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Humano y híbrido

Fandom: Los originales y lobos adolescente

Creado: 15/7/2026

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El aroma de los pinos y el sarcasmo

La carretera interestatal era una cinta gris que parecía no tener fin bajo el cielo plomizo de Virginia. Stiles Stilinski golpeó el volante de su destartalado Jeep con rítmica frustración. El motor emitía un quejido que conocía demasiado bien: el sonido de algo que está a punto de rendirse.

—Vamos, Roscoe, no me hagas esto ahora —murmuró Stiles, apretando los dientes—. Estamos a cientos de kilómetros de Beacon Hills y a otros cientos de cualquier lugar que no huela a vaca muerta.

El Jeep tosió una última vez y, con un suspiro de humo negro, se detuvo en el arcén. Stiles se dejó caer contra el respaldo, cerrando los ojos. Había dejado su hogar buscando un respiro de lo sobrenatural, de los jinetes fantasma, de las muertes y de la constante sensación de que el mundo iba a acabar el próximo martes. Solo quería un viaje por carretera, él solo, su sarcasmo y quizás demasiada comida rápida.

Al bajar del coche, el aire frío de la tarde lo golpeó. Abrió el capó, solo para ser recibido por una nube de vapor.

—Genial. Fantástico. Es exactamente lo que pedí en mi lista de deseos para "cómo morir varado en medio de la nada" —dijo al aire, agitando las manos para disipar el humo.

Apenas unos minutos después, el sonido de un motor potente y elegante rompió el silencio del bosque. Un SUV negro, impecable y brillante, se detuvo suavemente detrás de su Jeep. Stiles se tensó por instinto. En su experiencia, los extraños que se detenían en carreteras desiertas solían tener colmillos, garras o un deseo ferviente de sacrificarlo en un ritual celta.

La puerta del conductor se abrió y un hombre bajó. Vestía una chaqueta de cuero oscura sobre una camisa impecable. Tenía el cabello rubio ceniza, despeinado con estilo, y una mirada que parecía haber visto el nacimiento y la caída de civilizaciones. No era solo atractivo; emanaba un aura de peligro tan palpable que los vellos de los brazos de Stiles se erizaron.

—Parece que tienes un pequeño problema mecánico, muchacho —dijo el hombre. Su voz era profunda, con un acento británico que arrastraba las palabras con una elegancia letal.

Stiles parpadeó, tratando de recuperar su compostura habitual.

—¿Un pequeño problema? Oh, no. Esto es solo una máquina de humo portátil que instalé para mis entradas dramáticas. El fuego real viene después si no encuentro una llave inglesa.

El desconocido arqueó una ceja, visiblemente divertido. Se acercó al Jeep con una gracia depredadora, ignorando el calor que emanaba del motor.

—Tienes una lengua bastante afilada para alguien que está varado y solo. ¿No te han enseñado que es peligroso hablarle así a los extraños en la carretera?

—Bueno, técnicamente mi padre es el sheriff, así que el peligro y yo somos como primos lejanos que se ven en Navidad —respondió Stiles, aunque su corazón latía con fuerza contra sus costillas.

El hombre se inclinó sobre el motor, echando un vistazo rápido. Sus ojos se entrecerraron un segundo, y Stiles tuvo la extraña sensación de que este hombre no necesitaba herramientas para arreglar nada; parecía el tipo de persona que simplemente ordenaba al mundo que funcionara y el mundo obedecía.

—Soy Klaus —dijo el hombre, sin mirar atrás.

—Stiles. Y sí, es mi nombre real, antes de que preguntes. Bueno, no es mi nombre de pila, pero nadie puede pronunciar el otro sin invocar a un demonio polaco.

Klaus soltó una risa seca, un sonido que no llegaba del todo a sus ojos, pero que suavizaba la dureza de sus facciones.

—Un placer, Stiles. Lamentablemente, tu vehículo ha decidido que su viaje termina aquí. La junta de la culata está destrozada.

Stiles suspiró, dejando caer los hombros.

—Por supuesto que sí. ¿Por qué iba a ser algo fácil como un cambio de aceite?

—Hay un pequeño pueblo a unos veinte kilómetros —continuó Klaus, limpiándose las manos con un pañuelo de seda que sacó de su bolsillo—. Puedo llevarte. Hay una posada decente y un mecánico que, con el incentivo adecuado, podría tener las piezas mañana.

Stiles lo miró con desconfianza. Había algo en Klaus que gritaba "depredador alfa", algo que le recordaba a Derek Hale pero elevado a la enésima potencia y con mucho mejor gusto para la ropa.

—¿Y por qué harías eso? No pareces el tipo de buen samaritano que ayuda a humanos desamparados por la bondad de su corazón.

Klaus se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Stiles. El joven humano pudo oler el aroma a sándalo, sangre vieja y poder. Klaus lo estudió con una curiosidad que hizo que Stiles se sintiera como un espécimen bajo un microscopio.

—Me gusta tu honestidad —admitió Klaus en un susurro—. Y para ser sincero, estoy viajando solo para alejarme de las sofocantes responsabilidades de mi familia. Tu charla incesante podría ser el entretenimiento que necesito para no aburrirme en el camino.

—¿Entonces soy tu bufón personal por hoy? —Stiles forzó una sonrisa—. Bueno, cobro caro, pero por un viaje al pueblo, haré una excepción.

Tras cerrar el Jeep y recoger su mochila, Stiles se subió al lujoso coche de Klaus. El interior olía a cuero nuevo y a algo antiguo. Mientras se alejaban, Stiles no pudo evitar notar la forma en que Klaus conducía: con una calma absoluta, como si fuera el dueño de cada centímetro de asfalto.

—¿Y qué hace alguien como tú viajando solo por Virginia? —preguntó Stiles, rompiendo el silencio tras cinco minutos.

—A veces, el peso de ser el pilar de una familia se vuelve insoportable —respondió Klaus, mirando al frente—. Todos esperan que sea el monstruo que los proteja, pero nadie quiere ver los dientes cuando no hay enemigos cerca. ¿Y tú, Stiles? Hueles a miedo y a pólvora, y sin embargo, aquí estás, desafiando a un extraño.

Stiles se removió en el asiento, incómodo.

—¿Huelo a miedo? ¿Qué eres, un sumiller de emociones? —Trató de desviar el tema—. Solo necesitaba aire. Beacon Hills es... complicado. Demasiados recuerdos de personas que ya no están.

Klaus giró la cabeza brevemente, y por un segundo, Stiles vio una chispa de comprensión en sus ojos claros. Una soledad compartida que no necesitaba palabras.

—La pérdida es una carga pesada —dijo Klaus—. Especialmente para alguien tan joven... y tan frágil.

—Oye, no soy frágil —protestó Stiles—. He sobrevivido a posesiones demoníacas, hombres lobo psicópatas y a los exámenes finales de química. Soy como una cucaracha, difícil de matar.

Klaus soltó una carcajada auténtica esta vez.

—Una cucaracha. Qué analogía tan encantadora.

Llegaron al pueblo, un lugar pintoresco llamado Falls Church, justo cuando el sol comenzaba a ocultarse. Klaus se detuvo frente a una posada de aspecto histórico.

—Te quedarás aquí —ordenó Klaus, más que sugirió—. Yo haré unas llamadas para tu coche.

—No tienes que hacer eso, en serio —dijo Stiles, bajando del coche—. Ya has hecho suficiente evitando que muera de hipotermia o devorado por un puma imaginario.

Klaus bajó también y caminó hacia él. La iluminación de las farolas de la calle proyectaba sombras largas sobre su rostro, haciéndolo parecer una estatua de mármol.

—No lo hago por ti, Stiles. Lo hago por mí. Me has resultado... refrescante.

Stiles sintió un calor extraño subir por su cuello. No estaba acostumbrado a este tipo de atención, y menos de alguien que irradiaba tanto poder y peligro. Su inexperiencia en estas lides era evidente; nunca había sido el centro de atención de alguien tan magnético.

—Bueno, yo... gracias. Supongo.

—Cenaremos en una hora —dijo Klaus, dándose la vuelta—. No llegues tarde. No me gusta que me hagan esperar.

Stiles se quedó de pie en la acera, viendo cómo el Original entraba en la posada con la confianza de un rey.

—¿Cenaremos? —susurró Stiles para sí mismo—. ¿Acabo de ser invitado a una cita por un posible asesino en serie con acento británico? Genial, Stiles. Tu instinto de supervivencia está de vacaciones en las Bahamas.

Sin embargo, a pesar de sus palabras, una sonrisa involuntaria tiró de las comisuras de sus labios. Había algo en Klaus, una vulnerabilidad oculta tras capas de frialdad y arrogancia, que lo atraía de una manera que no podía explicar.

La cena fue una experiencia surrealista. Klaus había reservado la mesa más apartada del restaurante de la posada. Hablaron durante horas. Stiles, fiel a su naturaleza, no dejó de hablar, contando anécdotas de su vida (omitiendo los detalles más sangrientos de lo sobrenatural, aunque sospechaba que Klaus sabía más de lo que admitía). Klaus, por su parte, escuchaba con una intensidad que hacía que Stiles se sintiera la única persona en el mundo.

—Eres un enigma, Stiles Stilinski —dijo Klaus, observando cómo el joven peleaba con un trozo de filete—. No tienes poderes, no tienes armas, y sin embargo, te enfrentas al mundo con nada más que tu ingenio.

—Es mi arma secreta —respondió Stiles, dejando el tenedor—. Además, ser el tipo normal en un grupo de superhéroes te da una perspectiva única. Ves las grietas antes que nadie.

—¿Y qué grietas ves en mí? —preguntó Klaus, inclinándose hacia delante. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.

Stiles tragó saliva. El aire entre ellos se volvió denso.

—Veo a alguien que está cansado de estar solo —dijo Stiles en voz baja, perdiendo por un momento su escudo de sarcasmo—. Veo a alguien que construye muros tan altos que se ha olvidado de cómo salir de ellos. Eres poderoso, Klaus, todo el mundo parece tenerte miedo. Pero el miedo no es lo mismo que el respeto, y definitivamente no es lo mismo que el amor.

El silencio que siguió fue sepulcral. Klaus se tensó, y por un momento, Stiles pensó que había cruzado una línea que lo llevaría directamente a la tumba. Pero entonces, la expresión de Klaus se suavizó.

—Tienes una perspicacia aterradora —admitió el hibrido—. Mi familia... siempre decimos "por siempre y para siempre". Es nuestra promesa y nuestra maldición. Pero en ese "siempre", a menudo nos perdemos a nosotros mismos.

—A veces, el "siempre" necesita un descanso —sugirió Stiles, extendiendo una mano sobre la mesa, dudando antes de dejarla cerca de la de Klaus—. Como un viaje por carretera. O una cena con un humano sarcástico que no sabe cuándo cerrar la boca.

Klaus miró la mano de Stiles y luego sus ojos. Lentamente, cubrió la mano del joven con la suya. Su piel estaba fría, pero el contacto envió una descarga eléctrica a través del cuerpo de Stiles.

—Quizás tengas razón —murmuró Klaus—. Quizás este encuentro no fue tan casual como parece.

Los días siguientes se convirtieron en una extraña rutina. El coche de Stiles necesitaba una pieza que tardaría una semana en llegar, y Klaus, para sorpresa de nadie, decidió quedarse. Pasearon por el pueblo, compartieron cafés y discusiones sobre arte y literatura. Stiles descubrió que Klaus era un pintor talentoso, aunque sus obras solían ser oscuras y atormentadas.

Para Stiles, todo era nuevo. La forma en que Klaus lo protegía sin ser asfixiante, la manera en que sus ojos lo buscaban en una habitación llena de gente. Era una seducción lenta, una danza de palabras y miradas que lo dejaba sin aliento.

Una noche, mientras caminaban de regreso a la posada bajo una lluvia fina, se detuvieron bajo el pequeño porche de la entrada.

—Mañana llega la pieza de tu Jeep —dijo Klaus, rompiendo el silencio. Su voz sonaba extrañamente tensa.

—Sí. Volveré a la carretera —respondió Stiles, sintiendo un nudo en el estómago—. Y tú... tú volverás a Nueva Orleans, supongo. A tu reino.

Klaus lo acorraló suavemente contra la pared de madera. Estaba tan cerca que Stiles podía sentir el calor de su aliento.

—¿Y si no quiero que te vayas? —preguntó Klaus. Su mano subió a la mejilla de Stiles, sus dedos rozando la piel con una ternura que contrastaba con su reputación de monstruo—. He vivido mil años, Stiles. He visto imperios arder y renacer. Pero nunca he conocido a nadie que me mire como tú lo haces. Sin terror. Con... algo más.

Stiles sintió que su corazón martilleaba. Su inexperiencia lo hacía dudar, pero el deseo era más fuerte.

—No te tengo miedo, Klaus —susurró Stiles, cerrando el espacio entre ellos—. Eres un idiota arrogante y probablemente un psicópata, pero no te tengo miedo.

Klaus sonrió, una sonrisa predadora pero llena de afecto, y finalmente lo besó. Fue un beso que sabía a siglos de soledad rompiéndose. Stiles respondió con una urgencia torpe, rodeando el cuello de Klaus con sus brazos, perdiéndose en la sensación de poder y protección que el hombre le ofrecía.

Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento.

—Nueva Orleans es una ciudad hermosa —dijo Klaus, rozando su nariz con la de Stiles—. Tiene los mejores museos, la mejor música y, lo más importante, me tiene a mí. Ven conmigo, Stiles. Deja atrás ese pueblo de lobos y sombras.

Stiles lo miró, procesando la invitación. Sabía que su vida nunca volvería a ser normal si aceptaba. Estaba eligiendo al villano de la historia, al hombre que todos temían.

—¿Tendré mi propio cuarto o tendré que dormir en un calabozo? —preguntó Stiles, recuperando su sarcasmo defensivo.

Klaus soltó una carcajada y lo atrajo hacia un abrazo protector.

—Tendrás todo lo que desees, amor. Mi familia te odiará al principio, pero aprenderán a amarte tanto como yo empiezo a hacerlo.

—Bueno —dijo Stiles, ocultando su rostro en el hombro de Klaus—, siempre quise ver el Barrio Francés. Y supongo que alguien tiene que mantenerte a raya para que no mates a media ciudad cada vez que te despiertes de mal humor.

Klaus besó la frente de Stiles, una promesa silenciosa de que, a partir de ese momento, el humano inexperto y el híbrido milenario caminarían juntos por el mismo sendero oscuro y fascinante.

—Será un viaje interesante, Stiles Stilinski.

—Oh, no tienes ni idea, Klaus. No tienes ni idea.
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