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Fandom: paper dogs
Creado: 21/7/2026
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Frecuencias secretas y cortocircuitos eléctricos
El silencio en la habitación de Luka no era un silencio vacío; era una entidad densa, cargada de partículas de polvo que bailaban en los rayos de sol que se colaban por la ventana y del eco de una nota de guitarra que se negaba a morir. Jeremy estaba allí, como siempre, ocupando más espacio del que su cuerpo físico sugería. Estaba desparramado al borde de la cama, con la espalda encorvada en esa postura que a Luka le daban ganas de corregir y, al mismo tiempo, de proteger.
Jeremy alternaba entre tararear una melodía rota de Nirvana y garabatear palabras inconexas en un cuaderno viejo cuyas esquinas estaban reforzadas con cinta adhesiva. Luka, por su parte, fingía que los deberes de botánica eran la prioridad absoluta de su existencia. Tenía abierta una página sobre el sistema radicular de las angiospermas, pero sus ojos se desviaban del diagrama hacia la silueta de Jeremy cada tres minutos, como un girasol que busca desesperadamente una luz que no termina de entender.
—Entonces, Anthony dice que si no practicamos el solo de la próxima canción, la banda va a sonar como un gato siendo atropellado por un tractor —decía Jeremy, soltando una risotada que iluminaba sus ojos ámbar, cansados pero siempre chispeantes—. Y yo le dije: "Viejo, ese es precisamente nuestro concepto artístico. El caos auditivo es la nueva vanguardia".
Luka dejó escapar una pequeña sonrisa, una de esas que solo Jeremy lograba arrancarle. Estaban cerca, lo suficiente como para que el calor corporal del otro fuera una presencia constante, un campo magnético que Luka intentaba ignorar sin éxito. Observó a Jeremy de reojo. Tenía el pelo más alborotado que de costumbre, ese negro liso y rebelde que parecía tener vida propia, y las pecas de su nariz parecían más marcadas bajo la luz de la tarde.
—Eres un idiota, Jeremy —murmuró Luka con tono suave, sin rastro de su habitual amargura cínica. El cuaderno de ejercicios quedó relegado a un segundo plano.
—Pero soy tu idiota favorito, admítelo —respondió Jeremy con una sonrisa ladeada, mostrando sus dientes ligeramente torcidos. Ese espacio entre sus incisivos siempre le había parecido a Luka una imperfección perfecta.
—En serio, Luka, estoy convencido de que Nirvana usaba frecuencias secretas para hipnotizar a la gente —siguió Jeremy, dejando la guitarra a un lado con un golpe seco que hizo vibrar las cuerdas—. Kurt Cobain descubrió que el sonido podía abrir portales a otras dimensiones, pero el gobierno lo calló todo porque no querían que la gente se fuera a vivir a una utopía grunge. Es lógico, ¿no?
Luka esbozó una sonrisa mínima. Era fascinante cómo la mente de Jeremy podía saltar de una broma sobre un tractor a una teoría conspirativa en menos de diez segundos.
—Es minimalismo, Jeremy. A veces menos es más. Deberías aplicarlo a tu forma de hablar de vez en cuando —comentó Luka, cerrando el cuaderno con una calma fingida.
—¡Auch! —Jeremy se llevó una mano al pecho, fingiendo una herida mortal—. Directo al corazón. Eres un malvado, Souza. Pero al menos yo no cuido plantas como si fueran bebés que necesitan que les leas cuentos antes de dormir.
—No son bebés —replicó Luka con voz pausada—. Son seres vivos que, a diferencia de ti, no interrumpen mis pensamientos con teorías conspirativas tontas.
Jeremy soltó una carcajada ruidosa y se giró para mirar a Luka de frente. El movimiento hizo que su postura encorvada se acentuara, revelando esa pequeña joroba que solía ocultar bajo sus camisetas holgadas. Sus ojos brillaron con una calidez que siempre lograba desarmar las defensas de Luka.
—Ya, en serio. Gracias por dejarme venir —dijo Jeremy, bajando el tono. Su voz se volvió inusualmente vulnerable—. Diana está de un humor horrible hoy. El ambiente en casa estaba... denso. Como si el aire pesara diez kilos por centímetro cuadrado.
Luka asintió. No necesitaba detalles. Sabía que Jeremy usaba su ruido y sus bromas como un escudo contra el caos de su hogar.
—Sabes que puedes quedarte el tiempo que quieras —respondió Luka, su voz apenas un susurro.
La conversación fluyó entonces hacia temas más triviales: la última película de terror que Jeremy había visto y que, según él, no daba miedo porque el gato era el verdadero villano, y la creciente obsesión de Anthony por comprar pedales de distorsión usados. Luka escuchaba, pero su mente estaba en otro lugar. Su cuerpo se movía por un instinto que superaba su propia cautela. Dejó el cuaderno sobre la mesa y, deslizándose por la cama, se posicionó detrás de Jeremy.
Con una naturalidad que solo los meses de confianza permitían, Luka rodeó la cintura de Jeremy con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Jeremy ni siquiera dejó de gesticular con las manos mientras explicaba por qué el béisbol era, en esencia, un deporte de paciencia extrema; simplemente se recostó hacia atrás, aceptando el peso de Luka como si fuera la cosa más natural del mundo.
—...y entonces le dije que no podía usar el amplificador de su tío porque el sonido era demasiado "limpio", ¿sabes? —continuaba Jeremy, riendo entre dientes—. Como si estuviéramos grabando un anuncio de detergente. El rock tiene que sonar a suciedad, a cables pelados...
Luka no respondió. Se quedó allí, respirando el aroma de Jeremy, una mezcla de jabón barato, metal de cuerdas de guitarra y algo dulce que no sabía identificar. Desde esa posición, podía ver la curva de su cuello y la forma en que sus hombros se relajaban. De repente, el deseo que Luka había estado cultivando en secreto, alimentado por noches de insomnio y búsquedas culposas en internet, lo golpeó con una fuerza renovada.
Luka comenzó a depositar besos cortos y distraídos en la curva del hombro de Jeremy, sintiendo la suavidad de la tela de su camiseta raglán. Jeremy soltó un ruidito, una mezcla entre un ronroneo y una risa ahogada, y por fin dejó de hablar de béisbol.
—Vaya, alguien ha despertado su lado romántico hoy —bromeó Jeremy, aunque no hizo ningún intento por apartarse; al contrario, se hundió más en el abrazo—. ¿Qué pasa, Luka? ¿Te has caído en un hechizo de amor o es que finalmente te diste cuenta de que soy la criatura más adorable de este código postal?
Luka soltó un suspiro, apretando un poco más el agarre en su cintura.
—Solo eres un idiota —murmuró contra su cuello. Su voz sonaba ronca, carente de cualquier rastro de su habitual frialdad.
—¡Oye! —Jeremy se giró torpemente en sus brazos, quedando cara a cara. El cabello negro le tapaba la mitad de la frente y sus ojos ámbar estaban muy abiertos—. No me digas que no te encanta este idiota.
Luka no pudo evitar sonreír. Se acercó lentamente, acortando la distancia hasta que sus narices se rozaron. Comenzaron a besarse con la suavidad habitual, besos que sabían a rutina segura. Eran besos cortos, pero el aire entre ellos empezó a vibrar con una frecuencia distinta. De repente, Luka sintió una chispa de determinación. Tomó la iniciativa, profundizando el beso, presionando sus labios contra los de Jeremy con una urgencia que lo dejó sin aliento.
Jeremy soltó un gemido ahogado, sorprendido por el cambio de ritmo. Sus manos, que antes gesticulaban salvajemente, buscaron anclarse a la camiseta de Luka, apretando la tela con dedos torpes. Luka llevó sus manos al rostro de Jeremy, acunando sus mejillas con una delicadeza casi religiosa. Sus pulgares acariciaron la piel salpicada de pecas, recorriendo la línea de su mandíbula.
—Te quiero tanto que duele, idiota —murmuró Luka contra sus labios—. Eres lo más increíble que me ha pasado... mi sol, mi vida.
Sus labios comenzaron una exploración más audaz. Se deslizó hacia la mandíbula de Jeremy, marcando un camino cálido antes de subir hacia la curva de su oreja. Luka sintió el estremecimiento del otro, una respuesta visceral que lo impulsó a bajar la guardia. Sus besos descendieron hacia el cuello, trazando una ruta deliberada.
Jeremy, que siempre tenía una respuesta rápida, se quedó sin palabras. Sus manos se tensaron antes de relajarse profundamente. Empezó a emitir sonidos tenues, una especie de tarareo rítmico y entrecortado que vibraba en su garganta. No era desagrado; era una rendición absoluta. Cerró los ojos con fuerza, exponiendo su cuello y dejándose llevar por la marea de sensaciones.
Para Luka, cada pequeño sonido que escapaba de Jeremy era una validación. Sentía el corazón martilleando contra sus costillas. Mientras sus labios recorrian la piel cálida, se sentía más vivo que nunca, como si estuviera despertando de un letargo de años de represión.
Luka dejó que sus manos buscaran un territorio más íntimo. Con lentitud, sus dedos rozaron el borde inferior de la camiseta holgada de Jeremy, deslizándose hacia adentro para encontrar el contacto directo con la piel. Cuando sus palmas aterrizaron sobre el abdomen de Jeremy, Luka sintió una descarga eléctrica. La piel estaba caliente y vibraba con una respiración agitada. Jeremy soltó un suspiro largo, hundiéndose en el colchón.
Sin embargo, la calma duró poco. Impulsado por un hambre que no sabía cómo saciar, Luka comenzó a subir las manos, deslizando sus dedos con firmeza por las costillas de Jeremy. En el instante en que el contacto se volvió más firme, la atmósfera cambió drásticamente.
Jeremy reaccionó como si hubiera recibido un impacto. Con un movimiento brusco, plantó las palmas de sus manos en los hombros de Luka y lo empujó hacia atrás con una fuerza sorprendente. El impacto hizo que Luka retrocediera sobre la cama, parpadeando, confundido. Jeremy se sentó rápidamente, alejándose hasta el borde del colchón. Tenía la respiración agitada y los ojos dilatados.
—¡Ay! ¡Dios! ¡Un calambre! —exclamó Jeremy. Su voz era demasiado alta, recuperando ese tono acelerado que usaba para llenar los silencios incómodos—. ¡Uf, qué calambre tan horrible! Creo que es la posición, ya sabes, la ergonomía de esta cama es un crimen contra la columna vertebral. ¡Mi joroba se está rebelando!
Luka se quedó inmóvil, con las manos aún suspendidas en el aire, sintiendo cómo el calor de la piel de Jeremy se evaporaba. Jeremy empezó a hurgar frenéticamente en sus bolsillos, sacando su teléfono y mirándolo con una expresión de sorpresa fingida.
—¡Llegamos tarde! ¡Llegamos tardísimo! —soltó Jeremy con una risita nerviosa—. Me acabo de acordar de que tengo que alimentar a mi pez. Sí, eso. El pobre animalito no se alimenta solo, Luka, es una responsabilidad enorme que recae sobre mis hombros. ¡Y la guitarra! Casi olvido que dejé la guitarra en una posición que podría afectar el sustain de las cuerdas.
Jeremy se lanzó fuera de la cama con un salto casi atlético. Luka se incorporó lentamente, procesando la velocidad con la que el ambiente se había desmoronado.
—¡El sustain, Luka! ¡El sustain es sagrado! —exclamó Jeremy, moviéndose por la habitación con espasmos erráticos. Recogió su mochila y empezó a meter sus cosas con una torpeza deliberada—. ¡Uf, qué intensidad, Souza! Casi me desintegras el sistema nervioso con tus técnicas de lucha libre.
Luka lo observó en silencio. Podía ver el temblor en las manos de Jeremy mientras cerraba la cremallera de su mochila.
—Jeremy, yo... lo siento si te sentiste incómodo o si fui demasiado rápido —comenzó Luka, con la culpa empezando a roerle el pecho.
Pero Jeremy no lo dejó terminar. Se giró con un movimiento dramático, lanzando una mirada chispeante, aunque sus pupilas seguían demasiado grandes para la luz de la habitación.
—¿Incómodo? ¡Por favor, Luka! —exclamó, agitando las manos—. Estaba simplemente procesando la intensidad. ¡Fue como un cortocircuito eléctrico! Pero mira el lado positivo: ahora sé que mis reflejos están al cien por ciento. ¡Podría jugar en las ligas mayores con esta velocidad de reacción!
Jeremy soltó una carcajada estridente y empezó a dar saltitos cortos mientras se colgaba la mochila. Sus ojos transmitían un nerviosismo eléctrico, evitando cualquier rastro de profundidad emocional que pudiera obligarlo a hablar en serio.
Luka entendió. Sabía que Jeremy huía de la incomodidad como si fuera una plaga. Así que hizo lo único que podía hacer por él en ese momento: seguirle la corriente. Exhaló un suspiro largo y permitió que una sonrisa pequeña se dibujara en su rostro.
—Claro, el sustain es fundamental —respondió Luka, estirando los brazos con una calma fingida—. No queremos que tu guitarra suene como una lata de conservas vieja.
—¡Exacto! ¡Tú sí me entiendes! —Jeremy se encaminó hacia la puerta, deteniéndose solo un segundo para lanzarle un beso al aire—. ¡Nos vemos mañana, botánico! ¡No dejes que las plantas te coman!
Y así, con la misma rapidez con la que había llegado, Jeremy desapareció por el pasillo, dejando tras de sí solo el aroma de su perfume barato y un silencio que, esta vez, sí se sentía terriblemente vacío. Luka se dejó caer de nuevo en la cama, mirando al techo, sintiendo todavía el hormigueo en sus dedos y el peso de una verdad que Jeremy aún no estaba listo para cargar.
