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Par de Celosos

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 11/7/2026

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Corazones en Contraguardia

El aire en el campo de entrenamiento del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio vibraba con una energía casi palpable. No era energía maldita, al menos no del todo, sino la pura fuerza cinética liberada por dos cuerpos llevados al límite de su capacidad física. El sonido seco de un puño impactando contra un antebrazo resonó como un trueno, seguido por el silbido metálico de una naginata cortando el aire.

Yuji Itadori, con una sonrisa sudorosa pegada al rostro, esquivó por poco la punta del arma de Maki Zenin. Sus músculos, tensos bajo la tela de su uniforme, respondían con una velocidad y una potencia que desafiaban la lógica humana. Retrocedió de un salto, aterrizando con la ligereza de un gato a pesar de su constitución robusta, y se preparó para el siguiente asalto.

—¡Casi me das, Maki-san! —gritó, su voz llena de una euforia contagiosa—. ¡Ese último movimiento fue increíble!

Maki, por su parte, giró el arma larga con una maestría que hipnotizaba. Su cola de caballo se balanceaba como un péndulo oscuro con cada movimiento fluido y letal. Una pequeña sonrisa, afilada y llena de satisfacción, tiraba de la comisura de sus labios. Sus gafas, que le permitían ver el mundo de las maldiciones que su linaje le negaba, estaban ligeramente empañadas por el esfuerzo.

—«Casi» no cuenta, Itadori —replicó, su voz firme y clara—. Si fueras una maldición, ya estarías partido en dos. ¡No te distraigas!

Sin más aviso, se lanzó hacia adelante. No era solo la fuerza de su restricción celestial lo que la hacía formidable, sino la inteligencia con la que la aplicaba. Cada paso, cada finta, cada golpe estaba calculado para explotar la más mínima apertura. Yuji, sin embargo, era un compañero de baile perfecto para esa danza destructiva. Su físico abrumador y sus instintos de combate, pulidos en batallas a vida o muerte, le permitían no solo sobrevivir a los ataques de Maki, sino también disfrutar del desafío.

Intercambiaron una ráfaga de golpes. Yuji desvió la naginata con el dorso de la mano, la energía maldita fluyendo para reforzar el punto de impacto, y contraatacó con una patada baja que Maki saltó con agilidad. Mientras ella estaba en el aire, él intentó un puñetazo al torso, pero ella usó el asta de su arma para bloquearlo, absorbiendo una fuerza que habría hecho añicos los huesos de una persona normal. Aterrizó, giró sobre sí misma y el extremo de la naginata barrió el suelo, obligando a Yuji a dar un salto mortal hacia atrás.

Se detuvieron, a varios metros de distancia, ambos jadeando ligeramente, con el sudor brillando en sus frentes. La tensión del combate se disipó tan rápido como había llegado, reemplazada por una camaradería sencilla y genuina.

—De acuerdo, de acuerdo, un descanso —dijo Yuji, levantando las manos en señal de rendición amistosa mientras se reía—. Eres un monstruo, Maki-san. En el buen sentido.

—Tú tampoco te quedas atrás, saco de músculos —contestó Maki, apoyando la naginata en su hombro. La sonrisa en su rostro era ahora más abierta, menos contenida—. Eres el único, aparte de Panda, que puede seguirme el ritmo sin que tenga que preocuparme por romperte. Es… refrescante.

—¡Lo mismo digo! —exclamó Yuji, secándose la frente con la manga de su sudadera—. ¡Es increíble poder ir con todo!

Se sentaron en el suelo de madera del patio, uno al lado del otro, compartiendo una botella de agua y comentando la sesión. Hablaban de técnicas, de puntos ciegos, de cómo mejorar su sincronización. Era una conversación de guerreros, simple y directa, salpicada de risas y bromas. Para ellos, era solo eso: un entrenamiento productivo y divertido entre amigos.

Pero a cierta distancia, ocultos a medias por la sombra de un edificio del campus, dos pares de ojos observaban la escena con una intensidad que no tenía nada de amistosa.

***

La tensión se podía cortar con un cuchillo. O, en el caso de Nobara Kugisaki, probablemente con uno de sus clavos infundidos de energía maldita. Estaba de pie, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, y su pie derecho golpeaba el suelo con un ritmo impaciente y furioso. Su mirada naranja, normalmente llena de una confianza desafiante, estaba ahora afilada como un fragmento de vidrio, fija en la pareja que reía en el centro del patio.

—Mira qué bien se lo pasan —murmuró para sí misma, su voz un siseo bajo y peligroso—. Como si fueran los mejores amigos del mundo. Qué ridículo.

A su lado, Yuta Okkotsu ofrecía un contraste perfecto a su ira explosiva. Si la molestia de Nobara era un incendio forestal, la suya era un bloque de hielo formándose lentamente en su pecho. Estaba encorvado, más de lo habitual, con las manos metidas en los bolsillos de su holgada chaqueta blanca. Sus ojos oscuros, enmarcados por las características ojeras que delataban su perpetua ansiedad, estaban fijos en Maki. Concretamente, en la sonrisa relajada y genuina de Maki, una visión tan rara y preciosa que verla dirigida a otra persona dolía físicamente.

No decía nada. Solo observaba, y el nudo en su estómago se apretaba un poco más con cada risa que compartían Yuji y Maki. Sentía el zumbido inquieto de Rika en el fondo de su conciencia, un eco de su propia agitación.

Nobara finalmente pareció notar la presencia silenciosa de Yuta. Lo miró de reojo, su expresión endurecida suavizándose una fracción de segundo al ver la miseria pintada en el rostro del hechicero de grado especial. Reconoció en él el mismo sentimiento agrio que le retorcía las entrañas.

—Parecen… cercanos últimamente —dijo Yuta, su voz apenas un susurro. Era una afirmación, no una pregunta.

—«Cercanos» es una forma de decirlo —espetó Nobara, volviendo su mirada fulminante hacia el patio—. Yo diría que Itadori ha olvidado que tiene novia. ¿Y qué es eso de «eres el único que puede seguirme el ritmo»? ¡Qué cliché tan estúpido! ¡Como si estuvieran en una película de acción barata!

Yuta se estremeció ligeramente ante la vehemencia de sus palabras, pero no la contradijo. Porque, en el fondo, pensaba lo mismo. Maki era fuerte, increíblemente fuerte. Yuji era fuerte, de una manera casi antinatural. Tenía sentido que entrenaran juntos. Era lógico. Pero la lógica no hacía nada para calmar el dolor sordo en su corazón al verlos compartir una botella de agua, sus hombros casi rozándose, tan cómodos en la presencia del otro. Siempre había admirado a Maki, la había querido desde que ella fue una de las primeras personas en aceptarlo. Verla ahora, compartiendo esa camaradería tan física y fácil con Itadori… dolía. Dolía mucho.

—Ella… se ve feliz —murmuró Yuta, y la frase le salió con más amargura de la que pretendía.

Nobara bufó, un sonido corto y despectivo.

—Él también. El idiota se ríe como si le acabaran de regalar un suministro infinito de películas. —Hizo una pausa, y su tono se volvió un poco más bajo, más vulnerable—. Mi relación con ese cabeza hueca es lo más estable y a la vez lo más caótico que he tenido. No voy a dejar que se ponga raro por un montón de entrenamiento sudoroso.

Yuta asintió en silencio. Él tampoco quería que las cosas se pusieran raras. Quería a Maki. La quería de verdad. Pero era tímido, y ella era… ella era Maki. Fuerte, independiente, y aparentemente ajena a sus sentimientos. O tal vez no ajena, sino simplemente no interesada. Y ahora, este nuevo vínculo con Itadori parecía levantar un muro aún más alto entre ellos.

No dijeron nada más. Simplemente se quedaron allí, dos almas celosas compartiendo una miseria silenciosa, observando cómo sus respectivas personas importantes parecían gravitar la una hacia la otra, ajenas al pequeño infierno que estaban creando sin saberlo.

***

—¡Oye, Kugisaki! ¡Okkotsu-senpai! —La voz de Yuji resonó por el patio, brillante y despreocupada. Se había puesto de pie y los saludaba con la mano, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Vais a uniros? ¡Maki-san casi me arranca la cabeza! ¡Es genial!

La sonrisa de Yuji vaciló y luego se desvaneció lentamente al ver sus reacciones. Nobara ni siquiera le devolvió el saludo; simplemente le lanzó una mirada que podría congelar el infierno y se dio la vuelta, marchándose con pasos rígidos y enfadados. Yuta, por su parte, ofreció una pequeña e incómoda inclinación de cabeza antes de murmurar una excusa y seguir a Nobara, aunque a un ritmo mucho menos agresivo.

Yuji se quedó allí, con la mano todavía en el aire, parpadeando confundido.

—¿Eh? ¿He dicho algo malo?

Maki, que se había levantado con más calma, soltó un suspiro largo y cansado. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, una expresión de exasperación grabada en su rostro. Ella, a diferencia de Yuji, había captado la atmósfera al instante.

—Eres un idiota, Itadori.

—¡Oye! ¿Por qué? ¿Qué he hecho? —preguntó él, genuinamente perplejo.

—No es lo que has hecho, es lo que han visto —dijo ella, señalando con la barbilla en la dirección por la que se habían ido—. Mira sus caras. Parecían un par de cachorros abandonados bajo la lluvia.

Yuji procesó sus palabras, rebobinando mentalmente la escena. La mirada gélida de Nobara. La postura encorvada y la expresión dolida de Yuta. Y luego, la imagen de él y Maki riendo, compartiendo agua, tan absortos en su mundo de entrenamiento. La comprensión lo golpeó como un Puño Divergente.

—¡Oh, no! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡No puede ser! ¿Crees que… crees que están celosos?

—¿Tú qué crees, genio? —replicó Maki con sarcasmo—. Nos ven aquí, sudando y riéndonos como dos tontos, hablando de lo «refrescante» que es poder golpearnos. Desde su perspectiva, no parece un simple entrenamiento.

—¡Pero si solo estábamos entrenando! —se defendió Yuji, sintiendo una punzada de culpa—. ¡Tú eres increíblemente fuerte y yo también, tiene sentido que entrenemos juntos! ¡No hay nada más!

—Lo sé yo y lo sabes tú —concedió Maki, cruzándose de brazos—. Pero ellos no lo saben. Y, sinceramente, ver la cara de perro apaleado de Yuta es… molesto.

Había una nota de algo más en su voz cuando dijo el nombre de Yuta, una suavidad casi imperceptible que Yuji, ahora alerta a los matices, no pasó por alto. Se miraron el uno al otro por un momento, un entendimiento silencioso pasando entre ellos. Eran camaradas, monstruos físicos que se entendían en el campo de batalla, pero eso era todo. Sus corazones, claramente, pertenecían a otras personas.

—Tenemos que arreglarlo —dijo Yuji con determinación—. No me gusta ver a Kugisaki así. Parece que va a empezar a usarme de diana para sus clavos.

—Y yo no tengo ganas de aguantar el ambiente de funeral que Okkotsu va a traer consigo a todas partes —añadió Maki—. De acuerdo. Hay que tomar cartas en el asunto.

—¿Qué hacemos? ¿Hablamos con ellos? —sugirió Yuji—. Podemos explicarles que solo somos compañeros de entrenamiento.

Maki negó con la cabeza.

—Demasiado simple. Y parecerá que nos estamos excusando, lo que solo los hará sospechar más. —Se quedó pensativa un momento, su mente estratégica trabajando—. No. Las palabras no servirán. Necesitamos acciones. Tenemos que demostrarles, no decirles, dónde están nuestras prioridades.

Una idea comenzó a formarse en su mente. Miró a Yuji, una chispa de astucia en sus ojos.

—Tú te encargarás de Kugisaki. Yo me encargaré de Okkotsu. Y no quiero un «lo siento» torpe. Quiero un gesto. Algo que le demuestre que, aunque entrenes conmigo, ella es en quien piensas.

Yuji asintió, su expresión seria. Entendía. No se trataba de apaciguar, sino de reafirmar.

—Y tú con Okkotsu-senpai —dijo él—. ¿Qué harás?

Maki apartó la vista, un rubor casi invisible tiñendo la punta de sus orejas.

—Eso es asunto mío. Tú solo concéntrate en tu novia antes de que decida redecorar tu habitación con un martillo.

—¡Entendido! —declaró Yuji, su energía renovada con un propósito claro—. ¡Operación: Calmar a un Par de Celosos, en marcha!

Maki simplemente puso los ojos en blanco, pero una diminuta sonrisa tiró de sus labios. Quizás la idiotez de Itadori era contagiosa, pero al menos era una idiotez con buenas intenciones.

***

Yuji encontró a Nobara más tarde ese día, en su habitación. Estaba sentada en su cama, puliendo meticulosamente su martillo con un paño, ignorándolo por completo cuando él entró. El aire en la habitación era gélido.

—Oye, Kugisaki —empezó él, rascándose la nuca con nerviosismo.

Ella no respondió. El único sonido era el suave roce del paño contra el metal.

Yuji respiró hondo. Maki tenía razón. Una explicación directa sería un desastre. Tenía que usar otro enfoque. El enfoque «Itadori».

—He estado pensando —dijo, su tono cambiando a uno más animado y conspirador—. Entrenar es genial y todo eso, pero me he dado cuenta de que llevamos demasiado tiempo sin hacer algo estúpido y divertido juntos.

Nobara se detuvo. Levantó la vista lentamente, sus ojos entrecerrados con sospecha.

—¿A qué te refieres con «estúpido y divertido»?

—¡Me refiero a una misión! —anunció él, sonriendo—. Una misión de vital importancia en el corazón de Tokio. Objetivo: causar el caos en el distrito comercial, aterrorizar a las tarjetas de crédito y hacer que las tiendas de ropa lloren de alegría por nuestras compras. ¿Qué me dices?

La expresión de Nobara no cambió, pero Yuji pudo ver un minúsculo destello de interés en sus ojos. Ir de compras era su lenguaje de amor, su terapia, su campo de batalla preferido fuera de la hechicería. Apelar a eso era un golpe maestro.

—¿Y por qué de repente ese interés en mis pasatiempos? —preguntó, su tono todavía afilado, pero la pregunta en sí era una concesión.

—Porque me apetece —respondió Yuji con una sinceridad aplastante—. Porque me gusta verte cuando te pruebas ropa ridícula y pones cara de experta en moda. Porque eres más divertida que nadie cuando te quejas de los precios. Porque te echo de menos.

La última frase la dijo en voz más baja, y fue esa la que finalmente rompió el hielo. La armadura de enfado de Nobara se agrietó. Dejó el martillo a un lado y lo miró fijamente, buscando cualquier rastro de falsedad. No encontró ninguno. Solo la cara abierta y honesta de Yuji.

Soltó un suspiro dramático.

—Está bien, idiota. Pero pagas tú. Y quiero crepes. De los caros. Con doble de fresas y nata.

—¡Trato hecho! —exclamó Yuji, su alivio tan evidente que era casi cómico.

La tarde fue un torbellino de bolsas de papel, luces de neón y el bullicio de Shibuya. Tal como Yuji había predicho, Nobara se transformó. En su elemento, era una fuerza de la naturaleza. Arrastró a Yuji de tienda en tienda, dictando sentencias de moda sobre cada prenda, obligándolo a probarse atuendos que iban desde lo extravagantemente elegante hasta lo absolutamente ridículo. Yuji aguantó todo con una sonrisa, ofreciendo opiniones tontas que la hacían poner los ojos en blanco, pero también reír.

Comieron crepes carísimos sentados en un banco, viendo pasar a la gente. Hablaron de todo y de nada: de las últimas misiones, de lo molesto que era Megumi cuando se ponía filosófico, de qué película verían esa noche. La tensión de la mañana se había evaporado por completo, reemplazada por la familiar y caótica comodidad de su relación.

Mientras caminaban de regreso hacia el Colegio al atardecer, con Yuji cargando una cantidad absurda de bolsas, se hizo un silencio tranquilo entre ellos.

—Sabes… —empezó Yuji, eligiendo sus palabras con cuidado—. Entrenar con Maki-san es útil. Es la única que puede seguirme el ritmo sin que me preocupe por romperle algo. Es como tener un compañero de sparring perfecto.

Nobara se tensó ligeramente, pero no dijo nada, esperando a que continuara.

—Pero… —añadió él, girándose para mirarla, su expresión completamente seria—. No es divertido. No como esto. Golpear cosas es una cosa, pero causar el caos contigo, verte feliz mientras eliges un vestido nuevo… eso es mucho mejor. Nadie es tan divertido como tú, Kugisaki.

Nobara se quedó quieta, las luces de la ciudad reflejándose en sus ojos. Por un momento, Yuji pensó que había dicho algo incorrecto. Pero entonces, ella sonrió. Una sonrisa pequeña, genuina, que suavizó sus rasgos. Le dio un puñetazo suave en el brazo.

—Claro que no, idiota. Nadie es tan divertido como yo —dijo, su tono de nuevo lleno de su confianza habitual—. Y más te vale que no se te olvide. Ahora, ¡camina más rápido! Estas bolsas no se van a llevar solas a mi habitación.

Yuji sonrió, sintiendo que el peso del mundo se le quitaba de los hombros. Misión cumplida.

***

El enfoque de Maki fue, como era de esperar, completamente diferente. No hubo salidas a la ciudad ni gestos grandilocuentes. Su método era más directo, más afilado, más… Maki.

Encontró a Yuta en una de las áreas de entrenamiento interiores, practicando solo con su katana. Sus movimientos eran fluidos y precisos, pero carecían de su convicción habitual. Estaba claramente distraído, su mente en otra parte. Rika no se había manifestado, pero Yuta sentía su presencia inquieta, un reflejo de su propio estado de ánimo.

Maki se acercó en silencio, observándolo durante unos segundos antes de hablar.

—Tus pies están mal plantados. Te desequilibras en el giro.

Yuta se sobresaltó, casi dejando caer la katana. Se giró, sorprendido, al verla allí.

—Maki-san… yo…

Ella lo interrumpió, no con dureza, sino con su eficiencia característica. Le arrojó un objeto. Yuta lo atrapó por puro instinto. Era una herramienta maldita: un par de guanteletes de metal oscuro, grabados con sellos intrincados. Eran compactos pero irradiaban una energía densa.

—Toma —dijo ella, sin rodeos—. Los encontré en el almacén. Están diseñados para canalizar y amplificar la energía maldita en combate cuerpo a cuerpo. Pensé que te vendrían bien para practicar con Rika sin tener que depender siempre de la katana.

Yuta miró los guanteletes y luego a Maki, desconcertado. Era un regalo increíblemente considerado. No era algo que ella hubiera cogido al azar; era algo que había elegido específicamente para él, pensando en su estilo de lucha y en su conexión con Rika.

—Yo… gracias, Maki-san. Son… son perfectos.

—Lo sé —dijo ella. Luego, cruzó los brazos y lo miró fijamente, su mirada intensa—. Y ahora, Okkotsu. Deberías dejar de poner esa cara de funeral. Es irritante.

Yuta se encogió un poco. —¿Cara de funeral?

—Sí. Esa. La que pones cuando te preocupas demasiado —dijo ella, su tono tan afilado como siempre. Se acercó un paso más—. Itadori es solo un saco de boxeo con patas que aguanta mis golpes. Es útil, nada más. Un compañero de entrenamiento conveniente porque no se rompe. Fin de la historia.

Las palabras eran duras, casi despectivas hacia Yuji, pero Yuta entendió el verdadero mensaje. No era un insulto para Itadori, era una reafirmación para él. Era la forma que tenía Maki de decir: «No significa nada».

Para rematar, levantó la barbilla en un gesto de desafío.

—Si tanto te molesta, ven y entrena conmigo. Ahora mismo. A ver si puedes seguirme el ritmo sin lloriquear.

No era solo un desafío. Era una invitación. Era su forma de cerrar la distancia que él sentía que se había abierto entre ellos. Era ella diciendo: «Quiero pasar este tiempo contigo».

Una pequeña sonrisa, la primera genuina que había tenido en todo el día, se dibujó en el rostro de Yuta. Se deslizó los guanteletes en las manos. Encajaban a la perfección.

—Acepto el reto, Maki-san.

Su combate fue una obra de arte. A diferencia de la brutal prueba de fuerza entre Maki y Yuji, esto era una danza de técnica y poder. Maki, con su arsenal de armas que cambiaba con una velocidad cegadora. Yuta, con su katana y los nuevos guanteletes, canalizando la energía de Rika no como una explosión abrumadora, sino como una extensión precisa de su voluntad.

Se movían por la sala como dos fuerzas opuestas y complementarias. El choque del metal, el zumbido de la energía maldita, la concentración absoluta en los ojos de ambos. No había risas ni charlas, solo el profundo respeto y la comprensión que siempre habían compartido en el combate.

Cuando finalmente se detuvieron, sudorosos y sin aliento, se sentaron en el suelo, no uno al lado del otro como ella había hecho con Yuji, sino uno frente al otro. El silencio que se instaló no era incómodo, sino lleno de todo lo que no necesitaban decir.

Fue Yuta quien lo rompió, su voz suave pero firme.

—Es que… parecías muy feliz esta mañana.

Maki no respondió de inmediato. Apartó la vista, y en la luz tenue del gimnasio, Yuta pudo ver un leve rubor que le subía por el cuello hasta las mejillas. Era la visión más vulnerable y hermosa que había presenciado.

—Soy feliz cuando puedo golpear algo sin contenerme —admitió ella, su voz más baja de lo normal—. Me hace sentir… fuerte. Real. —Hizo una pausa, y luego sus ojos volvieron a encontrarse con los de él. Eran serios, increíblemente sinceros—. Pero eso no es lo mismo. —Su mirada se desvió por un instante al espacio entre ellos dos—. No es lo mismo que esto.

No dijo «que estar contigo». No dijo «que nosotros». No necesitaba hacerlo. Yuta lo entendió todo. El calor que se extendió por su pecho no tenía nada que ver con Rika. Era suyo, propio y abrumador.

—Lo sé —respondió él, y su sonrisa se amplió—. Para mí tampoco lo es.

***

Más tarde esa noche, los caminos de las dos parejas se cruzaron en uno de los pasillos del campus.

Yuji caminaba un par de pasos detrás de Nobara, sus brazos cargados con al menos una docena de bolsas de diferentes tiendas. Tenía una expresión de agotamiento feliz, como un soldado que regresa de una campaña victoriosa pero agotadora. Nobara caminaba delante, con la cabeza alta, inspeccionando un nuevo brillo de labios que se había comprado.

Al mismo tiempo, Maki y Yuta venían de la dirección opuesta. Caminaban en silencio, uno al lado del otro. No se tocaban, pero el espacio entre ellos ya no se sentía como un abismo, sino como un campo magnético, una conexión invisible pero palpable. Yuta ya no estaba encorvado, y Maki parecía… tranquila.

Cuando los cuatro se encontraron, se detuvieron por un momento.

Nobara miró a Maki de arriba abajo y luego a Yuta. Levantó una ceja.

—Entrenamiento nocturno, ¿eh? Qué dedicados.

—Alguien tiene que mantenerlo en forma —respondió Maki, su tono neutral, pero sus ojos se encontraron con los de Yuji por encima de las cabezas de los otros dos.

En esa fracción de segundo, compartieron una mirada. Una mirada de mutuo entendimiento, de camaradería y de éxito. No había romance, ni celos, ni confusión. Solo el reconocimiento silencioso de un trabajo bien hecho.

*Misión cumplida*, parecía decir la mirada de Yuji.

*No te acostumbres a que te ayude a arreglar tus líos amorosos, idiota*, replicaba silenciosamente la de Maki.

Yuta le sonrió tímidamente a Nobara. Yuji le guiñó un ojo a Maki por encima de la montaña de bolsas. Los malentendidos se habían disipado, reemplazados por una comprensión más profunda. Las espadas habían sido envainadas, los martillos guardados, y los corazones, que habían estado brevemente en guardia, ahora latían un poco más tranquilos, un poco más seguros en sus respectivos lugares.
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