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H
Fandom: Batlantern dc
Creado: 10/7/2026
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UA (Universo Alternativo)FluffDolor/ConsueloHistoria DomésticaCiencia FicciónEstudio de PersonajeRomance
Alas de papel y sombras de seda
La Atalaya solía ser un santuario de tecnología punta, silencio sepulcral y el zumbido constante de los monitores que vigilaban el mundo. Pero ese martes, el cuartel general de la Liga de la Justicia parecía más una guardería caótica que una estación espacial de defensa global. El aire estaba saturado de llantos agudos, risas hiperactivas y el sonido de pies pequeños corriendo sobre el metal frío del suelo.
Brice Wayne entró en el vestíbulo principal con su paso habitual: elegante, firme y rodeada de un aura de autoridad que solía hacer que incluso los villanos más curtidos retrocedieran. Su traje de Batman —o Batwoman, como el mundo prefería llamarla, aunque ella rara vez corregía a nadie— se ceñía a su figura con la precisión de una armadura tallada. Se quitó la capucha, dejando que su melena negra cayera sobre sus hombros y revelando unos ojos azules que, en ese momento, destellaban con una mezcla de fatiga y profunda irritación.
—Dime que esto es una broma pesada de Zatanna —sentenció Brice, su voz grave y aterciopelada resonando por encima del estruendo.
Clark Kent, que sostenía a un Barry Allen de apenas cinco años por debajo de los brazos mientras el pequeño velocista pataleaba intentando alcanzar una velocidad que sus cortas piernas aún no procesaban, suspiró aliviado al verla.
—Ojalá lo fuera, Brice —respondió Clark, tratando de evitar que Barry le diera una patada en la barbilla—. El rayo de involución de la misión en el Sector 2814 no solo redujo sus cuerpos, sino que parece haber bloqueado sus recuerdos recientes. Creen que son niños de verdad.
Brice se acercó a la consola central y revisó la lista de afectados. Sus cejas se arquearon ligeramente. La lista era larga: Barry, Victor, Oliver, Shayera, Arthur, J’onn... Media Liga estaba en pañales o poco más.
—Pobres oídos —murmuró Brice, observando cómo Oliver Queen (versión siete años) intentaba disparar pajitas de plástico a una Shayera que chillaba indignada desde lo alto de una mesa.
—Me llevaré a Barry a la granja con Lois —explicó Clark, haciendo una mueca cuando el pequeño Flash soltó un grito de alegría—. Es el lugar más seguro para que corra sin romper la barrera del sonido en un pasillo cerrado. Cada miembro disponible debe hacerse cargo de uno hasta que encontremos el antídoto.
Brice asintió, escaneando la lista una vez más. Sus ojos se detuvieron en un nombre específico.
—¿Dónde está Jordan? —preguntó ella, tratando de sonar indiferente, aunque su mandíbula se tensó ligeramente.
Hal Jordan. El linterna verde. El hombre que pasaba la mitad del tiempo sacándola de quicio con su arrogancia encantadora y la otra mitad haciendo que su corazón hiciera cosas que ella prefería ignorar.
—¿Hal? —Clark señaló hacia el fondo del pasillo—. Está en la cocina. No ha dado problemas, la verdad. Está extrañamente... tranquilo.
Brice no esperó a que Clark terminara. Se dio la vuelta, con su capa ondeando tras ella como una sombra viviente. Caminó por los pasillos, esquivando a un Arthur Curry que intentaba "nadar" en una fuente de agua decorativa, y llegó a la zona de descanso.
Se preparó mentalmente para lo peor. Esperaba encontrar a un pequeño Hal Jordan llorando por su madre, o quizás intentando construir un caza de combate con las piezas del microondas, haciendo un berrinche monumental porque no funcionaba.
Sin embargo, cuando entró en la cocina, el silencio la recibió como un bálsamo.
Hal estaba allí. Tendría unos cuatro o cinco años. Su cabello castaño estaba revuelto, cayendo sobre su frente en rizos suaves. Llevaba una camiseta de la Fuerza Aérea que le quedaba como un camisón y unos pantalones cortos que amenazaban con caerse. No estaba llorando. Ni siquiera se había percatado de su presencia.
Estaba sentado en el suelo, rodeado de una flota de aviones de papel que él mismo había doblado con una precisión sorprendente para su edad.
Brice se quedó inmóvil en el umbral, observándolo. El pequeño Hal tomó uno de los aviones, lo elevó sobre su cabeza y lo hizo planear con un sonido de motor que imitaba con la boca. Sus ojos, una mezcla fascinante de marrón y verde con motas claras, brillaban con una concentración pura y soñadora.
—Fiuuuuu... —susurró el niño, moviendo el avión en espiral.
Brice sintió una puntada extraña en el pecho. Era una vulnerabilidad que nunca veía en el Hal adulto, siempre tan lleno de bravuconería. Se acercó lentamente, sus botas apenas haciendo ruido contra el suelo.
—Jordan —dijo ella suavemente.
El niño se sobresaltó, dejando caer el avión. Levantó la vista y sus ojos se agrandaron al ver a la imponente mujer vestida de negro. Brice se preparó para que el niño se asustara o saliera corriendo, pero Hal hizo algo muy distinto.
Se quedó mirándola con una curiosidad desbordante, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Holaaa —dijo Hal. Su voz era aguda, dulce y carente de cualquier rastro de miedo.
Brice se puso de cuclillas frente a él.
—¿Sabes quién soy?
Hal entrecerró los ojos, estudiándola. Se acercó un poco más, gateando sobre sus rodillas, hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. Extendió una mano pequeña y tocó la textura de la armadura en el hombro de Brice.
—Eres... la señora de las sombras —decidió él con una sonrisa traviesa que era puramente Hal Jordan—. Eres muy bonita. ¿Tienes aviones?
Brice parpadeó, descolocada por la franqueza del pequeño. A pesar de su carácter frío y calculador, sintió que sus defensas se desmoronaban. Sin decir una palabra, se inclinó hacia adelante y, con una delicadeza que rara vez mostraba, lo tomó por debajo de los brazos y lo cargó como si fuera un gatito pequeño y frágil.
Hal soltó una risita cuando fue elevado por los aires, pero en cuanto Brice lo acomodó contra su cadera, el niño infló las mejillas, indignado.
—¡No soy un bebé! —protestó, aunque sus manos se aferraron instintivamente al cuello de la capa de Brice—. ¡Puedo caminar! ¡Tengo alas!
—Ahora mismo eres mi responsabilidad, Hal —dijo Brice con firmeza, aunque su tono era más suave de lo habitual—. Y en la Atalaya no se vuela sin permiso.
—¡Jo! —Hal cruzó sus bracitos sobre el pecho, haciendo un puchero que habría derretido el hielo de la Antártida.
Brice no pudo evitarlo; una pequeña y casi imperceptible sonrisa tiró de la comisura de sus labios. Caminó hacia la salida de la cocina, pero al notar que el aire acondicionado de la estación estaba especialmente fuerte esa mañana, envolvió al pequeño con un ala de su capa de kevlar y seda, ocultándolo casi por completo excepto por su cabecita castaña.
Hal se quedó quieto de repente. El calor de la capa y el aroma a cuero y perfume caro de Brice parecieron calmarlo al instante. Apoyó la cabeza en el hombro de la mujer y suspiró.
—Hueles bien —murmuró, su extroversión natural luchando contra el sueño que empezaba a invadirlo—. ¿Me vas a llevar a ver las estrellas?
Brice caminó por el pasillo central, ignorando las miradas de asombro de los pocos miembros de la Liga que aún no habían sido convertidos en infantes. Ver a la temible Batman cargando a un niño con tanta ternura era una imagen que nadie olvidaría pronto.
—Sí, Hal —respondió ella en voz baja, casi un susurro—. Vamos a ver las estrellas.
Mientras se dirigía a sus aposentos privados en la Atalaya, sintió que el pequeño Hal se relajaba por completo en sus brazos. Él no recordaba sus peleas, sus flirteos constantes ni las misiones suicidas que habían compartido. Para él, en ese momento, ella era simplemente alguien que lo mantenía a salvo.
Y para Brice, mientras sentía la respiración pausada del niño contra su cuello, se dio cuenta de que, sin importar la edad que tuviera, Hal Jordan siempre encontraría la manera de colarse bajo su armadura.
—Solo no te acostumbres a esto, Jordan —dijo ella para sí misma, aunque sabía que, al menos por esa noche, no le importaría ser la guardiana de sus sueños de papel.
Brice Wayne entró en el vestíbulo principal con su paso habitual: elegante, firme y rodeada de un aura de autoridad que solía hacer que incluso los villanos más curtidos retrocedieran. Su traje de Batman —o Batwoman, como el mundo prefería llamarla, aunque ella rara vez corregía a nadie— se ceñía a su figura con la precisión de una armadura tallada. Se quitó la capucha, dejando que su melena negra cayera sobre sus hombros y revelando unos ojos azules que, en ese momento, destellaban con una mezcla de fatiga y profunda irritación.
—Dime que esto es una broma pesada de Zatanna —sentenció Brice, su voz grave y aterciopelada resonando por encima del estruendo.
Clark Kent, que sostenía a un Barry Allen de apenas cinco años por debajo de los brazos mientras el pequeño velocista pataleaba intentando alcanzar una velocidad que sus cortas piernas aún no procesaban, suspiró aliviado al verla.
—Ojalá lo fuera, Brice —respondió Clark, tratando de evitar que Barry le diera una patada en la barbilla—. El rayo de involución de la misión en el Sector 2814 no solo redujo sus cuerpos, sino que parece haber bloqueado sus recuerdos recientes. Creen que son niños de verdad.
Brice se acercó a la consola central y revisó la lista de afectados. Sus cejas se arquearon ligeramente. La lista era larga: Barry, Victor, Oliver, Shayera, Arthur, J’onn... Media Liga estaba en pañales o poco más.
—Pobres oídos —murmuró Brice, observando cómo Oliver Queen (versión siete años) intentaba disparar pajitas de plástico a una Shayera que chillaba indignada desde lo alto de una mesa.
—Me llevaré a Barry a la granja con Lois —explicó Clark, haciendo una mueca cuando el pequeño Flash soltó un grito de alegría—. Es el lugar más seguro para que corra sin romper la barrera del sonido en un pasillo cerrado. Cada miembro disponible debe hacerse cargo de uno hasta que encontremos el antídoto.
Brice asintió, escaneando la lista una vez más. Sus ojos se detuvieron en un nombre específico.
—¿Dónde está Jordan? —preguntó ella, tratando de sonar indiferente, aunque su mandíbula se tensó ligeramente.
Hal Jordan. El linterna verde. El hombre que pasaba la mitad del tiempo sacándola de quicio con su arrogancia encantadora y la otra mitad haciendo que su corazón hiciera cosas que ella prefería ignorar.
—¿Hal? —Clark señaló hacia el fondo del pasillo—. Está en la cocina. No ha dado problemas, la verdad. Está extrañamente... tranquilo.
Brice no esperó a que Clark terminara. Se dio la vuelta, con su capa ondeando tras ella como una sombra viviente. Caminó por los pasillos, esquivando a un Arthur Curry que intentaba "nadar" en una fuente de agua decorativa, y llegó a la zona de descanso.
Se preparó mentalmente para lo peor. Esperaba encontrar a un pequeño Hal Jordan llorando por su madre, o quizás intentando construir un caza de combate con las piezas del microondas, haciendo un berrinche monumental porque no funcionaba.
Sin embargo, cuando entró en la cocina, el silencio la recibió como un bálsamo.
Hal estaba allí. Tendría unos cuatro o cinco años. Su cabello castaño estaba revuelto, cayendo sobre su frente en rizos suaves. Llevaba una camiseta de la Fuerza Aérea que le quedaba como un camisón y unos pantalones cortos que amenazaban con caerse. No estaba llorando. Ni siquiera se había percatado de su presencia.
Estaba sentado en el suelo, rodeado de una flota de aviones de papel que él mismo había doblado con una precisión sorprendente para su edad.
Brice se quedó inmóvil en el umbral, observándolo. El pequeño Hal tomó uno de los aviones, lo elevó sobre su cabeza y lo hizo planear con un sonido de motor que imitaba con la boca. Sus ojos, una mezcla fascinante de marrón y verde con motas claras, brillaban con una concentración pura y soñadora.
—Fiuuuuu... —susurró el niño, moviendo el avión en espiral.
Brice sintió una puntada extraña en el pecho. Era una vulnerabilidad que nunca veía en el Hal adulto, siempre tan lleno de bravuconería. Se acercó lentamente, sus botas apenas haciendo ruido contra el suelo.
—Jordan —dijo ella suavemente.
El niño se sobresaltó, dejando caer el avión. Levantó la vista y sus ojos se agrandaron al ver a la imponente mujer vestida de negro. Brice se preparó para que el niño se asustara o saliera corriendo, pero Hal hizo algo muy distinto.
Se quedó mirándola con una curiosidad desbordante, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Holaaa —dijo Hal. Su voz era aguda, dulce y carente de cualquier rastro de miedo.
Brice se puso de cuclillas frente a él.
—¿Sabes quién soy?
Hal entrecerró los ojos, estudiándola. Se acercó un poco más, gateando sobre sus rodillas, hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. Extendió una mano pequeña y tocó la textura de la armadura en el hombro de Brice.
—Eres... la señora de las sombras —decidió él con una sonrisa traviesa que era puramente Hal Jordan—. Eres muy bonita. ¿Tienes aviones?
Brice parpadeó, descolocada por la franqueza del pequeño. A pesar de su carácter frío y calculador, sintió que sus defensas se desmoronaban. Sin decir una palabra, se inclinó hacia adelante y, con una delicadeza que rara vez mostraba, lo tomó por debajo de los brazos y lo cargó como si fuera un gatito pequeño y frágil.
Hal soltó una risita cuando fue elevado por los aires, pero en cuanto Brice lo acomodó contra su cadera, el niño infló las mejillas, indignado.
—¡No soy un bebé! —protestó, aunque sus manos se aferraron instintivamente al cuello de la capa de Brice—. ¡Puedo caminar! ¡Tengo alas!
—Ahora mismo eres mi responsabilidad, Hal —dijo Brice con firmeza, aunque su tono era más suave de lo habitual—. Y en la Atalaya no se vuela sin permiso.
—¡Jo! —Hal cruzó sus bracitos sobre el pecho, haciendo un puchero que habría derretido el hielo de la Antártida.
Brice no pudo evitarlo; una pequeña y casi imperceptible sonrisa tiró de la comisura de sus labios. Caminó hacia la salida de la cocina, pero al notar que el aire acondicionado de la estación estaba especialmente fuerte esa mañana, envolvió al pequeño con un ala de su capa de kevlar y seda, ocultándolo casi por completo excepto por su cabecita castaña.
Hal se quedó quieto de repente. El calor de la capa y el aroma a cuero y perfume caro de Brice parecieron calmarlo al instante. Apoyó la cabeza en el hombro de la mujer y suspiró.
—Hueles bien —murmuró, su extroversión natural luchando contra el sueño que empezaba a invadirlo—. ¿Me vas a llevar a ver las estrellas?
Brice caminó por el pasillo central, ignorando las miradas de asombro de los pocos miembros de la Liga que aún no habían sido convertidos en infantes. Ver a la temible Batman cargando a un niño con tanta ternura era una imagen que nadie olvidaría pronto.
—Sí, Hal —respondió ella en voz baja, casi un susurro—. Vamos a ver las estrellas.
Mientras se dirigía a sus aposentos privados en la Atalaya, sintió que el pequeño Hal se relajaba por completo en sus brazos. Él no recordaba sus peleas, sus flirteos constantes ni las misiones suicidas que habían compartido. Para él, en ese momento, ella era simplemente alguien que lo mantenía a salvo.
Y para Brice, mientras sentía la respiración pausada del niño contra su cuello, se dio cuenta de que, sin importar la edad que tuviera, Hal Jordan siempre encontraría la manera de colarse bajo su armadura.
—Solo no te acostumbres a esto, Jordan —dijo ella para sí misma, aunque sabía que, al menos por esa noche, no le importaría ser la guardiana de sus sueños de papel.
