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Fandom: paper dogs

Creado: 18/7/2026

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Cicatrices bajo el algodón

La habitación de Luka siempre olía a una mezcla extraña pero reconfortante: tierra húmeda, papel viejo y el aroma metálico de la ciudad que se filtraba por la ventana mal sellada. Era un espacio pequeño, una caja de zapatos que Luka había convertido en su refugio personal tras dejar el convento. En las estanterías, los libros de botánica se codeaban con casetes piratas y figuras de acción que Jeremy le había regalado, piezas de plástico con extremidades pegadas que Luka atesoraba como si fueran reliquias religiosas.

Afuera, el cielo de la tarde tenía ese color grisáceo y sucio de las zonas industriales, un recordatorio de que el mundo seguía girando, ruidoso y caótico. Pero dentro, el tiempo parecía haberse detenido.

Jeremy estaba desparramado sobre la cama, con las piernas colgando y su guitarra acústica descansando contra la pared. Llevaba una camiseta de Nirvana tres tallas más grande, llena de agujeros en el cuello, y su cabello negro parecía un nido de pájaros después de una tormenta. Estaba tarareando algo de Caifanes, una melodía que se interrumpía cada vez que se distraía mirando una mancha en el techo o intentando atrapar una mota de polvo al vuelo.

Luka, sentado a su lado, lo observaba con esa intensidad silenciosa que solo él poseía. Sus dedos largos y delgados jugueteaban con el borde de la manta. El brote verde en su coronilla parecía vibrar suavemente, un pequeño indicador de su estado de ánimo que Jeremy siempre encontraba fascinante.

—Oye, brasileño —dijo Jeremy de repente, rompiendo el silencio con su habitual energía estrepitosa—. Estaba pensando que el solo de "Smells Like Teen Spirit" es técnicamente una estafa, pero una estafa genial. Es como si Kurt dijera: "Me da flojera inventar algo nuevo, así que tocaré la melodía de la voz". Es brillante.

Luka esbozó una sonrisa mínima, apenas un movimiento de la comisura de sus labios.

—Es minimalismo, Jeremy. A veces menos es más. Deberías aplicarlo a tu forma de hablar de vez en cuando.

—¡Auch! —Jeremy se llevó una mano al pecho, fingiendo una herida mortal—. Directo al corazón. Eres un cínico, Souza. Un cínico que lee fanfics en secreto y cuida plantas como si fueran bebés.

—No son bebés —replicó Luka con voz suave, aunque sin rastro de molestia—. Son seres vivos que no interrumpen mis pensamientos con teorías conspirativas sobre el grunge.

Jeremy soltó una carcajada ruidosa y se giró sobre el colchón, quedando de frente a Luka. El movimiento hizo que su postura encorvada se acentuara, revelando esa pequeña joroba que tanto intentaba ocultar con ropa ancha. Sus ojos ámbar brillaron con una calidez que siempre lograba desarmar a Luka.

—Ya, en serio. Gracias por dejarme venir. Mi vieja está de un humor de perros hoy y el ambiente en casa estaba... denso.

Luka asintió. No necesitaba que Jeremy diera detalles. Sabía que detrás de las bromas pesadas y el sarcasmo, Jeremy cargaba con una inseguridad que lo devoraba por dentro. Lo sabía porque él mismo cargaba con su propia colección de fantasmas: el eco de los pasillos del convento, la culpa por sus deseos y el miedo constante a no ser lo suficientemente "correcto" ante los ojos de un Dios que, según las monjas, lo observaba todo.

Pero cuando estaba con Jeremy, ese peso se sentía más ligero.

—Sabes que puedes quedarte el tiempo que quieras —respondió Luka.

Se quedaron en silencio un momento. La tensión entre ellos había cambiado en los últimos meses. Ya no era la fricción de dos extraños que chocaron por accidente, sino una atracción gravitatoria, lenta y constante. Luka sentía un calor inusual en el pecho, una urgencia que lo asustaba. Había pasado semanas leyendo sobre... bueno, sobre todo. Había buscado información en foros, en libros que escondía bajo la cama, tratando de entender qué se suponía que debía hacer un hombre con otro hombre. Su educación cristiana le gritaba que era un pecado, pero su corazón, ese órgano terco y traicionero, le decía que amar a Jeremy era lo más cerca que estaría nunca de la redención.

Jeremy se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de Luka con esa falta de límites que lo caracterizaba.

—Tienes una cara de filósofo estreñido ahora mismo —bromeó Jeremy, aunque su voz bajó un octava—. ¿Todo bien?

Luka no respondió con palabras. En su lugar, se inclinó y unió sus labios a los de Jeremy. Fue un beso suave al principio, uno de esos besos que ya se habían vuelto habituales en sus cinco meses de noviazgo. Sabía a bálsamo labial de cereza barato (el de Jeremy) y al café amargo que Luka siempre tomaba.

Jeremy respondió de inmediato, rodeando el cuello de Luka con sus brazos. Sus dedos se enredaron en los rizos oscuros de Luka, tirando con una mezcla de desesperación y ternura. Para Jeremy, esto era el cielo. El contacto, el calor, la seguridad de que alguien lo quería a pesar de ser un "bicho raro".

Pero para Luka, hoy el cielo no era suficiente. Quería cruzar la frontera.

El beso se volvió más profundo, más urgente. Luka sintió que su pulso se aceleraba, golpeando contra sus oídos como un tambor de guerra. Sus manos, que siempre habían sido cuidadosas con las raíces de sus orquídeas, descendieron por la espalda de Jeremy. Podía sentir la columna vertebral de Jeremy bajo la tela de la camiseta, cada vértebra un recordatorio de la fragilidad de la persona que tenía delante.

—Luka... —susurró Jeremy contra sus labios, un sonido que era mitad risa, mitad suspiro.

Luka no se detuvo. Subió los besos por la mandíbula de Jeremy, deteniéndose en el lóbulo de su oreja, antes de descender hacia el cuello. Sintió a Jeremy estremecerse. Era un territorio nuevo para ambos, un mapa que estaban dibujando en la oscuridad.

Luka, impulsado por una determinación que nacía del deseo de pertenecerle por completo a Jeremy, deslizó sus manos por debajo del dobladillo de la camiseta de algodón. Su piel morena contrastó con la palidez de Jeremy.

En el momento en que las yemas de los dedos de Luka rozaron la piel de la barriga de Jeremy y subieron hacia sus costillas, sintiendo el relieve de las numerosas cicatrices que Jeremy ocultaba bajo capas de ropa y chistes, el ambiente cambió de forma drástica.

Jeremy se puso rígido. Fue como si una corriente eléctrica lo hubiera golpeado. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de un pánico primario que Luka no supo interpretar.

—¡No! —Jeremy lo empujó. No fue un empujón violento, pero sí lo suficientemente firme como para crear un abismo de distancia entre ellos en el pequeño colchón.

Luka se quedó congelado, con las manos aún en el aire, sintiendo el frío de la habitación golpeando sus palmas. Su respiración era agitada, y la confusión empezó a transformarse rápidamente en esa culpa familiar que siempre lo acechaba. ¿Había ido demasiado lejos? ¿Había pecado de nuevo por dejar que sus instintos tomaran el control?

—Jeremy, yo... lo siento, yo no quería...

—¡Vaya! —Jeremy soltó una risa nerviosa, demasiado alta, demasiado falsa—. ¡Casi me haces cosquillas, hombre! Tienes las manos como cubitos de hielo, Souza. ¿Qué pasa? ¿No tienen calefacción en este antro?

Jeremy se levantó de la cama de un salto, sacudiéndose la camiseta como si intentara quitarse un rastro de suciedad invisible. Empezó a caminar por la habitación, gesticulando de forma exagerada, evitando a toda costa mirar a Luka a los ojos.

—Deberíamos... deberíamos ir por unos tacos o algo. O tal vez ver ese programa de los alienígenas ancestrales. ¿Sabías que dicen que las pirámides son estaciones de carga para OVNIS? Es la mayor estupidez que he oído, ¡tenemos que verla!

Luka lo observaba desde la cama, con el corazón todavía martilleando en su garganta. Conocía a Jeremy. Sabía que esa verborrea era su mecanismo de defensa, su escudo contra cualquier cosa que lo hiciera sentir vulnerable. Pero esta vez, el escudo se sentía más pesado que de costumbre.

—Jeremy —dijo Luka, con la voz un poco temblorosa—, si te hice sentir incómodo...

—¡Para nada! —Jeremy lo interrumpió, dándole un golpe juguetón en el hombro, aunque su mano temblaba ligeramente—. Solo que tengo un hambre de los mil demonios. El romance está bien, pero el estómago manda, ¿sabes? Además, mi cutis necesita aire, tanta cercanía me va a sacar granos.

Luka forzó una sonrisa. No quería presionar. No quería que Jeremy se alejara de nuevo, no después de todo lo que les había costado llegar a ese punto. Si Jeremy quería pretender que nada había pasado, Luka lo seguiría. Era un experto en reprimir, después de todo.

—Está bien —dijo Luka, levantándose con lentitud—. Vamos por comida. Pero yo elijo el lugar. Nada de esos puestos donde la carne parece cartón pintado.

—¡Hey! El cartón pintado tiene carácter —replicó Jeremy, ya recuperando parte de su brillo habitual—. Pero acepto. Hoy invita el brasileño, porque yo estoy en la quiebra absoluta. Me gasté lo último en un vinilo de The Smiths que resultó estar rayado. Una tragedia nacional.

Salieron de la habitación, Jeremy hablando por los codos sobre Morrissey y lo mucho que odiaba su peinado actual, mientras Luka caminaba a su lado, manteniendo las manos en los bolsillos.

Mientras bajaban las escaleras del edificio, Luka no podía dejar de pensar en la reacción de Jeremy. No había sido el rechazo de alguien que no quiere ser tocado por falta de amor; había sido el miedo de alguien que no quiere ser visto. Luka recordó el breve contacto con la piel de Jeremy, la textura de las cicatrices, la forma en que Jeremy siempre se encorvaba como si quisiera hacerse pequeño.

Por su parte, Jeremy sentía que el corazón le iba a estallar. Odiaba su cuerpo. Odiaba la barriga, odiaba las marcas de caídas y accidentes, odiaba la forma en que su piel se sentía bajo los dedos de alguien tan... tan perfecto como Luka. Luka era delgado, pero firme; tenía una gracia natural incluso en su torpeza social. Jeremy se sentía como un dibujo mal hecho al lado de una obra de arte. La idea de que Luka viera todo eso, de que lo analizara bajo la luz de la lámpara, le provocaba náuseas.

—¿Sabes qué? —dijo Jeremy mientras llegaban a la calle, lanzando un brazo sobre los hombros de Luka—. Después de los tacos, vamos a mi garaje. Amy y Anthony quieren ensayar una canción nueva. Es una basura pretenciosa, te va a encantar.

Luka asintió, dejándose guiar. El aire fresco de la noche no lograba disipar la duda que se había instalado entre ellos.

Caminaron por las calles iluminadas por neones parpadeantes, dos adolescentes que cargaban con mundos enteros sobre sus hombros. Jeremy seguía bromeando, haciendo ruidos extraños y señalando grafitis en las paredes, tratando de llenar cada segundo de silencio con ruido para no tener que pensar.

Luka lo escuchaba, pero su mente estaba en otra parte. Pensaba en los libros que había leído, en la seguridad con la que había planeado ese momento, y en lo poco que servía la teoría cuando se enfrentaba a la realidad de una persona rota. Se dio cuenta de que, aunque amaba a Jeremy, todavía había habitaciones en el corazón de su novio que estaban cerradas con llave, y que tal vez, solo tal vez, Jeremy tenía tanto miedo de ser rechazado por su apariencia como Luka lo tenía de ser rechazado por sus deseos.

—Jeremy —dijo Luka de repente, deteniéndose frente al puesto de tacos.

Jeremy se detuvo y lo miró, con una ceja levantada y una sonrisa burlona lista en los labios.

—¿Qué pasa, jefe? ¿Ya te arrepentiste de invitarme?

Luka lo miró fijamente, con esa seriedad que a veces intimidaba a los demás, pero que Jeremy siempre encontraba reconfortante.

—No importa cuánto ruido hagas —dijo Luka en voz baja—, sigo estando aquí. No me voy a ir a ninguna parte.

La sonrisa de Jeremy flaqueó por un milisegundo. Sus ojos ámbar se suavizaron, y por un momento, la máscara de "bicho raro alegre" se deslizó, dejando ver al chico de 16 años que solo quería ser aceptado tal como era.

—Lo sé, tonto —respondió Jeremy, recuperando el tono sarcástico de inmediato—. Eres demasiado terco para irte. Ahora pídeme tres de pastor, que me muero de hambre.

Luka suspiró y se acercó al mostrador. Sabía que la conversación no había terminado, que el muro seguía ahí, pero por hoy, se conformaría con estar cerca. Se conformaría con el roce de sus hombros mientras comían en la acera, con el sonido de la risa estridente de Jeremy y con la complicidad de dos personas que, a pesar de sus traumas y sus miedos, habían decidido que era mejor estar rotos juntos que estar enteros solos.

El sexo podía esperar. La intimidad, la de verdad, la que no requería quitarse la ropa sino el alma, ya estaba ocurriendo allí mismo, entre el olor a grasa y el ruido del tráfico, bajo la mirada indiferente de una ciudad que nunca dormía.

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