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Amor desesperado

Fandom: anime

Creado: 17/7/2026

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Sombras de Obsidiana y Rizos de Azabache

El pasillo del instituto San Judas Tadeo siempre olía a una mezcla rancia de cera para pisos y hormonas adolescentes. Para Nicolás, aquel lugar era un campo de minas emocional que debía atravesar cada mañana con la cabeza gacha. Con su estatura menuda y esos rizos negros que caían rebeldes sobre su frente, intentaba por todos los medios ser invisible. Sus ojos verdes, grandes y brillantes como esmeraldas ocultas, siempre buscaban refugio en las páginas de sus libros o en las baldosas del suelo.

Nicolás era el epítome de la timidez. Su voz apenas superaba un susurro y sus manos solían temblar ligeramente cuando alguien le dirigía la palabra. Por eso, cuando sintió la presencia imponente detrás de él mientras intentaba abrir su casillero, su corazón dio un vuelco violento.

No necesitaba darse la vuelta para saber quién era. El aroma a perfume caro y cigarrillo mentolado lo delataba. Era Pablito67.

Pablito era todo lo que Nicolás no era: alto, de hombros anchos y con una presencia que parecía absorber la luz de la habitación. Su cabello rubio, casi platino, estaba perfectamente peinado hacia atrás, y siempre vestía de riguroso negro, desafiando sutilmente el código de vestimenta del colegio. Sus ojos azules eran fríos como el hielo picado, pero cuando se posaban en Nicolás, algo en ellos ardía con una intensidad peligrosa.

—Te estás tardando mucho, Nico —la voz de Pablito, profunda y aterciopelada, vibró justo encima de la oreja del chico más bajo.

Nicolás pegó un respingo, dejando caer su libro de literatura al suelo. Se agachó rápidamente para recogerlo, pero una mano grande y pálida se le adelantó, presionando el libro contra el suelo antes de que pudiera tomarlo.

—L-lo siento, Pablito —tartamudeó Nicolás, sin atreverse a levantar la vista de las botas militares negras del otro—. No quería estorbarte.

Pablito se inclinó, reduciendo la distancia entre ellos hasta que Nicolás pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Con un movimiento lento, Pablito tomó el mentón de Nicolás y lo obligó a mirarlo.

—Sabes que no me gusta que me evites —dijo Pablito, entrecerrando los ojos—. Y menos que me llames por ese nombre frente a los demás. Para ti, solo soy Pablo.

—Está bien... Pablo —susurró Nicolás, sintiendo que sus mejillas se encendían.

Pablito sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Era la sonrisa de un depredador que acababa de acorralar a su presa favorita. Sus dedos acariciaron la mandíbula de Nicolás, una caricia que empezó suave pero que terminó con un apretón posesivo.

—Mírame bien, Nico. No quiero que hoy hables con nadie más que conmigo. ¿Entendido?

Nicolás asintió frenéticamente, sus rizos saltando con el movimiento. Sabía que Pablito no bromeaba. La reputación de Pablo como alguien dominante y extremadamente celoso era bien conocida en el instituto, aunque nadie se atrevía a decírselo a la cara.

El timbre sonó, anunciando el inicio de las clases. Pablito finalmente soltó su agarre, pero no se alejó. En su lugar, pasó un brazo por encima de los hombros de Nicolás, atrayéndolo hacia su costado mientras caminaban hacia el aula. Nicolás se sentía pequeño, casi protegido bajo la sombra del rubio, pero también atrapado.

Durante la clase de Historia, Nicolás intentó concentrarse en la Segunda Guerra Mundial, pero sentía la mirada de Pablito clavada en su nuca desde el fondo del salón. Cada vez que Nicolás movía la cabeza o se acomodaba los lentes, Pablo reaccionaba, tensando la mandíbula si algún otro compañero se atrevía a mirar en dirección al chico de los rizos.

A mitad de la lección, un compañero de clase, Mateo, se inclinó hacia Nicolás para pedirle un borrador.

—Oye, Nico, ¿me prestas tu goma un segundo? —preguntó Mateo en voz baja.

Antes de que Nicolás pudiera siquiera procesar la pregunta, un estruendo seco resonó en la parte trasera. Pablito había dejado caer su pesado libro de texto sobre el pupitre con una fuerza innecesaria. El silencio se apoderó del aula.

—Búscate tu propia goma, Mateo —dijo Pablito con una voz que cortaba como un cuchillo—. Nicolás está ocupado.

Mateo palideció y regresó a su posición original sin decir una palabra más. El profesor carraspeó y continuó con la explicación, pero el ambiente se había vuelto denso. Nicolás sentía que el aire le faltaba. Quería desaparecer, pero al mismo tiempo, una extraña y retorcida calidez florecía en su pecho ante la protección —por muy tóxica que fuera— de Pablo.

Al llegar la hora del almuerzo, Nicolás intentó escabullirse hacia la biblioteca, su lugar seguro. Sin embargo, antes de llegar a la puerta, una mano lo interceptó y lo arrastró hacia el cuarto de mantenimiento, un lugar oscuro y lleno de estantes metálicos.

La puerta se cerró con un clic metálico. Pablito lo acorraló contra la pared fría, colocando ambas manos a los lados de la cabeza de Nicolás, atrapándolo.

—¿A dónde creías que ibas? —preguntó Pablo, su rostro a escasos centímetros del de Nicolás. La oscuridad del cuarto hacía que sus ojos azules parecieran casi negros.

—Solo... solo quería leer un poco —respondió Nicolás, con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas.

—Te dije que no quería que te alejaras de mí hoy —gruñó Pablo. Su mano derecha subió hasta los rizos negros de Nicolás, enredando los dedos en ellos con fuerza—. Vi cómo ese idiota te hablaba en clase. Vi cómo te miraba.

—Solo quería un borrador, Pablo. No fue nada —intentó explicar Nicolás, aunque su voz temblaba.

—Para mí es algo —sentenció Pablo, su tono volviéndose más posesivo—. Todo lo que tenga que ver contigo es algo para mí. No me gusta que te miren. No me gusta que te toquen. Eres mío, Nicolás. ¿Lo tienes claro?

Nicolás tragó saliva. La intensidad en la mirada de Pablo era abrumadora. Era una mezcla de adoración y control que lo dejaba sin aliento. A pesar del miedo, Nicolás sintió una chispa de algo más: una necesidad de ser reclamado de esa manera.

—Sí... soy tuyo —susurró Nicolás, cerrando los ojos.

Pablito soltó un gruñido bajo, una mezcla de satisfacción y deseo. Se inclinó y enterró su rostro en el cuello de Nicolás, aspirando su aroma a jabón neutro y papel viejo.

—Más te vale no olvidarlo —murmuró Pablo contra su piel, dejando un beso húmedo justo debajo de la oreja que hizo que Nicolás soltara un gemido ahogado—. Si vuelvo a ver a alguien acercándose demasiado, no seré tan amable.

—Lo sé —dijo Nicolás, sintiendo cómo las manos de Pablo bajaban hasta su cintura, apretándolo contra su cuerpo alto y firme.

Pablo se separó un poco, solo lo suficiente para mirar a Nicolás a los ojos. Su expresión se suavizó apenas un milímetro, una vulnerabilidad momentánea que solo Nicolás tenía permitido ver.

—A veces siento que si te dejo solo un segundo, alguien va a intentar quitarte de mi lado —confesó Pablo, su voz perdiendo parte de su dureza pero manteniendo la posesividad—. Y no voy a permitir eso. Eres lo único puro que tengo en este lugar de mierda.

Nicolás, movido por un impulso de valentía que rara vez sentía, levantó sus manos pequeñas y las apoyó en el pecho de Pablo, sintiendo el latido rítmico y fuerte de su corazón bajo la tela negra de su camisa.

—No me voy a ir a ningún lado, Pablo. Nadie me mira de la forma en que tú lo haces.

Pablo sonrió, esta vez de una manera más auténtica, aunque cargada de una sombra de triunfo. Se inclinó y capturó los labios de Nicolás en un beso que empezó dominante y exigente, marcando su territorio, pero que poco a poco se volvió profundo y necesitado. Nicolás se aferró a los hombros de Pablo, dejándose llevar por la tormenta de sensaciones.

Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Pablito apoyó su frente contra la de Nicolás, manteniendo sus manos firmes en su cintura.

—Vamos a salir de aquí —dijo Pablo—. No quiero volver a esa estúpida clase. Nos iremos a mi casa.

—Pero... las clases... —intentó protestar el lado responsable de Nicolás.

—He dicho que nos vamos —cortó Pablo, no permitiendo ninguna discusión—. Yo te cuidaré. Nadie te pondrá un dedo encima mientras estés conmigo.

Nicolás asintió, rindiéndose ante la voluntad del rubio. Sabía que su relación no era lo que otros llamarían "normal". Sabía que los celos de Pablo eran excesivos y que su introversión lo hacía el blanco perfecto para alguien tan dominante. Pero en ese cuarto oscuro, rodeado por el aroma de Pablo y sintiendo su protección posesiva, Nicolás se sentía, por primera vez, que pertenecía a algún lugar.

Salieron del cuarto de mantenimiento de la mano, con Pablo caminando un paso por delante, como un escudo humano, y Nicolás siguiéndolo, oculto tras su sombra. Mientras atravesaban el patio hacia la salida, Pablo lanzó una mirada gélida a cualquiera que se atreviera a mirar en su dirección, reafirmando silenciosamente que el chico de los rizos verdes era de su propiedad exclusiva.

Y Nicolás, por su parte, apretó la mano de Pablo, aceptando con un suspiro feliz que, en el mundo de sombras y luces de su instituto, él ya había encontrado su dueño.

—¿Me prometes que no dejarás que nadie se acerque? —preguntó Nicolás en voz baja mientras cruzaban la puerta principal.

Pablo se detuvo un momento, lo miró con una devoción que rozaba la locura y apretó su agarre.

—Lo prometo, pequeño. Eres mi tesoro, y los tesoros se guardan bajo llave.

Caminaron juntos hacia el estacionamiento, donde la motocicleta negra de Pablo los esperaba. El resto del mundo desapareció para ellos; solo quedaba el rubio dominante y el chico tímido, unidos en un vínculo que, aunque peligroso para algunos, para ellos era la única verdad que importaba.

Mientras se alejaban a toda velocidad, el viento despeinando los rizos de Nicolás y la espalda de Pablo sirviendo de apoyo, Nicolás supo que, a pesar de los celos y el control, no querría estar en ningún otro lugar. Porque bajo la armadura negra y la mirada fría de Pablo, había un fuego que solo ardía por él, y Nicolás estaba más que dispuesto a dejarse consumir por esas llamas.

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