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Fandom: Xylos-4

Creado: 19/7/2026

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El Eco del Silencio y el Calor de la Piel

La casa de los Arahara solía ser un ecosistema de ruido constante. Entre las risas de Izumi, las discusiones adolescentes de Kazuke y la presencia siempre vibrante de Natsuki, el silencio era un lujo que rara vez se permitían. Sin embargo, ese sábado, el destino —o quizás una alineación planetaria de excursiones escolares y visitas a amigos— había dejado la vivienda en un estado de quietud casi antinatural.

Para Kou, el silencio era un enemigo silencioso. Se movía por la sala con una inquietud palpable, jugueteando con el bolígrafo mientras intentaba concentrarse en una pila de exámenes de educación física que necesitaban corrección. Su mente, sin embargo, no dejaba de viajar hacia sus hijos. ¿Habrían comido bien? ¿Tendría Izumi frío? ¿Se estaría metiendo Kazuke en problemas?

—Kou, si sigues suspirando así, vas a desinflarte —dijo Masato, apareciendo en el umbral del pasillo.

Kou levantó la vista y parpadeó, sorprendido. Masato no solo se veía inusualmente relajado, sino que llevaba puesta una de las sudaderas más grandes y desgastadas de Kou, una que le quedaba ligeramente holgada en los hombros pero que acentuaba esa aura de calma que siempre lo rodeaba. Se veía joven, casi como el estudiante del que Kou se había enamorado décadas atrás.

—Es que está demasiado callado, Masato. Me pone nervioso —admitió Kou, dejando caer el bolígrafo sobre la mesa—. Siento que en cualquier momento algo va a explotar porque no hay nadie haciendo ruido.

Masato dejó escapar una risa suave, un sonido grave que vibró en el aire. Se acercó a la televisión y, con un gesto deliberado, conectó su teléfono para reproducir una lista de reproducción que Kou nunca le había escuchado. Era música rítmica, moderna, algo que esperarías oír en el cuarto de un chico de dieciocho años, no en la sala de un profesor de cuarenta.

—Hoy no va a explotar nada, salvo quizás tu estrés si no te relajas —comentó Masato, subiendo el volumen—. He tardado cuarenta minutos en la ducha, Kou. Cuarenta minutos de agua caliente sin que nadie golpeara la puerta preguntando por su toalla. Disfrútalo.

Masato se movió con una confianza felina, rodeando la mesa donde Kou trabajaba. Sus dedos rozaron la nuca de su esposo, un contacto breve pero cargado de una intención que Kou reconoció de inmediato. Las provocaciones de Masato nunca eran ruidosas; eran sutiles, calculadas, diseñadas para desarmar la guardia de Kou pieza por pieza.

—Tengo que terminar esto —intentó protestar Kou, aunque su voz ya había perdido firmeza.

—Esos exámenes pueden esperar a mañana —susurró Masato al oído de Kou, su aliento cálido provocando un escalofrío en el mayor—. Yo, en cambio, no quiero esperar ni un minuto más.

La resistencia de Kou se desmoronó. Sus manos, que buscaban desesperadamente algo que hacer para calmar la ansiedad, encontraron finalmente su propósito. Dejó los papeles a un lado y atrajo a Masato hacia él, rompiendo la distancia con un beso que sabía a café y a una libertad largamente esperada.

Se trasladaron al sofá, donde la luz de la tarde empezaba a teñirse de tonos anaranjados. Masato se recostó contra el respaldo, su rostro transformado por una mezcla de euforia y anticipación. La música seguía sonando de fondo, creando una burbuja que los aislaba del mundo exterior. Kou, siempre protector, siempre atento, se posicionó entre las piernas de su esposo, observando cómo la expresión analítica de Masato se disolvía en puro instinto.

—Estás muy impaciente hoy —murmuró Kou, mientras sus dedos comenzaban a explorar la calidez de Masato.

—He esperado semanas por este silencio —respondió Masato con la voz entrecortada—. Haz que valga la pena.

Kou usó sus manos con la precisión de quien conoce cada centímetro del cuerpo del otro. Primero un dedo, luego dos, y finalmente tres, expandiendo a Masato con una lentitud que era a la vez una caricia y un tormento. Con la otra mano, lo estimulaba rítmicamente, observando con fascinación cómo las pupilas de Masato se dilataban y su cabeza se echaba hacia atrás, exponiendo la línea tensa de su cuello.

—Kou... por favor —jadeó Masato, sus manos hundiéndose en el cabello de su esposo—. Ya... mételo ya.

Kou no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se deshizo de su propia ropa con movimientos rápidos y se posicionó. Al entrar, el mundo pareció detenerse. La sensación era resbaladiza, perfecta, una unión que se sentía como volver a casa después de un largo viaje. El cuerpo de Masato, habitualmente tan contenido y firme, vibraba bajo él, cediendo ante cada embestida.

—Te tengo —susurró Kou, sosteniendo las caderas de Masato mientras aumentaba el ritmo—. No vas a ninguna parte.

—No quiero ir a ningún lado —respondió Masato entre gemidos.

Durante veinte minutos, el sofá fue el escenario de una danza frenética y sudorosa. Kou observaba la sonrisa de satisfacción que bailaba en los labios de Masato, una expresión de puro éxtasis que rara vez mostraba al mundo. Cuando Masato finalmente llegó al clímax, su grito fue ahogado por el hombro de Kou, y su cuerpo se arqueó en un espasmo de placer absoluto.

Sin darle tiempo a recuperarse del todo, Kou levantó a Masato en vilo. A pesar de sus cuarenta años, la fuerza física de Kou seguía siendo impresionante, un testamento a su vida como profesor de educación física y a su instinto de sostener siempre a su familia. Lo llevó hasta la habitación principal, donde la cama los recibió con la promesa de una noche que apenas comenzaba.

Masato se colocó en posición de cuatro puntos, sus brazos flaqueando ligeramente por el esfuerzo previo. Su voz, ahora más ronca y grave, llenaba la habitación con sonidos que Kou atesoraba como secretos sagrados.

—Eres increíble —dijo Kou, posicionándose detrás de él y sujetando un mechón de su cabello con suavidad pero firmeza—. Mírate, Masato. Estás radiante.

—Cállate y sigue —respondió Masato con una sonrisa desafiante, volviendo la cabeza para mirarlo con ojos brillantes.

Kou reinició el movimiento, esta vez con más fuerza, más velocidad. El sonido de sus cuerpos encontrándose rítmicamente se mezclaba con la respiración pesada de ambos. Masato acabó colapsando sobre el colchón, pero manteniendo las caderas elevadas, con el ceño fruncido por la intensidad de las sensaciones. Se mordía el labio inferior, tratando de contener el volumen de sus gemidos, aunque en esa casa vacía no había nadie a quien despertar.

—No te contengas —le pidió Kou, dándole un suave tirón de cabello—. Quiero escucharlo todo.

El segundo orgasmo fue incluso más devastador que el primero. Ambos quedaron tendidos sobre las sábanas revueltas, el aire en la habitación cargado de calor y el aroma de su unión. Kou, sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en meses, se dejó caer al lado de Masato y tiró de la manta para cubrirlos a ambos, aunque el calor corporal que desprendían era suficiente para calentar toda la casa.

—Bueno —dijo Kou, recuperando el aliento y recuperando también su sentido del humor habitual—, con este ritmo, estoy seguro de que vamos a tener otro hijo.

Masato soltó una carcajada seca, girándose hacia él con los ojos entrecerrados.

—Kou, somos dos hombres. Biológicamente es imposible.

—No subestimes mi optimismo, Masato —bromeó Kou, rodeándolo con el brazo y pegándolo a su pecho—. Además, con lo bien que te ves así de despeinado, yo seguiría intentándolo por si acaso.

Masato negó con la cabeza, apoyando la mejilla en el hombro de su esposo. El equilibrio que siempre buscaba lo encontraba allí, en la calidez de Kou, en su optimismo inquebrantable y en la seguridad de sus brazos.

—¿Crees que los chicos estén bien? —preguntó Masato en voz baja, su instinto de padre regresando ahora que la tormenta de pasión se había calmado.

—Están perfectamente —aseguró Kou, besando su frente—. Natsuki es responsable, Kazuke es fuerte e Izumi... bueno, Izumi nos tiene a todos envueltos en su dedo pequeño. Mañana volverá el caos, los gritos y las preguntas constantes. Pero esta noche... esta noche solo somos tú y yo.

Masato asintió, cerrando los ojos. Sin embargo, el descanso no duró mucho. Kou empezó a trazar círculos perezosos en su espalda, y luego bajó un poco más, y Masato sintió cómo su propio cuerpo respondía de nuevo, despertando ante el toque de la persona que mejor lo conocía.

—¿Otra vez? —preguntó Masato, aunque ya se estaba girando hacia él.

—Tenemos que aprovechar el silencio, ¿no? —replicó Kou con una chispa de travesura en los ojos.

No durmieron esa noche. El amanecer los encontró exhaustos, con los músculos doloridos pero el corazón lleno. Tuvieron otras cuatro rondas, cada una distinta a la anterior: algunas lentas y cargadas de palabras dulces, otras rápidas y urgentes, como si estuvieran recuperando el tiempo perdido entre pañales, reuniones escolares y responsabilidades de adultos.

Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por las cortinas, Kou estaba preparando café en la cocina, moviéndose con una energía renovada. Masato apareció poco después, caminando con una ligera rigidez pero con una expresión de serenidad absoluta.

—Buenos días, "padre de nuestro futuro cuarto hijo" —saludó Masato, sentándose en la banqueta de la cocina.

Kou le entregó una taza de café humeante y le guiñó un ojo.

—Buenos días. ¿Ves? El silencio no es tan malo cuando sabes con qué llenarlo.

Masato bebió un sorbo de café, observando a su esposo. Kou era su roca, el hombre que sostenía el peso del mundo sin quejarse, y Masato era la brújula que le recordaba hacia dónde caminar. Juntos, habían construido una vida llena de ruido, pero en esa mañana de domingo, comprendieron que su conexión no dependía del bullicio de los demás, sino de la llama que ardía entre ellos, constante y eterna.

—La próxima vez que la casa esté vacía —dijo Masato, dejando la taza sobre la encimera—, no esperaré a que termines de corregir los exámenes.

Kou se rió, rodeando la cintura de Masato y atrayéndolo para un beso suave que sabía a un nuevo comienzo.

—Me parece un plan excelente, profesor Arahara. Un plan excelente.

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