
into you
Fandom: kookmin
Creado: 17/7/2026
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Sombras en el cristal
El aire en el pasillo de la Facultad de Artes se sentía pesado, cargado con el olor a pintura fresca y el eco de las risas de los estudiantes que caminaban sin preocupaciones. Park Jimin, como siempre, estaba en el centro de un pequeño círculo. A su derecha, Taehyung gesticulaba animadamente mientras contaba una anécdota de su última sesión de fotos, y a su izquierda, Yeri asentía con una sonrisa perfecta, sosteniendo un café que probablemente costaba más que el almuerzo de un estudiante promedio.
Jimin sonreía. Era lo que mejor sabía hacer. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado, su ropa de diseñador no tenía una sola arruga y sus ojos brillaban con esa falsa alegría que había perfeccionado durante años. Sin embargo, por dentro, su mente era un caos de engranajes que no dejaban de girar.
—¿Verdad, Jimin? —preguntó Yeri, tocándole el hombro—. La fiesta de Taemin este viernes será el evento del semestre. No podemos faltar.
—Claro —respondió Jimin automáticamente, aunque su mirada se desvió un segundo hacia el final del pasillo—. Ahí estaremos.
En ese momento, la puerta de los talleres de mecánica se abrió. Un grupo de chicos salió de allí, todos vistiendo ropa cómoda, algunos con manchas de grasa o pintura. Entre ellos estaba él.
Jeon Jungkook caminaba con esa seguridad despreocupada que siempre hacía que el corazón de Jimin diera un vuelco. Llevaba una sudadera negra de gran tamaño que ocultaba parte de los tatuajes que trepaban por su cuello y manos, pero no podía ocultar su altura ni su presencia imponente. A su lado, Yoongi, su mejor amigo, mantenía la cabeza baja, ignorando por completo el mundo a su alrededor.
Jungkook levantó la vista. Por un breve segundo, sus ojos oscuros se encontraron con los de Jimin. No hubo un saludo, ni una sonrisa, ni un gesto. Fue una mirada fría, directa, que atravesó todas las capas de la máscara de Jimin.
—¿A quién miras tanto, Minnie? —preguntó Taehyung, siguiendo su mirada.
Jimin sintió un escalofrío y apartó la vista de inmediato, fingiendo que se acomodaba el reloj.
—A nadie. Solo... me distraje —mintió, sintiendo el peso de la culpa quemándole la garganta.
Lo que nadie sabía era que, apenas doce horas antes, esas mismas manos tatuadas de Jungkook habían estado recorriendo la cintura de Jimin bajo las sábanas de un apartamento pequeño y desordenado en la zona baja de la ciudad. Nadie sabía que los labios directos y sinceros de Jungkook habían estado susurrando promesas en su oído, promesas que Jimin nunca se atrevía a devolver a plena luz del día.
El encuentro clandestino de esa noche fue en el lugar de siempre: el aula de música abandonada en el ala oeste del campus. Jimin llegó primero, asegurándose de que nadie lo viera entrar. El corazón le latía con fuerza, no por la emoción, sino por el miedo constante a ser descubierto. ¿Qué dirían sus padres? ¿Qué diría el resto de la universidad si supieran que el "chico dorado" estaba saliendo con un becado tatuado que no tenía nada que ofrecer más que su honestidad brutal?
La puerta se abrió y Jungkook entró. No se molestó en ser sigiloso. Cerró la puerta tras de sí y se quedó allí, observando a Jimin desde la penumbra.
—Llegas tarde —dijo Jungkook. Su voz era profunda, sin rastro de la calidez que solía tener meses atrás.
—Taehyung quería que lo acompañara a cenar, no pude zafarme sin levantar sospechas —respondió Jimin, acercándose para intentar abrazarlo.
Jungkook dio un paso atrás, evitando el contacto. El rechazo dolió más que cualquier insulto.
—¿Sospechas de qué, Jimin? —preguntó Jungkook con una amargura que llenó la habitación—. ¿De que tienes un amigo? ¿O de que tienes sentimientos por alguien que no usa camisas de seda?
—Sabes que no es así, Kook —susurró Jimin, bajando la mirada—. Es complicado. Mi familia tiene expectativas, y la universidad...
—La universidad es una burbuja de cristal, y tú tienes miedo de que alguien lance una piedra —lo interrumpió Jungkook, acercándose finalmente, pero no con ternura. Se detuvo frente a él, obligándolo a mirarlo—. Hoy me viste en el pasillo. Estabas con tus amigos "perfectos". Ni siquiera pudiste asentir con la cabeza. Me miraste como si fuera un mueble.
—No quería que ellos empezaran a hacer preguntas...
—Ese es el problema. Siempre hay una excusa —Jungkook suspiró, y por un momento, la frialdad en sus ojos fue reemplazada por un cansancio profundo—. Estoy cansado, Jimin. Estoy cansado de ser el secreto que te avergüenza. Estoy cansado de que me sueltes la mano en cuanto escuchas pasos en el corredor.
—¡No me avergüenzas! —exclamó Jimin, sintiendo que las lágrimas empezaban a picar en sus ojos—. Te quiero. Sabes que te quiero.
—El amor no se esconde en los sótanos, Jimin. El amor que yo quiero se vive bajo el sol —Jungkook se pasó una mano por el cabello pelinegro, frustrado—. Sabes lo que quiero. Soy directo, siempre lo he sido. No me gustan los juegos, y esto se siente como uno donde yo siempre pierdo.
Jimin intentó tomar su mano, pero Jungkook se la apartó con suavidad.
—Si tanto te importa lo que piensen los demás, quédate con ellos —dijo Jungkook, con una determinación que heló la sangre de Jimin—. Yo me bajo de este juego. Se acabó.
—¿Qué? No, Jungkook, por favor... —Jimin sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies—. Podemos arreglarlo. Solo necesito un poco más de tiempo.
—Ya te di meses. Y cada día te veo esconderte más —Jungkook caminó hacia la puerta—. No me busques más, Jimin. Ve a ser perfecto para tu público. Yo voy a buscar a alguien que no tenga miedo de ser visto conmigo.
La puerta se cerró con un clic seco, dejando a Jimin solo en la oscuridad. El silencio que siguió fue ensordecedor. Se dejó caer en uno de los bancos, ocultando el rostro entre sus manos. Su mayor miedo se había hecho realidad: Jungkook se había cansado de ser su sombra.
Pasó una semana. Una semana en la que Jimin apenas pudo dormir, sobrepensando cada palabra de esa última discusión. Se convenció a sí mismo de que Jungkook solo necesitaba espacio, que volvería cuando se le pasara el enojo. Después de todo, lo que tenían era intenso, magnético. Nadie podía simplemente olvidar algo así de la noche a la mañana.
Sin embargo, la realidad lo golpeó con la fuerza de un tren el lunes por la mañana.
Jimin estaba en la cafetería con Taehyung y Yoongi. Sí, Yoongi solía sentarse con ellos a veces porque Taehyung tenía una extraña obsesión con hacerlo hablar, a pesar de que el pelinegro menor era tan introvertido como Jungkook.
—¿Has visto a Jungkook hoy? —preguntó Taehyung de la nada, dándole un mordisco a su manzana.
Jimin se tensó, fingiendo interés en su ensalada. Yoongi levantó la vista de su libro, sus ojos pequeños y astutos fijos en Jimin por un segundo antes de responder.
—Está en la entrada principal —dijo Yoongi con voz monótona—. Supongo que está esperando a Taemin.
Jimin casi se atraganta.
—¿A Taemin? —preguntó, tratando de que su voz no temblara—. ¿Por qué esperaría a Taemin?
—Porque están saliendo —soltó Yoongi sin anestesia.
El corazón de Jimin dejó de latir. Sintió un vacío repentino en el estómago, una náusea que lo obligó a dejar los cubiertos.
—¿Saliendo? —repitió Taehyung, sorprendido—. ¿El chico becado y el capitán del equipo de baile? Eso es... inesperado.
—No tanto —añadió Yoongi, volviendo a su libro—. Taemin no tiene miedo de que lo vean con él. De hecho, creo que ya lo publicó en sus redes.
Jimin no esperó a escuchar más. Se levantó bruscamente, ignorando las llamadas de Taehyung, y caminó hacia la entrada principal. Necesitaba verlo. Necesitaba confirmar que era una mentira, una táctica de Jungkook para ponerlo celoso.
Pero cuando llegó a los grandes escalones de mármol de la entrada, la escena que encontró fue mucho peor que cualquier cosa que hubiera imaginado.
Jungkook estaba allí, apoyado contra una de las columnas. Llevaba una chaqueta de cuero y sus tatuajes eran visibles, brillando bajo el sol de la mañana. No estaba solo. Taemin estaba frente a él, riendo de algo que Jungkook acababa de decir.
Jimin se quedó paralizado detrás de una estatua, observando. Esperaba ver a un Jungkook incómodo, o quizás distante. Pero Jungkook estaba sonriendo. Era esa sonrisa real, la que solo mostraba cuando estaban a solas.
Entonces, sucedió. Taemin se acercó y pasó sus brazos alrededor del cuello de Jungkook. Y Jungkook, el chico que solía soltar la mano de Jimin en cuanto alguien aparecía a lo lejos, no retrocedió. Al contrario, rodeó la cintura de Taemin con sus brazos tatuados y lo atrajo hacia sí.
Se besaron. A plena luz del día. Frente a cientos de estudiantes que entraban y salían del edificio.
Jimin sintió que el aire le faltaba. Los celos, un sentimiento que nunca creyó experimentar con tal intensidad, le quemaron el pecho como ácido. Ver a Jungkook ser reclamado por alguien tan extrovertido y seguro como Taemin, alguien que no tenía nada que ocultar, fue como un espejo que le devolvía su propio reflejo cobarde.
—¿Jimin? —La voz de Yeri apareció a su espalda—. ¿Qué haces aquí parado? ¿Estás bien? Estás pálido.
Jimin no respondió. Sus ojos seguían fijos en la pareja. Jungkook se separó de Taemin, le dio un suave apretón en la mejilla y luego, como si sintiera una presencia, giró la cabeza hacia donde estaba Jimin.
Sus miradas se cruzaron de nuevo. Pero esta vez, Jungkook no apartó la vista. Lo miró con una indiferencia absoluta, como si Jimin fuera simplemente otro desconocido en la multitud. Luego, volvió a centrar su atención en Taemin, le tomó la mano con firmeza y empezaron a caminar juntos hacia el estacionamiento.
—Jimin, en serio, me das miedo —insistió Yeri, tirando de su brazo—. Vamos a clase.
Jimin se dejó arrastrar, pero su mente seguía en ese escalón. El juego había terminado, tal como Jungkook dijo. Pero Jimin acababa de darse cuenta de que, en su afán por proteger su estatus y su imagen perfecta, había perdido lo único que realmente le daba color a su mundo.
Esa noche, Jimin no fue a las reuniones de estudio ni a la cena con sus padres. Se encerró en su dormitorio, rodeado de lujos que de repente se sentían vacíos. El eco de la voz de Jungkook resonaba en su cabeza: "Yo me bajo de este juego".
Se miró al espejo. El rubio perfecto, el chico de oro. Se odió a sí mismo por ser tan débil, por dejar que el miedo al juicio ajeno dictara su felicidad. Pero más que odio, sentía una necesidad desesperada.
No podía dejarlo ir así. No podía aceptar que Taemin fuera quien recibiera los besos que antes eran suyos.
Tomó su teléfono y buscó el número de Jungkook. Sus dedos temblaban. Escribió diez mensajes y los borró todos. ¿Qué podía decirle? ¿Que lo sentía? ¿Que ahora sí estaba listo? Jungkook no era alguien que aceptara palabras vacías.
—Tengo que recuperarlo —susurró para sí mismo, aunque no tenía idea de cómo hacerlo sin romper todo lo que había construido.
Pero mientras recordaba la forma en que Jungkook miraba a Taemin bajo el sol, Jimin supo que su vida de cristal ya estaba rota. Y si quería recuperar a Jungkook, tendría que estar dispuesto a caminar sobre los cristales rotos, sin importar cuánto sangrara.
El problema era que Jungkook ya no estaba esperando en las sombras. Estaba viviendo a plena luz, y parecía que no tenía ninguna intención de mirar atrás.
Jimin se desplomó en su cama, sintiendo que la canción que solían escuchar juntos, esa de Ariana Grande que hablaba de estar tan obsesionado que no podías respirar, ahora cobraba un sentido doloroso. Estaba "into him", más de lo que jamás admitió, y ahora que lo había perdido, el aire empezaba a faltarle de verdad.
La guerra por el corazón de Jeon Jungkook apenas comenzaba, y Jimin, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a ser el que lanzara la primera piedra a su propia vitrina.
