Solo pierdo la paciencia con los árbitros y con los periodistas que no saben de fútbol. Contigo... contigo soy otro.
El momento de paz fue interrumpido por el sonido de un mensaje de texto en el celular de Kevin. Era un aviso del grupo de WhatsApp del equipo. El capitán estaba pasando revista por las habitaciones.
—Mierda, me tengo que ir —dijo Kevin levantándose de un salto, su rostro reflejando la frustración de la brevedad del encuentro—. Si Mateus o James ven que no estoy, se arma el lío.
—Vete, vete ya —dijo Sofía, ayudándolo a ponerse la gorra y subiéndole la cremallera de la chaqueta—. Nos vemos mañana en el campo. Te amo.
—Te amo más, Sofi. Cuida a la gorda.
Kevin le dio un último beso, uno de esos que prometían un futuro juntos después de que la fiebre del Mundial pasara. Salió de la habitación con la misma cautela con la que entró, desapareciendo por el pasillo de servicio.
Sofía cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Caminó hacia la cama y se acostó al lado de Emiliana, observando el cabello rubio y ondulado de su hija. Afuera, el mundo seguía hablando de ellos, cuestionando su amor y su capacidad para ser padres, pero en esa habitación, rodeada por el silencio de la noche canadiense, Sofía sabía que mientras estuvieran los tres, el resto del mundo podía seguir hablando todo lo que quisiera.
Mañana sería otro día de cámaras, de chismes y de fútbol. Pero por ahora, ella solo era una joven de diecinueve años enamorada de un hombre tatuado que movía el cielo y la tierra por verlas, aunque fuera a escondidas.
