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Lyra from Winterland

Fandom: Juego de Tronos

Creado: 16/7/2026

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Entre el Hielo y el Fuego de la Sangre

El viento del norte soplaba con una ferocidad inusual sobre las colinas de Invernalia, arrastrando consigo el aroma del invierno que se aproximaba. Lyra apretó las riendas de su yegua gris, sintiendo cómo el frío le calaba hasta los huesos a pesar de la gruesa capa de lana que la cubría. Sus dedos, de un profundo color ébano, estaban entumecidos bajo los guantes de cuero, pero no se quejó. Nunca lo hacía. Como protegida de Lord Eddard Stark, sabía que su lugar en aquella partida de caza era un privilegio que muchos en el castillo cuestionaban, especialmente Lady Catelyn.

A unos metros de distancia, Robb Stark cabalgaba con la espalda recta, la viva imagen de un heredero del Norte. A sus diecisiete años, Robb poseía una presencia que mandaba sin necesidad de alzar la voz. Su cabello castaño rojizo estaba salpicado de copos de nieve y sus ojos azules, claros como el cielo de invierno, buscaban constantemente la posición de Lyra entre la fila de jinetes.

—Mantengan el paso —ordenó Ned Stark desde la vanguardia—. El desertor no habrá llegado lejos si tiene algo de seso.

Lyra observó la nuca de Ned. Él la había acogido cuando era apenas una niña, después de que su padre, un caballero errante que salvó la vida de Ned durante una escaramuza menor, muriera por sus heridas. Ned Stark no solo cumplió su promesa de cuidar de ella, sino que la crió entre sus propios hijos. Sin embargo, Lyra siempre fue consciente de los centímetros que la separaban de los demás: sus 1,57 metros de estatura frente a la imponente altura de los Stark, y su piel oscura, un recordatorio constante de que sus raíces estaban muy lejos de la nieve de Poniente.

Tras la ejecución del desertor de la Guardia de la Noche —un evento que dejó a Bran, de apenas diez años, pálido y tembloroso—, el grupo emprendió el regreso. Lyra se mantuvo cerca de Bran, ofreciéndole una sonrisa silenciosa de apoyo. Sabía lo que era ver la muerte de cerca por primera vez.

Fue en el puente sobre el arroyo congelado donde todo cambió. Los caballos se encabritaron, olfateando algo en el aire que no era nieve.

—¿Qué es eso? —preguntó Robb, desmontando con agilidad.

Se acercaron a la orilla. Allí, yaciendo sobre el barro helado, estaba el cadáver de un ciervo masacrado. Pero lo que llamó la atención de todos no fue la presa, sino el depredador muerto unos metros más allá: una loba huargo, un animal que no se veía al sur del Muro desde hacía siglos. Tenía un enorme trozo de cornamenta clavado en la garganta.

—Es un mal presagio —murmuró Theon Greyjoy, con su habitual tono de suficiencia.

—Son solo animales, Theon —replicó Robb, aunque su voz delataba su asombro.

De repente, un pequeño gemido rompió el silencio. Entre las patas de la loba muerta, pequeñas bolas de pelaje se movían.

—¡Cachorros! —exclamó Bran, corriendo hacia ellos.

Ned Stark se acercó con el ceño fruncido.

—No sobrevivirán sin su madre. Matarlos será una piedad.

—¡No, padre! —intervino Robb, tomando a uno de los cachorros en sus brazos. El animalito era gris y movía sus patas con energía—. Mira, hay cinco. Uno para cada uno de tus hijos legítimos. El lobo huargo es el sello de nuestra casa. Estaban destinados a que nosotros los encontráramos.

Lyra se quedó un paso atrás, observando la escena con una mezcla de fascinación y una punzada de exclusión. Ella no era una Stark. No tenía derecho a un lobo. Jon Nieve, que siempre se sentía tan fuera de lugar como ella, dio un paso al frente.

—Lord Stark, Robb tiene razón —dijo Jon con calma—. Cinco lobos para cinco Starks. Yo no soy un Stark, no cuento.

Ned miró a sus hijos y luego a los cachorros. Suspiró, aceptando lo inevitable.

—Muy bien. Ustedes los entrenarán, ustedes los alimentarán. Y si mueren, ustedes mismos los enterrarán.

Mientras Bran y Robb celebraban, Jon se detuvo al escuchar otro ruido. Apartado de los demás, encontró a un sexto cachorro, albino y de ojos rojos, que ya se había alejado de la camada.

—Este es para ti, Jon —dijo Robb con una sonrisa.

Lyra se acercó a Robb mientras los hombres se preparaban para reanudar la marcha. Él sostenía a su cachorro —al que más tarde llamaría Viento Gris— contra su pecho. Al verla, la expresión de Robb se suavizó, perdiendo la rigidez del joven señor.

—Deberías tener uno, Lyra —susurró él, asegurándose de que su padre no lo oyera—. Podríamos decir que...

—No, Robb —lo interrumpió ella, acariciando la oreja del cachorro gris. Sus dedos rozaron la mano de Robb y una descarga de calor recorrió su brazo a pesar del frío—. Tu padre tiene razón. Son para sus hijos. Yo no necesito un lobo para saber que este es mi hogar.

—Tú eres más que una protegida para mí —dijo él en voz baja, acercándose tanto que ella pudo oler el cuero y el sudor de su piel—. Lo sabes, ¿verdad?

Lyra bajó la mirada, sintiendo el peso de los ojos de Lady Catelyn, quien los observaba desde su caballo a lo lejos.

—Lo sé —susurró ella—. Pero el mundo no lo sabe. Y tu madre menos que nadie.


Días después, la noticia de la muerte de Jon Arryn y la inminente llegada del Rey Robert Baratheon puso a Invernalia en un estado de caos frenético. Lyra ayudaba en las cocinas y en los establos, tratando de mantenerse ocupada para no pensar en lo que significaba la visita real. Sabía que el Rey vendría a pedirle a Ned que fuera su Mano, y eso significaba que la familia se dividiría.

La tarde antes de la llegada del Rey, Lyra se encontraba en la biblioteca, buscando un tratado sobre la historia de las Islas del Verano que Luwin le había mencionado. El silencio del lugar fue roto por el sonido de pasos pesados.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo Robb, cerrando la puerta tras de sí.

Lyra se giró, apoyando la espalda contra los estantes de madera. Robb parecía agotado; las responsabilidades de preparar el castillo para la comitiva real recaían pesadamente sobre sus hombros.

—Deberías estar practicando en el patio con Theon —dijo ella con una sonrisa traviesa—. O revisando las provisiones de cerveza.

—He hecho suficiente de ambas cosas por hoy —respondió él, acortando la distancia entre ellos.

A pesar de sus 1,77 metros, Robb no resultaba intimidante para ella, sino reconfortante. Se detuvo a escasos centímetros, atrapándola entre su cuerpo y los libros. Lyra tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—Mi madre quiere que me siente cerca de la princesa Myrcella durante el banquete —confesó Robb con amargura.

—Es lo que corresponde, Robb. Ella es una princesa, tú eres el heredero de Invernalia.

—No me importa lo que corresponda —dijo él, y su mano subió para acariciar un rizo oscuro que se había escapado de la trenza de Lyra—. Solo puedo pensar en que, si mi padre va al sur, yo me quedaré aquí. Y tendré que ser el Señor de Invernalia mientras él no esté.

—Serás un gran señor —aseguró ella, poniendo su mano sobre el pecho de él, sintiendo el latido rítmico de su corazón—. Eres justo y valiente.

—No quiero ser señor si eso significa que debo seguir las reglas de mi madre —susurró Robb. Sus ojos descendieron a los labios de Lyra—. Ella dice que mi matrimonio será la alianza más importante del Norte. Pero yo no quiero una alianza.

—Robb... —el tono de Lyra fue de advertencia, pero su cuerpo no se movió.

—Te quiero a ti, Lyra. Desde que éramos niños y me ganabas en las carreras por las almenas.

—Eso está mal —dijo ella, aunque su voz temblaba—. Soy una huérfana sin nombre. Lady Catelyn nunca lo permitirá. Ella me mira como si fuera una mancha en su hogar inmaculado.

—Ella no es quien gobierna mi corazón —sentenció Robb.

Sin previo aviso, se inclinó y la besó. Fue un beso urgente, cargado de la frustración de los sentimientos contenidos durante años. Lyra soltó un pequeño suspiro y se aferró a los hombros de él, respondiendo con la misma intensidad. En ese rincón oculto de la biblioteca, el frío del Norte desapareció, sustituido por un fuego que ambos sabían peligroso.

Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento.

—Si nos descubren... —comenzó ella, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—No nos descubrirán —prometió él, apoyando su frente contra la de ella—. Pero prométeme una cosa, Lyra. No importa quién venga por esas puertas mañana, no importa si el Rey trae a mil princesas... tú eres mía.

—Y tú eres mi lobo —respondió ella en un susurro—. Aunque yo no tenga uno propio.


El día de la llegada real, Invernalia resplandecía bajo un sol pálido. Toda la casa Stark estaba formada en el patio principal. Lyra se encontraba varios pasos detrás de los hijos legítimos, junto a los criados de mayor rango y Jon Nieve.

El estruendo de los cascos de los caballos y el brillo de las armaduras doradas de la Guardia Real anunciaron la entrada del Rey Robert. El hombre que descendió del caballo era una sombra del guerrero que Ned Stark siempre describía; gordo, rubicundo y con olor a vino.

—¡Ned! —rugió el Rey, abrazando a su viejo amigo—. Te has vuelto viejo.

—Y tú te has vuelto gordo —respondió Ned con una sonrisa sombría.

Lyra observó la escena con atención. Vio a la Reina Cersei descender de su litera, con una expresión de desprecio grabada en su rostro perfecto. Vio al "Matarreyes", Jaime Lannister, cuya armadura brillaba tanto que hería la vista. Pero sobre todo, sintió la mirada de Robb.

Él estaba allí, de pie junto a su madre, manteniendo la compostura. Pero cuando el Rey comenzó a saludar a los hijos de Ned, Robb buscó a Lyra entre la multitud. Fue solo un segundo, un destello de complicidad, pero fue suficiente para que ella sintiera que el suelo bajo sus pies era firme.

Sin embargo, la alegría del reencuentro duró poco. Esa noche, durante el banquete, el ambiente era pesado. Lyra servía vino en las mesas laterales, tratando de pasar desapercibida.

—Tú —dijo una voz fría.

Lyra se detuvo y se giró. Lady Catelyn la observaba desde la mesa principal. A su lado, Robb hablaba con cortesía con la princesa Myrcella, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia donde estaba Lyra.

—Sí, mi señora —dijo Lyra, bajando la cabeza.

—Ve a las cocinas y asegúrate de que el servicio para la Guardia Real sea impecable —ordenó Catelyn. Su voz era como el hielo quebrándose—. Y después, retírate a tus aposentos. No es necesario que sigas aquí.

—Como desee, mi señora.

Lyra se retiró, sintiendo el ardor de la humillación en sus mejillas. Mientras caminaba por los pasillos de piedra, escuchó pasos rápidos detrás de ella. Se ocultó en la sombra de un arco, pensando que sería algún guardia borracho, pero se relajó al ver la silueta de Robb.

—Se ha dado cuenta —dijo Lyra en cuanto él llegó a su lado—. Tu madre sabe que me miras.

—Que mire lo que quiera —dijo Robb, tomándola de la mano y llevándola hacia un rincón oscuro del patio interior—. Lyra, mi padre va a aceptar. Se irá a Desembarco del Rey.

—Lo sé. Es su deber.

—Y Jon se irá al Muro —continuó Robb, con la voz cargada de angustia—. Todo se está rompiendo, Lyra. Mi familia se está esparciendo por los siete reinos.

Lyra le acarició el rostro, sintiendo la incipiente barba de joven adulto.

—Tú te quedas aquí. Invernalia te necesita.

—Yo te necesito a ti —corrigió él, rodeando su cintura con sus brazos—. Prométeme que no te irás. Prométeme que, aunque mi madre intente enviarte lejos o casarte con algún terrateniente menor para quitarte de mi vista, te quedarás.

—No tengo a dónde ir, Robb. Mi vida empezó el día que tu padre me trajo aquí. Mi vida eres tú.

Se besaron de nuevo, bajo la luz de la luna llena que bañaba el patio de nieve. En ese momento, lejos de los ojos de la Reina y de las intrigas de la capital, solo eran un chico y una chica que se amaban contra toda lógica.

De repente, un aullido lejano rompió el silencio de la noche. Era un sonido triste, cargado de una premonición que Lyra no pudo ignorar. Los lobos huargo estaban inquietos.

—Viento Gris siente algo —murmuró Robb, separándose ligeramente.

—El invierno se acerca, Robb —dijo Lyra, repitiendo las palabras de la casa Stark—. Y esta vez, no viene solo.

Robb la estrechó más fuerte, como si su pequeño cuerpo pudiera protegerlo de las tormentas que se avecinaban. Lyra, la niña sin lobo, se juró a sí misma que sería el fuego que mantendría caliente al joven lobo, sin importar cuánta nieve cayera sobre ellos, ni cuántas reinas o madres se interpusieran en su camino.

El juego de tronos había comenzado, y aunque ellos aún no lo sabían, sus corazones eran las piezas más frágiles del tablero. En la oscuridad de Invernalia, el amor era un secreto robado, una llama pequeña y vibrante que desafiaba al frío eterno del Norte.

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