
Un noviazgo no planeado
Fandom: un noviazgo no planeado, webtoon
Creado: 20/7/2026
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Entre cajas de cartón y el eco del arrepentimiento
La cabeza de Nayam seguía siendo un campo de batalla donde los recuerdos se disparaban como proyectiles. Cada vez que cerraba los ojos, veía lo mismo: el rostro confundido de aquel chico pelirrojo, la luz neón del bar reflejándose en sus ojos grandes, y su propia voz, pastosa por el alcohol, gritando una declaración de amor que jamás debió salir de su garganta.
—¿Por qué a mí? —susurró Nayam, hundiendo el rostro en sus manos mientras se sentaba en el suelo de su nuevo apartamento.
El lugar todavía olía a pintura fresca y a madera vieja. Había cajas apiladas por doquier, marcando el inicio de su vida independiente, lejos de los errores del pasado... o eso creía él. Ayer mismo, tras el bochornoso incidente en el bar, se había asegurado de dejar las cosas claras. Había buscado al desconocido —que por suerte seguía cerca del local—, le había pedido disculpas mil veces y le había soltado aquel discurso que ahora le parecía una sentencia de muerte: "Por favor, olvida lo que dije. Estaba ebrio, no te conozco y lo más probable es que no nos volvamos a ver nunca. Adiós para siempre".
Nayam soltó un suspiro dramático y se revolvió el cabello morado, dejándolo aún más desordenado de lo habitual.
—"No nos volvamos a ver nunca" —se burló de sí mismo con voz chillona—. Qué idiota soy. Al menos el problema está resuelto. Es un extraño en una ciudad de millones de personas. Las probabilidades de encontrarlo de nuevo son...
Un golpe seco en la pared contigua lo interrumpió. Luego, el sonido de algo pesado cayendo al suelo y un quejido ahogado que atravesó el muro, que claramente no era tan grueso como el agente inmobiliario le había prometido.
—¡Maldita sea! ¡La esquina del mueble! —gritó una voz masculina desde el otro lado.
Nayam se tensó. Esa voz. Había algo en la entonación, en la forma en que las palabras salían disparadas con una mezcla de torpeza y energía, que le resultaba escalofriantemente familiar. Sacudió la cabeza, tratando de alejar los pensamientos paranoicos. "Es el estrés de la mudanza", se dijo. "Todos los chicos jóvenes suenan igual cuando se golpean el dedo meñique del pie".
Decidido a ignorar a su nuevo vecino y concentrarse en su propia miseria, Nayam se levantó y arrastró una caja etiquetada como "Cocina". Sin embargo, el destino, ese que Nayam tanto despreciaba en ese momento, tenía otros planes. Un golpe insistente sonó en su puerta de entrada.
Nayam se congeló. Sus ojos suaves se abrieron de par en par. ¿Y si era el casero? ¿O quizás alguien que venía a quejarse del ruido que él ni siquiera había hecho todavía? Con pasos cautelosos y su habitual nerviosismo a flor de piel, se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
El corazón se le subió a la garganta.
Al otro lado, frotándose el brazo con una expresión de dolor y vistiendo una sencilla camisa clara, estaba el chico del bar. El pelirrojo. El destino de su declaración accidental.
—No puede ser —susurró Nayam, retrocediendo dos pasos—. Es una alucinación. El alcohol todavía está en mi sistema y me está castigando.
Los golpes volvieron a sonar, esta vez más suaves, pero decididos.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —la voz de Keyl sonó clara a través de la madera—. Soy tu vecino del 4B. Creo que nuestras cajas se mezclaron en el camión de la mudanza. Tengo una aquí que dice "Nayam - Libros de poesía y peluches".
Nayam sintió que el alma abandonaba su cuerpo. No solo era él, sino que además tenía la caja más vergonzosa de toda su existencia. Se imaginó a Keyl revisando sus libros de versos melancólicos y sus peluches de colección. El drama escaló en su mente en cuestión de segundos: seguramente Keyl pensaría que era un acosador que lo había seguido hasta su casa.
—¡No abras la caja! —gritó Nayam antes de poder contenerse.
Abrió la puerta de golpe, con el rostro encendido de rojo y la respiración agitada. Keyl, que estaba inclinado sobre la caja, dio un salto hacia atrás, casi perdiendo el equilibrio. Sus ojos grandes y expresivos se fijaron en Nayam, y por un momento, el silencio en el pasillo fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Keyl parpadeó una, dos, tres veces. El reconocimiento cruzó su rostro de forma lenta, transformándose en una mueca de absoluta sorpresa.
—¿Tú? —Keyl señaló a Nayam con un dedo tembloroso—. ¿El del bar? ¿El de "te amo, eres el sol de mi existencia"?
Nayam quiso que la tierra se tragara el edificio entero, con él y sus peluches dentro.
—¡Dije que lo olvidaras! —exclamó Nayam, cubriéndose la cara con las manos—. ¡Dije específicamente que no nos volveríamos a ver! ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué eres mi vecino? ¡Esto es acoso del universo!
Keyl, a pesar de su sorpresa, no pudo evitar soltar una pequeña risa nerviosa. Se rascó la nuca, despeinando su vibrante cabello rojo.
—Oye, yo vivo aquí. Firmé el contrato hace un mes. En todo caso, tú eres el que se mudó al lado mío —dijo Keyl, tratando de recuperar la compostura, aunque el rubor en sus mejillas delataba que él también estaba incómodo—. Y... bueno, no es como si yo hubiera planeado esto.
Nayam bajó las manos, mirando a Keyl con desconfianza. Sus rasgos delicados estaban contraídos en una mueca de pura ansiedad.
—¿Entonces no me seguiste? —preguntó Nayam en un susurro paranoico.
—¿Seguirte? —Keyl arrugó la nariz—. Apenas sabía tu nombre hasta que leí esta caja. Y para ser sincero, después de lo de ayer, pensé que eras un actor haciendo una broma pesada o alguien que se había escapado de un hospital psiquiátrico muy romántico.
Nayam se infló como un gato asustado, ofendido por el comentario.
—¡No estoy loco! Solo soy... sensible al alcohol. Y un poco dramático cuando bebo.
—Un poco —repitió Keyl con sarcasmo, pero luego su expresión se suavizó—. Mira, esto es muy extraño para los dos. Pero tengo tu caja y tú probablemente tengas mi juego de sartenes. El tipo de la mudanza era un desastre.
Nayam miró hacia el interior de su apartamento y vio, efectivamente, una caja pequeña que no recordaba haber empacado. Se hizo a un lado, permitiendo que Keyl entrara, aunque mantenía una distancia de seguridad de al menos dos metros.
—Pasa... supongo —dijo Nayam, jugueteando con el dobladillo de su sudadera clara—. Pero no toques nada. Y olvida lo de la poesía.
Keyl entró al apartamento, observando con curiosidad el caos de cajas. Se detuvo frente a la caja de sartenes que Nayam le señaló.
—Así que... Nayam, ¿verdad? —preguntó Keyl mientras se agachaba para recoger su pertenencia.
—Sí. Y tú eres... —Nayam dejó la frase en el aire, dándose cuenta de que ni siquiera sabía el nombre del hombre al que le había jurado amor eterno bajo los efectos del soju.
—Keyl. Me llamo Keyl.
—Bien, Keyl. Escucha —Nayam se cruzó de brazos, tratando de parecer firme a pesar de que sus rodillas temblaban—. Lo que pasó ayer fue un error estadístico. Una anomalía. El hecho de que seamos vecinos es una coincidencia cruel. Propongo que establezcamos un tratado de no agresión. Tú no mencionas mi declaración, y yo no menciono que... bueno, que te vi llorar un poco cuando te rechacé por error después de declararme.
Keyl se puso de pie de un salto, con el rostro tan rojo como su cabello.
—¡Yo no lloré! ¡Me entró algo en el ojo porque el bar estaba lleno de humo! —protestó Keyl, agitando las manos—. ¡Y tú no me rechazaste, yo te dije que estabas confundido y tú saliste corriendo!
—¡Es lo mismo! —Nayam dio un paso atrás, tropezando con una pila de libros—. El punto es que esto es vergonzoso. Soy una persona reservada, Keyl. Me gusta mi tranquilidad. No quiero malentendidos, ni tensiones, ni... ni nada que tenga que ver con sentimientos.
Keyl suspiró, dejando caer los hombros. Su naturaleza directa luchaba contra la torpeza de la situación.
—Mira, Nayam, no soy un tipo complicado. Solo quiero vivir en paz y cocinar mis fideos. No voy a usar tu "declaración" para chantajearte ni nada de eso. Fue raro, sí. Fue la cosa más extraña que me ha pasado en años, pero... ya pasó.
Nayam lo observó con fijeza. Los ojos de Keyl eran sinceros, casi demasiado brillantes para su propio bien. Había una calidez en ellos que hacía que el miedo de Nayam disminuyera un poco, aunque su mente seguía gritándole que tuviera cuidado.
—¿Lo prometes? —preguntó Nayam con voz pequeña.
—Lo prometo. Borrón y cuenta nueva. Vecinos normales que apenas se saludan en el pasillo.
—Me parece perfecto.
Keyl asintió y se dirigió hacia la puerta cargando su caja de sartenes. Sin embargo, antes de salir, se detuvo y miró a Nayam por encima del hombro.
—Por cierto... —dijo Keyl con una sonrisa traviesa que no pudo ocultar—, tienes un gusto interesante para los peluches. El que está asomando por la caja tiene una bufanda igual a la mía.
Nayam miró hacia abajo y vio, para su horror, que su pingüino de felpa favorito estaba visible, luciendo una bufanda roja tejida a mano.
—¡Vete de mi casa! —gritó Nayam, empujando a Keyl hacia el pasillo y cerrando la puerta con un estruendo.
Se apoyó contra la madera, con el corazón martilleando en su pecho. Podía oír la risa de Keyl desde el otro lado, una risa que sonaba demasiado agradable para su gusto.
—Esto va a ser un desastre —gimió Nayam, deslizándose hasta el suelo—. Un desastre absoluto.
Los días siguientes fueron una prueba de fuego para los nervios de Nayam. Intentó por todos los medios evitar cualquier contacto con el 4B. Salía de su casa en horarios extraños, caminaba de puntillas por el pasillo y escuchaba atentamente detrás de la puerta antes de aventurarse a salir por suministros.
Pero el edificio parecía estar en su contra.
Una tarde, mientras intentaba sacar la basura sin ser visto, la bolsa se rompió justo frente a la puerta de Keyl. Nayam se quedó mirando el montón de envases de comida instantánea y papeles arrugados con una expresión de pura desesperación.
—No, no, no... —susurró, arrodillándose para recoger el desastre con las manos desnudas.
En ese preciso momento, la puerta del 4B se abrió. Keyl salió vestido con un abrigo marrón y una bufanda, listo para enfrentar el frío de la tarde. Se detuvo en seco al ver a Nayam rodeado de basura.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Keyl, inclinando la cabeza con curiosidad.
—¡No! ¡Estoy bien! —Nayam se apresuró a recoger un envase de yogur—. Solo estoy... analizando la composición de mis desechos. Es un proyecto artístico.
Keyl soltó una carcajada corta y se agachó a su lado, comenzando a ayudarlo a pesar de las protestas de Nayam.
—Eres muy malo mintiendo, Nayam. Ten, usa esta bolsa extra que tengo aquí.
—No tienes que hacer esto —dijo Nayam, evitando su mirada—. Dijimos que seríamos vecinos que apenas se saludan.
—Bueno, técnicamente no nos estamos saludando, estamos recogiendo basura —replicó Keyl con una sonrisa amable—. Además, te ves muy estresado. ¿Has dormido algo desde que te mudaste? Tienes unas ojeras que llegan hasta el piso.
Nayam se detuvo, sorprendido por la observación. Nadie solía notar esas cosas en él, o al menos no se tomaban la molestia de mencionarlo con ese tono de preocupación genuina.
—He estado... ocupado desempacando —mintió Nayam, aunque la verdad era que se pasaba las noches imaginando escenarios catastróficos donde Keyl le contaba a todo el vecindario lo de la declaración.
—Ya veo. —Keyl terminó de recoger los últimos restos y le entregó la bolsa cerrada—. Escucha, voy a ir por un café al local de la esquina. Si quieres... podrías venir. Para hablar de cosas normales. No de declaraciones ebrias, ni de basura, ni de mudanzas. Solo café.
Nayam sintió que el pánico subía por su garganta, pero también una extraña calidez. Keyl era directo, a veces demasiado, pero no parecía tener malas intenciones. Detrás de su vulnerabilidad, Nayam sentía una profunda necesidad de afecto, de conectar con alguien que no lo juzgara por sus momentos de drama.
—Yo... no tengo dinero para café ahora mismo —dijo Nayam, mirando al suelo.
—Invito yo. Como compensación por haber visto tus peluches sin permiso —bromeó Keyl, dándole un suave toque en el hombro.
—Está bien —cedió Nayam, con una pequeña y tímida sonrisa apareciendo en su rostro—. Pero si mencionas el bar una sola vez, me iré sin pagar mi parte.
—Trato hecho.
Caminaron juntos por el pasillo, y por primera vez, el silencio no se sintió cargado de incomodidad, sino de una curiosidad incipiente. Nayam observó de reojo el cabello rojo de Keyl, pensando que, tal vez, el destino no era tan cruel después de todo.
Sin embargo, justo cuando estaban por subir al ascensor, una vecina mayor que bajaba en ese momento los miró con una sonrisa pícara.
—¡Oh, pero si son los chicos nuevos! —exclamó la mujer—. Los vi anoche hablando muy cerca en el pasillo. ¡Qué alegría ver que los jóvenes se llevan tan bien hoy en día! ¿Son pareja?
Nayam se puso lívido. Sus ojos se abrieron como platos y sus manos empezaron a temblar.
—¡No! ¡No, no, no! —gritó Nayam, agitando los brazos de forma dramática—. ¡Solo somos vecinos! ¡Ni siquiera nos conocemos! ¡Él es un extraño! ¡Yo soy un extraño! ¡Todo es un malentendido!
Keyl, por su parte, se puso tan rojo como su bufanda, tratando de calmar a Nayam mientras la vecina se alejaba riendo entre dientes.
—¡Nayam, cálmate! ¡Solo fue un comentario! —dijo Keyl, agarrándolo suavemente por las muñecas para que dejara de manotear al aire.
Nayam se detuvo, respirando agitadamente, dándose cuenta de que Keyl lo estaba sosteniendo. El contacto físico lo hizo entrar en un nuevo tipo de cortocircuito mental.
—Esto es exactamente de lo que hablaba —susurró Nayam, con los ojos empañados por el nerviosismo—. Malentendidos. Siempre hay malentendidos conmigo.
Keyl lo miró fijamente, y por un momento, la torpeza desapareció para dejar paso a una sinceridad abrumadora.
—Tal vez —dijo Keyl en voz baja—, pero no todos los malentendidos tienen que terminar mal. Algunos solo son el principio de algo que no planeamos.
Nayam se quedó sin palabras, atrapado en la mirada de Keyl. El pelirrojo soltó sus muñecas lentamente, pero no se alejó.
—¿Todavía quieres ese café? —preguntó Keyl con suavidad.
Nayam tragó saliva, ajustándose la sudadera y tratando de recuperar su aire tranquilo, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza.
—Sí —respondió Nayam—. Pero esta vez, yo elijo el asiento. Lejos de cualquier vecina chismosa.
Keyl sonrió, una sonrisa amplia y brillante que iluminó el pasillo grisáceo.
—Me parece justo. Vamos, vecino.
Mientras caminaban hacia la salida, Nayam no pudo evitar pensar que, aunque su noviazgo no planeado (o lo que sea que fuera esto) había comenzado con un desastre etílico, el camino que tenían por delante sería cualquier cosa menos aburrido. Y aunque los malentendidos seguramente seguirían acechando en cada esquina, había algo en la forma en que Keyl caminaba a su lado que le hacía sentir que, por primera vez, no tenía que huir.
